¿Utopía?

“el argumento histórico refuerza la tesis de que Hispanoamérica es, de hecho, una nación dividida por las potencias anglosajonas para impedir la formación de una superpotencia de habla española en el mundo, que hoy se mediría cara a cara con China y Estados Unidos (…) los obstáculos legales y materiales pueden ser muchos, pero lo esencial es (…) lo que ha de ser una idea persistente entre nosotros: la reunificación. No existen suficientes razones en el mundo para justificar que Hispanoamérica deba continuar desunida. Sostener esto es lo que constituiría, realmente, la utopía y la anti-historia”

Territorio de las Indias (América Hispana) a finales del siglo XVIII, pocas décadas antes de su desdichada fragmentación.

Territorio de las Indias (América Hispana) a finales del siglo XVIII, pocas décadas antes de su desdichada fragmentación.

Artículo del jurista y consultor José Ramón Bravo publicado en dos partes en el periódico digital peruano UCV Satelital (4 y 15 de julio de 2013).

Recuerdo bien que hace ya varios años, cuando todavía vivía en España, durante una celebración familiar, se suscitó, entre otros temas de conversación, el de la debilidad política y económica de los actuales países hispanoamericanos. Supongo que por aquel entonces yo mismo también me había acostumbrado a denominarlos, erróneamente, como “latinoamericanos”; ya saben, por aquello de la inercia, la pereza o la inconsciencia en la que caemos frecuentemente incluso a este lado del Atlántico para referirnos a los pueblos americanos de lengua española. Ya entonces, y a pesar de mi todavía limitado conocimiento de la realidad histórica americana, yo tenía la firme convicción de que sólo habrá un futuro verdaderamente próspero para esa parte del mundo si consiguen unirse formando un solo país. El único familiar no español que estaba presente –colombiano por más señas-, tras oír mi teoría, respondió de forma concluyente diciendo que aquello era, en realidad, “imposible”. Lo afirmó con tal convencimiento y seguridad, que quien esto escribe tuvo la sensación de que, efectivamente, aquello no podría darse jamás en la realidad y que lo que yo acababa de proponer era poco menos que una temeridad. En definitiva, la unión de los países hispanoamericanos, al parecer, no era sino una pura utopía.

Pero dejemos aparte opiniones o deseos e imaginemos por un momento la siguiente hipótesis. Supongamos que existen dos líderes políticos, dos estadistas que coinciden esencialmente en la necesidad de formar un pacto o coalición que va más allá de lo puramente ideológico o partidista y están convencidos de que la única forma de lograr alcanzar unos determinados objetivos es unir sus fuerzas. Imaginemos que, teniendo en sus manos la responsabilidad de decidir la política exterior de sus respectivos Estados, deciden proponer a sus respectivos parlamentos nacionales la conveniencia de materializar dicha unión mediante un proceso de convergencia económica e institucional que inicie un proceso progresivo de acercamiento de sus respectivos ordenamientos jurídicos pactando unas mínimas normas comunes en diversos ámbitos clave del desarrollo de la vida de sus respectivas sociedades y que, en última instancia, debería culminar con el reforzamiento de sus fronteras exteriores y la progresiva eliminación de las interiores, facilitando la libre circulación de personas y factores económicos, eliminando progresivamente trabas jurídicas. A este núcleo inicial bi-estatal se le unirán paulatinamente otros estados circundantes que irán ampliando la extensión y por tanto el peso geopolítico mismo de la entidad que se está creando. Imaginemos que todo esto se da además en un contexto internacional que parece aconsejar la búsqueda de un reforzamiento del propio poder político si no se quiere desaparecer arrastrado por otras potencias que amenazan la propia integridad e incluso la existencia de esas sociedades. ¿Es esto una utopía? Legalmente no existe, a priori, ninguna traba para ello si existe la voluntad política y la inteligencia y la visión estratégica suficiente en los estadistas antes mencionados. Para quien crea que esto es una utopía, valdría la pena recordarle que el proceso de formación de la Unión Europea es, en esencia, lo que acabamos de describir.

Ahora imaginemos que otros dos estadistas, con el necesario consenso y legitimidad política y un mínimo apoyo social, perteneciendo a dos Estados que estuvieron unidos como una sola entidad jurídico-política y que antes de ello ya formaban una comunidad de origen con una historia, cultura, religión, tradición y lengua comunes, deciden reunificar sus respectivos Estados en una sola entidad soberana como lo eran antes de su división, porque la fractura ideológica que los había dividido había sido impuesta por potencias extrañas y porque sus respectivas clases políticas han creído llegado el momento de acelerar el proceso de reunificación nacional apelando al consenso y la solidaridad para alcanzar tan noble objetivo. ¿Es esto también una utopía? Nada de eso; explicado en términos sencillos, se trata del proceso de reunificación que tuvo lugar en Alemania en el brevísimo período de 1989-1990.

Hemos dado estos ejemplos por tratarse de fenómenos recientes y afectar a entidades políticas que aún existen a día de hoy. Para los “utopistas” hispanoamericanos, estos procesos son, aparentemente, imposibles en la América hispana, pero sin embargo fueron posibles –es una realidad evidente- en el caso europeo y alemán. Si no se ha avanzado más en la integración de Europa en un solo Estado es porque todavía persisten posiciones muy encontradas, fundamentalmente “nacionales” entre las elites que gobiernas los respectivos Estados, especialmente aquellos que son más poderosos. Y estas posiciones no son caprichosas: tienen una explicación en el hecho de que Europa es una amalgama de estados nacionales profundamente diversos entre sí, por más que se hable de la “civilización europea” o “los valores europeos”. La realidad es que lo que vemos en Europa es una historia llena de guerras y enfrentamientos entre pueblos divididos por distintos idiomas, religiones, culturas, tradiciones jurídicas, construcciones e imaginarios nacionales radicalmente distintos. Nada de lo cual se da en Hispanoamérica, pues esta tiene un mismo origen (una nueva sociedad hispano-indiana o indo-española que se inicia a finales del siglo XV), una misma base cultural, unas mismas tradiciones y creencias, un idioma común (el español), una misma base jurídica que deriva del rico y original derecho indiano, y estuvo unida durante más de tres siglos como una sola entidad política diferenciada dentro de lo que era el super-estado que formaba la Monarquía católica (española) que se derramaba por varios continentes, incluyendo a Filipinas y otros territorios en África y en el Pacífico. Durante los tres largos siglos de la época virreinal (erróneamente llamada “colonial”: no eran colonias, sino Reinos y provincias de un mismo Estado inter-continental), las Indias – es decir, Hispanoamérica- funcionó, de hecho, como una entidad política diferenciada dentro de un cuerpo político mayor, la Monarquía hispánica o española. Es decir, era casi un “Estado dentro de otro Estado”, con una unidad indiscutible sancionada por el lema “utraque unum”, que en latín significa “ambos son uno”, haciendo referencia a la unidad de esa Monarquía a ambos lados del océano. Hoy dicho lema podría simbolizar la unidad de las dos civilizaciones que se fusionan en Hispanoamérica: la europea-española y la indígena-americana, dando lugar al mestizaje no sólo biológico sino también cultural que caracteriza a la América española y hace de ella una realidad cultural e histórica única entre las grandes creaciones civilizatorias de la Humanidad. Ese “Estado indiano” fue, pues, una unidad política desde finales del siglo XV hasta principios del XIX, y compartió un mismo régimen político, una misma tradición jurídica, un mismo sistema económico y legal, un idioma común, una misma religión y cultura e incluso una misma moneda: la onza castellana de plata, ampliamente utilizada en Asia como divisa en el comercio internacional, debido al papel preponderante que tuvo la Monarquía hispana en la economía mundial durante tres largos siglos.

Si, teniendo en cuenta los aspectos mencionados, todavía seguimos pensando que la unidad hispanoamericana es una “utopía” es porque o desconocemos nuestra historia o porque hemos recibido, desde la escuela, la familia y los medios de comunicación una historia que es, pura y simplemente, falsa. Y ese convencimiento de que nuestra unidad es una utopía no está basado en los escollos materiales o legales o de “poder invisible” que ejercen las superpotencias sobre nuestras elites, impidiendo su emancipación nacional y su reunificación, todo lo cual es en parte cierto. El problema es que la mayoría de los hispanoamericanos de hoy piensan que la unidad es utópica porque nuestros países nunca estuvieron unidos o si lo estuvieron fue durante una época de esclavitud, miseria y atraso de la que consiguieron liberar a sus “pueblos” gracias a las guerras de independencia.

La división actual de Hispanoamérica en 18 repúblicas.

La división actual de Hispanoamérica en 18 repúblicas, fruto del imperialismo de las potencias anti-hispánicas.

Como sabemos, Hispanoamérica no sólo formó una unidad política dentro de la monarquía hispana con una legislación, economía, comercio y moneda propios, sino que además dicha unidad se prologó durante más de tres siglos, es decir, que su existencia como entidad política es muy superior a la de la inmensa mayoría de “países” que existen hoy día en el mundo, con la única excepción de una decena de naciones a lo sumo (Gran Bretaña, Francia, Portugal, España, China, Rusia, Japón). La gran mayoría de países de la propia Europa, y por supuesto Asia y África, tienen tan sólo unas décadas de existencia como entes políticos soberanos. Es decir, el argumento histórico refuerza la tesis de que Hispanoamérica es, de hecho, una nación dividida por las potencias anglosajonas para impedir la formación de una superpotencia de habla española en el mundo, que hoy se mediría cara a cara con China y Estados Unidos. La segunda gran patraña que desde chicos nos han metido en la cabeza es que la América española, y el mundo hispánico en general, era un mundo “pobre, atrasado, feudalizado, con terribles desigualdades e injusticias, etc.”. Evidentemente, si comparamos la sociedad estamental de entonces con las sociedades democráticas más avanzadas de hoy en día, es como comparar la luz y las tinieblas. Pero sucede que a los hechos históricos hay que contemplarlos y juzgarlos en la época a la que pertenecen. Y en la época a la que nos referimos, España y las Indias eran uno de los Estados más avanzados y poderosos del mundo.

El gran geógrafo, naturalista y explorador Alexander Humboldt en su obra “Viaje de un naturalista alrededor del mundo” (publicada en 1800) habla maravillado del avance científico y social de la Nueva España (hoy México) y otros territorios de la América española, comentando al respecto que no ha visto en el mundo mayor alegría y felicidad de vida que en las posesiones españolas en América: “Es un canto a la vida, una esperanza de felicidad; el lugar donde viven las personas más dichosas del planeta”, como nos recordaba el economista e historiador argentino Julio Carlos González en una entrevista en la que comentaba su magnífico libro “La involución hispanoamericana”: la autoridad de Humboldt, pues, destruye la novela imaginaria de una antinomia entre autóctonos y españoles. Efectivamente, tras los primeros enfrentamientos –inevitables- de los primeros años de la Conquista, después, durante tres siglos, se cimienta una civilización hispano-indiana (o indo-española) que vive en perfecta armonía. Y señala además al respecto este autor que los indios poseían sus propias tierras, que la Corona española respetó, a diferencia de lo que ocurrió con las repúblicas criollas tras la independencia, una de cuyas primeras medidas legales fue decretar el fin de la propiedad comunal indígena para vendérsela a bajo precio a criollos y extranjeros y poner los recursos económicos de Hispanoamérica a disposición del imperialismo británico, todo lo cual conllevó el empobrecimiento y miseria masiva de la población indígena. La tercera gran falsedad es, de hecho, presentar la mal llamada “independencia” como una obra épica de liberación de naciones. Esto es un auténtico disparate, porque la época de las nacionalidades no surge sino hacia las últimas décadas del siglo XIX (justamente cuando se producen las reunificaciones respectivas de Alemania y de Italia),  de modo que lo que en realidad supone la mal llamada “independencia” es en realidad el inicio de la “dependencia”… de Inglaterra y posteriormente de Estados Unidos. Es decir, supone la “destrucción de la potencia hispánica” (en acertada expresión del historiador Luis Navarro García, de la Universidad de Sevilla), de pasar de ser una gran potencia decisoria en la geopolítica mundial a ser un archipiélago de pequeños y medianos Estados sin ningún rol relevante en el mundo, como querían precisamente los anglosajones, para dominarnos mejor.

Durante la época virreinal, tanto en México como en otros lugares de América existían tanto los recursos como los factores y las condiciones que habrían podido llevar a Hispanoamérica a un formidable desarrollo económico, si las elites criollas no la hubieran dividido y entregado a la voracidad de Gran Bretaña. Tanto en México como en Quito, así como en muchos otros lugares, existía una amplia actividad de producción textil, toda una proto-industria virreinal que, de haber evolucionado de forma autónoma sin la interferencia destructiva de las manufacturas europeas, sobre todo inglesas, habría sido el cimiento de un futuro desarrollo económico hispanoamericano de mucho mayor alcance. Además, el mismo Julio Carlos González nos recuerda que durante los tres largos siglos de la época indiana o virreinal, el Pacífico era “el mar de España” pues al estar el Atlántico plagado de piratas ingleses que asaltaban continuamente a los galeones de Indias, el comercio internacional sólo podía realizarse con “normalidad” a través de los tres grandes puertos hispanos del Pacífico: Monterrey (en la actual California, pero en aquella época territorio de Nueva España), Callao y Valdivia. Los grandes países de Asia (China, Japón, India) no se regían por el patrón oro, sino por la moneda de plata, por lo que la moneda española, la onza castellana de plata o real de a ocho, era moneda corriente en los intercambios comerciales. Por ello dice este autor que “el imperio español suponía la mitad del movimiento de la economía mundial”. Y fijémonos dónde estamos ahora.

Y volviendo al supuesto “utopismo” de las ideas reunificadoras hispanoamericanas, no está de más recordar que las grandes creaciones y cambios políticos que han cambiado radicalmente el curso de la historia, bien podrían haber sido considerados como “utópicos” en la época en que estaban a punto de realizarse. ¿Fue considerada una utopía la revolución francesa, la independencia y formación de Estados Unidos, la creación y posterior caída de la Unión soviética, etc.? Tal vez, pero es un hecho que ocurrieron, y es también un hecho que la historia no es una proyección en línea recta del presente, pues en tal caso no habría nunca evolución. La historia nos sirve de referencia, sí, para comprender a las sociedades humanas a través de los tiempos, saber de dónde venimos y ayudarnos a buscar las bases que pueden ayudarnos a construir un futuro mejor, sin cometer los errores del pasado, aunque sin poder renunciar a lo que ya somos. Y esto es precisamente Hispanoamérica: una Nación de casi 400 millones de personas, de México a Argentina, que poseen un mismo origen, historia, creencias, tradiciones, cultura e idioma. El estudio detenido y objetivo de nuestra propia historia nos demostrará, una y otra vez, no sólo lo que hemos sido y somos, sino, muy especialmente, lo que habremos de ser: cuál ha de ser nuestro destino.

Porque  los obstáculos legales y materiales pueden ser muchos, pero lo esencial es la cuestión fundamental, lo que ha de ser una idea persistente entre nosotros: la reunificación. No existen suficientes razones en el mundo para justificar que Hispanoamérica deba continuar desunida. Sostener esto es lo que constituiría, realmente, la utopía y la anti-historia.

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Un pensamiento en “¿Utopía?

  1. Eric

    “Viaje de un naturalista alrededor del mundo” es de Charles Darwin. En 1801 (1801-1802) Humboldt escribió “Mi viaje por el camino del Inca”.

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