La unidad de Hispanoamérica

“para lograr esa unidad, la primera tarea a cumplir consiste en liberar a la América Hispánica del prejuicio nacionalista que la Emancipación hizo arraigar en ella (…) para sanar no hay más camino que comenzar por preterir a un plano secundario el hecho de ser mexicano, nicaragüense, salvadoreño, colombiano, peruano, argentino, etc., y sentirse, sobre todo, hispanoamericano”

Artículo del investigador Jaime Delgado publicado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 81, septiembre de 1956, págs. 232-246. Tomado de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (publicado en 2016)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una ojeada, por rápida y superficial que sea, al mapa político de Hispanoamérica sería suficiente para advertir en él un conjunto de países caprichosamente disgregados, cuya separación ha permitido hablar, frente a unos Estados Unidos de Norteamérica, de unos “Estados desunidos de Hispanoamérica”. Por otra parte, habituada la retina a vislumbrar tal panorama, su visión podría suscitar –y ha suscitado- en la mente la idea de que tal disgregación política es la natural respuesta a una previa y más íntima dislocación, diversidad o desemejanza históricocultural y geográfica, existente entre esos Estados desunidos. Por eso conviene salir al paso de esa posible –y aun probable- creencia y relegarla definitivamente al cuarto oscuro de los errores corregidos.

La tarea, sin embargo, no es fácilmente hacedera. Son muchos ya, en efecto, los años que el mundo hispanoamericano lleva pasados en un –consciente o inconsciente, explícito o implícito- trabajo de atomización de sí mismo para que yo caiga en la ingenuidad de pensar que estas páginas van a tener la milagrosa virtud de realizar, nada más escritas, la apetecida unificación. Siglo y medio de luchas internas, guerras civiles –con etiqueta de internacionales-, suspicacias, recelos, antagonismos y rivalidades son mucha historia para enmendarla en una hora. Pero también la labor contraria, la misión integradora y unitiva, tiene en el tiempo antecedentes rancios y prestigiosos, e incluso de mejor estirpe, y ha logrado, además, en los últimos años, ganar tanto terreno a su opuesta, que ello sólo es señal verdadera de esperanza y eficaz incitación a continuar en la andadura de la unidad.

En esa vía, pues, cabe comenzar observando que no es del todo exacta la afirmación según la cual la geografía hispanoamericana constituye un elemento totalmente disgregador. No quiere esto decir, en modo alguno, que se ignore aquí la presencia de cordilleras, lagos, ríos y desiertos en aquel continente, que equivalen a otras tantas soluciones de continuidad política. Es indudable, en efecto, que el factor geográfico ha tenido buena parte en el desarrollo del particularismo hispanoamericano, que condiciona y explica, a su vez, el federalismo. Mas tampoco se puede ocultar que el trazado de las actuales repúblicas americanas se hizo sin tener en cuenta la geografía. Esta abonaba, ciertamente, una relativa disgregación en unas cuantas unidades geográficas, que vienen determinadas por tres factores fundamentales; a saber: la producción, la comunicación y la defensa. Así, desde este punto de vista, se ha hecho ya clásico el proponerla formación de las siguientes confederaciones de países: Mexicana, que comprendería la actual república llamada Estados Unidos Mexicanos; Centroamericana, formada por Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Costa Rica y Panamá; Antillana, con Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana; Colombiana –o Gran Colombia-, comprensiva de las repúblicas de Venezuela, Colombia y Ecuador; del Pacífico, que abarcaría a Perú, Bolivia y Chile; Brasileña, con los Estados Unidos del Brasil, y Platense, que comprendería Uruguay, Paraguay y la República Argentina.

Pero, además –y esto es más importante-, todas estas unidades han tenido alguna vez existencia histórica. Aún más: puede afirmarse que lo que en Hispanoamérica desune la geografía, la historia y la cultura lo unen. Aquí se realiza, pues, con toda exactitud, la frase orsiana: “Tan contra la cultura es sustantivar el adjetivo de la época como sustantivar el adjetivo del paraje” (1). Hispanoamérica, en efecto, más que un continente geográfico, es un contenido históricocultural, es una sola y la misma cultura, que tiene origen, formación, desarrollo y concreción definitiva dentro de un proceso histórico fundamentalmente único y común a todas las regiones hispanoamericanas. En otra ocasión (2) he definido esa cultura americana como una cultura mestiza, resultante de la conjunción histórica del elemento hispano y el elemento indio, puestos en contacto y colisión fecunda a partir del Descubrimiento y posterior penetración de españoles y portugueses en el Nuevo Mundo. Pero ahora importa subrayar que fue, sin duda, el elemento hispano lo que dio superior unidad a la individualista y tribal variedad del elemento amerindio; lo que logró la síntesis e hizo compatibles la unidad esencial y la adjetiva pluralidad –todo lo rica de matices que se quiera- de los actuales pueblos americanos. De ahí que Eugenio d’Ors haya podido decir que “lo que Roma les da, los españoles van a llevarlo hasta Oceanía”, y que “sólo a precio de unir otra vez su suerte a la de Roma, la expresión hispana volverá a dominar el mundo” (3).

Lo que España lleva a América es, pues, la universalidad, la idea del Imperio y de la unidad del Imperio, compuesto de “provincias”, y que es la “organización de la autonomía” (4). Por eso, lo hispano no es un elemento más en el conjunto étnico americano, sino el “factor decisivo –como escribe Jaime Eyzaguirre-, el único que supo atarlos a todos, el que logró armonizar las trescientas lenguas dispares de México y hacer de Chile no ya el mero nombre de un valle, sino la denominación de una vasta y plena unidad territorial” (5); unidad territorial –añadiré en seguida- que está integrada en otra unidad de tipo superior: en la unidad de Hispanoamérica. “Este continente, formado por veinte naciones unidas, que así como tienen en los Andes su columna vertebral, que geográficamente los eslabona, y en el Amazonas y el Plata su sistema arterial orgánico propio, poseen en su sangre, en su idioma, religión, cultura e historia la unidad indestructible de su común nacionalidad” (6).

Así, pues, el denominador común de Hispanoamérica arranca de lo hispano y no de lo indio. Se ha dicho varias veces, pero no está de más la insistencia: el verdadero antecedente histórico de la unidad hispanoamericana es la obra del Imperio español. “La dominación hispana creó y sostuvo durante tres siglos un sistema de comunicaciones marítimas y terrestres entre las distintas partes de América, introdujo el vehículo intelectual común del idioma castellano, borró casi por completo la diferencia de religiones y plantó en su lugar el catolicismo, inculcó profusamente la concepción moral de la vida derivada del cristianismo y obligó a todos los virreinatos y capitanías americanas a reconocer a la Península como centro político, cultural y administrativo para todos los asuntos de importancia. La colonia representa, desde el punto de vista que ahora nos interesa […], la estructuración política, cultural y material de vastos territorios y múltiples enjambres humanos dentro del mayor Imperio conocido” (7).

He aquí, por tanto, que Hispanoamérica constituye una esencial unidad basada en una cultura común. Ahora bien: se ha dicho más arriba que esa cultura americana es el resultado de una conjunción histórica de los elementos hispano y amerindio, es decir, el resultado de una conjunción que se realiza en el tiempo. La cultura americana no nació, en efecto, de repente ni en un solo momento, tal como hoy se presenta ante nosotros. Por el contrario, esa cultura es fruto de un largo proceso histórico y de otro más largo proceso, que podría llamarse prehistórico desde el punto de vista de la cultura americana. Veamos, pues, en un sucinto esquema, las distintas etapas que esta cultura ha atravesado a lo largo de ese determinado tipo de temporalidad que es la Historia (8).

Podría considerarse, en primer lugar, una fase prehistórica de la cultura americana, en que lo hispano y lo indio precolombino desarrollan separadamente sus respectivos procesos históricos. Es preciso, pues no confundir lo que acaba de llamarse “prehistoria” de la cultura americana con las prehistorias de lo hispano y de lo amerindio, respectivamente. Como es sabido, España y Portugal habían salido de la prehistoria siglos antes de acontecer su contacto con los pueblos de la América precolombina; mas también éstos –algunos de ellos, por lo menos- vivían vida histórica cuando el elemento hispano apareció en su horizonte. Pero ambos, hispanos e indios, vivían historias separadas, y no había tenido lugar, por tanto, la conjunción, que es origen de la cultura americana. Y es entonces precisamente cuando la América prehispánica se halla dividida en compartimientos casi absolutamente aislados entre sí.

A esta etapa, pues, anterior a choque hispanoindio, he llamado prehistoria de la cultura americana. Pero para lograr un prefecto entendimiento de esta cultura es importante conocer las historias y las prehistorias de los elementos que la forman, especialmente la historia y la prehistoria del elemento indio, ya que han sido comparativamente menos estudiadas, e incluso actualmente gravitan, en cierto modo, sobre algunas comunidades indígenas, donde están, por decirlo así, más vivas. En cualquier caso, el estudio de los tiempos prehistóricos es importante, porque en ellos el hombre se hizo hombre y creó las primeras bases de la cultura o –como dice Jaspers- se realizó “la formación del ser humano en su constitución fundamental”.

Una segunda fase de la historia de la cultura americana debe estudiar el contacto o choque de las dos culturas fundamentales que la integran. El descubrimiento colombino y los posteriores descubrimientos de cada zona o lugar de América no establecen todavía el contacto propiamente dicho, pero su estudio tiene cabida en esta fase. Ella incluye, además, ya con plena razón, los primeros establecimientos en las Antillas y las posteriores conquistas sucesivas de Centroamérica, México, Perú, Venezuela, Colombia, Chile y Río de la Plata, que establecen los distintos contactos no al mismo tiempo, pero sí con parecida significación, según el desarrollo cultural de los indios de cada zona y según la resistencia que éstos oponen a la penetración de la cultura invasora. Otros factores, sin duda, influyen también en la penetración y el asentamiento de los españoles. Así, las áreas pobladas primeramente son las de clima templado, los altiplanos y las zonas ricas en minas: oro y plata en México y Perú-Bolivia, esmeraldas y soñado oro en Colombia, sueño de plata en el Río de este nombre, etcétera, y también las tierras agrícolamente ricas.

Al final de este período comienza ya la organización de los establecimientos de los conquistadores, que es característica de la tercera fase, con la cual se encabalga la anterior. Así, pues, en el ercer período se organiza, en general, la vida de las nacientes sociedades, cada una de las cuales se concentra alrededor de un determinado centro urbano. Por otra parte, en esta tercera época –que podría ser llamada época de los conquistadores- pueden vislumbrarse también algunos rasgos de la Edad Media española: ciertos vestigios de organización feudal y algunas luchas de los “nobles” –los conquistadores jefes- contra el poder real, cuyo origen puede estar, quizá, no sólo en la publicación de determinadas leyes, sino también en la progresiva sustitución, en el gobierno, de los conquistadores por otros jefes nombrados en España. Y tampoco podían faltar entre aquéllos rivalidades y luchas por el botín.

Esta tercera fase dura lo que la primera generación americana de los conquistadores, y en ella podría distinguirse un subperíodo final de consolidación, con el que prácticamente terminaría el siglo XVI. Es época en que el mestizaje se da en gran escala y comienza a operarse lo que algunos han llamado la conquista del conquistador por su propia conquista. Ya los primeros conquistadores se habían sentido, en cierto modo, americanos; pero ahora se inicia el criollismo y empiezan a caracterizarse los tipos humanos y las clases sociales, que van a continuar, más o menos modificados, hasta el último tercio del siglo XVIII.

Con el comienzo de siglo XVII podría iniciarse una nueva fase en el proceso histórico de la cultura americana, aunque sin olvidar aquí tampoco el encabalgamiento con el subperíodo final de la época anterior, que podría llegar, quizá, hasta casi la mitad del siglo. En cualquier caso, los cincuenta primeros años del XVII son de menor actividad externa, de menos “empresas” vistosas que la centuria anterior. En cambio, hay ahora una más honda actividad soterraña, que es sumamente interesante para el desarrollo de la cultura americana. Especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XVII, coincidiendo con la derrota española en Europa y con el Barroco ya iniciado, puede acusarse en América una notable afirmación de criollismo, un comenzar a sentir la conciencia de la nacionalidad americana –como puede rastrearse en el establecimiento de la “alternativa” en los conventos- y afirmarla en algunos frutos culturales: el arte barroco, sor Juana Inés de la Cruz, Sigüenza y Góngora, Peralta y Barnuevo, etc. Por eso puede aparecer, a finales de este siglo, en 1685, un primer vaticinio de la pérdida de las Indias, como el del marqués de Varinas.

El reposo y la llamada “siesta colonial” no son, como se ve, más que aparentes. Bajo ellos y gracias, sin duda, a la menor actividad en otros aspectos, el mundo hispanoamericano va fraguando su propia cultura. Y en este sentido es muy significativa la nueva fase, cuyo comienzo coincide, en líneas generales, con las grandes reformas borbónicas. En ella aparece ya la plena conciencia de la nacionalidad americana, que se constituye en tema y problema, en objeto, pues, del pensamiento hispanoamericano, en las obras de un Eguiara y Eguren, un Clavigero, un Alegre, un Guevara, un Viscardo y Guzmán, etc. Estos escritores ven a España en decadencia y frente al menosprecio que de América hacen los europeos – Buffon, Hume, Voltaire, Raynal, de Paw, etc.- ellos afirman su personalidad cultural mediante el entronque con las culturas precolombinas –así, la Historia antigua de México, de Clavigero-, que da a América antigüedad y “originalidad” frente a España y Europa. Esto demuestra, por otra parte, la fricción y enfrentamiento existentes entre los dos elementos, hispano e indio, de la cultura americana, y que ésta no ha sido aún asimilada ni comprendida en su unidad.

Al mismo tiempo, si la fase anterior se caracteriza, en lo filosófico, por la decadencia de la Escolástica, este último tercio del siglo XVIII está señalado por la marcada influencia de la filosofía moderna, mediante la cual empieza a penetrar en América el influjo de la modernidad europea, de “lo latino” y, concretamente, de lo francés. En lo social, por último, pasa al primer plano la burguesía, cuya acción será tan decisiva, como es sabido, en los movimientos de la Independencia.

El advenimiento de ésta marca, en fin, el comienzo de la última fase del proceso histórico de la cultura americana; y se dice “última” porque, a pesar de estar ya terminada, la siguiente a ella no puede entrar aún en una consideración plenamente histórica. En esta fase, pues, se produce la dicotomía de la cultura americana, cuyo elemento hispano se trata de eliminar. Es época, por tanto, de indigenismo y afrancesamiento y de inadecuación, en consecuencia, de la realidad cultural a lo que se pretende hacer de ella. Esto produce la anarquía y el desajuste políticosocial que caracteriza al siglo XIX, y demuestra que el hispanoamericano no había asimilado entonces aún su propia historia y cultura. Esta, mientras tanto, acaba de cristalizar en su verdadero ser mestizo, gracias, en buena parte, a la corriente tradicional del pensamiento americano, cuya afirmación hispánica equilibra de alguna manera el proceso de descastamiento.

Estas son, pues, las fases fundamentales de la historia de Hispanoamérica; historia común a todas las actuales repúblicas de aquel continente, ya que todas ellas –salvadas las indudables diferencias de matiz- participan por igual de ese proceso, sin que éste sea de la propiedad particular de ninguna. Hay, por tanto, una comunidad hispanoamericana y una comunión, es decir, una participación de todos los pueblos hispanoamericanos en lo que es común a ellos: su historia. Y hay que subrayar, en esta historia, que la cultura se había extendido, al final del período del gobierno español, a todas partes. De aquí dimana, en consecuencia, la fundamental unidad de Hispanoamérica, como Picón-Salas ha visto con acierto. “Hasta en los territorios más recluidos y difíciles del continente –escribe-, como el Alto Orinoco y los bosques del norte paraguayo, había penetrado a fines de la colonia el impulso cultural. Es necesario aclarar este tema, no por ese hispanismo académico que han exaltado las clases conservadoras en Sudamérica, ni por espíritu colonialista, sino porque es a través de formas españolas como nosotros hemos penetrado en la civilización occidental, y aun el justo reclamo de reformas sociales, de un mejor nivel de vida, que surge de las masas mestizas de Hispanoamérica, tiene que formularse en español para que alcance toda su validez y eficacia. Por la ruptura de los imperios indígenas y la adquisición de una nueva lengua común, la América hispana existe como unidad histórica y no se fragmentó en porciones recelosas y ferozmente cerradas entre sí. En nuestro proceso histórico, la lengua española es un admirable símbolo de independencia política; lo que impidió, por la acción de Bolívar y San Martín, por el fondo de historia común que se movilizara en las guerras contra Fernando VII, que fuésemos para los imperialistas del siglo XIX una nueva África por repartirse. Dentro de la geografía actual del mundo, ningún grupo de pueblos (ni el balcánico de Europa, ni el Commonwealth británico, tan esparcido en diversos continentes) tiene, entre sí, esa poderosa afinidad familiar. Aunque empleen pabellones distintos, un chileno está emocionalmente más cerca de un mexicano que un habitante de Australia de otro del Canadá. Este hondo parentesco es lo que permite la mutua historia cultural, aunque desde el siglo XIX se haya roto la anterior cohesión política” (9).

En el momento de la Independencia, por lo demás, los grandes Libertadores vieron claramente esta unidad hispanoamericana y emplearon mucho de su mejor esfuerzo en conservarla, incluso en el aspecto político. Bolívar, por ejemplo, en la llamada Carta de Jamaica –escrita en 1815-, al referirse a la suerte futura de América, piensa que México formará un Estado constituído en república; Centroamérica formará una asociación; Venezuela y Nueva Granada, unidas, la república de Colombia, y Argentina, Chile y Perú, sendos Estados republicanos. Ahora bien: estas naciones –agrega- deben estar unidas por un gran organismo político con sede en el istmo de Panamá, donde desea que se llegue a instalar un “augusto Congreso”. En aquel año, sin embargo, Bolívar no podía hacer más que eso: profetizar la emancipación hispanoamericana y expresar el deseo de que ella se consumara bajo un signo unitario. Pero cuando, siete años después, ostenta ya la presidencia de Colombia, invita a México, Perú, Chile y Buenos Aires a formar una confederación y reunir en Panamá –o en otro lugar, elegible por mayoría- una asamblea de plenipotenciarios de cada Estado, “que nos sirviese –escribe- de consejo en los grandes conflictos, de punto de contacto en los peligros comunes, de fiel intérprete en los tratados públicos cuando ocurran dificultades, y de conciliador, en fin, de nuestras diferencias”. Y el 6 de julio de 1822 firma un tratado de alianza y confederación con Perú, mediante el cual las dos repúblicas se comprometen también a interponer sus buenos oficios con los gobiernos de América, para que, “entrando todos en el mismo pacto, se verificase la reunión de la asamblea federal de los confederados”. Al año siguiente –el 3 de octubre de 1823-, Bolívar firma un acuerdo semejante con México, y el 7 de diciembre de 1824, desde Lima, invita a Colombia, México, el Río de la Plata, Chile y Guatemala a reunir el Congreso de Panamá. He aquí sus palabras:

“Después de quince años de sacrificios consagrados a la libertad de América por obtener el sistema de garantías que, en paz y guerra, sea el escudo de nuestro nuevo destino, es tiempo ya de que los intereses y las relaciones que unen entre sí a las repúblicas americanas, antes colonias españolas, tengan una base fundamental que eternice, si es posible, la duración de estos gobiernos.

“Entablar aquel sistema y consolidar el poder de este gran cuerpo político pertenece al ejercicio de una autoridad sublime, que dirija la política de nuestros gobiernos, cuyo influjo mantenga la uniformidad de sus principios, y cuyo nombre solo calme nuestras tempestades. Tan respetable autoridad no puede existir sino en una asamblea de plenipotenciarios nombrados por cada una de nuestras repúblicas, y reunidos bajo los auspicios de la victoria, obtenida por nuestras armas contra el poder español.”

Y he aquí también las esperanzas del Libertador:

“El día que nuestros plenipotenciarios hagan el canje de sus poderes, se fijará en la historia diplomática de América una época inmortal. Cuando, después de cien siglos, la posteridad busque el origen de nuestro derecho público, y recuerde los pactos que consolidaron su destino, registrará con respeto los protocolos del istmo. En él encontrarán el plan de las primeras alianzas, que trazará la marcha de nuestras relaciones con el universo. ¿Qué será entonces el istmo de Corinto comparado con el de Panamá?” (10)

Esto no es más que una pequeña muestra, pues no es éste el lugar oportuno para examinar detenidamente el ideal panamericano de Simón Bolívar, ya estudiado, por otra parte, por algunos historiadores (11). Pero sí es ocasión de añadir que no fue sólo él quien vio y sintió tan enérgicamente la unidad de Hispanoamérica. El general San Martín, en efecto, la afirmó y defendió con parecida y reiterada elocuencia, como tuve oportunidad de subrayar en un estudio sobre su ideología (12), e incluso la encarnó en sí mismo hasta el punto de hacerla norma práctica de su conducta en la acción más trascendental quizá de su vida militar y política; que no otra cosa significa, a mi juicio, la retirada del Libertador argentino después de su entrevista con Bolívar en Guayaquil. En modo alguno es mi intención tomar parte en la inacabable y un poco bizantina polémica existente acerca de lo que en aquella entrevista histórica sucedió; pero de sus resultados inmediatos se deduce algo indudable: que, en ella, José de San Martín sacrificó a su idea de la unidad de América cualquier otro ideal y cualquier otra ambición.

Y muchos otros hombres, antes y después que Bolívar y San Martín, abogaron también por la unidad americana e hicieron distintos llamamientos para realizarla. Así, O´Higgins, después de Maipú, habló en favor de la confederación hispanoamericana; y, antes que él –quizá el primero de todos-, José Gregorio Argomedo propuso en Chile – el 18 de septiembre de 1810- un Congreso de todas las provincias de América, a celebrar en el caso de ser totalmente derrotada España por los franceses. Del mismo modo, Francisco de Miranda, Juan Egaña –en su proyecto constitucional y Declaración de los derechos del pueblo de Chile, escritos en 1811-, el autor del Catecismo políticocristiano –al parecer, Martínez de Rozas- Joaquín Campino –agente diplomático chileno en Washington, a quien incluso no repugnaba, en 1828, la idea de buscar un entendimiento con España que reforzase la unión-, Lucas Alamán y José María Bocanegra, entre otros muchos, hablaron y escribieron en favor de la unidad de Hispanoamérica. Se trataba –como dice el proyecto de Bocanegra- de unir elementos semejantes en condiciones geográficas y humanas, en evolución histórica y en nivel cultural y político; señalando, además, que toda otra alianza –la angloamericana o panamericana, concretamente- no hacía más que sistematizar intereses contrarios entre sí.

Pero la Independencia hispanoamericana tuvo un segundo momento y unas figuras de segunda fila. Recuérdese, por ejemplo, que Bolívar tuvo su Santander e Itúrbide sus generales traidores. Pues bien: esas personalidades segundonas traicionan, durante lo que podría llamarse una segunda fase del, movimiento emancipador, los ideales prístinos de los Libertadores, y se hace posible así –como ha dicho Vasconcelos- la pérdida de la conciencia colectiva de los pueblos hispánicos; pérdida producida al juzgar que la separación política obligaba a romper con los principios espirituales españoles, que habían sido y son constitutivo esencial de todo pueblo hispanoamericano.

Se produjo así, con este que Vasconcelos llama “descastamiento”, la invasión de Hispanoamérica por ideas extrañas a su ser y sentido, a su cultura. Francia, Inglaterra y Estados Unidos de Norteamérica iniciaron su influencia y, con ella, la desespañolización de América. Y de este modo pudo surgir, como consecuencia, la fragmentación política en que hoy se encuentra dividido aquel continente, y que contradice las ideas unitarias de los primeros y verdaderos próceres de la Independencia (13).

Mas, por fortuna, la desespañolización, mejor dicho, la deshispanización de América no llegó a poder deformar todas las mentes. Por otra parte, la conciencia de un peligro exterior –la pretendida reconquista española, por un lado, y las ambiciones territoriales, políticas y económicas de Estados Unidos, Francia e Inglaterra, por otro- hizo pensar a los pueblos hispanoamericanos en unirse para la defensa común. Y de este modo nacieron algunos de los citados proyectos de confederación hispanoamericana ideados en el siglo XIX.

De ahí que esa corriente de opinión hispanoamericanista perdurase en América a lo largo del pasado siglo, a pesar de haber salido triunfante la contraria. Mientras tanto, en España no faltó nunca tampoco, desde los últimos lustros del siglo XVIII, la preocupación por la unidad de Hispanoamérica.  Lo que ocurrió –pero esto es muy distinto- fue que, en ocasiones, se ocupó de ella erróneamente, con falta de comprensión o con visión defectuosa y equivocada de los problemas hispanoamericanos. Mas en lo tocante a la unidad de aquel continente, ni dejó de preocuparse ni incurrió en ningún defecto. España, efectivamente, consideró siempre que Hispanoamérica era un mundo unido, y desde este punto de vista enfocó, en un principio, el problema mismo de la Emancipación. Es más: cuando algún político español –Aranda y Godoy, concretamente- previó la separación política de los reinos americanos, el Gobierno español se dispuso a crear en América monarquías autónomas, que, confederadas con la española, evitasen la desintegración del Imperio. No es éste el momento oportuno de rastrear las causas que produjeron el fracaso de esta política y la consumación de la Independencia. Esta –como acaba de verse- pretendió en sus orígenes –mediante los grandes Libertadores– salvaguardar la unidad, e incluso las primeras constituciones de las nuevas repúblicas reconocieron la existencia de una sola nacionalidad hispanoamericana. Pero la Independencia, a pesar de todo, fue inseparable de la disgregación. España, sin embargo, encaró ese acontecimiento de un modo global y unitario, y sólo cuando el principio nacionalista quedó en ultramar triunfante y el Gobierno peninsular, olvidando sus pasados errores, decidió entablar relaciones con los nuevos Estados de América, se adecuó la política a la realidad, y lo que había sido, hasta 1836, problema hispanoamericano, se convirtió desde entonces en problema mexicano, ecuatoriano, venezolano, colombiano, peruano, chileno, etc. (14).

Sin embargo, en los veinte años que van de 1830 a 1850, y salvada la década 1840-1850, que fue de menor interés español por América, hubo siempre en España una ancha opinión panhispánica, que incluía la idea de una confederación y comunidad entre Hispanoamérica y la antigua metrópoli, y que constituye el origen más remoto de lo que hoy llamamos la Hispanidad y la Comunidad Hispánica de Naciones (15). Así, publicaciones periódicas e intelectuales y políticos españoles –como Martínez de la Rosa, Ferrer del Río, Castelar, los hermanos Asquerino, don Juan Valera y mucho otros- apoyan la idea, de acuerdo con otros colegas de la opuesta orilla atlántica –como Magariños Cervantes, Bello, Baralt, etc.-, y van formando una caudalosa corriente, que hallará cauce y orientación definitivos en nuestro pasado más inmediato.

No se trata aquí, empero, de analizar la posibilidad y conveniencia mutua de esa Comunidad Hispánica de Naciones, sino de subrayar la esencial unidad de los pueblos hispanoamericanos; unidad que aquélla supone y que constituye el inevitable primer paso para la creación de dicha Comunidad. Pero para lograr esa unidad, la primera tarea a cumplir consiste en liberar a la América Hispánica del prejuicio nacionalista que la Emancipación hizo arraigar en ella. La Independencia hispanoamericana –no importa repetirlo- significó la disgregación por haber sido realizada traicionando el ideal de los auténticos Libertadores; y los nuevos Estados no dejaron, después, de pagar muy caro su error. El precio fue la desunión y la guerra entre ellos. Por ganar un poco de tierra, un poblado, unas zonas feraces, unas minas o una “salida al mar”, las recientes repúblicas se vieron enzarzadas en diversas contiendas, desunidas también en su interior y debilitadas siempre, mientras poderes extraños a ellas crecían y se expansionaban a su costa. Eugenio d’Ors ha visto esto con su acostumbrada perspicacia. Con motivo de la guerra del Chaco, él escribió, en 1933, estas palabras: “¡Están locos!… Locos, estos que ayer, abominablemente, han entrado en guerra. Y los otros, que llevan tanto tiempo desmenuzando en cruentas escaramuzas una situación internacional patológica. Y aquéllos, donde se ve apuntar la cizaña. Y los pueblos que restan, pobres Españas de ultramar, desamparadas desde hace tanto tiempo de la mano próvida, que sembró cultura –es decir, tradición y unidad-; tan trabajadas por un sordo laboreo de practicidad –es decir, de negocio y antagonismo-, que se trueca, pronto o tarde, en mala hierba de anarquía y discordia.” Y añade, poco después: “Están locos. O, dicho mejor, los enloquecen. Ya en Europa hemos tenido la experiencia, hace menos de veinte años, de cuán fácilmente las diabólicas fuerzas en ello interesadas […] fabrican, en unas pocas semanas si es preciso, lo que se denomina un estado de opinión; de cuán fácilmente se administra a muchedumbres, Parlamentos y periódicos, y hasta a sabios y a sacerdotes, el brebaje envenenado que hace delirar, que enciende en pasión homicida y rebaja a salvajismo sacrílego.”

Y es que el morbo había llegado de fuera. “Ni siquiera –continúa D’Ors-, en los actuales conflictos entre las Españas de ultramar, la expendeduría de este brebaje es demasiado secreta. Todos los escritores de producción militante venimos recibiendo, a cada correo de América, opúsculos de propaganda, referentes a los temas en litigio. Opúsculos redactados –según muestra el texto mejor que la firma- por pleiteantes patriotas. Ayer, para no ir más lejos, nos llegaba uno del Perú… Mas los correos que traen a Europa, que traen a España esos opúsculos, no vienen de la América del Sur, sino de la América del Norte. Si el redactor, y hasta cierto punto la lengua empleada, dicen Paraguay o dicen Colombia, el pie de imprenta del fascículo o el franqueo del sobre dicen Pittsburg o Nueva Orleáns.” “Y todavía –concluye-, los rótulos son una máscara. Porque el verdadero editor de los folletos, el auténtico formulador de sus insidias, el oculto destilador de los tóxicos en que la inteligencia se turba y el corazón se reseca y los labios se manchan y el mirar ve rojo, el ventajero de la disensión entre hermanos, el culpable de la atroz guerra civil que lanza al suicidio nuestra América, tiene otro nombre, más escondido y profundo. Tiene de nombre Babel.”

Es preciso, pues, que Hispanoamérica salga definitivamente de la Babel nacionalista y, como el propio maestro D’Ors dijo, “si la enfermedad se llamó Nacionalismo, la salud se llamará Anfictionía” (17). Pero para sanar no hay más camino que comenzar por preterir a un plano secundario el hecho de ser mexicano, nicaragüense, salvadoreño, colombiano, peruano, argentino, etc., y sentirse, sobre todo, hispanoamericano; sentir, antes que nada, la fuerza primordial de la comunión, de la participación en lo común. Porque los pueblos también deben tener en cuenta, como los individuos, que “el valor de servicio, de adhesión, de participación en una dignidad general”, debe ocupar el sitio que hace un siglo ocupaba “el espíritu de independencia, el prurito de autonomía” (18). Porque es, en verdad, muy probable que el secreto del Imperio romano y de la Pax romana no fueran –como tampoco lo fueron en el Imperio español- la autoridad rigurosa ni la severa disciplina, sino esa especie de “resplandor” que la palabra “Provincia” alcanzó en aquellos tiempos y que después fue desgraciadamente reemplazado por el prestigio de la palabra “Nación”.

Pero con ser este paso inexcusable, tampoco basta por sí solo. Precisa, además, que los pueblos hispanoamericanos revisen y actualicen los lazos que los unen y los hacen formar esa unidad determinada por su naturaleza y su historia. Esos lazos de unión son, ante todo, los pertenecientes al plano general de la cultura: la religión, el espíritu, el idioma y el arte en sus distintos aspectos. Lo son también los que forman el mundo jurídico hispanoamericano, procedentes de la unidad institucional que el Gobierno español dio a Hispanoamérica y de la propia legislación postindependiente, que fue –a pesar de la disgregación nacionalista- fundamentalmente la misma en todos los países, y que puede y debe seguir siendo unitaria en lo sucesivo, mediante la promulgación de códigos comunes: Código Civil, Código de Obligaciones y Contratos, Código de Comercio, etc., ya que los que rigen actualmente en los diversos Estados son lo suficientemente parecidos entre sí para que puedan ser unificados. Y son, por último, lazos de unión también los que se refieren a la realidad económica. En este aspecto es imprescindible tener en cuenta, sin duda, las características propias de las unidades geográficas existentes: México, Centroamérica, Antillas, Gran Colombia, etc.; pero sin olvidar la necesidad de incrementar la vinculación y el intercambio entre ellas mediante la creación de nuevas vías de comunicación terrestres, marítimas y aéreas, y teniendo también muy presentes las indudables ventajas que esa unidad económica reportaría, como recientemente ha demostrado el profesor Prados Arrarte, en lo relativo a la Unión iberoamericana de pagos.

El intento de unificación comercial, por otra parte, no es nuevo, pues ya el talento de don Lucas Alamán previó en sus planes federativos la unificación comercial mediante una serie de pactos aduaneros y tratados comerciales; y la no realización de sus ideas se debió, en definitiva, a la propia falta de unidad, que permitió a Inglaterra, entre otras cosas, imponer en beneficio propio sus ideas y normas.

No se oculta, en cualquier caso, que el camino recorrido en los últimos años hacia esa meta unitaria es, ciertamente, considerable. Hoy existe, por lo menos, un sentir general sobrenacionalista en las minorías dirigentes de los distintos países hispanoamericanos, y ese sentimiento común ha dado ya evidentes y prácticas muestras de existencia en varios puntos de la actual política internacional. Sin embargo, la vía de la unidad no está más que parcialmente transitada, y no son pocas las etapas que en ella quedan por cubrir. El nacionalismo estrecho, la “política de folklore y de campanario” tiene aún sus reductos en la mente de no pocos hombres, y es preciso extirparlos. Bueno será, para ello, tener siempre a la vista la afirmación orsiana: “No; la independencia no es el supremo bien. El supremo bien es la comunión. Sépanlo los hombres, sépanlo los pueblos. Y, entre Pascua y Pascua, no olviden que, si una aparición en un camino solitario corre siempre el riesgo de no pasar de fantasma, las lenguas de fuego sólo descienden encima de las asambleas” (19).

Jaime Delgado

Dom Bosco, 45-47

Barcelona (España)

NOTAS

(1) Eugenio d’Ors: Nuevo Glosario. Madrid, Aguilar, 1949, III, 377.

(2) Véase mi libro Introducción a la Historia de América, actualmente en prensa por el Instituto de Cultura Hispánica.

(3) Eugenio d’Ors: Ob. cit., III, 316 y 338.

(4) Ibídem, III, 814.

(5) Jaime Eyzaguirre: Hispanoamérica del dolor. Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1947, pág. 17.

(6) Felipe Barreda Laos: Segunda emancipación de América Hispana. Buenos Aires, 1947, pág. 274.

(7) Manuel F. Chavarría: “Integración política de Hispanoamérica”. [México,] El Colegio de México, Jornadas, núm. 19, págs. 17-18.

(8) Resumo en este punto ideas tratadas más extensamente en mi citada obra en prensa (cap. IV, núm. 2).

(9) Mariano Picón-Salas: De la Conquista a la Independencia. Tres siglos de historia cultural hispanoamericana. [2.ª ed.] México, Fondo de Cultura Económica, [1950], págs. 43-44.

(10) Simón Bolívar: Obras completas. Edición de Vicente Lecuona. La Habana, 1947, II, 1196-1198.

(11) Véase, sobre todo, el libro de Cuevas Cancino: Bolívar. El ideal panamericano del Libertador. México, Fondo de Cultura Económica [1950].

(12) Jaime Delgado: La ideología de San Martín. Madrid, 1953. (Tirada aparte de Revista de Indias).

(13) José Vasconcelos: “Defensa de Hispanoamérica”, en Verbo, México, D.F., 23-VII-1948, pág. 3.

(14) Véase mi obra España y México en el siglo XIX, t. I. Madrid, C. S. de I. C., Instituto “Gonzalo Fernández de Oviedo”, 1950, Introducción.

(15) Mark Van Aken: Los orígenes de la Hispanidad en el siglo XIX. En prensa por el Instituto de Cultura Hispánica.

(16) Eugenio d’Ors: Ob. cit., II, 951-953.

(17) Ibídem, II, 263.

(18) Ibídem, III, 313.

(19) Ibídem, III, 897-898.

Un pensamiento en “La unidad de Hispanoamérica

  1. cubanuestraeu

    Deberías colocar el verdadero mapa de hispano américa al que pertenecían dos tercios de Estados Unidos y darle menos crédito a los agentes británicos encargados de desguazarla y convertirla en el conglomerado de republiquetas pobres y peleadas entre sí que hoy son.

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