La realidad de Hispanoamérica

“no somos irresponsables porque seamos jóvenes, todo lo contrario, parecemos jóvenes porque seguimos siendo irresponsables (…) El pasado no puede ser borrado ni alterado por los deseos presentes, debe ser aceptado con entereza y estudiado con imparcialidad; única manera de lograr corregir los defectos y mantener las virtudes (…) Los caudillos menores prefieren desgarrar la América y dominar sobre amputaciones a obedecer a una autoridad común y superior (…) Naciones fragmentadas, gobiernos efímeros, revoluciones y contrarrevoluciones, golpes y contragolpes; tal es el resultado de la indisciplina imperante. Y por todas partes los eternos caudillos, sin la gloria de los antiguos capitanes, sacrificándolo todo por mantenerse en el poder”

América en el siglo XVIII. Con la indepedencia vino la desdichada fragmentación de la América Hispana (o Indias), que podría haber sido la mayor Nación del continente y hasta del mundo.

América a principios del siglo XIX. Con la independencia vino la desdichada fragmentación de la América Hispana (o Indias), que podría haber sido la mayor Nación del continente y hasta del mundo, de haberse mantenido unida.

Artículo de opinión del periodista, profesor e historiador cubano Luis E. Aguilar León, publicado en Revista Cubana de Filosofía, Vol. II, número 10, págs. 43-47 (La Habana, enero-junio de 1952). Tomado del sitio web Proyecto Filosofía en español.

No es por un mero capricho que, en el momento en que el mundo griego afrontaba la crisis de su disolución, el viejo y sagaz Estagirita aconsejara, desde las páginas de su «Teoría del Gobierno Perfecto», que los asuntos políticos quedaran encomendados a una sola clase social y que las demás que formaban el cuerpo del Estado se abstuvieran de intervenir en ellos. Veía Aristóteles el resultado funesto que había traído a la Hélade la intervención cada día más desmedida e incontrolada de todos los ciudadanos en los problemas políticos y pretendía, vanamente, poner un dique a tal desenfreno social. Desgraciadamente, Grecia no escuchó el consejo y respondió a la evidente necesidad de unión con el exacerbamiento de las luchas intestinas. Las armas extranjeras, dolorosamente, le impusieron la solución definitiva.

En momentos de tensión mundial, cuando las mentes más altas hablan de riesgos mortales para la civilización occidental, el recuerdo es aleccionador y, para nosotros, preñado de enseñanzas, porque, cabalmente, asistimos en Hispanoamérica a la repetición del mismo sintomático fenómeno. Ocurre en Cuba y en los países hispánicos que, en mayor o menor grado, todos los ciudadanos nos vemos forzados a intervenir en la política: las mejores energías son absorbidas por su causa y aún los más indiferentes se ven afectados por ella. La Política es el tema común, obligado, urgente e inaplazable. En todo influye y es influida por todo; ella regula los planes de enseñanza, interviene en el magisterio, selecciona los caminos que han de construirse, determina los rumbos económicos y culturales de la Nación, paraliza, estorba y confunde todas las actividades, y todas las actividades desfallecen si no cuentan con apoyo político. De ahí que la Nación se haya hipersensibilizado y que cualquier cambio de régimen, cualquier variación gubernamental, por mínima que sea, produzca intensas vibraciones estructurales y se refleje hasta en los más menudos aspectos de la vida nacional. De ahí también que en Hispanoamérica sobre nada se escriba tanto y con tanto ahínco como sobre Política. Aparentemente ella es nuestra única, vital actividad. Y es que ocurre en los organismos sociales lo mismo que en los organismos biológicos. Nunca nos preocupa tanto un órgano, nunca le dedicamos tan delicada y cuidadosa atención como cuando lo sentimos y lo sabemos enfermo. Es entonces cuando dicho órgano adquiere importancia trascendental y exige preferente vigilia. Y en Hispanoamérica el organismo social ha estado enfermo desde hace mucho tiempo, se siente enfermo en la actualidad, no acierta con la fórmula curativa y el síntoma febril, la Política, sube y acalora y preocupa a todos por igual.

No hay nadie que haya meditado seriamente sobre el presente y el pasado de Hispanoamérica que no se haya sentido confundido por esa perenne y constante tribulación política. En todas las épocas el mal ha sido el mismo. [44] Junto a progresos indiscutibles, sobre los más alentadores esfuerzos, se cierne la intranquilidad social, el revanchismo partidista, el desasosiego estatal como una perpetua amenaza de tormenta próxima. La penosa realidad es que Hispanoamérica sigue sin lograr la madurez política, la seguridad colectiva, que le permita aprovechar hasta el máximo las fecundas energías nacionales. La ferocidad de las luchas de partido, el reiterado desconocimiento de los altos fines nacionales en los programas políticos, la ausencia de ideologías o de doctrinas que pretendan algo más que alcanzar el poder es, por sí solo, un síntoma pavoroso. Pero el síntoma no es la enfermedad. El mal tiene que ser mucho más profundo. Se hace preciso descubrirlo.

Para ello es necesario, antes que nada, aplicar otro viejo consejo helénico y aprender a conocernos tal como realmente somos. Repasar nuestra Historia, revalorizar doctrinas, poner en tela de juicio los conceptos dados, hurgar en nuestro pasado; esa es la tarea inmediata. Nos hace falta una filosofía beligerante de ariete y escalpelo que se atreva a hendir sin misericordia, a profundizar seriamente y a proclamar en voz alta las verdades que encuentre. Seriedad en el estudio y sinceridad en la expresión son las notas esenciales al conocimiento. Premisas erróneas producen conclusiones falsas. Rectifiquemos, pues, las premisas para plantear firmemente, con ánimos de solución, nuestro grave problema. Problema continental si miramos en derredor, problema de raza, si revisamos la Historia.

¿Qué pasa con los pueblos hispanoamericanos? ¿Qué ocurre en la América española que anda siempre a tropezones, vacilante y que ya desespera de encontrar su camino? ¿Es lo nuestro un mal congénito e incurable; una radical incapacidad para gobernarnos nosotros mismos? Tales son las angustiosas dudas que la marea del pasado arroja sobre el presente y despliega ante el porvenir. Tales son las preguntas que debemos formularnos con toda entereza y contestarnos con sinceridad. Para ello debemos acallar a los que pretendan, una vez más, ahuecar la voz y responder a tan dolorosas interrogantes con el eterno paliativo de nuestra juventud, con la vetusta excusa de nuestra inexperiencia. Como si los americanos hubiéramos nacido por generación espontánea, horros de cultura y desnudos de ciencia, y no hubiéramos sido fundados, hace más de cuatrocientos años, por un viejo pueblo europeo que se trasladó a nuestras tierras con todo su acervo espiritual y con todo su fecundo pasado. A los que desempolven tales gastados lenitivos y nos remitan hacia un perpetuo y dorado futuro, sin señalarnos los indicios presentes que permitan barruntar tan venturoso desenvolvimiento, les repetimos la ya añeja y punzante ironía de Oscar Wilde: «La juventud de América es una de sus más viejas tradiciones». Ironía que, referida a los Estados Unidos, se convierte en sarcasmo al aplicarla a Hispanoamérica. Porque nosotros lucimos perpetua y desalentadoramente juveniles. Los años transcurridos no parecen habernos madurado, no nos han envejecido en el buen sentido de la palabra; permanecemos como al principio y los temores de nuestros precursores siguen teniendo una ominosa actualidad. Ahora bien, una juventud anormalmente prolongada es tan alarmante como una vejez prematura; sería hora de esparcir la alarma ante nuestro fenómeno biológico, pero es que, en realidad, no se trata de juventud o de vejez sino de apariencia. Invirtamos los términos de la cuestión y tendremos la verdad. [45] Nosotros no somos irresponsables porque seamos jóvenes, todo lo contrario, parecemos jóvenes porque seguimos siendo irresponsables.

Cuando el viejo historiador alemán Oncken termina su «Historia de la América Latina» y va a formular conclusiones, repasa con mente ordenada y germánica la turbulenta historia de nuestros pueblos, escruta el alterado desarrollo de nuestro proceso, y escribe: «A juzgar por los acontecimientos políticos podría creerse que la independencia les fue perjudicial». Conclusión dolorosa y tremenda, que implica la máxima descalificación para un pueblo: su absoluta incapacidad para disfrutar del más preciado de los dones, la libertad. Nada importa que luego Oncken se esfuerce por presentarnos el aspecto favorable de nuestra Historia y por hacer proyecciones optimistas. Luego de haber dejado caer su tremenda sinceridad, los músicos y los historiadores gustan de añadir un allegro final que mitigue un tanto la impresión causada. Atengámonos a la sinceridad y dejemos pasar el forzado allegretto.

¿Qué pasa, pues, con Hispanoamérica? ¿Cómo podremos descubrir y atacar la causa de nuestros males, el germen productor de nuestra diátesis colectiva? Ensayemos primero, como paso previo hacia el redescubrimiento, el analizar, a vuelo de pájaro, los factores que han integrado en el espacio y en el tiempo, la realidad hispanoamericana.

El factor original y primitivo es, desde luego, España. El haber pretendido romper con el pasado y negar tan evidente premisa fue ya un mal inicial, causante de muchas confusiones y desaciertos. El pasado no puede ser borrado ni alterado por los deseos presentes, debe ser aceptado con entereza y estudiado con imparcialidad; única manera de lograr corregir los defectos y mantener las virtudes. Al cabo hemos aprendido que sólo podremos valorar plenamente la sangre castellana que corre por nuestras venas, auscultando el viejo corazón de Castilla y percibiendo sus desfallecimientos y sus palpitaciones. La raza hispana fundó y alentó la vida en nuestro Continente. Sus virtudes son las nuestras, nuestros son sus defectos. Pues bien, el rasgo característico que define al pueblo español, su perfil más acusado a través del tiempo, es el individualismo. El español es un pueblo regional, particularista, invertebrado donde la máxima aspiración de todos sus componentes es ser su propio jefe y no aceptar órdenes de nadie. El hispano jamás se resigna a ser un subordinado y acepta a duras penas su inserción en la colectividad. Ese individualismo radical, templado en España por el peso de instituciones seculares inconmovidas, la Iglesia y la Monarquía, encontró su más vasto campo de operaciones en el Nuevo Continente. Si es cierta la tesis hegeliana de que la Historia es el desarrollo de la idea de Dios, es indudable que Dios supo escoger el mejor pueblo para conquistar América. Hazaña magnífica y única en la Historia, la conquista de América se llevó a cabo con el ritmo apasionante en que se hizo, por individuos que, simplemente, no se resignaban a ser subalternos. Tomemos por ejemplo a ese Lugarteniente de Ovando, Don Diego Velázquez, que ya es rico y conocido en la Española, pero que quiere tener mando sobre alguna tierra y arriesgándolo todo se viene a conquistar a Cuba. Uno de sus lugartenientes, Hernando Cortés, Alcalde de Santiago de Cuba, no se conforma con la posición lograda, se insubordina y se lanza sobre Méjico. [46] En Méjico Don Pedro de Alvarado, segundo de Cortés, se hace célebre, noble y poderoso, pero sigue estando a las órdenes de Hernando, y Don Pedro todo lo abandona y avanza sobre nuevas tierras donde imponer sus decisiones o encontrar la muerte. Tal es la historia interminable. Cada Capitán engendraba nuevos capitanes, cada soldado soñaba con dar sus propias órdenes. Tal es la Historia en Cuba, en Méjico, en Perú y en la Tierra del Fuego. Nada detuvo a aquellos hombres mientras hubo tierras desconocidas donde ir a buscar un destino independiente. En menos de cien años, sin atenerse a ningún plan previsto ni desarrollar proyectos conjuntos, fueron vadeados los más remotos ríos y traspuestas las más altas montañas. Solamente el límite geográfico detuvo la marcha infatigable y obligó a todos aquellos capitanes, los de mando y los de anhelo, a tolerarse mutuamente, a regular sus atribuciones y a ensayar el más difícil de las artes humanas: la convivencia.

La convivencia, la estructuración social, la lenta evolución hacia un organismo político superior, se hacía más difícil en Hispanoamérica por un primer problema característico: el factor racial. Minorías cultas dominando sobre masas aborígenes ignorantes e indiferentes al propio mejoramiento. Ignorancia quiere decir servilismo, y ya queda ahí, mudo y sombrío, un arsenal inmenso de brazos serviles, prestos a ser lanzados tras cualquier causa por la voz imperiosa de algún caudillo con prestigio suficiente para ello. No se requerían muchas dotes, la masa indígena, incapaz de asimilar grandes designios, se arrojará a defender o atacar ideas imprecisas guiada por la mano de sus jefezuelos; y lo mismo luchará a favor o en contra de la independencia que a favor o en contra de su gobierno, de su progreso, de su libertad. Pero esas sangrientas etapas surgirían más tarde. Durante la colonia, la convivencia se hace posible y se nota un cierto progreso porque, por encima de las enormes deficiencias administrativas, el concepto fundamental de toda sociedad se hallaba intacto: la autoridad del Rey de España, lejana pero indiscutida, señoreaba en todos los rincones de América y armonizaba todos los impulsos. La colonia nos articula en un cuerpo político y nos identifica bajo un mismo orden. Es posible, y tal apuntan algunos historiadores, que un tiempo más de régimen colonial o un cambio en el sistema español hubiera mejorado nuestra capacidad política y hubiera dado tiempo para depurar y sistematizar nuestros anhelos independentistas con un mayor conocimiento de nuestra realidad geográfica y social. Por un mero proceso de crecimiento biológico y por una inevitable desproporción de fuerzas, España se hubiera visto forzada a concedernos, de todas formas, la libertad. Pero la historia fue diferente. En plena etapa de desarrollo, inmaduros para la vida política, la convulsión de España durante la invasión napoleónica quiebra en la América el prestigio de la autoridad real y nos obliga, inesperadamente, a utilizar nuestras propias fuerzas. Que aún no habían arraigado los sueños de libertad, lo prueba el hecho, pocas veces comentado, de que los primeros movimientos en la América española se hacen, precisamente, para salvar la autoridad del Rey en desgracia. Por un proceso natural e inevitable el movimiento derivó hacia la independencia al comprender las minorías criollas que en aquellos momentos todas las decisiones estaban en sus manos. Y surgieron las guerras liberadoras, confusas y sangrientas, donde había criollos luchando por España y españoles peleando junto a los patriotas. [47] Al final los ejércitos de España fueron vencidos definitivamente. Pero el prestigio de autoridad legítima no se quiebra sin trágicas consecuencias. Lección reiterada de la Historia que aún no hemos aprendido. Las minorías cultas, los grandes soñadores americanos, con parciales conocimientos de la realidad nacional, tenían planes y proyectos geniales y cálidos de unión y confraternidad. Pero el ligamen que mantenía unidos a los pueblos se había roto. Alentado por las divisiones geográficas, el individualismo de los viejos conquistadores, que se adormecía progresivamente en la colonia, surgió de nuevo rebelde e incontrolable. Desgraciadamente, ya no quedaban regiones por descubrir, ni mares que surcar; ahora, ante las viejas ambiciones, hay un sólo y codiciable objetivo: el poder. Los caudillos menores prefieren desgarrar la América y dominar sobre amputaciones a obedecer a una autoridad común y superior. La masa aborigen se presta a todos los impulsos, y el gran sueño se disipa. Naciones fragmentadas, gobiernos efímeros, revoluciones y contrarrevoluciones, golpes y contragolpes; tal es el resultado de la indisciplina imperante. Y por todas partes los eternos caudillos, sin la gloria de los antiguos capitanes, sacrificándolo todo por mantenerse en el poder.

Tales fueron los primeros años de vida independiente, los primeros frutos de nuestra libertad prematura. El factor original hispánico, individual y particularista, se desbordaba arrasándolo todo ante la quiebra de la autoridad superior. Confusión y divisionismo fueron los primeros trágicos resultados.

Era verosímil esperar que calmados esos primeros ardores libertarios y fatigados los ánimos por la sangrienta y continua lucha, el prestigio de la nueva forma democrática de gobierno que se ensayaba y que, con asombrosa vitalidad, lograba superar las terribles dificultades, hubiera sustituido al viejo concepto del gobierno real. Con ello lentamente se hubiera restablecido el orden, el respeto y la paz interior en Hispanoamérica. Era lo que se esperaba y lo que lógicamente debió haber resultado. Pero, desgraciadamente, para quebrar el prestigio de esa novel y reciente forma de gobierno, nuevos factores entraron en acción y se unieron al vendaval individualista para mantenernos desunidos y en un perpetuo desorden juvenil.

De ser posible, en otro ensayo intentaremos el análisis de estos nuevos factores

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