Hispanomérica: unidad en la diversidad

Hispanoamérica es, ante todo, una variada geografía en la cual vive y se afana una comunidad de pueblos de una insoslayable unidad cultural (…) Políticamente, es cierto, estamos fragmentados en un puñado de repúblicas que sobre el mapa parecen (…) pedacitos de papel de distintos colores. Pero no hay que equivocarse: ese conglomerado de repúblicas forma una sola comunidad histórica, lingüística y cultural (…) Ahora bien, unidad no es uniformidad (…) Dentro de nuestra orgánica unidad cabe también la diversidad (…) Así tenemos que, aun dentro de un mismo país, se dan esos matices regionales” (José Juan Arrom)

Escena limeña, en una acuarela del pintor costumbrista Pancho Fierro (

Escena limeña, en una acuarela del pintor costumbrista Pancho Fierro (1807-1879).

El siguiente texto es el prefacio del libro “Retratos de Hispanoamérica”, de Eugenio Florit y Beatrice P. Patt, publicado en 1962 por Holt, Rinehart and Winston (Estados Unidos).

El profesor de la Universidad de Yale, José Juan Arrom, en un reciente estudio titulado “Hispanoamérica: carta geográfica de su cultura”, que con su permiso nos permitimos reproducir, dice en parte:

Hispanoamérica es, ante todo, una variada geografía en la cual vive y se afana una comunidad de pueblos de una insoslayable unidad cultural. El convencimiento de que formamos una sola comunidad cultural no es nuevo. Lo tenían los colonizadores, que pasaban de una región a otra de las tierras recién descubiertas sin sentir que trasponían los límites de lo que se llamó, con toda razón, el Nuevo Mundo. Lo tenían los libertadores que iban, como San Martín, de la Argentina a Chile, y de Chile al Perú, llamando en sus proclamas a todos los habitantes “mis paisanos”; o como Bolívar, cruzando ríos y escalando sierras para libertar desde Venezuela hasta Bolivia,  porque sentía, como lo declara en su Carta de Jamaica, que “somos un pequeño género humano… No somos indios ni europeos, sino… americanos”. O como Martí, el último de los libertadores, para quien “del río Bravo a la Patagonia somos un solo pueblo”. Y el mismo convencimiento lo tenemos hoy todos los que hemos visto más allá del limitado horizonte de nuestro terruño natal.

Políticamente, es cierto, estamos fragmentados en un puñado de repúblicas que sobre el mapa parecen, como ha señalado Arciniegas, pedacitos de papel de distintos colores. Pero no hay que equivocarse: ese conglomerado de repúblicas forma una sola comunidad histórica, lingüística y cultural. Constituimos, como alguien nos ha llamado con áspera razón, los Estados Desunidos de América. Sólo que ni estamos tan desunidos como nuestros enemigos quieren ni tan unidos como nos exige ya nuestro futuro de hombres libres.

Ahora bien, unidad no es uniformidad, meta peligrosa que resulta en pueblos despersonalizados. Dentro de nuestra orgánica unidad cabe también la diversidad. Desde los inicios de la colonia, factores tales como el clima de una región, la presencia de metales preciosos, la densidad de población indígena, las inmigraciones subsiguientes y hasta el grado de sosiego político, han ido paulatinamente elaborando cierta matización regional que, por lo demás, no destruye la superior unidad del conjunto. Así tenemos que, aun dentro de un mismo país, se dan esos matices regionales.

Pasa después Arrom a estudiar esa matización dentro de algunos países y procede a establecer seis zonas principales para el estudio de nuestra cultura, que serían: México y la América Central; las islas (Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico); las naciones que formaban el antiguo virreinato de Nueva Granada, es decir, Colombia y Venezuela; los países que formaron el antiguo Tahuantinsuyo incaico (Ecuador, Perú y Bolivia); Chile, entre la cordillera y el mar; y finalmente las tres repúblicas rioplatenses (Argentina, Uruguay y Paraguay). Y agrega:

Esas seis zonas, empero, no quedan delimitadas por líneas profundas que separan como si fueran abismos. Al contrario: las líneas son tenues y van precisamente por donde aquellas zonas se funden y se confunden. Nos hallamos, en realidad, ante un maravilloso mural de dimensiones continentales, al cual, para observarlo de cerca y con mayor detenimiento, queremos reducir a secciones abarcables por nuestra vista. Olvidar el diseño general sería perder el concepto del conjunto y engañarnos con una perspectiva falsa.

Así concebidas estas fajas o porciones de matización, podemos aplicarlas no sólo al teatro, sino a la poesía, al ensayo y, especialmente, a la novela y al cuento, pues en ellos es donde con mayor abundancia de pormenores se refleja el medio, tanto el geográfico o primario, como el social o secundario.

La segunda parte del ensayo que comentamos estudia con algún detalle las características y la producción literaria de cada una de esas seis zonas; pero al llegar a la cuarta, hagamos, con el autor, el viaje a pie, y reproduzcamos sus palabras:

Pasemos de la tercera a la cuarta zona, y crucemos la frontera a pie, como lo hice yo en uno de mis viajes por aquella región. Del lado de Colombia hay un pueblecito, Ipiales, de mayor resonancia en las letras ecuatorianas que en las colombianas, porque allí escribió sus más fuertes panfletos el prosista máximo del Ecuador, Montalvo. Y del lado de Ecuador hay otro pueblecito, Rumichaca, separado del primero por una pequeña quebrada. Políticamente pasa por allí la línea divisoria. Pero la naturaleza misma lo contradice: con elocuente ironía ha dejado sobre la quebrada un puente natural de roca. A un lado del puente un aduanero colombiano me dijo: “Su pasaporte, señor!”. Le puso un cuño y me devolvió con un “Muchas gracias”. Di algunos pasos y el aduanero ecuatoriano me dijo: “Su pasaporte, señor”. Puso un cuño y me lo devolvió con otro “Muchas gracias”. Y habiendo cumplido ambos con su deber, volvieron al puente a seguir conversando como de costumbre, en la misma lengua, en el mismo tono, como si no hubiese pasado nada, o nadie. Mientras un mozo volvía a cargar mis maletas en el automóvil para seguir viaje pensé yo: “Así son las barreras políticas que nos dividen”.

Y así son, agregamos nosotros, las barreras culturales. Con todas sus diferencias y peculiaridades, que son muchas, Hispanoamérica es una, y así esperamos que continúe siendo. Una unión libre de repúblicas libres y de hombres libres en esta parte del planeta que es nuestra América.

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