¿Qué es una nación?

“No debe haber dudas de que Hispanoamérica compone una entidad étnico-cultural común (…) En el sentido amplio, los hispanoamericanos constituimos, como los árabes, una nación-cultura fraccionada en una veintena de países. Esta base común es la que fundamentó la aspiración bolivariana a la unidad”

Tierra Firme y Nuevo Reino de Granada y Popayán

Tierra Firme y Nuevo Reino de Granada y Popayán, de Willem Blaeu (1630), Atlas Van der Hagen, Biblioteca Real de La Haya.

Artículo de Olmedo Beluche, sociólogo, político y profesor en la Universidad de Panamá. Tomado del sitio web laaurora.netpor.org

NOTA: Nuestro sitio web “Hispanoamérica Unida” no se identifica necesariamente con ninguna de las ideologías políticas -expresas o sobreentendidas- de los artículos, videos e informaciones publicadas en nuestra página. El objetivo que guía la publicación de diversos materiales en nuestra web es poner de manifiesto y reivindicar la unidad de nuestra América de habla española.

Comprender el real sentido de las relaciones panameño colombianas requiere, en primer lugar, esclarecer la confusión reinante en torno al concepto “nación”.

Confusión que no es exclusiva de los intelectuales panameños, sino generalizada, abarcando a todas las vertientes de la teoría social, incluyendo el marxismo, que suele caer en un reduccionimo economicista cuando aborda este problema.

A nuestro juicio, Leopoldo Mármora acierta al citar el criterio de Schiller y Humbolt, los cuales, refiriéndose a la Alemania de principios del siglo XIX hablaban de “nación-cultura”, por oposición a Francia que sería una “nación-estado”. En aquellos tiempos los germanos, aunque con una identidad “étnico-cultural” (nación o nacionalidad) común, carecían de un estado (o país) que les unificara. Por el contrario, existían países que algunos llaman naciones, por cuanto poseen unidad política estatal, aunque están compuestos por “culturas” (naciones o nacionalidades) distintas, por ejemplo el Imperio Austro-Húngaro o Rusia.

En el primer criterio se entiende por nación la unidad cultural (historia, lengua, religión y costumbres comunes); mientras que por el segundo el eje del concepto nación es la unidad político-estatal. Las naciones (en el segundo sentido) europeas adquirieron su unidad política sobre la base de la hegemonía de la clase capitalista (por medio de las monarquías absolutas) de una entidad cultural (nación) que se impuso a otras para conformar un “mercado nacional” común. Los ingleses subordinaron bajo la misma entidad estatal a escoceses, irlandeses y galeses.

La reducción del concepto nación al segundo criterio, unidad político estatal bajo la hegemonía de la clase capitalista que crea el “mercado nacional”, dejando de lado la importancia del aspecto étnico-cultural, indujo a Federico Engels al error de dictaminar que los eslavos del sur eran “naciones ahistóricas” en las que, al no tener una clase capitalista propia, no tenía sentido la lucha por su independencia y unidad estatal, pues estaban condenadas a subordinarse al capitalismo austríaco o ruso. Carlos Marx también la pifió en este sentido, cuando saludó la anexión de la mitad de México a Estados Unidos, porque suponía que el capitalismo yanqui llevaría allí la “civilización”, preparando las condiciones para el socialismo.

Para esta perspectiva, no tenía mucho sentido la reivindicación de la autodeterminación nacional, pues lo que importaba era apurar el desarrollo capitalista que fomentaría el crecimiento del proletariado para luchar por la revolución socialista. Después de todo, “el proletariado no tiene patria”. Pero, la historia ha confirmado lo contrario, pues todos los conflictos internacionales están atravesados por el problema de unas naciones por otras.

Los debates entre Rosa Luxemburgo y Lenin respecto al derecho a la “autodeterminación” de las naciones oprimidas por el imperio ruso expresaron este problema. Rosa, aunque polaca de origen, no daba importancia a la lucha por la independencia de ese país. En cambio, Lenin sostenía lo contrario, y así lo cumplió respecto de Finlandia y Polonia. Pero su sucesor, José Stalin pisoteó estos principios, volviendo a imponer la hegemonía rusa sobre las naciones oprimidas de la ex Unión Soviética. Por eso la URSS rápidamente se disolvió en 1989-90.

El desarrollo de la sociedad capitalista produjo una realidad contradictoria en el mundo. En algunos lados, creó naciones-estado (países) sobre la base una unidad cultural común; en otros, creó países de base multiétnica, pero generalmente bajo la hegemonía de una de ellas (en España Castilla, por ejemplo); en otros, fragmentó las naciones-cultura en múltiples estados nacionales (por ejemplo, los árabes, Taiwán-China, etc.). Dividió al mundo en naciones opresoras y oprimidas.

Esto se debió a que el desarrollo capitalista no se efectuó de manera homogénea en todos lados, y a que asignó roles distintos a diversas regiones en el reparto del mercado mundial. Las naciones de Europa, se impusieron como exportadoras de mercancías y capitales, mientras que a la mayoría de los países (cuyo mapa fue moldeando al calor de este desarrollo) les tocaba subordinarse como monoproductores y consumidores.

Las potencias capitalistas europeas y Norteamérica se repartieron el mundo en áreas de influencia, en especial luego de la Primera y Segunda Guerra Mundiales, en el Pacto de Versalles y en los acuerdos de Yalta-Postdam. Así las fronteras de muchos países fueron trazadas no atendiendo a los pueblos que allí vivían, sino a los intereses de los estados imperialistas.

No debe haber dudas de que Hispanoamérica compone una entidad étnico-cultural común, si dejamos de lado las culturas indígenas que han mantenido su identidad aunque subordinadas en todos los terrenos desde la colonización española. En el sentido amplio, los hispanoamericanos constituimos, como los árabes, una nación-cultura fraccionada en una veintena de países. Esta base común es la que fundamentó la aspiración bolivariana a la unidad.

Pero la unidad continental hispanoamericana tuvo en contra factores objetivos: la fragmentación regional fomentada por la colonización española que, para asegurar su dominio, impidió el desarrollo de relaciones comerciales de la colonias entre sí; las enormes barreras geográficas; la ausencia de una clase capitalista con una visión de mercado común; la hegemonía de un sector comercial cuya base de sustentación proviene del exterior.

Comparto el criterio de Jorge Abelardo Ramos, historiador argentino, quien sostuvo que la perspectiva correcta para los males que aquejan a Latinoamérica no es la glorificación de la veintena de naciones estado en que se ha fraccionado nuestra gran nación cultura hispanoamericana, sino en la lucha por restaurar la unidad perdida.

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