Contrabando, piratería y conciencia hispanoamericana

“Los piratas (…) sólo destacaron como ladrones y asesinos de todo cuanto oliera a español, siendo pagados con la misma moneda por parte castellana. Mayor importancia adquirieron los corsarios y piratas directamente respaldados por gobiernos y por empresarios europeos (…) Su resultado más negativo fue que su brutal acción originase pronto en las Indias una fuerte xenofobia, que desde entonces y hasta hoy ha sido el factor quizá más importante en la preservación de una personalidad cultural e histórica hispanoamericana, latinoamericana o como quiera llamársela, pero que llegaría a ser muy fuerte y muy bien definida”

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Grabado que representa el incendio de la ciudad de Panamá en 1670 por parte de bucaneros ingleses al mando del pirata Henry Morgan, quien pocos años más tarde fue nombrado caballero por el rey Carlos II de Inglaterra.

El siguiente texto es un extracto de la obra “América Hispánica (1492-1898)” (Capítulo IX: La defensa de las Indias; Sección 2: Contrabando exterior, piratería y guerra), del historiador e investigador americanista Guillermo Céspedes del Castillo. La primera edición fue realizada por Labor (Barcelona, España) en 1983.

Es importante subrayar que en el que denominamos “contrabando exterior” con las Indias, el protagonista inicial y pionero es algún portugués que, cristiano nuevo o no, abre el camino, a través de judíos de los Países Bajos, a todos los extranjeros. Esto ocurre, antes o después, en todos los puertos atlánticos de las Indias, como veremos, y ya expusimos en el caso de Buenos Aires (supra, Cap. V.2). En el mismo lugar nos referimos al desarrollo del contrabando en las costas del Pacífico, tanto en torno al galeón de Manila como a la conexión entre el comercio  de Filipinas y el interprovincial indiano. La habilidad de los colonos castellanos para sortear prohibiciones de comercio y eludir restricciones legales al tráfico, indica que aprendieron la lección de los portugueses, resultando buenos discípulos en las delicadas artes del comercio. De pasada merece anotarse una de las ironías de la historia: los judíos españoles, y luego portugueses, expulsados de sus patrias se convirtieron en el motor y vanguardia de la más formidable amenaza contra el monopolio español de las Indias y el poder económico de las dinastías reales que les expulsaron. Si esto fue deliberada y gigantesca venganza, o bien resultado ocasional de la pura mecánica de los negocios y de oportunidades no buscadas, aunque bien aprovechadas, es punto que no nos hallamos en condiciones de dilucidar.

Lo que sí está claro es el hecho de que el contrabando exterior se convierte en las Indias en elemento fundamental de su sistema de integración económica ya descrito (supra,  cap. V.3). La economía indiana adquiere  personalidad y desarrollo propios a escala mundial. En 1597, por ejemplo, el valor total de la plata enviada a Filipinas desde Acapulco excede el valor total del comercio legal transatlántico de México en aquel año; la Nueva España está en vías de convertirse en lo que para ella soñó Cortés, su fundador: el intermediario, en beneficio propio, en una nueva ruta  entre Oriente y Occidente. La respuesta de la Corona es instantánea, restringiendo drásticamente el volumen y valor del tráfico entre Acapulco y Manila, que comienza a poner en peligro los intereses fiscales del rey –y los comerciales de los cargadores de Indias- en Sevilla; sin la necesidad de mantener las Filipinas, el tráfico entre estas con Nueva España se hubiese prohibido desde 1597,  al igual que se prohibió el del Perú, según supusimos en su momento. De manera similar –y podrían multiplicarse los ejemplos-, cuando los peruleros o mercaderes del Perú intentan introducirse en el tinglado comercial de Sevilla, se han de marchar con viento fresco. Ya tratamos en el capítulo V de cómo la Corona presenció el desarrollo e integración económica de las Indias con pasiva vigilancia, estimulándolo y coordinándolo con benigno interés. Sin embargo, tan pronto como el sistema económico indiano se expande hasta el punto de colisionar con los intereses dinásticos, aunque sólo sea en el aspecto fiscal la respuesta inmediata es detener y podar –solamente hasta donde es preciso- los intereses indianos  mediante restricciones y prohibiciones de todo tipo. El objeto de estas fue limitar el comercio interprovincial en América para acabar con el contrabando y dirigir todo el comercio transatlántico a Sevilla y sus antepuertos con objeto de preservar los intereses creados de la ciudad y del rey; lo grave no es que los extranjeros se hagan con el negocio en Sevilla, aunque esto perjudique al reino; lo grave es que quienesquiera que sean los comerciantes dejen de pagar sus impuestos, más fáciles de eludir en América que en Sevilla, ya que eso perjudica al rey.

En las Indias, naturalmente, hicieron aquello que les convenía. Los mercaderes más espabilados y los consumidores en general reaccionaron pronto con un implícito y olímpico desprecio por las arbitrariedades reglamentarias de la Corona, logrando con pleno éxito saltárselas a la torera, eludir confiscaciones y multas y dar por bienvenidos a toda clase de contrabandistas pacíficos que les ofreciesen mercancías a precios menos elevados que le comercio legal. La metáfora taurina en una línea anterior no es gratuita; los imaginativos castellanos de las Indias convirtieron la práctica del contrabando de ramplona ventaja económica en un verdadero arte que tiene no poco del riesgo,  la emoción y el virtuosismo de la buena faena en una corrida de toros. Y así inventaron una forma de vida hispánica  en la que el rigor y el peso excesivo y arbitrario de la ley y la autoridad se hacen soportables eludiendo a ambas con elegantes quiebros y practicando una típica actitud  de indisciplina anárquica y de “cada uno a lo suyo” que se ha definido erróneamente como “individualismo hispánico”. Los castellanos de la Península, enfrentados a situaciones comparables, las resolvieron por evasión: continuaron pagando los impuestos, lo que les convirtió en los verdaderos “indios” y “esclavos” de la Monarquía española, y para consolarse inventaron, con exquisito sentido estético, la novela picaresca. En aspectos tanto políticos como administrativos y económicos, cada vez se iba haciendo más clara una incipiente oposición entre sociedad y Estado, una divergencia de intereses  entre las naciones y pueblos de la Monarquía Universal por un lado, y por el otro el rey, su política dinástica y sus élites privilegiadas. Desde la independencia de Holanda y de Portugal hasta la de Hispanoamérica, son muchas las crisis de la Monarquía española que han tenido la misma raíz.

Mapa que describe las principales islas del Caribe en los siglos de la piratería.

Mapa que describe las principales islas del Caribe en los siglos de la piratería [pulse en la imagen para ampliar]

Si en Hispanoamérica se acogió bien a los contrabandistas pacíficos, se aborreció siempre a los piratas y corsarios. Como las órdenes dadas fueron que, por razones de ejemplaridad, se tratase como piratas a los contrabandistas extranjeros, no pocos cambiaron de oficio, ya que al igualar la peligrosidad de ambos, robar resultaba más productivo que negociar. La piratería sobre el comercio trasatlántico comenzó a ejercerse en el Atlántico oriental, primero ante el cabo de San Vicente y los puertos andaluces; luego, entre Portugal y las Azores, el acecho de buques procedentes tanto de América como de Asia. Cuando las flotas castellanas convirtieron esa zona en demasiado peligrosa para los intrusos –generalmente franceses durante las guerras de Carlos I con Francia-, estos iniciaron sus operaciones en el remoto mar Caribe por medio de ataques a buques castellanos en viaje de regreso, generalmente cerca de la Florida; en la cuarta década del siglo XVI comienzan expediciones de saqueo contra ciudades coloniales del litoral, carentes de defensas en aquella época. A partir de 1560 entraron en escena buques ingleses, que pronto renunciaron a su negocio inicial de contrabandista pacíficos por el más remunerador y glorioso de corsarios en tiempos de guerra entre su país y España, o de piratas en las entreguerras, siendo la distinción puramente bizantina. Lo esencial aquí es resumir los resultados generales de la situación para todas las partes implicadas: el rey de España, el reino de Castilla, las Indias y los intrusos extranjeros, quienes, aparte de su origen nacional, tuvieron siempre los mismos objetivos depredadores e iguales planes estratégicos.

Digamos que, en general, los reyes fueron los vencedores hasta finales del siglo XVII. Siendo su política europea y continental, consideraban fundamental que la plata americana llegase a Sevilla con puntualidad y en la mayor cantidad posible, para sostener su costosa política dinástica de hegemonía; América y el Atlántico constituían para ellos el corral trasero de la Monarquía, donde gastos y preocupaciones debían reducirse al mínimo. Organizaron la navegación atlántica en convoyes con fuertes escoltas de galeones (un tipo especializado de buque de guerra, grande y con mucha artillería a bordo, cuyo diseño se perfeccionó gradualmente hasta mediados del siglo XVI) y fortificaron con murallas y castillos, aún hoy impresionantes, los puertos de escala de las flotas: la Habana, Veracruz, Cartagena de Indias y, en menor medida, Santo Domingo, Puerto Rico, Portobelo y Panamá en el istmo. El rey logró sus objetivos, porque las flotas navegaron sin pérdidas apreciables y con notoria, aunque declinante, regularidad, a tiempo de contribuir a la financiación de la mejor infantería del mundo, la Contrarreforma en toda Europa, el Papado en Roma y todas las muchas y bien conocidas glorias de los Habsburgos españoles.

Los reinos de la Corona, y principalmente Castilla, fueron los grandes perdedores en el conflicto, con la sola y no muy duradera excepción de la oligarquía comercial de Sevilla y Cádiz y sus socios extranjeros. El interés nacional de Castilla no radicaba en la Europa continental, sino en el Atlántico y en Ultramar; los Pirineos pudieron ser defendidos como bastión aislante tan bien y a casi tan bajo coste como después Inglaterra defendió su bastión protector, el canal de la Mancha. Los elementos esenciales para una duradera supremacía  naval castellana en el Atlántico y el Pacífico oriental existieron, y una estrategia global para defender esa supremacía fue planeada a tiempo: una Armada Real del Océano o gran flota de guerra permanente (1524), fueron escuadrones navales con base en Cádiz y en Santo Domingo (1552), una gran base naval en las islas Scelles (1573) como especie de “Gibraltar español” a la adecuada distancia de las costas francesas e inglesas, una Armada del Sur en el Pacífico, etc. Pero todos estos y otros elementos, o quedaron en meros proyectos, o no llegaron a completarse, o se llevaron a  cabo y se desmantelaron por falta de dinero. Un dinero que existía, pero que se gastaba sin tasa en aventuras dinásticas, no en empresas nacionales. A fines del siglo XVI, una de las industrias castellanas agonizantes era la importantísima de construcción naval, carente de los subsidios, la protección y el estímulo de que había disfrutado en anteriores y más felices épocas. Los niños castellanos soñaban no ya con ser pilotos navales, sino capitanes de los tercios de infantería. Con la desastrosa y prematura desaparición de Pedro Menéndez de Avilés (1574), moría también la tradición de grandes almirantes, confinados además durante décadas a tareas defensivas, y no ya ofensivas. Una sensata concentración del tráfico ultramarino en Sevilla se volvió insensata cuando las colonias crecieron, pero los intereses creados lograron que el monopolio de un puerto continuase, suprimiendo el estímulo de una competencia entre puertos castellanos peninsulares y minimizando los contactos entre españoles de ambos lados del Atlántico, cada vez más alejados entre sí y más desconocidos los unos para los otros; y así los viejos y los nuevos territorios de Castilla perdieron su conciencia inicial de pertenecer al mismo reino y formar una sola comunidad nacional.

Marginadas de este modo, las Indias fueron también perdedoras. Proteger eficazmente las flotas y sus puertos de escala era conveniente para la plata cuando ya estaba en manos europeas, pero dejaba a casi todas las ciudades costeras a merced de cualquier agresor. Minimizar por ley el comercio interprovincial era bueno para la oligarquía hispanoextranjera de Sevilla y alrededores, pero muy malo para la integración económica de las Indias y para sus contactos con el mundo exterior, potencialmente provechosos en términos económicos y creadores en términos culturales. Muchas de las islas y costas del Caribe y del golfo de México no se poblaron ni desarrollaron, por supuesto, por razones climáticas; pero leyes que restringían el comercio y la navegación contribuyeron también a minimizar el asentamiento y a despoblar islas y costas ya pobladas, convirtiendo al Caribe en una puerta indefensa y peligrosa para unas Indias que, por esa razón, tendieron a aislarse y encerrarse en sí mismas. Las regulaciones restrictivas del tráfico convirtieron al Pacífico oriental de trampolín de expansión en barrera, de lago español hasta 1580 en un escenario de ataques y saqueos por parte de piratas extranjeros.

Lo que las Indias precisaban era ayuda y estímulo para desarrollar una gran industria naval, y protección permanente de los mares. De ambos recursos recibieron poco y tarde. En La Habana, Guayaquil y otros lugares, los astilleros fueron suficientes para construir y reparar buques con destino a las flotas y armadas, y repostarlas, pero no recibieron estímulo para hacer mucho más. La defensa más efectiva y barata contra ataques extranjeros hubiera sido el responderles con sus propias armas antes de que consolidasen bases en América, concediendo a cada marino castellano que lo solicitase (y hubieran sido muchos a ambos lados del Atlántico) patentes de corso y represalia y derecho al botín que como corsarios les hubiese correspondido. Esto no se realizó más que en último extremo, y con timidez, hasta 1674, cuando la navegación fuera de flota y la seguridad de las costas indianas se habían reducido hasta niveles peligrosos. La única razón para no conceder patentes de corso y proteger la industria naval fue el justificado temor al aumento del contrabando, en perjuicio de los intereses de Su Majestad y de los mercaderes hispano-extranjeros del mal denominado “monopolio”. Cierto que la Corona proporcionó alguna ayuda a las Indias, en forma de fortificaciones costeras con pequeñas guarniciones, suficientes para rechazar piratas, pero no escuadrones navales de buques corsarios; se organizaron asimismo, desde 1582, patrullas guardacostas, como las galeras de Cartagena, y hasta armadas permanentes defensivas, como la Armada de Barlovento en el Caribe oriental. Mas estas flotas, activas siempre y siempre triunfantes cuando la situación llegaba a ser crítica, veían reducidos sus efectivos, se dejaban podrir en sus bases por carencia de tripulaciones o se desmantelaban tan pronto los agresores derrotados huían a esconderse como ratas en cualquier isla desierta. La falta de continuidad en el esfuerzo defensivo daba un respiro provisional, pero no una solución efectiva y permanente. Como siempre, faltaba el dinero: el que se invertía en todos los campos terrestres de batalla en Europa.

Los piratas no respaldados por naciones europeas –aunque sí abastecidos y aun explotados por mercaderes europeos- no pasaron de ser, en el Caribe y luego en el Pacífico, el sangriento incordio que siempre han sido; su gran importancia histórica reside tan sólo en haber demostrado al mundo la carencia de defensas eficaces en las Indias. Ello bastaría para estimular, en el Caribe, primero toda clase de ataques, luego verdaderas colonizaciones extranjeras, a las que los piratas sirvieron de precursores, carne de cañón y primeros pobladores, sucesivamente. Los piratas crecieron en audacia y en número desde principios del siglo XVII, alcanzando notoriedad universal bajo los nombres locales de filibusteros y bucaneros. Aunque después se les ha idealizado como una especie de románticos anarquistas y heroicos aventureros, sólo destacaron como ladrones y asesinos de todo cuanto oliera a español, siendo pagados con la misma moneda por parte castellana. Mayor importancia adquirieron los corsarios y piratas directamente respaldados por gobiernos y por empresarios europeos. Sus muy ambiciosos objetivos se dirigieron a atacar, ocupar y guarnecer permanentemente unos cuantos puertos clave en el Caribe y en el istmo de Panamá; de haber tenido éxito, habrían dislocado por completo el sistema indiano de comunicaciones, privando al rey de las Españas de su aparato logístico y de buena parte de sus medios financieros para hacer la guerra en Europa;  además, hubieron abierto las Indias a la explotación económica por parte de los franceses (el plan fue concebido por un francés en 1555) o de los ingleses (quienes se esforzaron por llevarlo a cabo a partir de Francis Drake, desde 1585). Los éxitos episódicos de estos agresores consistieron en expediciones de saqueo y logro de botín, pero sin que alcanzasen ninguna ventaja permanente, ni territorial ni estratégica, hasta después de 1630. Su resultado más negativo fue que su brutal acción originase pronto en las Indias una fuerte xenofobia, que desde entonces y hasta hoy ha sido el factor quizá más importante en la preservación de una personalidad cultural e histórica hispanoamericana, latinoamericana o como quiera llamársela, pero que llegaría a ser muy fuerte y muy bien definida.

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