La disgregación del Reino de Indias [prólogo]

“América Española, hasta los inicios de “la Revolución” fue y formó toda ella una entidad política única; un solo estado unido al de España por la corona, pero perfectamente diferenciable y diferenciado por la diversidad de instituciones y regímenes de organización (…) lo importante de esa formación inicial, que duró trescientos años, fue que el Reyno de Indias fue una unidad. Unidad nacida en la isla de Santo Domingo, como núcleo fundacional, del cual surgieron otros muchos núcleos”

El Reino de Indias (Hispanoamérica) hacia finales del siglo XVIII. La que estaba destinada a ser una de las más extensas y poderosas naciones del mundo acabó fragmentándose en multitud de repúblicas.

El Reino de Indias (Hispanoamérica) hacia finales del siglo XVIII. La que estaba destinada a ser una de las más extensas y poderosas naciones del mundo acabó fragmentándose en multitud de repúblicas.

El siguiente texto constituye el prólogo a “La disgregación del Reyno de Indias”, obra del político, historiador y escritor uruguayo Felipe Ferreiro (1892-1963). El libro fue editado en Montevideo por Barreiro y Ramos en 1981, y consta de una recopilación de artículos llevada a cabo por el hijo del autor, el Profesor Hernán L. Ferreiro, que es así mismo autor de este prólogo.

Hay hechos del pasado que permanecen vivos en nuestra mente; vivencias tan claras que nos obligan a actuar. En nuestro caso, el deseo de Felipe Ferreiro de dar a la imprenta el fruto de sus investigaciones.

Han pasado muchos años desde su muerte. Durante ellos hemos buscado, ordenado, compilado, mil trabajos dispersos en diversas publicaciones. Muchas veces hablando del tema, con quienes le conocieron llegamos a la conclusión de que sólo la publicación de sus trabajos de décadas, haría que las nuevas generaciones de estudiosos de la historia le valoraran en sus justos términos a través de una lectura directa y no de citas incompletas y muchas veces confusas, accesibles sólo para exquisitos.

El espaldarazo, nos lo dio Vicente Sierra, el más auténtico de los grandes maestros vivientes de la historia americana. Partícipe de nuestras inquietudes, nos aconsejó y apoyó.

En carta de 18 de agosto de 1980 nos expresa: “América no podía olvidar a su padre, el doctor Felipe Ferreiro, una de las personalidades más preclaras en el estudio de los factores más trascendentales de la historia de los pueblos de Hispanoamérica, generalmente desconocidos por la influencia nefasta de una historiografía oficializada por razones políticas, extrañas a la esencia misma de su destino histórico. La tarea que Ud. se ha impuesto, impulsado por su amor filial es, además de acto de justicia, vindicación necesaria para que nuestra América comprenda la urgencia de recuperar la vía de su destino, que nuestros pueblos no recuperarán sin fortalecer su conciencia histórica por el camino de los valores permanentes de su pasado, desvirtuado por interpretaciones negativas”.-

* * *

La verdad histórica, por el solo hecho de ser eso, verdad histórica, debe merecer consideración y respeto: no ha de ocultarse ni tampoco desvirtuarse “pese a quien pese”.

De su entraña, como del punto de partida, es de donde pueden salir, legítimamente o con autoridad incuestionable, las lecciones que permitieron al clásico latino llamar a la historia – con toda propiedad – “Maestra de la vida”.

Nuestra primera labor de historiador ha de ser volver a enseñar y difundir la verdad histórica sobre la empresa de España en Indias. No se trata de fabricar “una historia” para reivindicar la acción de España. Es algo muchísimo más simple , difícil y honrado; se trata de recoger y exponer la verdad histórica, sobre la base de fuentes seguras y ciertas de los hechos pasados y de impulsar dicha investigación.

Por si misma, ella ha ido destruyendo con el testimonio de la realidad mejor conocida, las mentiras o mentiras a medias que se vendieron por mucho tiempo como historias.

El investigador ha de estar frente a los puros hechos y ha de valorarlos desinteresadamente. Debe ser “verdadero” lo cual no es óbice para que una vez encontrados en frío análisis los hechos, los narre apasionadamente, a diferencia del simple cronista que entrega escuetamente los datos, en una sarta, mientras el historiador debe intuir el pasado.

Agreguemos; que la imaginación es indispensable al historiador para presentar del pasado una imagen viva, y hasta para ser justo en sus juicios; pues muchas injusticias históricas se han cometido no tanto por falta de honradez, como por falta de imaginación, que ha hecho juzgar hechos e instituciones arcaicas con ojos modernos.

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La versión de la historia clásica es una y la versión más o menos francamente “marxista”, más moderna, es otra. Ambas parecen ignorar toda fuente histórica.

Para la primera, América yacía postrada bajo la tiranía absolutista de los reyes de España, quienes habrían empleado la religión como arma del despotismo ya que se fundaba la fidelidad al monarca en el “derecho divino de los reyes”; inventado por la Iglesia para justificar el absolutismo, el que a su vez la recompensaba apoyando la Inquisición para sofocar cualquier intento de libertad intelectual durante la “siesta colonial”.

Esta visión que de la emancipación americana, prestaban los historiadores del siglo XIX fue una imagen deformada por los hechos. Se explica tan falsa versión por los restos de pasión partidista después de una lucha, que en muchas regiones de América, fue especialmente enconada. Y por la ignorancia con que la propia realidad colonial fue disfrazada por los prejuicios sectarios de los hombres del siglo pasado.

En cuanto a la interpretación marxista, hace aparecer la oligarquía peninsular en un bando y a la plebe mestiza e indígena, el pueblo oprimido, en el otro y toda la guerra de la revolución obedeciendo a una liberación frente al explotador económico. Cuán equivocada sea esta versión , se verá, al subrayar, el verdadero aspecto de la emancipación y sus verdaderas causas y protagonistas reales.

Reconstruida la verdadera historia del Reyno de Indias y despejados errores que de puros viejos, llegaron a tomarse por verdades inconcusas, no es difícil, con un mínimo esfuerzo mirar y entender los documentos, reconstruir el verdadero sentido de las guerras de nuestra independencia.

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La monarquía española tiene sus raíces en los antiguos reyes visigodos, que de jefes militares electivos y señores absolutos, se transformaron en el rey puesto por la elección del pueblo, para el servicio de la comunidad.

El Forum Iudicum, del siglo VII fija la figura jurídica del monarca conforme al derecho natural.

El rey es elegido por el pueblo, quien le “encomienda” -dirá el padre Vitoria- el poder social que viene de Dios, único superior natural de los hombres, libres e iguales por esencia. El rey no está por encima de la ley, sino que para dictarla “tiene que catar a Dios e a su ánima” como dirá Alfonso el Sabio y en el cumplirla ha de ser espejo de sus vasallos.

No es amo del reino, sino el padre de su pueblo. Y no ha de gobernar a su antojo y en propio particular provecho, sino oyendo al pueblo conforme a derecho y en beneficio del bien común.

La monarquía española estuvo cimentada sobre la doctrina tradicional de la filosofía católica, que desde Santo Tomás, recibieron los grandes teólogos del siglo de oro: Vitoria y Francisco Suárez.

El rey estaba limitado hacia arriba, por su responsabilidad ante Dios y el sometimiento a la ley divina y natural y limitado hacia abajo, por los derechos e intereses del pueblo.

Las Cortes representaron a éste y hasta los Austrias debieron someterse a éstas, en materias tan importantes como la promulgación de nuevos impuestos. Antes de jurar el nuevo rey, le exigían el juramento de sus fueros y privilegios, en un verdadero pacto.

Los Austrias no fueron nunca verdaderos reyes absolutos. La misma organización política y administrativa de sus reinos lo hacía imposible.

Portada de Recopilación de leyes de los reynos de las Indias (1681). Grabado. Biblioteca Nacional, Madrid.

Portada de Recopilación de leyes
de los reynos de las Indias (1681).
Grabado. Biblioteca Nacional, Madrid.

El poder absoluto, de orígen divino, sólo es reconocido en la doctrina católica, al Papa en el gobierno de la Iglesia. Y fue justamente la consideración de ser la Iglesia, un moderador del poder civil absoluto; lo que movió a Jacobo I de Inglaterra a escribir su “Apología” en la que se defiende por primera vez la teoría del derecho divino de los reyes, que haría lema de su reinado Luis XIV de Francia, al identificar al estado con su persona. Su nieto trata de trasplantarla tardíamente a España.

Y fue precisamente un jesuita español, Francisco Suárez, quien refuta al rey inglés, defendiendo la doctrina tradicional del origen democrático del poder.

El poder viene de Dios al Pueblo. El pueblo lo encomienda al soberano. Y la doctrina del derecho de rebelión del pueblo contra el tirano que falta a su parte del pacto social, viene de Santo Tomás a Suárez. En el padre Mariana, llegó hasta la justificación del regicidio. Pero en la doctrina común llega, por el bien del pueblo, a la resistencia pasiva, a la resistencia legal y hasta a la resistencia armada, que derroca al tirano volviendo al pueblo la soberanía, ya que en él reside.

Y son los Borbones los que trasplantan a España un intento de realización de absolutismo francés que no tuvo nunca raíces ni católicas ni españolas.

En el sistema suareciano, el pueblo es siempre el soberano y si quien desempeña el poder contradice los intereses de la comunidad, ésta puede retirar su mandato y confiar a otro el poder.

La democracia, fundada en la libertad e igualdad esenciales de los hombres, basa en el consentimiento de éstos el origen del poder. Esta doctrina de Vitoria y Suárez, la llevaba en la sangre el español y la ejercía naturalmente como su filosofía propia. No hay que buscar raíces norteamericanas ni francesas a la democracia. Ni hay que identificar la verdadera democracia con el ensayo individualista liberal. El despotismo ilustrado de los Borbones, después de expulsar a la Compañía de Jesús, prohibió la enseñanza de sus doctrinas en las universidades americanas.

La tesis de la causalidad económica de la independencia no se compadece con la realidad. Fueron justamente los Borbones, desde Carlos III, que creó el Consulado y decretó el libre comercio, los que favorecieron la economía de las postrimerías de la época hispana. Y la revolución no fue una revolución de la plebe con la oligarquía, sino que estuvo organizada por la aristocracia criolla contra la burocracia peninsular. Los indios pelearon principalmente por el rey, y criollos y españoles los hubo tanto entre regentistas como entre juntistas.

Pero cuando el pueblo español se alzó contra Napoleón y se constituyeron a falta de real cabeza en Juntas y las Cortes de Cádiz asumen el poder legislativo, las provincias de ultramar, consideraron que les era perfectamente lícito seguir el ejemplo de las provincias metropolitanas. Y sus juntas, en todo el Reyno de Indias, juraron fidelidad a Fernando VII y no se consideraron sujetas al poder napoleónico.

Se ha exagerado la influencia de la Revolución Francesa y de la Carta de Filadelfia, en la ideología de las independencias hispanoamericanas. Pero es innegable que la independencia de los Estados Unidos y las doctrinas de los filósofos franceses del siglo XVIII ejercieron influencia en la ideología de muchos de los próceres patriotas.

La traducción por Nariño de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, fue difundida en toda América.

Las obras de Montesquieu, el Abate Raynal, Rousseau, Paine, contra lo que se ha afirmado, pasaron a América y se las encuentra formando parte de las bibliotecas de la época y sus palabras en las de muchos jefes de la emancipación.

Es evidente que sobre esta doctrina democrática y ese espíritu de libertad, netamente hispánicos, vienen a congregarse las demás causas de la emancipación: los sucesos de España y el ejemplo de la metrópoli, el resentimiento de la aristocracia criolla pospuesta de hecho por los peninsulares, la ceguera de los gobernantes, la influencia de las logias inglesas sobre muchos futuros próceres, las ideas de los filósofos franceses del siglo XVIII que encendieron un idealismo -ajeno a la realidad- lleno de frases estereotipadas en las mentes de algunos patricios conductores y que sembraron la creencia de que el cambio de las leyes trae consigo el “progreso” y la “felicidad de los pueblos”; el ejemplo de la independencia de las colonias norteamericanas; la expulsión de los jesuitas, considerada un verdadero atentado a la cultura; el intento de las Cortes de Cádiz de convertir una monarquía dual con trescientos años de existencia (España-Indias) en una sola nación, atribuyéndose el ejercicio de su soberanía.

Mientras España se desnacionalizaba por la influencia de las ideas racionalistas en su vida pública, Hispanoamérica nace a la vida independiente en función del espíritu de libertad de su tradición hispánica.

América Española, hasta los inicios de “la Revolución” fue y formó toda ella una entidad política única; un solo estado unido al de España por la corona, pero perfectamente diferenciable y diferenciado por la diversidad de instituciones y regímenes de organización.

En 1808 la invasión francesa, produce un doble proceso separatista. De un lado la separación, para el caso perfectamente lógica, de España e Indias. Del otro, la disgregación eventual, impuesta por la situación en estado de necesidad de nuestros virreynatos, capitanías generales y gobernaciones desde la Nueva España hasta Chile y el Río de la Plata.

* * *

Hasta aquí un resumen, quizá deshilvanado, de cien conversaciones con Felipe Ferreiro; un hombre que construyó con fe y generosidad, a través de largos años en la investigación histórica toda una nueva visión de las causas de la emancipación americana.

Felipe Ferreiro fue trazando y retocando este cuadro histórico en cuarenta años de docencia. Prueba de esa evolución progresiva, tenemos en los Apuntes de Clase de la época en que ejercía el profesorado. Podríamos patentizar que en 1937, al dictar su conferencia sobre “Ideas e Ideales de los Partidos y Tendencias que actúan en en el campo de lo político del Reyno de Indias de 1808 a 1810” ( incluída en este libro ) tenía formado un criterio definitivo. Criterio que reafirma en México en 1947, al inaugurar la Primera Consulta Panamericana de Historia al decir: “ por lo que me es personal, debo expresar, que sólo por el hecho de estar y poder vagar a voluntad por México, histórica y opulenta Capital que deslumbró hace siglo y medio al insigne Humboldt, veo realizada una de las más caras y antiguas aspiraciones de mi vida de estudioso. Y la explicación de ese anhelo, ahora al fin venturosamente cumplido, es obvia. Yo por historiador, miraba siempre a México como a la eminencia de nuestra América durante su época de unidad. Quería verla y, si se me permite decirlo, palparla, para comprender mejor acaso a mis lejanos coterráneos que, enorgullecidos, la contaron por siglos como parte culminante y justamente afamada de los suyo”.

Azulejo de la Plaza de España en Sevilla, donde se representa el cuadro de Salvador Viniegra "La promulgación de la Constitución de 1812".

Detalle del azulejo de la Plaza de España de Sevilla que representa la promulgación de la Constitución de 1812.

“Era el tiempo que, sin extrañeza de nadie, ejercía el gobierno del Río de la Plata, un ilustre mexicano, Don Juan José de Vértiz. Y que un uruguayo, de no menor jerarquía intelectual, don Juan José de Souza, administraba justicia en esta tierra desde el pretorio audiencial de Guadalajara. Entonces los hipanoamericanos usaban entre sí el denominador común de “paisanos”, que quedaría desvirtuado durante la Revolución por incomprensivos y estrechos localismos, pero obsérvese que aún después de aquélla, en las almas siguió viviendo por algún tiempo la intención de estrecha hermandad que ese vocablo definía. Ello se acusa, por ejemplo en mi Uruguay, con respecto a México, cuando apenas independizado y dueño de su destino, en 1830, aquél celebra oficialmente, como si fuera propia, la resonante victoria de los mexicanos sobre las tropas invasoras del General Barradas. A su vez, se ven actuar en México, con respecto al Río de la Plata, los mismos imponderables, cuando en 1824 se preparaba la organización jurídica de la República. Recuérdese, en efecto, que entonces algunos de sus principales promotores adujeron, entre las razones de su inclinación hacia ella, no el hecho de ser éste el régimen que reglaba en lo político la vida del feliz y poderoso pueblo estadounidense, sino el de ser el ya adoptado y mantenido en el lejano sur de América por los pueblos emancipados que entonces integraban, en la hoy Argentina, el estado que ostentó el nombre de “Provincias Unidas del Río de la Plata”.

Ferreiro nos habla también de la unión de los hispanoamericanos con los otros pueblos del continente. La hermandad territorial es muy fuerte, pero por encima de ella, existe la de sangre, la de costumbres, la de religión.

Afirmada la unidad hispanoamericana antes del 10, ¿ qué derivación aparece después de la revolución, cuando ya está disgregada América y existen estados distintos y hasta opuestos?

La primera sería que todos los americanos, entre ellos los héroes Artigas, Bolívar, San Martín, O’Higgins, ya no serían nativos de Uruguay, Venezuela, Argentina, Chile; sino nativos de una región, pero hijos del Reyno de Indias.

Es una primera situación que nos une y, al mismo tiempo nos diferencia de los pueblos de América que no integraron el Reyno de Indias. Es un primer plano que, justamente diverge, aparece como opuesto, al de la nación estadounidense. Allí había colonias perfectamente diferentes, no sólo por religión, por costumbres, sino por razas. La Constitución de Estados Unidos (primero Confederación, después Federación) trajo la unión, mientras que en el Reyno de Indias hubo una dispersión. Para los Estados Unidos el punto de partida tiene que ser la constitución del estado; para nosotros el punto de partida está justamente atrás de la Constitución. Es la familia existente todavía y la familia tan solidaria que, México potente, poderoso y rico, pagaba sus presupuestos y los de Guatemala y las islas del Caribe, inclusive Cuba. Perú pagaba el presupuesto de la gobernación de Montevideo, de acuerdo al régimen del situado. Cada país, cada núcleo de provincias ricas, pagaba los gastos de las de menores recursos. Al actual Uruguay, los fondos para la retribución de los empleados, gastos de la flota, construcción del Cabildo, la Catedral, venían de Potosí, venían del Virreynato del Perú. Mismo en el momento de la revolución, cuando Montevideo iba a caer fatalmente, llegó un barco de El Callao trayendo los situados, que cambió radicalmente la situación existente.

De modo que lo importante de esa formación inicial, que duró trescientos años, fue que el Reyno de Indias fue una unidad. Unidad nacida en la isla de Santo Domingo, como núcleo fundacional, del cual surgieron otros muchos núcleos, muchas veces formados por criollos casi exclusivamente y que así se mantuvo, sin tropas de ocupación, hasta 1810.

* * *

Felipe Ferreiro no publicó su tesis que yace hasta hoy, escondida en monografías, conferencias, artículos periodísticos y sobre todo en sus Apuntes de Clase, muy utilizados, pero poco citados en la moderna historiografía.

¿Por qué no escribió nuestro padre? Fueron muchos los motivos. Sus clases, su profesión de abogado, la política – absorbente y egoísta con sus cultores – pero sobre todo uno fundamental: lo exigente que era consigo mismo. Podemos decir con propiedad que era un purista. Nada de lo que escribía lo conformaba. Recordamos al querido padre Guillermo Furlong S.J. de inigualable producción escrita, diciéndole: “mi estimado doctor, lo importante es publicar, después se corrige”. También su indignación cuando algunos publicaban como propias sus ideas o ganaban premios internacionales sin siquiera citarlo. Pero no podía con el genio y corregía y agregaba, sin pasar del primer capítulo.

En 1956, retirado circunstancialmente de la vida pública, pretendió escribir su obra, decantada a través de más de tres décadas de estudio, volviendo a dictar un curso que inició con entusiasmo en el Instituto de Cultura Hispánica, cuya versión taquigráfica publicaría. Un desgraciado accidente cortó el ciclo a la segunda conferencia y recuperada su salud no volvió a la cátedra con lo que el libro que quienes éramos sus discípulos anhelábamos, se frustró al nacer.

En 1963, al abandonar la Dirección de Enseñanza Primaria, que ocupó con dedicación total durante cuatro largos años de lucha, quiso volver a escribir “su historia”. Ya era tarde, su salud ya gastada se lo impidió y el 31 de julio, su alma volvió a Dios.

Hoy a dieciocho años de su desaparición física, gracias al apoyo entusiasta y generoso del doctor Gastón Barreiro Zorrilla y su vieja y prestigiosa Librería Nacional Barreiro y Ramos, iniciamos la publicación de sus múltiples trabajos, de sus opiniones que marcaron rumbos en la historiografía nacional y americana y que con legítimo orgullo de hijo y discípulo creemos su auténtico legado.

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Al primer tomo que hoy se publica, lo hemos llamado LA DISGREGACION DEL REYNO DE INDIAS. Su índice lo componen trabajos de distintas épocas que hemos ordenado en un orden cronológico de sucesos con un denominador común: los inicios de la revolución americana.

Son conferencias, monografías, artículos periodísticos y hasta un trabajo inédito a los cuales hemos colocado como proemio una síntesis de su tesis tomada de “Lo Hispánico en la acción y el Pensamiento Político de Artigas”, obra de su discípulo predilecto, el malogrado y brillante Juan Antonio Rebella.

No es obra perfecta, se encontrarán repeticiones de conceptos en ciertos pasajes, en distintos capítulos.

Es natural que así suceda, en artículos de asuntos tan próximos, escritos en diversos tiempos, concebidos sin aspirar a integrarlos en una sola obra totalizadora. No los hemos tocado, pues tampoco son tan numerosos.

Tampoco es evidentemente un tratado conclusivo, cerrado sobre el período y los hechos que analiza, pues no es más que una suma de investigaciones y ensayos ensamblados por un común denominador de tiempo, lugar y motivo, o sea, los primeros años del siglo XIX, la Junta de Cádiz, el movimiento juntista y la subsiguiente independencia de los países hispanoamericanos.

En cada porción se ahonda un aspecto concreto y determinado, sin que pretenda el autor agotar todo el panorama del estudio.

Algunos escritos son estampas que en rigor deben estimarse inconclusos, aunque suficientemente sugerentes para el lector más exigente. Y la totalidad, no pierde, ciertamente cohesión.

A primera vista podrían estimarse como fragmentos sueltos de una gran tesis. Sin embargo el conjunto se ata a través de una gran concordancia, de una intención constante: el estudio de cuáles fueron las causas de una disgregación que angustiaba su sentir hispanoamericanista.

Y hasta aquí nosotros.

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