La atomización de la Patria

“Todo el gigantesco territorio hispanoamericano podría haber resultado una sola y enorme nación bioceánica (…) Dos siglos de dispersión y desintegración han logrado borrar en la memoria histórica colectiva, la premisa de que los estados suramericanos deberán confluir en una gran nación posible, o se privarán de un destino. Porque la América criolla –desprendida de España en las guerras de la independencia- terminó balcanizada en un mosaico incoherente de varios estados supuestamente soberanos (…) Desde entonces, nos volvimos periferia de la revolución industrial inglesa”

Territorio de América Hispana hacia 1800.

Territorio de América Hispana hacia 1800. Si hubiera conservado su unidad, hoy sería la nación más extensa y rica del mundo.

El siguiente texto es un extracto del libro “Origen y destino de la patria. De Hispanoamérica a la Argentina y de la Argentina a la Unión Americana” (Editorial Punto de Encuentro, Buenos Aires, 2013), obra de Alejandro Pandra.

Todo el gigantesco territorio hispanoamericano podría haber resultado una sola y enorme nación bioceánica soñada por los libertadores, la más rica y grande del mundo, nacida no de la conquista sino de la liberación fraterna y solidaria. Un estado continental de una robustez y pujanza insólitas, únicas en su tiempo y en todos los tiempos. Digamos que, con Guayaquil y Ayacucho, estuvimos muy cerca de lograrlo. Pero el destino quiso que la magnífica obra que empezó con San Martín y Bolívar, terminara en desengaño y dispersión, en un archipiélago de tierras firmes [Martínez Estrada]. Ceguera, mezquindades, ambiciones subalternas, apetitos personales, disensos, chauvinismo, miserables codicias por migajas de suelo fronterizo mientras se entregaban recursos y países enteros a las potencias imperiales por un plato de lentejas. Todo eso fue lo que impidió concretar tan magnífica empresa.Bolívar en su lecho de muerte diría: “Veo claramente nuestra obra destruida y la maldición de los siglos caer sobre nuestras cabezas. Estos países caerán en manos de la multitud desencadenada de sus tiranuelos de todo color y de toda índole, demasiado pequeños para que se les note”. No podría haber profetizado con mayor exactitud el inmediato proceso de disgregación que se desencadenaría en Hispanoamérica. El ejemplo contrario de Lusoamérica confirmaba que su visión histórica no era desbaratada para su época. Ni para la nuestra…

Mencionemos que por entonces los Estados Unidos de Norteamérica eran aún muy poco más que las trece antiguas colonias atlánticas de Nueva Inglaterra, y apenas superaban el millón de kilómetros cuadrados. Antes de la legendaria conquista del oeste, antes de la guerra civil, antes de la abolición de la esclavitud para liberarse de aquel lamentable pecado político de origen, antes de las compras, de las anexiones y de las usurpaciones de inmensos territorios vecinos. Para Guayaquil Hispanoamérica era potencialmente más, muchísimo más que Norteamérica. Pero al mismo tiempo que ésta se hacía grande, América del sur achicaba espacios, espíritu e ideas. En menos de medio siglo todos los países de lengua ibérica, las flamantes y ricas naciones del trigo y del petróleo, del azúcar, de las esmeraldas, de la plata y del caucho, se habían transformado en sucursales de destino, en peldaños hacia el subdesarrollo. Del “antiguo esplendor” quedaban unas pocas ruinas a lo largo de todo el recorrido, como las de las misiones jesuíticas o las de los teatros en la selva brasileña. Y también las ruinas de una vida interior que luego inspiraría la épica gauchesca y más tarde los tangos, la poesía y la novela latinoamericanas.

En 1776 un congreso reunido en Filadelfia asumía las funciones de un gobierno soberano, emitía moneda e iniciaba relaciones diplomáticas con las potencias extranjeras. Ese congreso aprobó y firmó la declaración de la independencia de los Estados Unidos de América del imperio británico. El texto fue redactado por el joven delegado de Virginia Thomas Jefferson, revisado por una comisión compuesta entre otros por Benjamin Franklin y John Adams, y finalmente aprobado por unanimidad por los representantes de las trece colonias. Las crónicas cuentan que de aquellos cincuenta y seis firmantes, posteriormente cinco fueron capturados por los ingleses, acusados de traición, torturados y fusilados; a otros doce les saquearon sus casas antes de quemarlas; dos perdieron a sus hijos luchando en el ejército revolucionario, y a otro le capturaron dos hijos; nueve lucharon y murieron en la guerra de la independencia. Veinticuatro eran abogados, once comerciantes, y nueve productores agropecuarios. Es decir que eran hombres educados y de buena posición económica, pero firmaron esa declaración aún sabiendo que, si eran capturados, la pena sería la muerte.

El objetivo práctico del documento fue dar a conocer al mundo las razones que impulsaban a las colonias a independizarse del control político británico, mediante una enumeración detallada y elocuente de las violaciones constitucionales y legales en que habría incurrido el rey George III. Los abusos de la metrópoli a la hora de cargar de impuestos a las colonias ya habían derivado en el bloqueo a las importaciones inglesas. Pero ésa era una más, entre un cúmulo de violaciones. Por cierto, no deja de ser una ironía de la historia el hecho de que el mismo día en que se firmaba en el nuevo mundo el histórico documento, el monarca en Londres anotara en su diario de vida “nothing of importance this day” [nada importante este día] y que, semanas después, al recibir el texto de la declaración, tampoco comprendiera su trascendencia.

Un incidente aparentemente secundario luego demostrará todo su sentido: los delegados de Georgia y Carolina del sur condicionaron su firma y, por lo tanto, la viabilidad de todo el proyecto independentista, a la remoción de la acusación que Jefferson había incluido en su borrador de que el rey había “emprendido una guerra cruel contra la naturaleza humana” al introducir la esclavitud en las colonias y permitir el tráfico de esclavos. Al excluir este tema se estaban sembrando las semillas de la feroz, sangrienta y terrible guerra civil del siglo siguiente. Una guerra civil que consistió, en realidad, en una guerra revolucionaria, conducida por el gran Abraham Lincoln, que fundó la nación, sometió a la oligarquía algodonera del sur, promovió la industrialización y expulsó la influencia inglesa de la economía [Jorge Abelardo Ramos].

La declaración, uno de los documentos políticos más importantes de la historia, es la partida de bautismo de la segunda epopeya americana. Antecede directamente a los acontecimientos de mayo en Buenos Aires, a los relacionados, en todo el continente, y a la propia revolución francesa. Y demuestra que la grandeza o la insignificancia política no son fruto en primer término de la materia inerte, sino del espíritu humano, únicamente sometido a la divina Providencia.

A diferencia de la hazaña de la América que habla en español y le reza a Jesucristo [Darío], hecha con sus exclusivos recursos y sin ayuda de nadie –hecho singularísimo en la historia, aunque sin mención entre nuestros académicos-, los norteamericanos recibieron auxilios decisivos, aportes clandestinos y cuantiosos préstamos de dinero. Una coalición marítima formada por Francia, España y Holanda puso a Inglaterra, por primera vez en el siglo, en condiciones de inferioridad naval. Y el ejército que ganó la batalla final de la emancipación en Yorktown –la Ayacucho del norte- tenía más efectivos franceses que norteamericanos.

Marcelo Gullo, en La insubordinación fundante, concluye que todos los procesos victoriosos de emancipación fueron el resultado de la coincidencia de una actitud de insubordinación ideológica ante el pensamiento dominante y de un vigoroso impulso estatal. Analiza cuatro ejemplos de países periféricos que se convirtieron en países centrales en el marco de sus respectivas revoluciones nacionales: la independencia norteamericana; la unidad alemana que sella Otto von Bismarck después del “zollverein” [unión aduanera] de 1834, entre unos micro-estados rurales; la restauración Meiji en el Japón feudal de 1868; y la revolución china de 1949, conducida por el gran timonel Mao Zedong y continuada después de 1976 por el notable estadista Deng Xiaoping.

A diferencia de la insubordinación fundante suramericana –donde evidentemente falló el impulso estatal-, la independencia de las trece colonias del norte devino en una unidad y el nuevo estado se expandió desde entonces varias veces, hasta el oeste y el sur. En 1803 compró la Luisiana a Napoleón, luego fue sucesivamente conquistando los territorios indios hasta el Pacífico, también adquirió La Florida a España, en 1848 con el tratado Guadalupe Hidalgo, México se vio obligado a entregar California, Nuevo México, Texas, Arizona, parte de Utah, Colorado, Oklahoma y Kansas –dos millones de kilómetros cuadrados-, con lo que el gigante norteamericano totalizó siete millones y medio, un estado continental tan extenso como toda Europa. Entonces, entre 1869 y 1883, se tendieron tres líneas ferroviarias al Pacífico (norte desde los grandes lagos a Portland, central desde Iowa a San Francisco y sur desde Nueva Orleáns a Los Angeles), que poblaron el interior del gran país y comunicaron los centros urbanos industriales de ambas costas oceánicas.

Julio Irazusta analiza acertadamente la epopeya de la emancipación americana, considerándola una de las más arduas y de las que requieren, además, una afortunada combinación de circunstancias exteriores. Y cómo éstas no se combinaron a favor de los suramericanos y sí a favor de los norteamericanos. Todos afrontamos graves dificultades. También la de ellos fue una guerra civil. Igualmente sus primeros gobiernos vacilaron en definir su posición frente al respectivo imperio. Allá sufrieron asimismo las rivalidades individuales y el choque de los intereses regionales.

También se enfrentaron con la diyuntiva de tener que pronunciarse por la monarquía –añorada como un bien perdido- o una república ideal, vislumbrada al cabo de una escabrosa senda. El hecho es que ellos superaron los obstáculos más rápido que nosotros y evidentemente tuvieron éxito en lo que nosotros fracasamos.

Portada del libro "Origen y destino de la patria", de Alejandro Pandra (Editorial Punto de Encuentro).

Portada del libro “Origen y destino de la patria”, de Alejandro Pandra (Editorial Punto de Encuentro).

Salvador de Madariaga en su Cuadro de las Indias destaca una supuesta afición tradicional de los españoles por la guerra civil. Pero si recordamos que la misma queja fue formulada por Cicerón respecto de los romanos, por Maquiavelo de los italianos, por Bismarck de los alemanes, por Maurras de los franceses y por tantos otros, es probable que ningún pueblo merezca la acusación. No, los hispanoamericanos no fracasamos por haber heredado de España el espíritu anárquico congénito, ni los anglosajones tuvieron éxito porque Inglaterra les legara su amor a la libertad en el orden. La diferencia dependió de causas mucho más azarosas.

Nuestros primeros pasos fueron más felices y decididos que los del norte. Sin un estado central, sin un espíritu militar, ellos se empeñaron en un peligroso conflicto con su imperio, no decadente como el español sino, por el contrario, vencedor de la conflagración mundial reciente, a sólo una década de conquistar la India y el Canadá. Desde Buenos Aires aprovechamos para establecer nuestro primer gobierno propio sobre las bases de la autoridad virreynal, en una superficie cinco veces mayor que la de las colonias norteamericanas, con el doble del presupuesto económico [sic], con una milicia propia probada y con la metrópoli ocupada por Napoleón. Pero pronto el cuadro de esas diferencias y ventajas se alteró sensiblemente. Los norteamericanos contaron siempre con el estímulo, la simpatía y el apoyo directo y efectivo de una gran coalición de grandes naciones europeas, potencias marítimas, ansiosas de vengar juntas las repetidas derrotas que Inglaterra les infligiera sucesivamente a cada una. Nosotros, en cambio, no tuvimos la misma suerte. Al momento de nuestra propia emancipación, el mundo –absorto en los angustiosos problemas que les creaba Bonaparte- no estaba para tender una mano en las antípodas. Cuando nos dio crédito (por ser ya innecesario) estaba destinado a enfeudar nuestra economía. Y finalmente nos otorgó un reconocimiento vergonzante, más como agentes comerciales que admitiendo en forma oficial la independencia hispanoamericana.

Ninguna ex colonia con capacidad de transformarse en una nueva nación tuvo –como nosotros- un monarca imperial similar a Fernando VII –mal rey, mal español, mal hombre…-. El azar lo puso en el trono, le dio larga vida y le permitió dedicarse tranquilo a reinar, gracias a la tan duradera paz de la santa alianza (con la que estuvo a punto de coaligarse en varias oportunidades). Fue capaz de enviar al nuevo mundo la formidable expedición de Morillo, que enconó y anegó en sangre a Colombia, Venezuela y México.

Pero tal vez el punto esencial que signó el futuro de ambos procesos emancipatorios es el siguiente. Que George Washington fuera el primer presidente constitucional norteamericano no fue poca ventaja para la república del norte. Así como no fue poca desgracia que los más representativos segundones hispanoamericanos, como Rivadavia y Manuel García, ejercieran un influjo ininterrumpido durante tres lustros y orientaran los dramáticos primeros pasos de la nueva nación del sur. Al libertador del norte le sobraba todo lo que les faltaba a estos argentinos para desempeñarse con acierto en la tarea: prudencia con los compatriotas, firmeza con los extranjeros, sensatez y modestia. Aquí, intemperancia y desdén para el interior, flaqueza para el exterior, ideología y fatuidad. Estos contrariaron a San Martín y Bolívar cada vez que  pudieron. En el caso del sur, entonces, fue notable y decisiva la absoluta ausencia de un vigoroso impulso estatal, que complementara la insubordinación fundante.

El general Ulises Grant –héroe de la guerra de secesión y presidente norteamericano concurrió más tarde, en 1897, a la conferencia de Manchester, y en su discurso explicó cómo su país había seguido el ejemplo inglés, aunque no la prédica inglesa: “Inglaterra ha usado el proteccionismo, lo ha llevado hasta sus extremos y le ha dado resultados satisfactorios. No hay duda alguna de que a ese sistema debe su actual poderío. Después de esos dos siglos Inglaterra ha creído conveniente adoptar el librecambio, por considerar que ya la protección no le puede dar nada. Pues bien, señores, el conocimiento de mi patria me hace creer que dentro de doscientos años, cuando Norteamérica haya obtenido del régimen protector lo que éste puede darle, adoptará el librecambio”.

Cuando Sarmiento escribía en 1845, en la página inicial del Facundo, que “el mal que aqueja a la república argentina es la extensión”, nuestro país ya había perdido tanto territorio y Estados Unidos ya había ganado tanto territorio –aún antes de la anexión de medio México- que ambas naciones tenían una superficie equivalente, unos tres millones de kilómetros cuadrados.

Lo cierto es que ellos declararon la independencia con la mitad de nuestros recursos financieros, la quinta parte de nuestro territorio y apenas algo más de población. ¿Qué sucedió como para que nosotros acabáramos teniendo hoy una cuarta parte del territorio norteamericano, menos de un décimo de su población y una parte ínfima de su presupuesto? Obviamente, los gobernantes y dirigentes de un país contaban con dos cualidades: visión estratégica y ambición de grandeza, de las cuales carecían los del otro país.

Por otra parte, parece mentira que los Estados Unidos –cuya constitución es la única que establece como un derecho inalienable la búsqueda de la propia felicidad- se hayan convertido en lo que son después de haber nacido primeros a la libertad, de haber sabido constituir antes que nadie una nación en América, de haber sido escudo para las víctimas de las tiranías y espejo de los apóstoles del ideal democrático.

Apenas peleó su última gran hazaña con Lincoln, el gigantesco país se volvió opulento y perdió la cabeza. La materia devoró al espíritu y la conciencia moral que portaban los puritanos ingleses develó su verdadera naturaleza. Cien años después que a los frailes en Suramérica, les tocará el turno a los inflexibles pastores británicos ejercer su apostolado en el nuevo mundo. Estos se desentenderán completamente del aborigen, atentos sólo a mantener la estricta moral de los colonos blancos. Forjaron, efectivamente, una nueva sociedad exclusiva, de rígida moral y religiosidad, pero marginada de influencias culturales y
sangre autóctona.

El honor del puritano es la vida misma en su acción cotidiana y su fin no es la búsqueda de un modo arriesgado de trascenderla, sino de justificarla con ahorro y circunstancia. Es la antítesis de la llama mística expresada por El Greco y por Cervantes. Ahorro y circunstancia constituyen lo contrario del desprendimiento de sí y la libertad que el genio hispánico exige siempre, con aires de heroísmo. Ahorro y circunstancia son ataduras. Ese fue, en realidad, el grano que llevaban en su tempestuoso viaje los peregrinos del “Mayflower”. Los hombres que nacieron de ellos nacieron de ese grano, asidos a sus biblias, con cuya austera lectura, al alba y al crepúsculo, apenas expurgaban un árido e inhumano código moral. Pero el sentido divino espiritual finalmente se les evadía [Mallea].

La democracia norteamericana, que se había constituido para el bien común, terminó así convirtiéndose en factoría para el lucro de los privilegiados. Todavía en el siglo XX, su desdibujada imagen iba a convocar a millones de víctimas de las devastadoras guerras mundiales y persecuciones europeas. Y hoy, el que fue arquetipo de la libertad e iniciador del proceso continental independentista más fascinante de la historia, es uno de los países menos libres y menos justos del mundo, gendarme de las peores oligarquías.

Sin embargo, como bien pregunta Ramos al concluir que somos argentinos porque no pudimos ser americanos, ¿cuál hubiera sido el destino de la república de Massachussets o de la de Nueva York si no se hubiera fundado una única nación norteamericana? Cualquiera de esos estados, ¿habría llegado a erigirse en potencia mundial? Más bien podría conjeturarse que el gran país del norte sería escenario de una inestabilidad crónica, teatro de aventureros políticos y militares y de una situación social semejante a la que reina todavía hoy en la infortunada Centroamérica.

Pero aún estamos en aquellos años en que se establecen nuestras primeras relaciones diplomáticas con los Estados Unidos. El presidente Monroe simpatiza con los nuevos países del sur, pero es cauteloso a raíz de la negociación con España por el territorio de La Florida. Desde hace años –después de la caída de Napoleón en Waterloo- toda Europa quedó bajo la dominación de la santa alianza, decidida a barrer con los últimos vestigios de libertad subsistentes.

En Gran Bretaña –ansiosa de mercados, en plena dinámica de la revolución industrial- se suicida el primer ministro Castlereagh y lo reemplaza su rival, George Canning. Al nuevo ministro no le importará que nuestros países sean republicanos, monárquicos o anárquicos. Sólo le interesa que sean “libres”, o sea, susceptibles de entregarse desmembrados, solos y aislados a la influencia inglesa. Canning abre la negociación del reconocimiento de la independencia de las nuevas repúblicas hispanoamericanas a cambio de tratados de amistad, comercio y navegación.

Fracasa así el intento del canciller mexicano Lucas Alamán de crear una unión aduanera entre las repúblicas americanas, debido a la política inglesa de canjear reconocimiento a cambio de “trato de nación más favorecida”. Con este sencillo recurso, el gobierno inglés se aseguró que no pudiera construirse un zollverein latinoamericano. Este mismo fracaso es lo que, en definitiva, condena anticipadamente las posibilidades del congreso de Panamá, convocado en 1825 por Bolívar. Allí quedó sellado el hecho de que una fragmentada Hispanoamérica careciera desde entonces de una dimensión económica y, por tanto, también de capacidad política, acorde a sus aspiraciones. Hasta la herencia cristiana fue difamada y destrozada. “Se perdió la mayor de las batallas el día en que cada una de las repúblicas ibéricas se lanzó a hacer vida propia. […] Los creadores de nuestro nacionalismo fueron, sin saberlo, los mejores aliados del sajón, nuestro rival en la posesión del continente” [Vasconcelos].

Fue así como se formaron dos Américas y dos conceptos distintos del mundo, dos sociologías, “la que quiere el predominio exclusivo del blanco y la que está formando una raza nueva, raza de síntesis [La raza cósmica], que aspira a englobar y expresar todo lo humano en maneras de constante superación”. Cristianismo más español más indio americano para construir, hacia el futuro, una nueva posibilidad humana,
liberada de todos los pesos del pasado, de los matices religiosos, raciales o políticos, una posibilidad orientada a un destino común valedero. “Cada uno en su noche”, como reza la Biblia, pero en una noche exenta de pavores y falsificaciones.

Lo cierto es que la unión de nuestra América no pudo concretarse entonces: no lo permitieron la acción insidiosa de las grandes potencias imperiales y –sobre todo- la pequeñez y estrechez de miras de los gobiernitos locales. San Martín, por ejemplo, a la vuelta de la gesta militar y política más importante, trascendente y significativa de nuestra historia, marchó al exilio ante los celos y la desconfianza –para ser benévolos con la investidura- del presidente Rivadavia. Luego, en carta a O’Higgins, el libertador le dedicaría estas palabras al antipático figurón iluminista: “yo he despreciado tanto sus groseras imposturas como su innoble persona”.

Pero tampoco había llegado todavía la hora de los norteamericanos: el monroísmo –enunciado por ese presidente en su mensaje al congreso de 1823- sólo empezará a tener una vigencia posible más allá de Centroamérica y el Caribe ciento veinte años después, cuando la retirada británica de Suramérica tras la segunda guerra mundial.

La OEA será entonces la primera institución plenamente monroísta.

Dos siglos de dispersión y desintegración han logrado borrar en la memoria histórica colectiva, la premisa de que los estados suramericanos deberán confluir en una gran nación posible, o se privarán de un destino. Porque la América criolla –desprendida de España en las guerras de la independencia- terminó balcanizada en un mosaico incoherente de varios estados supuestamente soberanos, adornados de todas las baratijas jurídicas, filatélicas, arancelarias y rituales de “naciones” verdaderas  [Ramos]. Una especie de estados parroquiales, aunque en realidad se trata de provincias simbólicas [“secciones americanas” las llamará José Hernández]. Desde entonces, nos volvimos periferia de la revolución industrial inglesa. La trágica guerra del Paraguay, por ejemplo, se desencadenó a partir de que la guerra civil norteamericana impidió la provisión de algodón a los telares de Manchester, además de servir para liquidar –de paso- el último enclave peligroso de la vieja mentalidad “peruano-tucumana” de los López. Cada estado parroquial perdió contacto con su vecindad, como no sea en los casos de conflictos limítrofes. Cada país se fue volviendo cada vez más un “en sí”. Su afirmación era la exclusión del vecino y el éxtasis con los centros metropolitanos, primero ingleses y franceses y luego norteamericanos [Ramos].

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