El imperialismo brasileño seguirá intacto con el gobierno de Dilma

Noticia publicada el 1 de noviembre de 2010 en el diario digital paraguayo ABC

El triunfo de Dilma Rousseff –la candidata presidencial apadrinada por Lula da Silva– en las elecciones que se registraron este fin de semana en Brasil no supone ninguna esperanza de que el próximo gobierno de ese país abdicará de sus afanes hegemónicos en la región y dejará de someter a sus vecinos, en particular al Paraguay, a una odiosa subordinación. Muy por el contrario, existen sobrados elementos para suponer que esta dará continuidad a la misma política imperialista de su jefe y mentor. La experiencia permite suponer que el acoso permanente a nuestro país continuará igual o peor durante el gobierno de Dilma. No existe ninguna real intención de desmontar el perverso esquema expansionista e imperialista que ese país viene aplicando de manera sistemática con el Paraguay desde las lejanas épocas de la colonia. La vacía retórica de la “integración” no ha sido más que una estrategia del Brasil destinada a asegurarse que sus maniobras hegemónicas le permitan en la actualidad seguir teniendo el exclusivo manejo de las llaves que abren o cierran toda oportunidad de progreso o desarrollo individual en nuestro país.El triunfo de Dilma Rousseff –la candidata presidencial apadrinada por Luiz Inácio Lula da Silva– en las elecciones que se registraron este fin de semana en la República Federativa del Brasil no supone ninguna esperanza de que el próximo gobierno de ese país abdicará de sus afanes hegemónicos en la región y dejará de someter a sus vecinos, en particular al Paraguay, a una odiosa subordinación. Muy por el contrario, existen sobrados elementos para suponer que esta dará continuidad a la misma política imperialista de su jefe y mentor.

Hace exactamente ocho años, cuando Lula se impuso en las elecciones de octubre de 2002, muchos se apresuraron en pronosticar el inicio de una “nueva era” en la historia de las relaciones bilaterales paraguayo-brasileñas. Una etapa que, argumentaban, estaría signada por la comprensión, el diálogo franco y el espíritu de igualdad y de apertura, atendiendo que el nuevo presidente provenía de un sector social que tradicionalmente proclamaba que la solidaridad y la promoción de la justicia eran elementos inseparables de su ideario doctrinal y de su acción pública. El tiempo se encargó, sin embargo, de demostrar el desconocimiento de la realidad y la ingenuidad que caracterizaban a estos presagios auspiciosos.

Basta hacer un breve recuento de los temas centrales que se manejaron en los últimos años para confirmar este aserto. A nivel regional, en el ámbito del Mercosur, el Paraguay continúa siendo tratado como un esclavo. Hace escasos días, el Brasil consolidó su supremacía al interior del Parlasur, donde tendrá 75 escaños, mientras que nuestro país solo ocupará 18 plazas, lo cual significa el definitivo conculcamiento del principio de la igualdad de los Estados, norma primaria y básica del derecho internacional. (Es altamente probable que esta haya sido la condición impuesta a nuestro país para que nuestro “socio” aceptara que el Fondo de Convergencia Estructural (Focem) solventara los gastos de la línea de transmisión de 500 kV entre la hidroeléctrica y Villa Hayes).

En el ámbito bilateral, y a pesar de las reiteradas y publicitadas promesas de reivindicación de nuestra soberanía energética por parte del presidente Fernando Lugo, el Brasil aún no ha tomado alguna decisión concreta destinada a facilitar la libre disponibilidad de la energía de Itaipú que nos pertenece legítimamente, ni el pago de un precio justo por la misma. Ni hablar de la necesaria renegociación de los leoninos términos en que fue rubricado el infame tratado en 1973.

Por su parte, el programado incremento del pago por la cesión de energía no consumida de la represa –una migaja con la que el Brasil pretende distraer a los políticos paraguayos de los reclamos más sustantivos en materia energética– no ha pasado de ser una promesa incumplida del presidente Lula, ya que la Declaración Presidencial que asumía este compromiso, suscrita hace casi un año y medio en Asunción, todavía no cuenta con la aprobación del Congreso del vecino país.

Ninguna determinación ha sido tampoco adoptada por el gobierno del saliente mandatario brasileño en lo atinente a la integración de nuestras cadenas productivas. Es más, el comercio interfronterizo entre Ciudad del Este y Foz de Yguazú aún continúa siendo un problema no resuelto, y es objeto de los ataques más virulentos y oprobiosos por parte del Brasil. La diferencia de precios en el lado paraguayo es sencillamente abismal, y ante la clara oportunidad que esta representa para los consumidores del país vecino, la administración de Lula no ha encontrado mejor idea que la de perseguir a sus conciudadanos que realizan compras en nuestro territorio, y arremeter con medidas de todo tipo contra la capital del Alto Paraná, en un intento por asfixiar –y si es posible hacer desaparecer– el intercambio que existe entre esa pujante zona del país y el suyo.

El hostigamiento con el que Lula somete regularmente al Paraguay ha reproducido de manera permanente el nefasto modelo de relacionamiento bilateral establecido por sus predecesores. Casi de forma cotidiana, efectivos militares realizan imponentes y provocadores despliegues en la zona fronteriza con nuestro país sin dar ningún tipo de aviso a las autoridades nacionales, cuando no violentando abiertamente la soberanía territorial paraguaya.

Si esta fue la política de “buena vecindad” implementada por el presidente Lula da Silva, un ex sindicalista al que muchos atribuían intenciones de mayor sensibilidad por la problemática regional y las gigantescas asimetrías existentes al interior del proceso de integración, ningún cambio de actitud habrá de esperarse de la nueva mandataria que lo sucederá: al fin de cuentas, esta es una de sus discípulas más fieles y avezadas, sin capital político propio y sumamente dependiente de su principal mentor.

Por todas estas razones, existen sobrados motivos para suponer que el acoso permanente a nuestro país continuará igual o peor durante el gobierno que encabezará a partir de enero la señora Dilma Rousseff. No existe ninguna real intención de desmontar el perverso esquema expansionista e imperialista que ese país viene aplicando de manera sistemática con el Paraguay desde las lejanas épocas de la colonia. La vacía retórica de la “integración” no ha sido más que una estrategia del Brasil destinada a asegurarse que sus maniobras hegemónicas le permitirán en la actualidad seguir teniendo el exclusivo manejo de las llaves que abren o cierran toda oportunidad de progreso o desarrollo individual en nuestro país.

Lamentablemente, los sucesivos gobiernos paraguayos –incluido este del supuesto “cambio” encabezado por Fernando Lugo– actuaron siempre de manera indecorosa, sumisa y subordinada, y no tuvieron la audacia, la intención, la visión ni tampoco la actitud patriótica de impulsar un relacionamiento bilateral basado en la proclamación de nuestra propia dignidad como Nación, y la exigencia en todo momento del respeto a nuestros derechos más esenciales, así como la defensa de nuestros intereses más elevados.

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