Imperialismo cultural norteamericano en Puerto Rico

“El colonialismo actúa sobre la sociedad puertorriqueña no sólo para provocar la pérdida de elementos significantes de la cultura, en un intento por acelerar un proceso de disolución nacional, sino que usa su tremendo poder para instituir medidas que amenazan la existencia misma del pueblo puertorriqueño dentro de su propio territorio (…) la agresión cultural norteamericana en Puerto Rico no deja de impactar ni un solo resquicio de la sociedad”

Tres banderas ondean en el Fuerte de San Cristóbal, en San Juan: la de Estados Unidos, la del Estado asociado de Puerto Rico y la Cruz de Borgoña, símbolo esta última de los tres siglos de época virreinal en que Puerto Rico estuvo unido políticamente al resto de Hispanoamérica, bajo la Corona española.

Tres banderas ondean en el Fuerte de San Cristóbal, en San Juan: la de Estados Unidos, la del Estado asociado de Puerto Rico y la Cruz de Borgoña, símbolo esta última de los tres siglos de época virreinal en que Puerto Rico estuvo unido políticamente al resto de Hispanoamérica.

Artículo titulado originalmente “Imperialismo cultural y resistencia cultural en Puerto Rico”, de Luis Nieves Falcón, abogado, sociólogo, psicólogo y profesor emérito de la Universidad de Puerto Rico (UPR). Tomado de “Comunicación y cultura en América Latina: El imperialismo cultural. Aportes para el análisis de la dominación” Vol. 6; No. 6, 1978. Publicado en el sitio web de la Biblioteca Digital de la Universidad Autónoma Metropolitana (Unidad de Xochimilco).

Es preciso enmarcar, en el presente, la situación cultural de Puerto Rico, dentro de su particular condición colonial ya que ésta, en perfecta correspondencia con los objetivos del imperialismo y los procesos sociales generados para asegurar su persistencia, “ejerce un influjo que afecta todas las instancias de la sociedad”(1), o sea, que el impacto del colonialismo es totalizador y engloba el conjunto de las instituciones sociales puertorriqueñas. Dicho control lo ejerce la sociedad imperialista de Estados Unidos a través de la presión material, la presión política y administrativa, la ideológica y la represión militar y policiaca.

El objeto principal de la sociedad dominadora es el de

desviar la cultura del pueblo colonial hacia un proceso gradual de disolución y mediatización, terminando por despojar dicha cultura de los elementos básicos de resistencia al poder dominador (2).

Dicha estrategia se consolida, en primera instancia, a través del control de los bienes de producción y las fuentes generadoras de empleo y, posteriormente, subyugando al resto de las instituciones sociales. De esa manera, la metrópoli asegura que las pautas ideales de la sociedad y la cultura puertorriqueñas, los modelos de conducta a ser difundidos para su imitación e incorporación por parte de la población, estén encaminados a evitar la reafirmación nacional y cultural al igual que la emergencia de una conciencia de confrontación con el régimen. Los colonialistas norteamericanos y sus colaboradores locales, puertorriqueños y extranjeros residentes, son los responsables de promover la difusión de dichos modelos. Como resultado de esta acción imperialista, el puertorriqueño se encuentra en la peculiar situación de tener que enfrentarse en su propia nación a instituciones sociales que atentan contra su existencia como ser cultural.

Las técnicas colonialistas utilizadas para estimular un sentido de carencia y erosión cultural van dirigidas a afectar tanto el nivel cognoscitivo como no cognoscitivo de los puertorriqueños. Su manipulación aspira a desarrollar comportamientos rutinarios y hábitos que conviertan al colonialismo y la opresión en lo normativo y aseguren, con dicha internacionalización por parte del colonizado, la perpetuación del régimen de privilegios del colonizador. De ahí que los efectos deficitarios de este proceso son también totalizadores y pueden ser identificados en diversos aspectos de la expresión material y no material de los puertorriqueños. Examinemos brevemente algunas manifestaciones de esa carencia, de esa pérdida en elementos seleccionados de la cultura puertorriqueña.

Uno de los aspectos sociales en el cual se logra identificar una mayor agresión a los elementos culturales propios es la educación que recibe el puertorriqueño a través de su formación escolar. Ello se debe a que la educación, como sistema, constituye básicamente un instrumento de control al servicio de los intereses políticos y económicos de Estados Unidos. Por eso, “el pasado de Puerto Rico es casi  tierra incógnita para el puertorriqueño” (3) y se da la impresión de que su acontecer histórico comienza con la llegada de los invasores yanquis en 1898. En muchos casos, la contracción de la historia se reduce aún más al equiparar el desarrollo del pueblo puertorriqueño con el arribo al poder del colaboracionista principal en 1940. Este esfuerzo sistemático por carenciar al puertorriqueño de un pasado, por convertirlo en un ser humano sólo con presente, lleva el propósito obvio de impedirle el conocimiento de sus raíces como pueblo evitando así el contacto con elementos históricos propiaciadores de su reafirmación nacional. Esta posición en contra de una fuerte conciencia nacional propia, ayuda a explicar la omisión continua en los textos escolares de los movimientos libertarios del país y de los puertorriqueños que se han dedicado a defender la liberación del territorio nacional. Explica también el hecho de que cuando se presenta en los contenidos educativos algún defensor de la independencia se excluye su gestión a favor de la misma o se presenta en forma negativa. Idéntica situación se observa con respecto a cualquier elemento de afirmación nacional: se omite o se presenta en forma negativa para producir rechazo o repulsión por parte del lector.

Paralelamente con estos procesos se observa también en los materiales escolares una periodicidad histórica que no corresponde al desarrollo histórico de Puerto Rico sino a una que es definida en función de las acciones de Estados Unidos en nuestra nación. También se nota la exaltación de los hechos históricos de la metrópoli y el enaltecimiento de las figuras norteamericanas y los colaboracionistas locales. En dicho contexto, el niño puertorriqueño aprende unos ciclos históricos definidos en base a las acciones represivas de la metrópoli contra el pueblo puertorriqueño; que la fecha de la independencia política de su nación fue el 4 de julio de 1776, que su primer presidente fue Jorge Washington y que Luis Muñoz Marín, el máximo intermediario de los norteamericanos en Puerto Rico, es la figura puertorriqueña de mayor importancia histórica.

18 de octubre de 1898: la bandera de Estados Unidos es izada en San Juan, tras la invasión norteamericana de Puerto Rico aquel mismo año.

18 de octubre de 1898: la bandera de Estados Unidos es izada en San Juan, tras la invasión norteamericana de Puerto Rico aquel mismo año.

Todo lo anterior, en la práctica, produce la contradicción de que los puertorriqueños son forzados a percibir positivamente las acciones de Estados Unidos en nuestra patria, incluyendo la conquista de Puerto Rico por dicho país, mientras se les adoctrina negativamente con respecto a los sucesos históricos que destacan su propia lucha en contra del colonialismo. En otras palabras, el proceso educativo actual obliga a los puertorriqueños a internalizar como “buena” la lucha anticolonial de las 13 colonias norteamericanas en contra de Inglaterra y, a la vez, a internalizar como “mala” la lucha anticolonial de Puerto Rico en contra de Estados Unidos. Asimismo, aprende a evaluar como buenas las acciones opresivas del imperialismo norteamericano no sólo en otras partes del mundo sino en el propio Puerto Rico.

El impacto de estos procesos queda evidenciado entre el estudiantado universitario de Puerto Rico. Al administrárseles una prueba de conocimientos sobre Puerto Rico, América Latina y Estados Unidos, se concluye que

estos estudiantes parece que pueden obtener más contestaciones correctas sobre los Estados Unidos que de Puerto Rico y dos veces más contestaciones correctas sobre los Estados Unidos que sobre América Latina (4).

Pero ahí no se detiene la función corrosiva de la educación a través de los materiales escolares. Se advierte, además, un énfasis invariable en presentar los atributos de la tierra, la gente y la cultura puertorriqueñas en forma negativa y despreciativa. Es así que se alude consecuentemente a la pequeñez de la Isla, a la falta de recursos naturales y económicos y a la pereza y pasividad del puertorriqueño. Dicha insistencia en la autodevaluación tiene por objeto recalcar la incapacidad puertorriqueña para controlar el mundo externo. Generalmente, va acompañada de argumentaciones tendientes a justificar la presencia del colonizador para mantener la estabilidad económica y proteger a los propios puertorriqueños de sus instintos perversos los cuales los llevarían a destruirse si no mediara la figura del colonizador.

Hay otros elementos adicionales que cabe destacar en la función de desgaste cultural que cumple la educación en Puerto Rico. Uno de éstos se refiere al elogio constante de las condiciones favorables que se han dado en la colonia y que busca el efecto de legitimar la colonización. Dicha apología es la que se dedica a resaltar los adelantos materiales de más carros, carreteras y televisores, pero convenientemente omite mencionar la inadecuada distribución de la riqueza, las altas tasas de drogadicción y criminalidad y la alta incidencia de enfermedades mentales. El propósito es claro: exaltar a través de los materiales educativos la acción positiva del colonialismo y omitir los efectos nocivos de la condición colonial.

Otro elemento identificable en los materiales que se usan como base para la educación. del niño y del joven puertorriqueño es la omisión sistemática de categorías lingüísticas asociadas con la liberación o la identificación de dichas categorías con atributos negativos. Nos referimos a términos como patria, nación, república, independencia, socialismo, etcétera. En términos generales, estas palabras se excluyen de los materiales curriculares o al presentarse se hacen en términos asociativos de carácter repulsivo. El ejemplo más claro es el de la palabra “república” que evoca de inmediato asociaciones con desorden, anarquía, desgobierno, ilegalidad, perturbación, revolución, etcétera.

El saldo neto de la depresión cultural por parte de la educación es la de transmitir la percepción carencial que sobre el puertorriqueño le ha formado el colonizador. Son unos materiales que sitúan al puertorriqueño fuera de su historia y, como dice Memmi, “dispone cada día menos de su pasado y queda expuesto a perder progresivamente su memoria” (5). Asimismo, esos procesos educativos contribuyen a apuntalar su inferiorización como ser humano. Todo lo cual tiene por efecto situarlo en posición de desventaja frente al opresor.

Íntimamente relacionado a los procesos educativos previamente descritos existe el ataque continuo al que es sometida la lengua vernácula por los norteamericanos y los colaboracionistas locales en Puerto Rico. El primer embate ocurre después de los primeros meses de concluirse la invasión, cuando el administrador norteamericano del sistema educativo, Victor S. Clark, señala públicamente que:

otra consideración importante que no puede pasar desapercibida es que la mayoría de la gente de esta isla no habla español puro. Su lenguaje es un patois casi ininteligible para los oriundos de Barcelona o Madrid. No posee literatura alguna y tiene poco valor como instrumento intelectual (6).

Se justifica con esta actitud racista y prejuiciada la sustitución de la lengua vernácula como vehículo de enseñanza en el sistema escolar a favor del inglés. Dicha situación dura cerca de 52 años cuando, en el 1950, se decretó administrativamente la utilización de -la lengua española como vehículo de enseñanza en la escuela pública. Durante todo ese periodo la población mantiene el uso y defensa del español.

Continuamente ocurren otros esfuerzos por imponer el uso del inglés en otros aspectos de la vida puertorriqueña y ha sido necesario recurrir a los tribunales de justicia para preservar el vernáculo. Esa insólita situación lleva a una estudiosa de la materia a concluir que:

 … el hecho de que un pueblo recurra a los tribunales para conservar su lengua es, de por sí, una acusación a nuestro régimen colonial, régimen que es, por esencia, la negación de la justicia (7).

Informe sobre el idioma

Informe realizado por el Senado de Puerto Rico a fin de revisar la ley de 1993 que establecía de nuevo la oficialidad del inglés. La defensa del idioma es el signo más visible de resistencia cultural puertorriqueña.

La decisión de usar el español tanto en las escuelas públicas como en los tribunales de justicia no es final. Son decisiones que pueden ser revisadas por las cortes norteamericanas que operan en el país y que tienen más autoridad que las cortes locales.

La restitución del español como vehículo de enseñanza en la escuela pública no resuelve la posición de subordinación en que éste se encuentra colocado en Puerto Rico. En el propio sistema educativo público se pone en tela de juicio su utilización en la escuela elemental y secundaria y en dos facultades universitarias, medicina y odontología, se enseña en inglés. Asimismo, la mayoría de las escuelas privadas sostienen que:

… no están obligadas a usar el español como vehículo de enseñanza, situación que, de hecho, crea dos sistemas educativos con tendencia y filosofía distintas: uno que fija el gobierno y otro que, por su cuenta, fija la escuela privada. Sólo en una colonia puede un grupo de ciudadanos descartar, para favorecer los intereses del país que la domina, una norma educativa que no sólo se apoya en indiscutibles principios pedagógicos, sino que es también la única que asegura la supervivencia de esa colonia como nación, como sujeto de la historia (8).

La subordinación de la lengua vernácula se recrudece por el trato diferenciado que reciben ambas lenguas. Una intelectual puertorriqueña contrasta esa realidad actual de la forma siguiente:

… el estudio del inglés es obligatorio desde el kindergarten hasta la universidad y recibe atención especialísima en todos los programas escolares. Si lo comparamos con la atención que recibe el estudio del español, nos damos cuenta de que goza de grandes privilegios: mayor duración temporal de la clase, incluso en las zonas rurales, mayor diversidad de cursos; supervisión más intensa y rigurosa, mejor equipo, mayores y mejores facilidades para la formación profesional y adiestramiento de los maestros. Estos maestros de  inglés son “maestros” especiales, dedicados exclusivamente a la enseñanza de esa lengua; los de español tienen generalmente que explicar otras materias… A todo esto se debe añadir que gran parte de los textos escolares, sobre todo en el campo de las ciencias, son textos en inglés, mal traducidos al español (9).

Además de estas realidades la escritora señala que:

Los medios de comunicación masiva -prensa, radio, televisión y cine- dependen para sus artículos, noticias, reportajes y películas, de proveedores norteamericanos y se ven obligados a utilizar traducciones escritas en un español pésimo y doblajes que limitan el vocabulario y violentan la sintaxis para que la traducción concuerde con los movimientos labiales de actores angloparlantes. El pueblo puertorriqueño recibe por estos medios y en gran escala, un español empobrecido y deformado (10).

Hay que indicar, además, el predominio del inglés en las transacciones comerciales, el vocabulario técnico y científico, en los expedientes escolares y universitarios, en las prescripciones y expedientes médicos, en las pólizas de seguros y en los expedientes bancarios. También predomina el inglés en la mayoría de los rótulos y letreros del país y en la generalidad de los textos universitarios.

En fin, en Puerto Rico se nota que la lengua vernácula cada día se encuentra en una posición de mayor desventaja con respecto a la lengua del opresor y se agiganta el uso de anglicismos.

Como resultado “sólo una minoría muy exigua y de profesionales puertorriqueños maneja con soltura el inglés y el español” (11) y aumentan las interferencias del inglés en el español de Puerto Rico. Un estudio referente a la interferencia lingüística concluye que:

son muy importantes las huellas que la transculturación general del país ha impreso en el sistema lingüístico insular, muy visibles los deterioros actuales en el mismo y muy peligrosas las grietas que amenazan cuartear, en un futuro quizás no muy lejano, la totalidad de la infraestructura de la lengua española en la isla (12).

El problema se agudiza más aún con el retorno de puertorriqueños que emigraron a Estados Unidos y en el transcurso de los años perdieron las destrezas para una comunicación efectiva en español. Su empobrecimiento de la lengua plantea problemas agudos de recuperación cultural.

Finalmente, se observa también el auge de una actitud despreciativa con respecto al español entre algunos sectores puertorriqueños que comienzan a cuestionar la utilidad de la lengua vernácula en el mundo materialista que el consumismo colonial desarrolla en Puerto Rico y en el mundo del trabajo que es controlado por los intereses económicos norteamericanos. Nos parece que este último desarrollo resuelve el más peligroso ya que, hasta ahora, la combatividad del pueblo puertorriqueño por conservar su idioma estuvo basada precisamente en un orgullo profundo por su lengua vernácula. Todo lo cual deja crudamente expresado el peligro de que Puerto Rico pueda verse privado de su idioma no sólo en su vida oficial sino inclusive en su vida privada.

Los medios de comunicación masiva son un instrumento adicional en el proceso de penetración norteamericana en Puerto Rico y la desculturación de su pueblo. El papel de dichos medios al servicio de la ideología colonialista puede apreciarse certeramente si se tiene en cuenta que 9 de cada 10 personas poseen radio y televisión mientras que 7 de cada 10 compran algún periódico diariamente (13).

En lo que respecta a la prensa cabe señalar que la misma está controlada por intereses norteamericanos o intermediarios locales en asociación con intereses metropolitanos. Todos sostienen una posición de antiindependencia y favorecen el estado colonial presente o la anexión.

Los periódicos de Puerto Rico básicamente utilizan los servicios de una de las  dos grandes agencias de noticias norteamericanas: Prensa Asociada o Prensa Unida. Son periódicos que cada día dependen más de las agencias de publicidad para su solvencia económica y en Puerto Rico no es coincidencia que las de mayor volumen de negocios sean norteamericanas.

Escuela rural cerca de San Juan, principios del siglo XX. Aunque Estados Unidos impuso el inglés como idioma oficial, Puerto Rico es un pueblo profundamente hispano: más del 90% de la población tiene como lengua materna el español.

Escuela rural cerca de San Juan, principios del siglo XX. Estados Unidos impuso el inglés como idioma oficial, a pesar de que la lengua materna de más del 90% de la población de Puerto Rico era y es el español.

A la luz del control que los intereses norteamericanos tienen sobre la prensa no resulta extraño el peso enorme que se le da a lo económico ni la promoción positiva que reciben los patrones de conducta que estimulan el consumismo y el individualismo. De igual forma, se nota un claro intento por mantener a Puerto Rico aislado de la situación internacional y de América Latina. Esta inferencia se hace a la luz del examen de los titulares de primera página y los editoriales donde se destacan principalmente asuntos de particular interés local (14).

El carácter ideológico de la prensa es francamente antinacional no sólo por su posición antiindependentista sino por la imagen que transmite sobre las personas que defienden la independencia o sobre aquéllas acusadas por su participación en actividades patrióticas. El mensaje que llevan frecuentemente hace uso de categorías simbólicas con gran potencial social de carácter negativo con el obvio propósito de desprestigiar el ideal de la independencia y sus favorecedores. Este papel de la prensa al servicio del colonialismo norteamericano cobra mayor trascendencia ya que la mayoría de los lectores sostiene que aquélla tiene mucha influencia en determinar su propia manera de opinar (15).

Aunque a la radio se le atribuye menor influencia que a la prensa en la formación de opiniones, es significativo señalar que entre las familias pobres de Puerto Rico, que constituyen el 65% de todas las familias, la radio se escucha en promedio 3 horas y 15 minutos, pero más de una tercera parte la escucha más de 4 horas. El papel que juega la radio no se diferencia fundamentalmente de la prensa. Su contenido es, en forma determinante, antinacional y ha incrementado su posición como instrumento para la promoción del consumo. De hecho, en estudios de mercadeo para las emisoras de radio, se plantea la necesidad de manipular los mensajes radiales para influir al grupo poblacional de 15 a 29 años. El problema lo plantean de la siguiente forma:

La persona que compra por primera vez se encuentra sin lugar a dudas entre las edades de 15 a 29 años. Antes de los 15 años, sus decisiones independientes han estado limitadas a la compra de gaseosas y el cine. Después de 29 años la persona ha decidido su pasta de dientes, su automóvil, su marca de refrigerador, su ron, línea aérea y múltiples otras cosas. En otras palabras, el grupo de 15 a 29 años de edad es el blanco principal de todos los interesados en inducirlo a comprar el producto por primera vez (16).

Como puede verse, la radio, en atención a los intereses comerciales que la controlan, accede a convertirse en un manipulador a favor de la economía de consumo exagerado.

La televisión constituye, sin lugar a dudas, el medio de mayor penetración en Puerto Rico. La mayor parte de las televisoras pertenecen o están controladas por empresas extranjeras. Un estudio al respecto concluye:

La televisión puertorriqueña es una industria alarmantemente dependiente de producciones extranjeras, principalmente de aquellas originadas en los Estados Unidos. Un 62% de la programación de las tres televisoras comerciales estudiadas se componen de programas fílmicos y de cintas videomagnetofónicas producidas fuera de Puerto Rico. El efecto de este alto porcentaje de programas foráneos sobre la cultura y la ideología de nuestro pueblo debe constituir motivo de preocupación de aquellos que intentamos conservar las características tradicionales del pueblo de Puerto Rico que componen lo que llamamos “puertorriqueñidad”. Si los medios conceden status a los individuos que hacen uso de ellos, también confieren prestigio y aumentan la autoridad de los patrones culturales estadounidenses (formas de vida, valores sociales, prejuicios y hasta manerismos culturales) que monopolizan el contenido programático de nuestra televisión (17).

Calle del viejo San Juan, ejemplo típico de arquitectura virreinal de la América española.

Calle del viejo San Juan, ejemplo típico de arquitectura virreinal de la América española.

En términos concretos esto significa, además, que el 60% o más de la programación se dedica al entretenimiento -según las pautas culturales norteamericanas-, no se televisan programas de agricultura u otros aspectos importantes y el número de programas educativos o de servicio a la comunidad es mínimo. Los programas de servicio público no rebasan el 3% de la programación y son utilizados por los programadores como meros rellenos destinados a cubrir el espacio designado como “muerto”, no comercial, es decir, de escasa o de ninguna audiencia.

Los criterios para seleccionar estos programas obedecen más al “pietaje” (longitud de la película y su equivalente en tiempo) que a los méritos del contenido mismo. Por esto vemos con extrañeza documentales fílmicos al servicio del agricultor cuyo tema central es la siembra y recolección de manzanas o la pesca de salmón, dos actividades extrañas a Puerto Rico (18).

Gran parte del impacto televisado está regido por el mundo de los comerciales. En Puerto Rico la propaganda degrada los elementos de la cultura nacional al integrarlos a la propaganda comercial.

Cuando se analiza en qué consiste la propaganda comercial que recibe el puertorriqueño a través de sus televisores se encuentra lo siguiente:

El Puerto Rico de los comerciales está totalmente habitado por hombres de la raza blanca en la que predomina el tipo blanco mediterráneo, siguiéndolo de cerca el tipo nórdico de cabellos rubios y ojos azules. No existen negros ni mulatos.

Estos hombres blancos, en su mayoría, son adultos jóvenes entre las edades de 20 a 39 años. Viven rodeados de niños juguetones que insisten en devorar grandes cantidades de cereales y manipulan curiosos juguetes.

La vejez en este extraño mundo ha sido suprimida. No hay ancianos por los cuales estos adultos jóvenes tengan por quién preocuparse. Dedican mejor su tiempo a cepillarse los dientes y bañarse innumerables veces con pastillas de jabón de diversos colores y olores.

La mujer es el centro de este universo. Vive proclamando continuamente las virtudes de polvos de lavar, perfumes, jabones, comidas, con la esperanza de atraer al hombre de sus sueños al lecho de su hogar.

En este feliz Puerto Rico la pobreza fue eliminada.

La inmensa mayoría de los habitantes pertenecen a la clase media, compartiendo su hegemonía con un puñado de hombres adinerados que no significan gran cosa en este paraíso de la mesocracia.

Toda la población trabaja como profesionales, técnicos, oficinistas, secretarias, administradores y vendedores. La tierra no se cultiva y, por lo tanto, no existen trabajadores agrícolas. Los obreros están a punto de extinguirse como especie.

La población vive en la zona metropolitana, principalmente en el mismo corazón de la ciudad. El campo es un inmenso parque utilizado por el hombre de la ciudad para su disfrute y diversión en sus días de asueto.

La familia pasa la mayor parte del tiempo en la sala-comedor y en el cuarto de baño de sus hogares.

El hombre que el comercial nos ofrece como arquetipo es un ser humano centrado en sí mismo. Su máximo orgullo es la posesión de cientos de objetos a los cuales atribuye poderes casi sobrenaturales. Se busca poder y estimación ajena mediante la posesión de los artículos de consumo. El auto de último modelo o la pasta dental con el último descubrimiento de la ciencia constituyen sus fetiches favoritos. Inmerso en sí mismo sólo le preocupa el bienestar de su cuerpo y el disfrute de sus impulsos vitales (19).

En adición a un contenido extranjerizante y a una función de manipulación mercantilista, la televisión cumple la función de desconectar a Puerto Rico con el área de América Latina y de fomentar actitudes negativas hacia la independencia. Este objetivo se cumple, en parte, ofreciendo un mínimo de información sobre la América Latina. Dicha información

se centra, en primer lugar, en noticias acerca de los gobiernos de los países hermanos; en segundo lugar, en noticias relativas a asaltos y crímenes, mientras que no se le da ninguna atención a los asuntos sindicales, sociales, culturales y científicos (20).

Los mensajes así difundidos refuerzan la asociación de independencia con regímenes despóticos y anárquicos.

En conclusión, podemos indicar que los medios de comunicación masiva en Puerto Rico están caracterizados por la preponderancia de los puntos de vista norteamericanos, por la escasa programación que valore positivamente los elementos de la cultura puertorriqueña o que trate de fomentarlos (a excepción de cuando se utilizan para potenciar los impulsos inconscientes motivando al televidente hacia un acto de compra), por el control extranjero de la publicidad y, finalmente, por la posición antinacional de los medios.

El colonialismo actúa sobre la sociedad puertorriqueña no sólo para provocar la pérdida de elementos significantes de la cultura, en un intento por acelerar un proceso de disolución nacional, sino que usa su tremendo poder para instituir medidas que amenazan la existencia misma del pueblo puertorriqueño dentro de su propio territorio.

Nos referimos a las acciones de los imperialistas norteamericanos y sus intermediarios locales, asentados en una vasta propaganda que incluye todos los medios  de comunicación, para que el pueblo acepte la emigración como una alternativa digna y justa a su condición de colonizado; para que vea la inmigración de extranjeros, mayormente reaccionarios defensores del colonialismo norteamericano en Puerto Rico, como una cosa beneficiosa para el interés nacional; y para que accedan a la esterilización masiva de su propia gente. Son tres medidas continuamente reforzadas por el imperialismo en mi país con el propósito claro de menoscabar la integración de la nación puertorriqueña.

Escudo de Puerto Rico

Escudo de Puerto Rico, el más antiguo de todo el continente americano, otorgado por la Corona española en 1511 y adoptado nuevamente por el Estado asociado en 1976. Lleva los símbolos de la historia, cultura y religión de Puerto Rico y el lema “Juan es su nombre” en latín.

Estos actos de agresión utilizan como punto de referencia “el crecimiento morboso, patológico” de las familias puertorriqueñas y “los limitadísimos recursos” con que cuenta Puerto Rico. La manipulación de la información omite decirle al puertorriqueño que la tendencia histórica observada en Puerto Rico es que la tasa de natalidad se reduzca (21), que el incremento poblacional entre 1960 y 1970 se debió casi exclusivamente a la entrada al país de extranjeros sobre los cuales Puerto Rico no tiene poder alguno de regulación, que el problema principal es la continuada desigualdad (22). En otras palabras, el llamado problema poblacional en estos momentos se debe al mayor enriquecimiento de los ricos y al aumento numérico de la población no por efecto de los nacimientos de los puertorriqueños sino debido a la entrada de los extranjeros.

El saldo neto de esta política norteamericana en contra de los puertorriqueños ha sido el exilio forzoso de más de un millón de puertorriqueños, quienes en su lucha por sobrevivir en los barrios pobres de la metrópoli comienzan a perder algunos de los elementos culturales básicos y a desarrollar tasas crecientes de desajuste mental. Muchos regresan al territorio nacional planteando nuevos problemas de recuperación cultural.

La inmigración de extranjeros, con participación completa en los limitados procesos electorales, asegura el continuado sostén del imperialismo. Son elementos a la disposición del régimen para socavar todo acto de reivindicación nacional.

La esterilización masiva de la mujer puertorriqueña, a lo cual hay que añadir los experimentos contraceptivos bajo condiciones poco deseables, deja a Puerto Rico con la tasa de esterilización femenina más alta del mundo: un 36% de las mujeres en edad fértil. La manipulación de la población por el régimen y sus intermediarios locales en lo referente a las medidas que afectan la población autóctona del territorio parece haber sido efectiva si tenemos en consideración la alta tasa de esterilización y la escasa oposición de las familias puertorriqueñas a la esterilización masiva. Ésta, de acuerdo a un estudio en la materia, puede muy bien culminar en “la eliminación de los pobres sin transformar las estructuras obsoletas…” y plantea “la posibilidad” de una sustitución de la población autóctona o el genocidio como consecuencia final de esa política (23).

Dentro de este conjunto total de agresión cultural, la religión como elemento institucional ha servido de instrumento colonialista para acelerar la pérdida de la cultura puertorriqueña y su despuertorriqueñización. En su fase inicial el fenómeno se manifiesta en las tentativas de despojo que tratan de efectuar las sectas protestantes en su esfuerzo por evangelizar a la población católica de Puerto Rico y en su acción directa de establecer escuelas para la americanización de los “nativos”. Ese papel asimilista todavía perdura entre los movimientos protestantes en forma significativa.

Entre la estructura católica romana y la autoridad colonial hay un choque inicial que queda salvado por consideraciones económicas favorables a la Iglesia Católica y ésta pasa a ser un colaborador abierto de la americanización y del anexionismo. Parte importante de esta función se realizó a través del sistema privado de escuelas parroquiales en los cuales todavía se usa extensamente el inglés como idioma de enseñanza y en cuyos contenidos curriculares se omite la cultura y la sociedad puertorriqueña (24).

La alianza de la jerarquía de la Iglesia Católica con el opresor colonial se realiza, además, a través del desarrollo de actitudes que propician la subordinación y desalientan la liberación con el fin obvio de justificar la opresión y preservar su posición privilegiada actual. Entre las actitudes más cultivadas por la adoctrinación religiosa para el pueblo, están las que llevan a las personas a afirmar que ciertas cosas en la vida de uno están escritas por Dios y aunque uno quiera cambiarlas no podría (8 de cada 10 puertorriqueños); que los problemas es bueno ponerlos en manos de Dios, ya que Él, tarde o temprano, les da solución (8 de cada 10 puertorriqueños) (25). Como podrá verse, la perpetuación de actitudes como éstas, sólo contribuyen a reafirmar la impotencia del puertorriqueño colonizado para ejercer el control sobre su mundo externo y consecuentemente, preservar la desigualdad económica y social en las sociedades coloniales, sin alterar el orden opresivo que los norteamericanos ejercen en el país.

La posición antinacional de la jerarquía eclesiástica católica queda en evidencia por el marginalismo de los religiosos que defienden la independencia y por el uso continuo del púlpito para atemorizar al pueblo en contra de la independencia utilizando como argumentación que la soberanía nacional lo que haría sería dejar libre el camino a las llamadas “fuerzas internacionales del ateísmo y del comunismo”. No hay duda de que, detrás de esta prédica, lo que está oculto es la alianza de dicha estructura con las clases dominantes del país y el temor de que la caída del colonialismo en Puerto Rico amenace su privilegiada posición económica y de clase.

Mujeres en una fábrica, hacia 1940. Estados Unidos practicó una esterilización masiva de mujeres puertorriqueñas y promovió la emigración fuer ade la isla, para reducir su población.

Mujeres en una fábrica, hacia 1940. Durante décadas, Estados Unidos practicó una esterilización masiva de mujeres puertorriqueñas y forzó la emigración planificada anual de miles de hombres.

Como se observa, la agresión cultural norteamericana en Puerto Rico no deja de impactar ni un solo resquicio de la sociedad. La familia como unidad primaria no escapa a dicha penetración. Su efecto inmediato refleja la merma cultural que se observa en la sociedad. Dicha acción incluye, por lo menos, dos vertientes. Primero, la familia se convierte en el centro depositario y transmisor de la amnesia histórica que propulsa el colonialismo, de la inferiorización del colonizado y segundo, también hace suya la colonización del vernáculo, particularmente en lo referente a las categorías lingüísticas liberalizantes. Esto se debe en gran parte a los escasos rudimentos cognoscitivos que tiene a su disposición la pobremente escolarizada familia puertorriqueña y a la necesidad vital de subsistir en una situación de pauperización generalizada.

La interrelación de dicho conjunto de factores y la lucha por la sobrevivencia en la condición colonial convierte a la familia en un refugio caracterizado por el autoritarismo y la lealtad incondicional a sus integrantes. De hecho, muchos de los rasgos opresivos que se observan a nivel sistemático en la sociedad colonial se revelan en la familia del colonizado donde los roles opresivos actúan efectivamente contra las mujeres, las personas no adultas y los niños. Las relaciones interpersonales que reciben mayor vigilancia son el respeto, la obediencia y la dependencia de la unidad familiar, canalizada a través de la distribución del afecto (26). Dichas relaciones son, a su vez, reforzadas en el mundo de la escuela, la religión y el trabajo. Son realmente cualidades de servidumbre desarrolladas en sociedades dependientes y que el colonialismo sanciona y estimula para asentar sobre ellas su patrón de explotación. Por eso, en ocasiones, el proceso de liberación se confronta con la ruptura de relaciones con los grupos primarios.

Lo que quiero decir es que hay ocasiones en que el colonialismo utiliza lo que parecen ser comportamientos propios del colonizado -como la obediencia- para fomentar sus intereses particulares. Es así que la obediencia fomentada al nivel familiar puede manipularse para que sea transferida a las demás esferas de acción social que traen provecho directo para el colonialista. Lo mismo ocurre con respecto a la lealtad familista que se desarrolla como consecuencia de la dependencia familiar. La misma se manipula para coartar el desarrollo de lealtades nacionales y colocar en planos antagónicos la fidelidad a la patria y a la familia. Puede darse el caso que, ante la disyuntiva de tener que escoger entre una alternativa de liberación que comprometa los intereses familiares, los demás miembros de la familia apelen a la teoría del sacrificio familiar, a la del agradecimiento, a la responsabilidad máxima que se tiene con la familia y el afecto familiar para evitar el compromiso político considerado poco deseable. Esta presión familiar sólo se enfrenta a una responsabilidad nacional gravemente minimizada durante todo el proceso de socialización y de educación formal. Por esto, la decisión final con respecto a una acción particular, aunque represente un conflicto para la persona concernida, sólo se da, generalmente, entre aquellos  individuos con un profundo compromiso político. El colonialismo recalca la responsabilidad familista, en detrimento de la responsabilidad colectiva, con el fin de reducir cualquier acción conjunta que pueda amenazar su posición de poder en la colonia. Estimamos que en Puerto Rico es corriente subordinar los intereses nacionales a los intereses particulares y familiares. Esto, no obstante, no puede ser obstáculo para desarrollar estrategias que permitan incorporar dicho patrón cultural a la lucha por la reivindicación nacional. De esta forma, puede iniciarse la recuperación de la familia y ponerla al servicio de la Patria.

Lo que he querido señalar a través del análisis previo a la penetración cultural norteamericana en Puerto Rico, es que tanto el nivel material como ideológico son realmente instrumentos de la política norteamericana por reducir numéricamente la población puertorriqueña a fin de asegurar una mayor explotación del territorio nacional y diluir la base cultural de la sociedad para evitar el desarrollo de una identificación nacional que amenace el régimen colonial vigente. La meta a largo plazo es la de convertir a los puertorriqueños en una minoría dentro de su propio país para tener, finalmente, un Puerto Rico sin puertorriqueños y culminar la extinción completa del grupo nacional. Se devela así otro esfuerzo más del imperialismo norteamericano por destruir aquellos pueblos que se le resisten. Ese fue su objetivo con respecto a los indios en América y con relación a Vietnam. No queda duda de que, a pesar del uso de tácticas diferentes, ése es también su objetivo en lo que concierne a Puerto Rico.

Este ataque brutal en contra de la cultura puertorriqueña y de lo que ésta representa en la lucha de liberación de Puerto Rico, se posibilita a través de una estructura política local integrada por colaboracionistas quislings puertorriqueños que cumplen la encomienda qué les asigna el Imperio. Son los que tienen a su cargo oponerse a las iniciativas políticas autóctonas que fomentan la liberación; los que sostienen los elementos psicológicos que afirman la subordinación frente al opresor; los que reducen la toma de conciencia al disminuir la visibilidad del opresor yanqui y pretender que el conflicto se asienta entre clases de un mismo conjunto nacional; los que utilizan el poder legislativo y ejecutivo como instrumento de represión en contra de los que propulsan la liberación nacional; y los que ejecutan las políticas reformistas encaminadas a deflacionar la ascendente oposición al régimen. Son, en fin, los responsables de darle un manto de legalidad a la ilegalidad del colonialismo a cambio de las ventajas materiales y de prestigio que reciben, a despecho de los graves daños que infligen a los intereses mayoritarios de la nacionalidad puertorriqueña. Con ellos se hace totalizador el impacto del colonialismo en Puerto Rico.

Es lógico preguntarse si es posible para el pueblo puertorriqueño recuperarse de una penetración y un desgaste cultural tan significativos como el que revela su entramado social; no tengo duda alguna de que no sólo es posible sino inevitable. En nuestro país se observan algunas formas de expresión antiimperialistas que revelan los soportes de una recuperación política y cultural.

Lo primero que llama la, atención es la latencia de un sentimiento antinorteamericano generalizado aunque el mismo no queda claramente estructurado. Asimismo, se advierte una tenacidad psicológica por mantener los elementos integradores de la puertorriqueñidad. Ante la agresividad avasalladora de la penetración norteamericana esta defensa emocional de lo propio toma frecuentemente el carácter de una pasividad que resulta enloquecedora para el colonizador mientras que, en otras ocasiones, resulta en una transformación de la pauta norteamericana para trastocar su sentido original y ajustarla al modo puertorriqueño. Ambos niveles de comportamiento descansan fundamentalmente en elementos afectivos que tienen una enorme significación para el puertorriqueño.

En adición a dichos procesos no cognoscitivos encontramos una nueva generación de científicos sociales, que cultiva una ciencia social de denuncia, develando persistentemente las iniquidades del régimen presente y ayudando a crear conciencia entre las juventudes universitarias sobre la condición colonial de Puerto Rico y sus efectos sobre la nacionalidad.

Existe, además, un resurgimiento de la cultura popular, tanto artesanal como literaria, que mueve a la afirmación de valores culturales autóctonos y a una nueva búsqueda de los orígenes nacionales. Este auge de la cultura popular está complementado por una nueva corriente en las artes plásticas que usa como fuente de inspiración el pasado y la tradición nacional y la expresión. Artística como un medio para delatar la situación colonial. Dentro de esta corriente, el indio, el negro y el campesino surgen como símbolos de afirmación patriótica mientras se expresa en forma realista la crudeza terrible del imperialismo.

También el cartel político se destaca como medio de gran fuerza expresiva. De forma igualmente vigorosa puede calificarse la nueva literatura -tanto en prosa como en poesía- que tierno como compromiso crear nuevas identificaciones afectivas con el pasado histórico, los patriotas puertorriqueños y la nacionalidad y, a la vez, acusar al imperialismo norteamericano.

Unida a las artes plásticas y a la literatura surge una canción de protesta que, utilizando los estilos populares, recoge su inspiración en la poesía patriótica y crea nuevas formas de denuncia. Comienza a desarrollarse, de manera incipiente, el teatro popular, que, junto a un naciente cine comprometido augura otras vertientes en la lucha anticolonial de Puerto Rico.

Estas expresiones culturales de carácter antiimperialista se dan conjuntamente con procesos sociales precursores de la ruptura de las relaciones de dependencia y sumisión: una menor tolerancia hacia el proceso de desculturación, aumento de los conflictos de clase con los colaboracionistas locales, oposición generalizada y crecientemente pública al opresor yanqui; resistencia positiva en el mundo del trabajo, manifestada en continuos movimientos huelguísticos, y la mayor militancia de los partidos que defienden la independencia, plasmándose ésta en un creciente respaldo popular. Son nuevos elementos que vienen a sumarse a la tradicional oposición psicológica al régimen y a los continuos enfrentamientos armados que en distintos momentos históricos los puertorriqueños han llevado a cabo.

El posterior desarrollo de estos factores y de otros que han de surgir de la toma de conciencia por la liberación nacional, harán posible que se frene la desculturación de Puerto Rico. Sólo la independencia podrá cumplir esta tarea y la posterior recuperación cultural y económica del puertorriqueño. Su realización exige la movilización urgente del pueblo puertorriqueño y en eso laboramos diariamente en nuestro país. Pero ese trabajo ingente que da dirección a nuestras vidas,  requiere también la movilización de la opinión pública internacional y la ayuda sostenida de los pueblos del mundo. Después de todo, la lucha que se libra en Puerto Rico es parte de la lucha que lleva a cabo la humanidad por su propia dignificación.

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NOTAS

1 Georges Balandier, Teoría de la descolonización: las dinámicas sociales , Buenos Aires, Edición Tiempo Contemporáneo, 1971, p. 41.

2 Manuel Maldonado Denis, “Imperialismo y cultura nacional en Puerto Rico”, Casa de las Américas, enero-febrero, 1972, Nº 70, p. 33.

3 Nilita Vientós Gastón, “El Tribunal Supremo de Puerto Rico y el Problema de la Lengua”, Ibid., p. 64.

4 Luis Nieves Falcón, “Sociedad y cultura de Puerto Rico: primera prueba diagnóstica”, multigrafiado, 1966.El trabajo aludido resume los hallazgos de la forma siguiente:

Al compararse la proporción promedio de contestaciones correctas se encuentra que el mayor porcentaje promedio de contestaciones correctas correspondió a los ejercicios que se referían a los Estados Unidos de América del Norte , seguido por el que correspondió a Puerto Rico y, finalmente, a la América Latina… Llama la atención el hecho de que la proporción promedio de contestaciones incorrectas es mayor en lo referente a Puerto Rico cuando se compara con los Estados Unidos. El margen de incorrección se duplica al comparar el conocimiento que dichos estudiantes tienen sobre América Latina… Los datos recopilados permiten formular una hipótesis de investigación en el sentido de que los conocimientos aprendidos por los estudiantes tienden a identificarlos más con los Estados Unidos que con Puerto Rico y mucho menos con la América Latina.

5 Albert Memmi, Retrato del colonizado, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1969, p. 111.

6 Juan José Osuna, A history of Education in Puerto Rico, Río Piedras, Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1949.

7 Nilita Vientós Gastón, op. cit., p. 55.

8 Ibid., pp. 68 y 69.

9 Margot Arce de Vázquez, “El porvenir del español en Puerto Rico”, Casa de las Américas, op. cit., p. 77.

10 Ibid., p. 78.

11 Ibid., p. 75.

12 Germán de Granda, Transculturación e interferencia lingüística en el Puerto Rico contemporáneo (1898-1968), Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1968, p. 159.

13 Luis Nieves Falcón, Clima ideológico de un grupo de jurados, Río Piedras, Ediciones Librería Internacional, 1972, p. 28.

14 Gabriel Moreno Plaza, “El sentido ideológico de la prensa en Puerto Rico”, Revista Puertorriqueña de Investigaciones Sociales, Vol. 1, N° 1, Julio-Diciembre, 1976, pp. 26-29.

15 Luis Nieves Falcón, op. cit., pp. 87-88.

16 Understanding Radio in San Juan, a presentation by WBMJ, mecanografiado sin paginar y sin fecha.

17 Giovanna Scarano Fiol y Juan Miranda Alfonso, “Estudio investigativo de la televisión en Puerto Rico”, multígrafo, 1972, p. 6.

18 Ibid., pp. 8 y 11.

19 Juan Miranda Alfonso, Los anuncios comerciales en la televisión de Puerto Rico: su mensaje oculto, Disertación para el grado de Maestría en Comunicación Pública, Escuela Graduada de Comunicación Pública, 1975, pp. 44-45.

20 Gabriel Moreno Plaza, op. cit., p. 28.

21 La tasa de natalidad de 1899-1910 era de 40.5, de 1920 de 39.8 y de 1960-1970 de 29.0.

22 Para el 1960 el 25% de las familias recibía el 3% del ingreso generado mientras que el 9% de las familias recibía el 40% de dicho ingreso.

23 Saúl Pratts Ponce de León, “La esterilización femenina en los sectores pobres de Puerto Rico”, Revista Puertorriqueña de Investigaciones Sociales, Vol. 1, Nº 1, p. 38.

24 Charles Joseph Beirns, S. J., The Problem of Americanization in the Catholic Schools in Puerto Rico, Disertación doctoral, Universidad de Chicago, 1973, pp. 96 y 141.

25 Luis Nieves Falcón, “Estudio socio-religioso”, 1968, datos estadísticos.

26 Luis Nieves Falcón, “El niño puertorriqueño: bases empíricas para entender su comportamiento” en Diagnóstico de Puerto Rico, Río Piedras, Editorial Edil, 1972.

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Un pensamiento en “Imperialismo cultural norteamericano en Puerto Rico

  1. juan emmanuel capo cruz

    quien hizo el dibujo del escudo de Puerto rico, no lo explica aqui deberian de poner el nombre y el pais en donde lo realizaron

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