El imperio británico y la balcanización de Hispanoamérica

“El Imperio Español generó, a través de varios siglos, fuerzas unificadoras, centrípetas, que contribuyen a explicar la idea de una nación continental (…) en Hispanoamérica el despertar del nacionalismo continental, la primera  manifestación de la idea integracionista, es indesligable de la revolución social (…) ¿Qué procura decidir Gran Bretaña? Manos libres para organizar y explotar un enorme Imperio ultramarino donde vender el 70% de las manufacturas que produce, donde extraer a precios irrisorios las materias primas y alimentos que necesita y donde invertir sus excedentes financieros (…)

Cruce del riachuelo

Cruce del Riachuelo por Beresford durante la invasión inglesa de Buenos Aires en 1806, según un grabado anónimo.

El siguiente texto es la primera parte del ensayo titulado “Iberoamérica: Balkanización, Integración dependiente e Integración liberadora”, de Vivián Trías, profesor universitario, historiador, escritor y político. Publicado en la revista Nueva Sociedad, Nro. 37, Julio-Agosto 1978, pp. 41-53

Los grandes caudillos de la emancipación iberoamericana proyectaron crear una vasta patria común. La idea y la emoción de la “Patria Grande” ronda, desde entonces, nuestro drama histórico.

Simón Bolívar en el norte y José Artigas en el sur son la encarnación más profunda y empecinada de la unidad continental o regional.

¿Cuáles son las raíces de la idea? ¿Cuál es la fuente de la pasión por la nación hispano- americana en que Bolívar quemó su vida y Artigas pagó con su silencioso ostracismo de 30 años?

¿Qué es, en rigor, una nación?

Desde distintas posturas doctrinarias se entiende que la nación es la confluencia de varias comunidades o solidaridades humanas; una economía común, una historia común, un territorio y una lengua comunes.

La comunidad económica, base material de la nación, es el fruto del desarrollo capitalista que elimina los parcelamientos autosuficientes de los feudos, crea el mercado único en que productores y consumidores puedan conectarse libremente, un solo sistema monetario y un solo régimen impositivo. Lo cual exige la autoridad de un gobierno central incuestionable e inconciliable con la dispersión del poder en los señores feudales. Pero la nación no es, por cierto, un mero hecho económico. Es una comunidad estable , pero no de origen natural, sino histórico. No hay nación sin la existencia previa de un pueblo solidarizado por una común trayectoria, por victorias propias que conmemorar, por derrotas que lamentar, por conductores aclamados, por sufrimientos y regocijos comunes, por hechos y leyendas que hunden su raigambre en las honduras de la conciencia colectiva.

Los germanos existieron mucho antes de constituirse Alemania. Es la “comunidad de tradiciones históricas” sin la cual la nación es inconcebible. El Estado-nacional extrae su formidable potencial del enlace entre la textura estatal y la consubstanciación popular con la nacionalidad. Comunidad económica y “comunidad de tradiciones históricas” son imprescindibles, garantizan la cohesión y la continuidad de la nación.

La gestación del Estado nacional es siempre una larga y ardua lucha por vencer presiones dispersivas, disgregantes, que acechan desde dentro y desde fuera.

El Imperio Español generó, a través de varios siglos, fuerzas unificadoras, centrípetas, que contribuyen a explicar la idea de una nación continental, Instituciones comunes, religión, cultura e idiomas comunes, el sentimiento de pertenecer a un vasto Estado nacional. Pese a que algunos de esos factores fueron quebrantados por la revolución, sirvieron de punto de partida a nuevas fuerzas unificadoras derivadas de la guerra por la independencia. Metas e ideales comunes en la lucha contra un mismo enemigo, peripecias comunes, anhelos comunes tejen una trama que vincula a los patriotas desde México al Plata. A lo que se suma la figura convocante, vigorosamente aglutinante de los grandes caudillos carismáticos como Bolívar y Artigas. No hay que olvidar, tampoco, la determinante influencia ideológica de las magnas revoluciones de la época, Eric J. Hobsbwan escribe: “El nacionalismo, como tantas otras características del mundo moderno, es hijo de la doble revolución (revolución industrial en Inglaterra y revolución francesa de 1789)” (1)

El Estado-nación, como los derechos del hombre, como las instituciones democráticas, como el culto a la razón constituyen el bagaje ideológico que conformó la mentalidad de los líderes de la emancipación al comenzar el siglo XIX, justamente llamado “el siglo de las nacionalidades”.

Muy importante fue, también, el ejemplo deslumbrante de la independencia de los Estados Unidos que unificó las 13 colonias y su rápido encumbramiento y prosperidad.

EL IMPERIO BRITANICO Y LA “BALKANIZACION” DE HISPANOAMERICA

Los caudillos recogieron, sin duda, la vigencia de tales factores integradores. Pero su proyecto de una nación continental también apunta al futuro, la conciben como una necesidad para asegurar su soberanía y desarrollo. Conquistaron la independencia, pero la “Patria Grande” se frustró.

¿Por qué?

Mapa donde aparece la Provincia Oriental (actual Uruguay) como parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

La Provincia Oriental (actual Uruguay) como parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata. La creación de Uruguay como Estado independiente es consecuencia de la acción diplomática británica y tuvo el efecto de debilitar a las Provincias Unidas y así  facilitar a los británicos el acceso al comercio y las finanzas en la Cuenca del Plata.

Es que a tantos vectores cohesivos y unificantes, se oponían vigorosas fuerzas dispersantes, centrífugas. Algunas de las cuales también provenían de la entraña del coloniaje, otras de la gravitación de la nueva metrópoli británica. Territorio muy extenso, dispar y difícilmente transitable; desiertos dilatados, cordilleras inaccesibles, climas inhóspitos. Población rala agrupada en comunidades aisladas donde florecieron fácilmente los localismos y sus enconadas rivalidades. El factor más disolvente es el atraso económico, la ausencia del desarrollo imprescindible para organizar la comunidad económica y la distorsión que el Imperio Español impuso a sus estructuras. Cada Virreinato o Capitanía se moldean proyectadas, económica y políticamente, hacia la metrópoli y con muy escasas o ninguna vinculación entre sí. Las reformas borbónicas – singularmente a partir del reglamento de libre comercio de 1778 -, la presión británica, las guerras intercoloniales de fines del siglo XVIII y principios del XIX consolidan y, aun, intensifican el desarrollo unilateral y exógeno. La guerra tensó al máximo la incidencia de las presiones disgregantes. Las oligarquías criollas dominantes, agro o minero-exportadoras, se articulan directamente a la economía internacional hegemonizada por Gran Bretaña en plena revolución industrial. Las nuevas repúblicas se incorporan al “sistema” del Imperio Británico. De 1822 a 1826 contratan diez empréstitos con la banca de la City por casi 21.000.000 de libras. Concertados al 75%, mediante el pago de turbias comisiones, resultan negocios leoninos en que los banqueros apenas desembolsan 7 millones de libras efectivas (2). Dinero que sirve, en gran parte, a sostener a las élites en el poder y que genera una renovada dependencia financiera. Se les condiciona a la firma de un “Tratado de Comercio, Navegación y Amistad” a perpetuidad, cuyo objetivo es asegurar la libre importación de manufacturas británicas y la exportación de alimentos y materias primas baratas a la metrópoli. En 1830 el 23% de las inversiones inglesas en el exterior se han radicado al sur del Río Bravo. Cuando sólo un 9% se dirige a los EE.UU. y apenas un 2% a la India (3). Ingleses y escoceses acaparan sociedades mineras, plantaciones, estancias ganaderas, empresas de transportes. La mayoría se instala en las grandes ciudades-puertos. En Buenos Aires viven más de 3.500 (4). Se estrecha la alianza entre la burguesía británica y las oligarquías locales, que funcionan como clases intermediarias y dependientes, Lima y El Callao, Quito y Guayaquil, Cartagena, Veracruz, Buenos Aires configuran polos de desarrollo distorsionado, desvinculados del resto de su nación y desempeñando el papel de submetrópoli en ella. Son piezas de la división internacional del trabajo impuesta desde la City, enclaves extranjerizantes.

El empréstito (préstamo) del banco británico Baring Brothers

Los banqueros británicos obtuvieron pingües beneficios de los empréstitos (préstamos) con intereses abusivos que concedieron a los gobiernos de las repúblicas hispanoamericanas, y que aseguraron el control británico de la economía y las finanzas de aquellos debilitados Estados.

Es este un punto capital. Las élites locales integran el “sistema” del Imperio. A ello deben su fortuna, posición social y poder político. No son burguesías nacionales como las que protagonizan las grandes revoluciones en Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos. Practican un intransigente liberalismo económico que las enfrenta con las regiones e intereses populares del interior. En el Río de la Plata, la libre importación de ponchos, arreos, botas, tejidos, facones, etc., fabricados en Londres, Manchester, Liverpool o Glasgow arrasa las artesanías y burdas manufacturas autóctonas. Es lo que Baran llama el “infanticidio industrial”. Como Buenos Aires es el único puerto ultramarino en cuya aduana el comercio exterior deja sus rentas -principal recurso financiero del Estado -, la oligarquía porteña se apropia de ellas y condena a la indigencia a las demás provincias (“los 13 ranchos”). La dictadura monoportuaria se completa clausurando a hacha y martillo los ríos interiores que podían facilitar el comercio directo con los buques europeos de las regiones esquilmadas. Para imponer esta política económica devastadora para el resto del país, debe recurrir a un gobierno no fuerte, centralizado (unitario) que desconozca los derechosy las autonomías de las provincias. Su proyecto para organizar la República, implica el subdesarrollo y la dependencia. Es natural que los pueblos del litoral y del interior se sublevaran y rodearan a José Artigas que postula el proteccionismo de las manufacturas nativas, la libre navegación de los ríos, la nacionalización de las rentas aduaneras y el respeto a las autonomías lugareñas en un régimen federal que articula a toda la nación, sin que una provincia (Buenos Aires) someta a las demás a sus intereses y conveniencias. Al contrario de Europa, aquí la “burguesía” no es la “clase nacional” que definiera Marx. Salomón F. Bloom precisa tan importante concepto: “la clase nacional era aquella clase que llevaba a la nación, a la sociedad individual, a lo largo de la línea del progreso” (5).

Las masas populares son la “clase nacional” que se expresa en la acción y el pensamiento de su caudillo. José Artigas no sólo propone una gran nación verdaderamente soberana, sino un desarrollo económico autónomo dirigido por el Estado; justicia social (cabalmente concretada en la reforma agraria que decreta en la Provincia Oriental) y efectiva democracia política.

Lo mismo ocurre con Simón Bolívar una vez superada su fase “mantuana”, tras los exilios y las sangrientas derrotas a manos de los “llaneros” de Boves. Es entonces que funde la lucha por la independencia con las reivindicaciones sociales (abolición de la esclavitud, política en favor de los indios, distribución de tierras y bienes entre los soldados. etc.). En lo que se designó “la guerra de los colores”, acaudilla a negros, mulatos, mestizos, indios, pobrerío contra las élites ricas y extranjerizantes de las grandes ciudades-puertos. Adquiere la estatura de verdadero “caudillo nacional”, porque conduce a las “clases nacionales”.

De modo que en Hispanoamérica el despertar del nacionalismo continental, la primera  manifestación de la idea integracionista, es indesligable de la revolución social. Es un nacionalismo de masas y revolucionarios, anticipándose en siglo y medio al que emergería en el Tercer Mundo a la hora de su rebeldía descolonizadora. Muy temprano, pues, se definió lo que designamos como “integración liberadora”.

EL MEMORANDUM CASTLEREAGH Y EL EQUILIBRIO DE PODERES

Lord Castlereagh, luego de discutir el fracaso de las invasiones inglesas en el Plata con Sir Arthur Wellesley, elevó a Su Majestad un memorándum diseñando la política por seguir ante la ya inevitable independencia de las colonias españolas (6).

Descarta todo intento de conquista militar. Propone crear varias monarquías independientes, económicamente liberales, que traben la extensión del ideal republicano y prevengan contra la posibilidad de una gran nación continental. Se trata, por supuesto, del famoso principio imperial de “dividir para reinar”, pero, es también, una inteligente aplicación del “equilibrio de poderes”.

Detalle de un cuadro de Cándido Lópz, pintor que ilurstró ampliamente la Guerra del Paraguay. este conflicto fue promovido y financiado por Gran Bretaña y su aliado el Imperio del Brasil, y fue una autántica guerra de exterminio que acabó con la mayor parte de la población masculina paraguaya.

Detalle de un cuadro de Cándido López donde se representa la Guerra del Paraguay. Este conflicto bélico, promovido y financiado por Gran Bretaña y liderado por su aliado, el Imperio del Brasil, fue una auténtica guerra de exterminio que acabó con la mayor parte de la población masculina paraguaya.

El Memorándum es la clave de la política del Foreign Office en estas latitudes, pero no una regla inflexible. Los constructores del Imperio son pragmáticos, como decía Baldwin “nunca nos hemos guiado por la lógica” (7). En Hispanoamérica presionaron para fragmentarla, para “balkanizarla”, porque era la estrategia adecuada para combatir a un nacionalismo integrador, cuestionante de la tutela económica de la City. El ejemplo de los Estados Unidos es demasiado elocuente al respecto. Pero allí donde las clases dominantes y asociadas son las que sustentan y usufructúan la unidad del Estado, Londres protegió esa unidad. Es el caso flagrante del Imperio Otomano y del Imperio de Brasil, su satélite mayor en Iberoamérica. De modo que ya en la fase definitoria de nuestra independencia hay dos opciones: “integración liberadora” o “integración dependiente”.

Nicolás Spykman reseña el equilibrio de poderes: “Se codicia aquella forma de equilibrio que, neutralizando a los demás Estados, deje al nuestro en libertad para ser la fuerza y la voz que decidan” (8). ¿Qué procura decidir Gran Bretaña? Manos libres para organizar y explotar un enorme Imperio ultramarino dónde vender el 70% de las manufacturas que produce, dónde extraer a precios irrisorios las materias primas y alimentos que necesita y dónde invertir sus excedentes financieros. También la articulación de una paz internacional, sin la cual es imposible el funcionamiento del delicado mecanismo del “laissez faire”.

LA “PAZ BRITANICA” QUE SE PROLONGA DE WATERLOO A SARAJEVO

Dos instrumentos esenciales aseguran el “equilibrio de poderes” en Europa:

1. Cambios pendulares en las alianzas. Se coliga con Austria y los Estados alemanes para reducir el reto de la Francia napoleónica. Más tarde se asocia a Francia en la “gran entente” para derrotar el desafío de los Imperios Centrales (Alemania y Austria-Hungría). “Inglaterra no tiene amigos, sino intereses permanentes”. (9)

2. La creación de Estados Tapones – “buffers states” – que garanticen el balance de fuerzas y amortigüen el choque entre las potencias mayores.

Los Países Bajos son el ejemplo clásico entre Francia y Alemania; llave del equilibrio de poderes en Europa.

En ocasiones Londres extendió la aplicación de esta política a regiones no europeas. En 1767 creó la cuña de Audh entre Bengala y las provincias nativas de la India (10). Pero es en Iberoamérica donde lleva a cabo un admirable “capo lavoro” en ese sentido. Dividir al continente en una pluralidad de Estados, implica balancear fuerzas y rivalidades capaces de alterar la paz y trabar el libre fluir del comercio y de los capitales. Uruguay, cuña entre Brasil y Argentina y cerrojo de la red fluvial platense, es el caso más notorio.

Lo que no significa, como suele afirmarse con ligereza, que Gran Bretaña fabricó naciones a su antojo, como un mago de circo extrae conejos de su galera.

Aquí y más tarde en Africa, no hizo más que aprovechar realidades históricas subyacentes, vectores disgregantes de indiscutible origen local.

Más arriba hemos resumido los factores desintegrantes de Iberoamérica. Pero en el Uruguay median otros elementos de juicio de máxima trascendencia. La provincia Oriental no conoció desde 1811 hasta su independencia en 1828, otra cosa que guerras u ocupaciones extranjeras. Los caudillos artiguistas encabezan la rebelión contra el opresor brasileño en 1825, con los ojos puestos en la reincorporación a las Provincias Unidas. Es el pueblo oriental quien conquista su liberación en gloriosas victorias. Pero a la hora de definir el futuro del Estado asoma, de nuevo, la guerra civil en aquellas. Retornar a su seno, es volver al combate, sumirse en el conflicto cruento entre unitarios y federales. No es de extrañar que el Gral. Juan Antonio Lavalleja y su gente acogieran con simpatía la idea de una nación independiente que los sustrajera de renovados e interminables sacrificios y permitiera abrir una era de paz y reconstrucción.

La diplomacia británica manejó esa compleja coyuntura con sutil habilidad. Lord Ponsomby recibió el encargo de concertar la paz entre Brasil y las Provincias Unidas y organizar el equilibrio de la región proponiendo hacer de la disputada Provincia un Estado soberano enclavado entre las dos potencias emergentes del sur. Definió su éxito diplomático, que habría de reiterar con la independencia de Bélgica, expresando: “hemos puesto un algodón entre dos cristales” (11).

La mano británica fue menos visible, pero no menos diestra en el desmembramiento de la Gran Colombia (Colombia, Venezuela y Ecuador) bolivariana. El almirante Fleming y el Gral. Grant incidieron activamente en el separatismo de Venezuela (12).

Otro agente inglés, Pedro Celis, contribuyó a volcar la opinión de Maracaibo en favor del alzamiento contra la autoridad de Bolívar (13).

Salvador de Madariaga concluye: “Así vino a tomar el separatismo un saborcillo británico que añadió no poco a su vigor” (14).

En lo que resta del siglo la política británica se mantuvo alerta en el cuidado de los “Balkanes” iberoamericanos.

En oportunidad de la intervención franco-británica contra el régimen americanista de Juan Manuel de Rosas (1845-1850), se planteó la creación de otro nuevo “bufter state” con las provincias disidentes de Entre Ríos y Corrientes.

En 1865, la original experiencia de los López en el Paraguay pudo convertirse en la base de una gran alianza integradora con los federales argentinos y los blancos uruguayos y cuestionar al “sistema” del Imperio. La respuesta fue la Guerra de la Triple Alianza – clases asociadas y dominantes de Montevideo, Buenos Aires y Río de Janeiro -, financiada por los banqueros de la City que destruyó implacablemente al régimen lopista.

En 1878 los intereses británicos no fueron ajenos a la “Guerra del Salitre” que enfrentó a Chile con Perú y Bolivia y que produjo el enclaustramiento mediterráneo de la última. Herida abierta en la solidaridad iberoamericana hasta el día de hoy.

NOTAS

1 Eric J. Hobsbwan. “Las revoluciones burguesas” Ed. Guadarrama. 1974. Madrid.

2 Ricardo Scalabrini Ortiz. “Política Británica en el Río de la Plata”. Ed. Fernández Blanco. 1957. Buenos Aires.

3 Naciones Unidas. “Las Inversiones Extranjeras en América Latina”. 1955. New York.

4 Vivián Trías. “El Imperio Británico”. Ed. Crisis. 1976. Buenos Aires.

5 Salomón F. Bloom. “El Mundo de las Naciones Ed. Siglo XIX. 1975. Buenos Aires.

6 William W. Kaufmann. “La Política Británica y la dependencia de América Latina (1804-1828) Ed. de la Universidad de Venezuela. 1963. Caracas.

7 Ob. cit. en 4.

8 Nicolás Spykman. “Estados Unidos frente al Mundo” Ed. Fondo de Cultura Económica. 1944. México.

9 Ob. cit. en 4.

10 Ob. cit. en 4.

11 Luis Alberto de Herrera. “La Misión Ponsomby” Ed. Eudeba. 1974. Buenos Aires.

12 Salvador de Madariaga. “Bolívar” Ed. Suramericana. 1949. Buenos Aires.

13 Ob. cit. en 12.

14 Ob. cit. en 12.

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