La constitución política de Hispanoamérica

“Las llamadas independencias (…) fueron un movimiento oligárquico (…) una separación de la Monarquía (…) El destino de los Reinos a uno y al otro lado del atlántico fue distinto, en el caso de la península se produjo su unificación bajo la forma de Estado nacional, en el caso americano, al contrario, se produjo la dispersión de los Estados sucesores  (…) a pesar de que la evidencia nos habla de problemas comunes, de progresos comunes, de ideas comunes, de una historia común, en el imaginario americano las llamadas independencias siguen siendo consideradas un hecho fundacional (…) la invención de la nación en los países hispanoamericanos se fundó en la mitificación de las independencias”

 Artículo originalmente titulado “La constitución política de Hispanoamérica: Estados, colonias, naciones y padres de la patria”, de Manuel José Vial Dumas (Universidad de Gerona), incluido en “América Latina y el Mediterráneo: ideas en contacto” -XIV Congreso de la FIEALC, Universidad Nacional y Kapodistríaca de Atenas, 14-16 de octubre de 2009, publicado por Ediciones del Orto – Ediciones Clásicas, S.A. (Madrid, 2011). 

La constitución política de Hispanoamérica: Estados, colonias, naciones y padres de la patria

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Reino de las Indias (Hispanoamérica) en la portada de “Primer(a) Nueva Corónica y Buen Gobierno”, del cronista indohispano Felipe Guamán Poma de Ayala.

Hasta hace no mucho tiempo, para los politólogos y juristas, la idea del Estado-nación se alzaba como el modo de organización  definitivo de las sociedades humanas, ni se cuestionaba su existencia futura, ni se entendía como una institución histórica (es decir que ha nacido y desaparecerá en ella), sino como un ente abstracto dotado de perennidad. En el mundo contemporáneo esa idea se ha agotado.

Es uno más de los edificios demolidos por la postmodernidad, tales como las ideologías o el progreso indefinido. La idea de Estado-nación se derrumba desde sus propios cimientos. Los estudiosos del fenómeno político de la Unión Europea ya vienen acusándolo desde hace tiempo (Díez-Picazo 1988, Jáuregui 1998, Arnaud 2000, Offe 2000, Mercado 2005, Cantaro 2006, entre muchos otros) y, aunque hoy por hoy la crisis del estado hispanoamericano no es tan manifiesta como la europea, se hace necesario y oportuno ocuparse del problema. Aquí pretendemos sólo dar algunas pistas, bien conocidas entre los historiadores, sobre el origen del estado en Hispanoamérica y la mitología que se ha tejido en su desarrollo, en especial al momento de las llamadas guerras de independencia.

 

El Estado, orígenes y conceptos

Desde las flamantes universidades, los juristas medievales crearon la noción de oficio. Las Siete Partidas lo definen como un servicio señalado (1), es decir, un servicio que presta el vasallo además de los ordinarios como, por ejemplo, encargarse de la hacienda real o de impartir justicia entre el resto de los vasallos. Esta noción es muy importante pues dota de materialidad al poder regio, lo densifica y permite que su ingerencia se extienda en el territorio y en las materias. Fue el Papa el primero en rodearse de oficiales y luego, imitándole, los reyes de los distintos pueblos de Europa (Bravo, 1999-2000) quienes, por cierto, valiéndose de los oficios y de otras instituciones aportadas por los juristas del ius commune, irán acrecentando poco a poco su poder frente a los múltiples poderes que estaban en escena en el mundo político medieval.

Al Estado del rey, que es la materia y que en principio no está constituida por mucho más que los oficios, es la jurisdicción la que viene a proveer la forma. En efecto, el poder del monarca está remitido a un territorio y ese territorio está delimitado por la jurisdicción. Es decir que hasta allí donde el rey tanga la facultad de decir el derecho se extiende el territorio, nadie de dentro puede pedir justicia fuera ni nadie de fuera puede pedir justicia dentro. Los juristas de entonces lo expresaron en la sentencia jurisdictio coaheret territorium. Para ellos el territorio, así lo señala Baldo (m. 1400), era el espacio de tierra amurallado y armado por la jurisdicción (2). Esta es la primitiva organización estatal que se mantuvo vigente por bastante tiempo, al menos mientras los fines del gobierno fueron tan discretos como mantener a cada uno en lo suyo.

Esta es también la realidad política europea al tiempo de la reconquista de la Península Ibérica. En efecto, desde el nacimiento del reino Astur-leonés, que responde a las características estatales o protoestatales que venimos enunciando, la expansión hacia los territorios del sur se materializa en la constitución de nuevas comunidades políticas que, poco a poco, irán diferenciándose unas de otras y generando jurisdicciones diferentes y, por tanto, en un sentido amplio, fronteras. En alguna medida esto sucede pues los reyes de la época no son capaces de crear una sola comunidad política; eso significaría pasar por sobre poderes locales, juntar y homogeneizar comunidades políticas separadas, comunidades políticas que se diferencian en sus costumbres y en su derecho, aunque la persona física de su rey sea la misma.

En efecto, por distintas alianzas estratégicas o conquistas sucede, no sólo en la península, sino en toda Europa, que distintos reinos y Estados pasan a ser propiedad de un mismo rey, o mejor dicho, se incorporan a una corona que los reúne a todos. Sin embargo, esos reinos, esas comunidades políticas, no se disuelven como por arte de magia. Al contrario, mantienen su personalidad y su constitución política, de manera que, aun teniendo un mismo soberano, un natural de alguno de los reinos sigue siendo extraño en un reino distinto aunque pertenezca a la misma corona. Cada reino sigue teniendo unas costumbres propias, un derecho propio e instituciones también diferentes. La más importante de estas, a efectos de este análisis, es un tribunal que no tenga superior en lo temporal, pues es la jurisdicción de ese tribunal la que cierra el territorio del reino. Este fenómeno es el que llamamos monarquía múltiple o plural que, como ejemplifica Bravo Lira (2004: 385), puede imaginarse como un collar de perlas, cada una representa un reino y el hilo que las une es la corona. Si el hilo se corta el collar deja de existir aunque los reinos pueden subsistir por sí mismos, así también el hilo puede abrirse para dejar entrar otros reinos.

En la Península Ibérica, durante la baja Edad Media, se formaron dos monarquías múltiples, ambas con caracteres bien diferentes. En la Corona de Aragón la personalidad de los Reinos es mucho más clara y diferenciada, es una Corona donde, en general, la relación del rey con la comunidad política tiende a ser más horizontal que en los reinos que forman parte de la Corona de Castilla, donde la individualidad de cada reino se hace más difusa, aunque no así el poder local, el municipal. En tiempos de los Reyes Católicos la personalidad de cada Corona, la de Aragón y de Castilla, está bien definida y no se diluye a pesar de que el matrimonio de ambos monarcas une el destino de ambas coronas que se consolidará en Carlos I: él representa el apogeo de esta figura política, pues si bien una buena parte del orbe estaba gobernada por la misma persona física, respecto de cada reino era una persona jurídica distinta, atada a instituciones distintas y a derechos distintos, en fin, a una constitución política diversa en cada estado.

Provincias de la América Hispana hacia 1800 [pulse en la imagen para ampliar]

Provincias de la América Hispana hacia 1800 [pulse en la imagen para ampliar]

Cuando se produjo el descubrimiento de América ésta era la realidad política de la Península y, en general de Europa, la Europa de los estados. El Nuevo Mundo se presentó como un formidable suceso desde el punto de vista cultural y social, las tierras de Ultramar sedujeron el ánimo de muchísimos hombres, tantísimos de entre ellos veteranos de las guerras que libraba el Emperador en Europa, otros de las guerras que liberaron el último bastión musulmán de Granada. Todo el mundo miraba a la Península, allí la Corona de Castilla y la de Portugal se repartían el mundo.

Las grandes cuestiones que supuso la expansión ultramarina de Europa, en el plano jurídico-político, encontraron solución en la adaptación de las instituciones vigentes. A nadie de la época se le habría pasado por la mente entender que ese Nuevo Mundo constituía algo distinto y separado del resto de los dominios de la Corona, o que hubiese que crear una nueva forma de organización política para dominarlos. Al contrario, muchos de aquellos hombres que finalizaron la reconquista de la Península iniciaron la conquista del Nuevo Mundo haciendo uso de las mismas herramientas que venían utilizando.

Los primeros territorios conquistados no podían entenderse sin más como una comunidad política independiente. Sin embargo, en muy poco tiempo se organizaron y se separaron del reino de Castilla. El hito que marca ese hecho es la fundación en 1511 de la Real Audiencia de Santo Domingo, la primera en territorio americano. Con ella se dotaba al Nuevo Mundo de un tribunal sin superior en lo temporal, de instituciones propias, de una jurisdicción propia para ejercer sobre las gentes de un territorio determinado; en fin, se constituía un Estado en propiedad. Las Indias no serían consideradas nunca más, al menos hasta mediados del siglo XVIII, como una extensión de Castilla. Tanto así, que en 1614 el derecho castellano ya no puede aplicarse directamente a los reinos de Indias que ya gozan de un derecho propio que será recogido en sendas recopilaciones privadas y oficialmente en 1680 (Manzano 1950).

Pero la estatalización de América no se detuvo allí. Tal como había ocurrido en la Península, la extensión del territorio indiano, incomparablemente más vasta que la de los reinos europeos, fue dividiéndose en comunidades políticas con personalidad propia. Esto significó la creación de nuevos Estados a lo largo de todo el territorio. Otra vez vemos como la constitución estatal sigue los mismos principios que en el Viejo Mundo y la diferenciación se produce generando un gobierno propio para un territorio dotado de un tribunal que ejerce la jurisdicción. En 1550, México, Perú, Guatemala, Nueva Galicia y Nueva Granada ya contaban con una Real Audiencia. Pronto se sumaron otros reinos, en 1609 se había fundado dicho tribunal en Charcas, Chile, Quito y Bahía; en los dos siglos siguientes también en Buenos Aires, Venezuela y Cuzco. Salvo Nueva Galicia u Cuzco todos corresponden a Estados que aún existen.

El Nuevo Mundo, al igual que el Viejo, se convirtió en un mundo de Estados, los primeros Estados fundados fuera de Europa y que comparten con ellos el mismo fundamento: la jurisdicción (Bravo, en prensa). Poco importa si hubo o no una declaración en tal sentido. Ese no era el modo de operar de los hombres de aquel tiempo. Para los juristas la diferenciación es clara y antes de expresarla en adornados documentos la hacían operar en la práctica. Así, por ejemplo, en 1707 un expediente sobre el no pago del almojarifazgo del trigo, harinas y otras legumbres que se exportan al Perú, señalaba: “Que no es controvertible que el reino del Perú sea provincia distinta, pues no sólo lo es, sino que reino aparte y separado del de Chile…” (3).

Evidentemente, por su especial naturaleza, los reinos de Indias presentan muchas particularidades respecto a los europeos. Por ejemplo, las diferencias entre sí eran menores que entre los reinos peninsulares, ello pues la época y circunstancias de su fundación son similares y las comunidades políticas de reciente constitución. Asimismo, los reyes procuraron ejercer el poder de manera directa y evitar, por ejemplo, señoríos que se lo enajenaran. Por otro lado, el Estado en América fue creado sobre una población disímil, en la época se habla de una “república de los indios” y una “república de españoles”; esto significó, a la larga, que fuera el propio Estado el que formara la conciencia nacional porque creó el sentimiento de seguir, ambas repúblicas, un destino común (Góngora 1951, Pérez Collados 1993,  Bravo 1999-2000).

Esta era la constitución de la monarquía hispánica, una que unificó el viejo y el nuevo mundo en uno formado por Estados.

¿Por qué colonias?

En 1951 Ricardo Levene publicó su ya clásico trabajo “Las Indias no eran colonias”. En él expone la realidad que grosso modo hemos descrito arriba y que es refrendado y completado por trabajos como los de Mario Góngora (1951), Guillermo Céspedes del Castillo (1983: 416), Ricardo Zorraquín (1988-1992), Bernardino Bravo (1994 y 2004) , Víctor Tau (2000) y muchos otros.

En efecto, el único sentido que tenía la palabra colonia en tiempos de la conquista es el de un asentamiento en un territorio propio para poblarlo y asegurarlo. Los Estados indianos se fundaban, gozaban de instituciones propias, derecho, capital, etc., pero aún sus fronteras eran ignotas, había pues que alcanzarlas fundando colonias dentro de esos reinos. Así lo mandaba Felipe II en las Ordenanzas de Descubrimiento, Nueva Población y Pacificación de las Indias Occidentales de 1573, en ese documento aparece la voz colonia en ese sentido y no hay ningún otro documento en el que aparezca en un sentido diverso, al menos hasta el siglo XVIII. No se trata de eufemismos, la palabra no tiene otro significado pues la institución que sería llamada también colonia no existía aún, al menos no en el mundo hispánico (Céspedes del Castillo, 2005).

Las colonias, entendidas como asentamientos en un territorio exterior a una potencia europea, que no son más que un tipo de provincia en ultramar, generalmente de carácter comercial, poblados por hombres que no se relacionan con el medio y que dependen directamente de una metrópoli; aparecen con la expansión ultramarina europea posterior a la hispano portuguesa, que, a diferencia de esta última, no fue estatal.

Sin embargo la convicción de que las Indias no se distinguían en nada de las colonias francesas, inglesas u holandesas está muy asentada en el mundo hispánico, desde la cultura popular hasta nuestras aulas escolares e incluso en las universidades. Una parte de ello se debe a la dependencia que durante décadas mantuvo nuestra historiografía de otras como la francesa o inglesa que, por su parte, salvo excepciones, asumieron que la conquista hispano-portuguesa no pudo tener otro carácter que el que había ostentado la propia. Otra razón es que, al final de la época monárquica de los Estados americanos, la Monarquía, por imitación del resto de las potencias europeas, comienza a concebir e intentar tratar a los Reinos de Indias como colonias; pero la conciencia política de los americanos se resistió y reclamó una autonomía que siempre les había sido propia (Céspedes del Castillo, 1983).

Pero tal vez el motivo más importante por el que se sigue hablando de colonias es que la razón se estrella contra el mito de la independencia.

Qué fue la independencia

Las llamadas independencias americanas fueron un movimiento oligárquico. Donde hubo levantamientos populares o indígenas, rara vez prosperaron, antes bien, la oligarquía. La misma o al menos una parte de la que venía rigiendo el destino de los reinos, tomó el mando de los estados sucesores (véase Lynch 1973).

Al menos desde un punto de vista institucional, no hay duda que las independencias en realidad no fueron tal, sino una separación de la Monarquía. Por ejemplo, la declaración de independencia chilena, aunque inundada del imaginario independentista, señala con meridiana claridad que “el territorio continental de Chile y sus islas adyacentes, forman de hecho y por derecho, un Estado libre, independiente y soberano, y quedan para siempre separados de la Monarquía de España”. No existía una metrópoli de la cual dependieran los territorios de las Indias, como para hablar de una independencia en sentido político; tampoco existía un pueblo culturalmente sometido que lograra independizarse (los indios nunca lo hicieron), como para hablar de independencia en uno cultural. Tal y como si se cortara el hilo del collar de perlas en la analogía de la que nos valíamos al principio, las primeras décadas del siglo XIX fueron testigos de la desintegración de la monarquía múltiple. El destino de los Reinos a uno y al otro lado del atlántico fue distinto, en el caso de la península se produjo su unificación bajo la forma de Estado nacional, en el caso americano, al contrario, se produjo la dispersión de los Estados sucesores precisamente porque tenían consciencia de serlo. Por eso pocas cosas cambiaron, las instituciones monárquicas en lo esencial subsistieron, el orden social también, la cultura, la religión, la lengua e incluso, en gran medida, las fronteras. Es ilustrativo comprobar el origen de algunos de los líderes de las llamadas “revoluciones” como por ejemplo Agustín de Iturbide, quien resistió como oficial del ejército a los insurgentes de Hidalgo en México o el de Riva-Agüero, que era hijo de un oficial de la Real Casa de Moneda de Lima; en Chile, Bernardo O’Higgins era hijo de un ex gobernador de Chile y Virrey del Perú, Simón Bolívar era miembro de una de las más nobles familias de Venezuela, al igual que San Martín quien, como hiciera Riva-Agüero, luchó contra los ejércitos de Napoleón en la Península.

Entre las cosas que cambiaron hay que distinguir dos clases: aquellas que son particulares del mundo americano y aquellas que por esa época cambiaron en todo el mundo europeo (del que entonces nadie excluía las Indias). Entre las primeras puede citarse, por ejemplo, la cuestión indígena, en general, el sector más perjudicado por las llamadas independencias. Si antes podía hablarse de opresión y de explotación, la situación sólo pudo empeorar cuando salió de escena el único actor político que podía hacer frente a la oligarquía, cuyos miembros eran precisamente quienes podían oprimir y explotar. Además de éste, no fueron muchos más los cambios del mundo americano.

Los segundos, es decir aquellos cambios comunes a todo el mundo europeo o al menos fundados en corrientes de pensamiento común, son los que definen el carácter de los Estados sucesores. Estos últimos, es digno de nota, producen efectos muy similares en todo el mundo hispánico, también en la Península, donde no hubo tal independencia. En efecto, el avance del liberalismo, las constituciones escritas, la política y el derecho liberal, generaron similares efectos y tropezaron con las mismas dificultades a uno y otro lado del atlántico y, salvo los casos de Brasil y Chile (aunque, este último, con un breve período de caos político), todos los demás Estados cayeron en la anarquía. Una falta de régimen de gobierno a la cual algunos países no han logrado sobreponerse, y otros, como por ejemplo España, lo han hecho muy recientemente. Las constituciones han sido puestas y repuestas a uno y al otro lado del Atlántico, también allende los pirineos. Los parlamentos han caído una y otra vez en toda Europa y en toda América. Ciertamente hay diferencias, en especial en el plano social donde el mundo americano es distinto del europeo, por ejemplo, la cuestión social obrera atormentó a los países europeos y también a los americanos, en especial a los que tenían escasa población indígena como los del Cono Sur, mientras que para los demás la cuestión social fue cuestión indígena. Sin embargo, a pesar de que la evidencia nos habla de problemas comunes, de progresos comunes, de ideas comunes, de una historia común, en el imaginario americano las llamadas independencias siguen siendo consideradas un hecho fundacional.

La razón de esto es precisamente otro hecho también común a Europa y América. En los albores del siglo XIX, junto al ideario de la Revolución Francesa se impone la idea de Estado-nación, una nación tan uniforme y sofisticada que en los hechos no existía en ningún país. Los estados europeos forjaron una identidad nacional a la fuerza y desde arriba y siguieron haciéndolo, aún con más intensidad, en algunos casos hasta hace escasas décadas. En América sucede otro tanto, aunque con particularidades.

En efecto, la invención de la nación en los países hispanoamericanos se fundó en la mitificación de las independencias y la creación imaginaria de una etnia. Los próceres fueron alzados como padres de la patria, fundadores de Estados que les antecedían por dos siglos, se apodó “revolución” a lo que no fue más que sacudirse la presencia de un rey que en un momento se tornó molesto, inútil, ineficaz o poco confiable, según el caso; se adoptaron signos nacionales, himnos, banderas, escudos, monedas, y, por supuesto, una historia que escondiera la continuidad entre las nuevas repúblicas y los antiguos reinos y justificara la “nueva patria” (Quijada 1994, Pérez Collados, 1993 y 1998). Una historia que culpaba, con mayor o menor intensidad según los países, a España de una supuesta oscuridad de los siglos anteriores, que convertía a las revoluciones independentistas en una verdadera liberación, la liberación de un opresor español. Pero este español nunca se fue, ni “descolonizó” y, opresor o no, siguió gobernando los estados sucesores tal y como venían haciendo desde su fundación. Siguiendo los principios del liberalismo, para bien o para mal, las comunidades, asociaciones, gremios que eran continente de identidades locales o étnicas, fueron suprimidos y toda la población agrupada en una identidad ficticia que no resiste análisis histórico.

Se trata de una identidad que incorpora el elemento hispano y a él suma el indígena, pero sólo en términos ideales, pues en la práctica, en la vida social, el mundo indígena resulta odioso, objeto de discriminación y de abusos. Una identidad que convierte a América en un mundo donde sólo viven conquistados, uno del cual España, también producto de su propia invención de la nación, fantasea ser conquistadora. Una identidad social que hace que aquellos que pertenecen al universo cultural hispano (evidentemente sin que en esto importe la raza), al universo cultural que generó la conquista, otrora españoles americanos, se llamen ahora a sí mismos conquistados, igual que aquellos que se mantuvieron en un mundo cultural ajeno al occidental. Una identidad que, en definitiva, sigue predicándose, en las aulas de uno y otro lado del atlántico y que no hace más que confundir y dificultar la comprensión recíproca de uno y otro mundo y, en especial, la autocomprensión del mundo americano.

 

Indigenismo inconsistente

Algunas corrientes indigenistas, en la mayoría de las ocasiones con una comprensión muy rudimentaria de estas cuestiones, actúan bajo el signo de ese imaginario nacional inventado después de las llamadas independencias y que se superpuso a una conciencia patria que en algunos casos ya existía. Muchas de estas corrientes condenan las reflexiones precedentes por entenderlas como hispanistas o relacionadas con la “leyenda áurea” de la conquista de América y extienden, sin ningún miramiento, una visión nacional del presente al pasado.

Al contrario, creo que sólo desprendiéndose de todo ese imaginario nacionalista inventado en el s.XIX pueden defenderse, sin contradicciones argumentales, dichas pretensiones. El problema americano no tiene tanto que ver con razas, ni con colonias, ni con expolios, ni genocidios; tiene que ver con universos culturales que han permanecido vigentes a pesar de hallarse bajo un estado hispánico en todo sucesor de aquellos que se formaron entre el siglo XVI y XVII. Sólo partiendo de esta base histórica y no del imaginario liberal puede hacerse una defensa coherente y reflexiva de los derechos de los pueblos indígenas, de lo contrario, el futuro de dichas reivindicaciones siempre estará marcado por la incongruencia que implica que unos supuestos conquistados deban reconocer derechos a otros conquistados, sin que exista ninguna razón aparente. En otras palabras, sólo sacudiendo el mito de los estados nacionales y de las independencias puede hablarse de pueblos, pues dicha noción, la de pueblos, es incompatible con el mito nacional de las independencias que convierte a todos por igual en nacionales de un Estado. Sólo derribándolo, y no me refiero a meros reconocimientos constitucionales, sino también en la enseñanza y en general en la cultura popular; la defensa de los pueblos indígenas como entidades colectivas distintas pero inmersas en un Estado de raigambre hispana tendrá un puerto pacífico y no un choque con la imaginaria conciencia nacional.

NOTAS

(1) Partida 2, 7, 9

(2) Baldo degli Ubaldi, Opus aureum, Lyon, 1502, 2, 56 Quid sint regaliae rubrica, fol. 82v.

(3) Archivo General de Indias, Audiencia de Chile, p. 107.

Bibliografía

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Bravo Lira, Bernardino (2004): “El Régimen Virreinal. Constantes y variantes de la constitución política en Iberoamérica (siglos XVI al XXI)”. En: El gobierno de un mundo, virreinatos y audiencias en la América Hispánica, ed. F. Barrios, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla la Mancha, pp. 384-396.

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Cantaro, Antonio (2006) Europa soberana. La constitución de la Unión entre guerra y derechos, barceloan, El Viejo Topo.

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Pérez Collados, José María (1998), Los discursos políticos del México originario: Contribución a los estudios sobre los procesos de independencia iberoamericanos, México, Universidad Nacional Autónoma de México.

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Tau Arozategui, Víctor (2000): “Las Indias: ¿provincias, reinos o colonias?”, Revista de Historia del Derecho, 28, pp. 77-137.

Zorraquín Becú, Ricardo (1988-1992): “La condición política de las Indias”, Estudios de historia del derecho, Buenos Aires, pp. 55-161.

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3 pensamientos en “La constitución política de Hispanoamérica

  1. Alan Christian.

    Yo soy descendiente de españoles y veo que muchos en la Argentina hablan mal del país de sus ancestros. Es una pavada. El Indigenismo es lo más ridículo que hay en el mundo. La mayoría de los que hablan de los indios son blancos ricos que no tienen nada que hacer. Es patético ver a un tipo de ojos verdes intentando ser un indiecito pero con tecnología de punta. Y sí, si vamos al caso, los españoles seguimos manejando todo, de alguna manera u otra. No somos “otra cosa” que la Madre Patria. Somos lo mismo pero nos hicieron creer que éramos distintos…
    Excelente artículo. Saludos desde Buenos Aires.

    Responder
  2. Andrés Romero MyT (@andresrommier)

    Hay un dicho popular en México que dice: “La conquista de México la hicieron los indios y la independencia los españoles”.

    Muy buen artículo, en lo general estoy de acuerdo con la tesis que defiende aunque creo que corre el riesgo de minimizar la extracción de riquezas que efectivamente existió (sólo hay que estudiar los efectos de la minería en Nueva España y Perú) o las restricciones que se impusieron al desarrollo de ciertas actividades económicas y que se endurecieron con las reformas Borbónicas.

    En el caso de México (o Nueva España) en efecto es Cortés y el grupo de primeros conquistadores aliados con los totonácas y tlaxcaltecas quienes fundaron una nueva sociedad mestiza. Algunos historiadores como Christian Duverger sugieren que Cortés estuvo tentado a separarse de España y fundar su propio reino siguiendo un proyecto y una visión de la sociedad indígena muy diferentes a los de la corona. La reacción de la monarquía española fue la de desestabilizar constantemente a los gobiernos en América para evitar la tentación separatista (usando juicios de residencia y otro tipo de mecanismos).

    En México, es un hecho que las condiciones de vida de los indígenas empeoraron (y mucho) como consecuencia de la independencia. La llamada “Reforma” en México arrebató sí los bienes de manos muertas a la Iglesia, pero también destruyó estructuras de propiedad colectiva de la tierra que venían desde antes de la conquista y que se habían respetado a lo largo de la época colonial.

    El México actual es quizás más colonia (en estricto sentido extractivo) que lo que fue durante la dominación de la monarquía española. En los últimos 18 años los gobiernos de México han concesionado más de la mitad del territorio nacional (http://www.excelsior.com.mx/nacional/2014/01/19/939125), poniendo en riesgo a innumerables comunidades indígenas.

    Algunas de las preguntas que deberíamos plantearnos para construir una sociedad hispano-américana diversa creo son:

    ¿Cómo incrementar el poder de las comunidades para decidir sobre los proyectos a gran escala que les afectan?

    ¿Cómo disolver las fronteras que existen entre los estados hispano-americanos?

    ¿Cómo fomentar el re-establecimiento de la comunicación entre comunidades vecinas que han sido artificialmente separadas por las oligarquías desde las llamadas independencias?

    ¿Cómo aumentar los proyectos a gran escala entre los diferentes países hispano-americanos?

    Responder
    1. gotogu

      Antes que todas esas preguntas, primero hay que partir por desterrar la Leyenda Negra. Luego hay que divulgar mucha información fidedigna acerca los “procesos de independencia”. Y tercero, hay que comenzar a concientizar a nuestros compatriotas de la patria chica que el verdadero enemigo, el que ha causado los mayores males (la mayoría invisibles a los ojos) y que nos tiene sometido a su voluntad es el judio-anglosajon, no el vecino. Todo esto se puede hacer por internet, siempre hay alguien que lee.

      Y lo más importante, hay que desterrar a las oligarquías pro-yankis de nuestros gobiernos. Para eso hace falta organización a nivel de barrios (cosa que en mi país, Chile, existe de manera residual). No existiendo ese nivel de organización básica, te condenas a aceptar lo que hagan desde arriba porque no tienes la fuerza mínima para combatir.

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