200 años de bochinche

Artículo de opinión de Wolfang U. Molina, publicado en el diario digital venezolano El Universal el 18 de mayo de 2010.
Miranda en la Carraca, óleo de Arturo Michelena (1896).

Miranda en la Carraca, por Arturo Michelena (1896).

Cambiamos un monarca lejano por caudillos locales con apetito de autoridad absoluta

Los venezolanos hemos vivido en un mito según el cual hace dos siglos una generación de héroes luchó y se sacrificó por librarnos de un opresor extranjero. Una pléyade de titanes que nos salvó de la tiranía, que nos legó la libertad y la igualdad, y nos heredó una patria. Superhombres mesiánicos que se sacrificaron empapando de gloria la historia de la nación. ¿Qué hicimos con tan fabulosa y gloriosa herencia?

Justicia manipulada, revoluciones constantes, guerras civiles, pobreza, inequidades, inestabilidad política… Vistos los resultados después de 2 siglos debemos hacer un balance. ¿Qué pasó? ¿Defraudamos a nuestros libertadores? ¿Han sido las generaciones subsecuentes incapaces de estar a la altura de los fundadores? ¿O lo contrario? ¿No se trataría de un proyecto inviable, destinado al fracaso?

Aunque soterradamente, un grupo creciente de historiadores, sociólogos e intelectuales venezolanos están desafiando la conseja axiomática de que la guerra de independencia es el hecho más brillante y afortunado de nuestra historia. Al contrario, algunos se aventuran a repetir que no fue ese evento en nuestra historia que hemos aprendido desde niños, sino más bien un error angular que los hispanoamericanos y en particular, los venezolanos hemos estado pagando desde comienzos del siglo XIX.

La primera de sus graves consecuencias fue la destrucción de la unidad de Hispanoamérica. Unidad que evocamos sin concreción. Tanto España como Hispanoamérica salieron debilitadas de esa guerra civil que llamamos de Independencia. La segunda secuela fue la destrucción de la institucionalidad. La justicia dejó de ser independiente y descentralizada. Cambiamos un monarca lejano y poco influyente por caudillos locales con apetito de autoridad absoluta. Se perdieron los contrapesos entre los poderes existentes bajo el antiguo régimen. El derecho a la propiedad se quebrantó creándose un precedente que seguimos padeciendo. En tercer término, se destruyó la economía. Pasaron décadas para que el tamaño de los rebaños, la producción agrícola, el comercio y hasta la población recuperaran los niveles que tenían antes del conflicto. Las mentalidades cambiaron para peor. Se deterioraron valores morales y principios. Se desligaron los conceptos de riqueza y trabajo, surgiendo la guerra y revoluciones como mecanismos de ascenso social.

Durante el siglo XVIII en España, donde crecía un fuerte movimiento liberal, ganó terreno la idea de conceder más autonomía a las provincias americanas. La guerra era innecesaria para la independencia. Australia y Canadá, Brasil y la India son ejemplos exitosos. La guerra de independencia fue quizás inevitable. Mejor servicio nos habrían ofrecido los Libertadores haciendo lo posible porque no ocurriera, encausando las fuerzas sociales en un proceso más civilista. Aun con la visión histórica de los hombres de aquel tiempo, la guerra fue un error. Bolívar parece haber muerto con esa convicción. Miranda antes que él, se dio cuenta que no se pueden crear repúblicas sin republicanos al exclamar “Bochinche, y más bochinche es lo que le gusta a los venezolanos”.

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