Nacionalismo y americanismo

“Los jesuitas fueron los primeros en hablar de americanismo y luego de la expulsión de 1767 se convirtieron en sus precursores literarios (…) Toda una literatura hiperbólica sirvió para glorificar sus países, riquezas y gentes; era una reacción natural contra los prejuicios europeos (…) Primicias de la Cultura de Quito, editada por Francisco Javier Espejo, hablaba de la nación americana (…) En 1788 la Gaceta de Literatura de México utilizó por primera vez, la frase nuestra nación hispanoamericana

Quito, por Rafael Salas (mediados siglo XIX). Banco Central del Ecuador.

Quito, por Rafael Salas (mediados siglo XIX). Banco Central del Ecuador.

El siguiente texto es un fragmento del artículo “Antecedentes de las Independencias Hispanoamericanas (1780-1880)” (incluido como apunte de la Cátedra en el curso “Nuestramérica: Memoria y futuro de los actuales procesos de liberación”, módulo “Proceso emancipatorio, bibliografía ampliatoria”, de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, 2011).

Nacionalismo o regionalismo

En realidad, el fervor nacionalista sólo perteneció a los criollos hasta el proceso emancipatorio, en el que los negros y los indios fueron incorporados a un proyecto de Nación. (Para el indio la opresión era de la hacienda y del tributo, y para el negro, la esclavitud.)

Este incipiente nacionalismo era una expresión política que luchaba por conseguir la exclusividad de derecho a los cargos públicos y por mantener los privilegios de los grupos locales de la sociedad colonial. También tenía su raíz en las rivalidades económicas de las distintas colonias. Al éxito de la difusión del nacionalismo también contribuyó la propia España, porque frente a la presión o a la invasión británica (en el caso del Río de la Plata), las colonias tuvieron que defenderse por sí solas ya que la corona no estaba en condiciones de ayudarlas.

Una situación similar sucedió con los distintos levantamientos que alteraron el orden social, como la rebelión de Túpac Amaru o los comuneros de Nueva Granada. En ambas situaciones los funcionarios del imperio no pudieron hacer nada sin la ayuda de los sectores criollos. Los criollos se convencieron de que los únicos con poder real eran ellos recién en 1808.

Tal vez en donde rindió sus mejores frutos fue en lo cultural, en tanto permaneció más ligado a una visión americana que regional. El surgimiento de periódicos y libros así lo atestiguan. Si bien no toda la población leía, se comentaban públicamente las noticias y sucesos (de la metrópoli y de América) y fueron formadores de la opinión pública.

Americanismo

Los jesuitas fueron los primeros en hablar de americanismo y luego de la expulsión de 1767 se convirtieron en sus precursores literarios. Los desterrados jesuitas escribieron literatura de nostalgia, pues tenían conciencia del pasado histórico de su patria americana.

Su literatura era también didáctica, ya que escribían para esclarecer a los prejuiciosos europeos y para destruir el mito de la inferioridad y de la degeneración de hombres, animales y vegetales del Nuevo Mundo. En efecto, en el siglo XVIII hubo obras antiamericanas escritas por autores europeos que no conocían América; Buffon, por ejemplo, sostenía que la inmadurez americana se observaba en el puma que era más cobarde que el león; y De Pauw alegaba que los indios mexicanos sólo podían contar hasta tres. Los exiliados jesuitas replicaron con erudición: el chileno Juan Ignacio Molina escribió un tratado de geografía, recursos naturales e historia de Chile, exaltando al indígena pero con gran rigor científico.

Asimismo, los jesuitas fueron intérpretes de sentimientos regionalistas (o nacionalistas) ya arraigados en el espíritu criollo. El mexicano Juan Luis Maneiro, en sus escritos imploraba al rey que lo deje morir en su suelo patrio.

Toda una literatura hiperbólica sirvió para glorificar sus países, riquezas y gentes; era una reacción natural contra los prejuicios europeos. El Telégrafo mercantil de Buenos Aires, exaltaba al Río de la Plata como el país más rico del mundo; Manuel de Salas describía a Chile como el más fértil de América, y el más adecuado para la humana felicidad. Primicias de la Cultura de Quito, editada por Francisco Javier Espejo, hablaba de la nación americana y, el médico mulato Dávalos sostenía que en Piura (Perú) la sífilis desaparecía sólo con la influencia salubre del clima. La Sociedad Académica de Lima fue fundada para estudiar y promover los intereses del Perú (aunque su patriotismo era confuso) y para editar el nuevo periódico Mercurio Peruano. En 1788 la Gaceta de Literatura de México utilizó por primera vez, la frase nuestra nación hispanoamericana. Pero el fervor nacionalista y americanista era más cultural que político. También hubo agudos observadores extranjeros como Alexander Von Humboldt que a través de sus obras científicas y políticas como su Ensayo Político sobre la Nueva España hicieron conocer México a la misma España y a los propios mexicanos.

Las sociedades económicas (como los Consulados) fueron otro vehículo de americanismo. Extendidas por América a partir de 1780, su función era estimular la agricultura, el comercio y la industria mediante el estudio y la experimentación; además buscaban sus propias soluciones para problemas regionales y expresaban la frustración ante los obstáculos que frenaban el desarrollo y su insatisfacción por el monopolio comercial español.

Colapso de la monarquía española

Sorprendida por la Revolución Francesa de 1789 e impotente ante el poder de su vecina, España cayó en crisis luego de dos décadas de depresión y guerra. La crisis agraria de 1803 provocó hambre, escasez y mortalidad. La improvisación del gobierno de Carlos IV y su favorito Manuel Godoy hizo que a partir de 1796 España fuera arrastrada a las guerras de Francia en calidad de satélite. Forzada a subvencionar a su vecina imperial presentaba un espectáculo de división, desorientación y desesperación cuando en 1807-8 Napoleón decidió invadirla. España no tenía recursos para defenderse.

En marzo, Carlos IV abdicó en favor de su hijo Fernando. Los franceses luego ocuparon Madrid y Napoleón indujo a Carlos y a Fernando a ir a Bayona para conversar. Allí, el 5 de mayo de 1808 forzó a ambos a abdicar y al mes siguiente José Bonaparte, el hermano del Napoleón, era proclamado rey de España y de las Indias.

El pueblo español siempre vio a José como un usurpador y combatió por su independencia. Las juntas provinciales organizaron la resistencia y en septiembre de 1808 formaron la Junta central (invocando el nombre del rey preso) y desde Sevilla en enero de 1809 se promulgó un decreto diciendo que los dominios americanos no eran colonias sino parte integrante de la monarquía con derechos de representación. Cuando las fuerzas francesas entraron en Andalucía en enero de 1810, la Junta se disolvió dejando un Consejo de Regencia de cinco personas con mandato para convocar a Cortes donde estuvieran representadas España y América.

Las Cortes de Cádiz promulgaron la Constitución de 1812 que declaraba a España y América  una sola nación. Sin embargo, los liberales constitucionalistas españoles, en los asuntos  referidos a las colonias, eran tan conservadores como los Borbones. La Constitución de 1812 proponía una representación desigual, y negaba a los americanos la libertad de comercio. En América provocó una crisis de legitimidad política y de poder. No había metrópoli, por ende no eran colonia; no había rey, tampoco monarquía. Los criollos como clase dominante local tenían que decidir cuál era el mejor medio para preservar su herencia y mantener su control.

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