En torno a una solución hispanoamericana

“Los problemas de Hispanoamérica sólo podrían ser resueltos atendiendo a la realidad. Esto es, conociéndola. La idea de una cultura original de esta América empieza a desarrollarse en la mente de los pensadores hispanoamericanos (…) se quiere la emancipación de la mente hispanoamericana, para que ésta alcance su propia realización (…) Fiel a este espíritu, Bello ha defendido la realidad básica de Hispanoamérica, que inútilmente han tratado de negar sus reformadores: España”

El siguiente texto es un fragmento extraído del ensayo titulado “El pensamiento latinoamericano” (Primera parte. VII. En torno a una solución hispanoamericana), del filósofo Leopoldo Zea. Tomado del sitio web Proyecto Ensayo Hispánico (ensayistas.org)

Vista de la Casa Central de la Universidad de Chile, con la estatua de Andrés Bello.

Vista de la Casa Central de la Universidad de Chile, con la estatua de Andrés Bello.

Hispanoamérica también tiene sus valores; no todo es negativo en ella. Expresión de estos valores lo han sido, por un lado, las gestas de independencia y, por el otro, las nuevas gestas tendientes a realizar la emancipación mental de Hispanoamérica. Andrés Bello hablaba de ese espíritu de sacrificio y amor a la libertad de los hogares, que los hispanoamericanos habían heredado de España. Los hispanoamericanos tenían grandes defectos, pero también grandes cualidades. El problema tenía que ser resuelto potenciando las cualidades y reduciendo los defectos en lo posible. Si se analizaban con atención tales defectos, podrían igualmente ser encontrados en los pueblos más ejemplares de la historia. Norteamérica, con todo y sus grandes cualidades, tenía defectos frente a los cuales Hispanoamérica podía hacer resaltar virtudes que de otra manera permanecerían ocultas.

Francisco Bilbao también pone el acento en estas diferencias mediante las cuales es posible hacer resaltar cualidades propias de Hispanoamérica. El crecimiento de los Estados Unidos le preocupa por su vecindad con la América hispana. Sabe que tratarán de extender su influencia dominando a la débil Hispanoamérica. Los Estados Unidos, dice, extienden cada día más sus garras “en esa partida de caña que han emprendido contra el sur […]. Ayer Texas, después el norte de México […] Panamá” (Bilbao 1988). Para contrarrestar este peligro piensa en un Congreso Panamericano, buscando la unidad indoamericana, la unidad de la América indo-española. Su sueño será vano.

En su libro El evangelio americano, muestra, por contraste, lo que de positivo contiene la América española, a pesar de sus grandes defectos, frente a Norteamérica, cuyos defectos se hacen patentes, pese, igualmente, a sus grandes cualidades. Hablando de los Estados Unidos, dice: “El libre pensamiento, el self government, la franquicia moral y la tierra abierta al emigrante, han sido las causas de su engrandecimiento y de su gloria. Ése fue el momento heroico en sus anales. Todo creció: riqueza, población, poder y libertad” (El evangelio). Ésta es la América del Norte, admirada por la del Sur. Pero, agrega, “despreciando tradiciones y sistemas, y creando un espíritu devorador del tiempo y el espacio, han llegado a formar una nación, un genio particular”; y “volviéndose sobre sí mismos y contemplándose tan grandes, han caído en la tentación de los titanes, creyéndose ser los árbitros de la tierra y aun los contenedores del Olimpo” (El evangelio).

Los Estados Unidos, siendo un pueblo grande y poderoso, “no abolieron la esclavitud de sus estados, no conservaron las razas heroicas de sus indios, ni se han constituido en campeones de la causa universal, sino del interés americano, sino del individualismo sajón” (El evangelio). Por esto, dice Bilbao, “se precipitan sobre el sur”. Así, no todo lo de ellos es aprovechable o positivo para Hispanoamérica. De ellos, dice el pensador chileno, “no despreciaremos, sino que nos incorporaremos todo aquello que resplandece en el genio y la vida de la América del Norte” (El evangelio). El norte tiene valores positivos. Tiene la libertad, nace con ella. En cambio, en el sur la esclavitud viene con la España teocrática. Sin embargo, a pesar de esta herencia, en la América del Sur “hubo palabra, hubo luz en las entrañas del dolor, y rompimos la piedra sepulcral, y hundimos esos siglos en el sepulcro de los siglos que nos habían destinado”. Después, en seguida, “hemos tenido que organizarlo todo. Hemos tenido que consagrar la soberanía del pueblo en las entrañas de la educación teocrática” (El evangelio). Pero a pesar de ello, a pesar de todos los obstáculos, a pesar de todas las dificultades, “hemos hecho desaparecer la esclavitud de todas las repúblicas del sur, nosotros los pobres —reprocha Bilbao—, y vosotros los felices y los ricos no lo habéis hecho; hemos incorporado e incorporamos a las razas primitivas, formando en el Perú la casi totalidad de la nación, porque las creemos nuestra sangre y nuestra carne, y vosotros las extermináis jesuíticamente”. Nosotros “no vemos en la tierra, ni en los goces de la tierra, el fin definitivo del hombre; el negro, el indio, el desheredado, el infeliz, el débil, encuentra en nosotros el respeto que se debe al título y a la dignidad del ser humano. He aquí —concluye diciendo— lo que los republicanos de la América del Sur se atreven a colocar en la balanza, al lado del orgullo, de las riquezas y del poder de la América del Norte” (El evangelio).

POR UNA CULTURA ORIGINAL

Hispanoamérica, había dicho Simón Rodríguez, “debe ser original” (Cova 1947: 102). Mucho había que aprender de Europa y Norteamérica; pero también era mucho lo que de la América española tenían que aprender los hispanoamericanos. Los problemas de Hispanoamérica sólo podrían ser resueltos atendiendo a la realidad. Esto es, conociéndola. La idea de una cultura original de esta América empieza a desarrollarse en la mente de los pensadores hispanoamericanos. No se trata de pasar de una dependencia a otra dependencia. Todo lo contrario, se quiere la emancipación de la mente hispanoamericana, para que ésta alcance su propia realización.

El 3 de mayo de 1842, al inaugurarse la Sociedad Literaria de Santiago de Chile, Victorino Lastarria pronunciaba un discurso, que habría de convertirse en histórico, acerca de la necesidad de una literatura nacional. Lastarria proponía a los literatos chilenos la lectura de los grandes clásicos de la lengua castellana porque, decía, en ellos se encuentra la fuente de ese rico idioma que hablamos. Pero a estas lecturas había que sumar la de los grandes literatos franceses, los cuales se presentan como un gran estímulo creador, dada la riqueza de visiones nuevas que tal literatura encierra. Pero, tanto en el caso de la literatura castellana como en el de la francesa, sin sujetarse a ninguna de ellas. “Fundemos, pues —decía—, nuestra literatura naciente en la independencia, en la libertad del genio, despreciemos esa crítica menguada, que pretende dominarlo todo; sus dictados son las más veces propios para encadenar el entendimiento; sacudamos esas trabas y dejemos volar nuestra fantasía, que es inmensa la naturaleza. No olvidéis, con todo, que la libertad no existe en la licencia; éste es el escollo más peligroso: la libertad no gusta de posarse sino donde está la verdad y la moderación” (“Discurso pronunciado en la Sociedad Literaria”).

“Debo deciros —agregaba— […] que leáis los escritos de los autores franceses de más nota en el día no para que los copiéis y trasladéis sin tino a vuestras obras, sino para que aprendáis de ellos a pensar, para que os empapéis en ese colorido filosófico que caracteriza su literatura” (“Discurso”). No se trata de imitar o copiar, simplemente de utilizar lo que pueda servir para el desarrollo de una literatura propia del hispanoamericano. Imitar o copiar “sólo sería bueno para mantener nuestra literatura con una existencia prestada, pendiente siempre de lo exótico, de lo que menos convendría a nuestro ser. No, señores —dice Lastarria—, fuerza es que seamos originales, tenemos dentro de nuestra sociedad todos los elementos para serlo, para convertir nuestra literatura en la expresión auténtica de nuestra nacionalidad” (“Discurso”).

Esto es lo que más necesitan los pueblos de Hispanoamérica. De la comprensión de esta necesidad depende su auténtica independencia. “No hay sobre la tierra —dice Lastarria— pueblos que tengan como los americanos una necesidad más imperiosa de ser originales en la literatura, porque todas sus modificaciones les son peculiares y nada tienen de común con las que constituyen la originalidad del viejo mundo”. La naturaleza de América, “las necesidades morales y sociales de nuestros pueblos, sus preocupaciones, sus costumbres y sus sentimientos”, tales son los materiales para una literatura que quiera ser original. “Principiad, pues, a sacar el provecho de tan pingües riquezas, a llenar vuestra misión de utilidad y progreso; escribid para el pueblo, ilustradlo, combatiendo sus vicios y fomentando sus virtudes, recordándole sus hechos heroicos, acostumbrándole a venerar su religión y sus instituciones; así estrecharéis los vínculos que lo ligan, le haréis amar a su patria y lo acostumbraréis a mirar, siempre unidas, su libertad y su existencia social. Éste es el único camino que deberéis seguir para consumar la grande obra de hacer nuestra literatura nacional, útil y progresiva” (“Discurso pronunciado en la Sociedad Literaria”).

Y en 1865, recién recibido el impacto de la invasión francesa en México, Lastarria vuelve a sostener la misma tesis sobre la necesidad de una literatura, pero ahora ampliándola a una cultura americana. Europa, es cierto, tiene grandes valores; pero éstos, para ser positivos, deben ser asimilados a nuestra cultura. En América, dice, ha surgido un nuevo concepto político y social con el cual poco o nada tiene que ver Europa: la democracia. Así, sólo en función de esta idea deben aceptarse los valores culturales de Europa. “No es esto renegar de los progresos de la ciencia europea, ni pretender borrarlos para comenzar de nuevo esa penosa y larga carrera que la inteligencia ha hecho en el Viejo Mundo para llegar a colocarse donde está” (Lastarria 1909: 154). No, todo lo contrario; es menester utilizar la ciencia europea, aprovecharla; pero adaptándola, “sin olvidarnos que somos antes que todo americanos, es decir, demócratas, y por tanto, obligados a desarrollar nuestra vida y preparar  nuestro porvenir, como tales; y de ninguna manera destinados a continuar aquí la vida europea, que tiene condiciones diametralmente opuestas a las de la nuestra” (154). “Así, pues, cuando utilicemos en nuestro sentido americano la ciencia europea, serviremos bien a nuestra generación” (156).

Andrés Bello, en discurso pronunciado en 1848 en la Universidad de Santiago de Chile, hablaba también de la necesidad de una ciencia americana. “¿Estaremos condenados todavía a repetir servilmente las lecciones de la ciencia europea —preguntaba—, sin atrevernos a discutirlas, a ilustrarlas con aplicaciones locales, a darles una estampa de nacionalidad?” (“Discurso en el aniversario de la Universidad”). Si así lo hiciéramos, contestaba, traicionaríamos el espíritu de esta misma ciencia, “que nos prescribe el examen, la observación atenta y prolija, la discusión libre, la convicción concienzuda”. Sólo la falta de medios puede justificar el que se conceda a esta ciencia un voto de confianza, al menos por ahora. Pero no ha de ser así en todos los campos, en todas las ramas de la ciencia. Existen algunas que exigen la investigación local, por ejemplo, la historia. “La historia chilena, ¿dónde podría escribirse mejor que en Chile?” Y agrega: “Pocas ciencias hay que, para enseñarse de un modo conveniente, no necesitan adaptarse a nosotros, a nuestra naturaleza física y nuestras circunstancias sociales” (“Discurso en el aniversario de la Universidad”).

Pero no es esto todo, sigue diciendo Bello: “el mundo antiguo desea […] la colaboración del nuevo; y no sólo la desea, la provoca y la exige. La ciencia europea nos pide datos: ¿no tendremos siquiera bastante celo y aplicación para recogerlos?”. Pero no es ésta la única, la tarea suficiente para América. “¿No harán las repúblicas americanas —pregunta—, en el progreso general de las ciencias, más papel, no tendrán más parte en la mancomunidad de los trabajos del entendimiento humano que las tribus africanas o las islas de Oceanía?”. Los americanos están capacitados para aportar sus experiencias en los diversos campos de la ciencia; tanto en las naturales, como en las políticas, literarias y morales, siempre y cuando partan de la experiencia de la realidad que les es asequible, la americana. “Yo pudiera extender mucho más estas consideraciones —dice Bello—, y darles nuevas fuerzas aplicándolas a la política, al hombre moral, a la poesía y a todo género de composición literaria: porque, o es falso que la literatura es el reflejo de la vida de un pueblo, o es preciso admitir que cada pueblo de los que no están sumidos en la barbarie es llamado a reflejarse en una literatura propia y a estampar en ella sus formas” (“Discurso en el aniversario de la Universidad”).

En otro trabajo, publicado el mismo año, Andrés Bello insistía en el mismo tema al hablar de la Autonomía cultural de América. Es una especie de fatalidad —decía— que unas culturas subyuguen a otras. “Nosotros somos ahora arrastrados más allá de lo justo por la influencia de la Europa, a quien —al mismo tiempo que nos aprovechamos de sus luces— debiéramos imitar en la independencia del pensamiento […] ¡Jóvenes chilenos! Aprended a juzgar por vosotros mismos; aspirad a la independencia del pensamiento. Bebed en las fuentes; a lo menos en los raudales más cercanos a ellas […] Interrogad a cada civilización en sus obras; pedid a cada historiador sus garantías. Ésa es la primera filosofía que debemos aprender de Europa” (Bello 1943: 34-35). De Europa tenemos que aprender su capacidad para estudiar su propia realidad.

“Nuestra civilización —concluye— será también juzgada por sus obras; y si se la ve copiar servilmente a la europea, aun en la que ésta no tiene de aplicable, ¿cuál será el juicio que formará de nosotros un Michelet, un Guizot? Dirán: la América no ha sacudido aún sus cadenas; se arrastra sobre nuestras huellas con los ojos vendados; no respira en sus obras un pensamiento propio, nada original, nada característico: remeda las formas de nuestra filosofía, y no se apropia su espíritu. Su civilización es una planta exótica que no ha chupado todavía sus jugos a la tierra que la sostiene” (35). Fiel a este espíritu, Bello ha defendido la realidad básica de Hispanoamérica, que inútilmente han tratado de negar sus reformadores: España.

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