La hispanidad, palanca de la educación de los jóvenes

“Es una gran pena que los países de la América hispana no hayan sido capaces de confederarse, fruto de todo lo que tienen en común (…) ningún estadista ha sabido -o querido- impulsar una unión mucho más ambiciosa, con instituciones supranacionales operativas, moneda única, etc. (…) ¡Qué América hispana habría podido resultar y qué contrapeso para el coloso USA del norte!”

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Alumnos de un centro de enseñanza en México.

Artículo de opinión de Germán Loewe, investigador en teoría económica de las decisiones, doctor en economía. Tomado del periódico digital Hechos de Hoy (5 de octubre de 2013).

NOTA: Las opiniones y expresiones vertidas en este artículo corresponden exclusivamente a su autor y no deben interpretarse necesariamente siempre como un posicionamiento de nuestro sitio web Hispanoamérica Unida.

Cada vez que he viajado a países latinoamericanos como México, Colombia, Panamá o Argentina, me ha invadido una sensación de sentirme como en casa y en familia. Y todo eso tras doce horas de vuelo y haber recorrido muchos miles de kilómetros por encima de todo un océano. La explicación obvia de dicha sensación se encuentra en la lengua común -que da circuitos cerebrales comunes-, en el poso cultural, la religión, la mentalidad comunes. Todos estos ingredientes me hacen sentir la pertenencia a una comunidad, la hispanoparlante, que comparto con los ciudadanos de todos los países latinoamericanos, a excepción de Brasil, cuya historia entronca con Portugal.

Porque ese sentimiento compartido es real y tangible, si bien lo es únicamente en los niveles sociales que han tenido acceso a una educación y a una cierta cultura, en las clases políticas, económicas, universitarias e intelectuales. En suma, esa “hispanidad” presupone unos mínimos conocimientos históricos, que son los que decantan la noción de pertenencia a un mismo tronco de cultura y manera de ser. Todo ello sin perjuicio de conocer también las muchas sombras del pasado colonial español. Por esa razón las demás clases sociales, las más ignorantes y marginadas, que también pertenecen sin saberlo a ese tronco común, más bien reniegan de él.

¿Y qué hacemos, pues, con todo esto? ¿De qué nos sirve la riqueza que se deriva de esta comunidad de idioma, de cultura y de raíces, con una multiplicidad de países en un territorio inmenso, desde el Cabo de Hornos hasta los confines de México con los Estados Unidos?

De momento nos sirve de poco, fuera de los delirios románticos y de la realidad -ésa sí incontrovertible- de un universo literario de gran calidad en su diversidad y de una tradición prestigiosa de varias de sus universidades. Hispanoamérica es un extenso mosaico de países, razas, culturas indígenas y regímenes políticos, económicos y sociales, que se debaten entre la miseria de una mayoría de su población y el crecimiento mal repartido de sus economías emergentes. Sus clases dirigentes y sus élites sociales son cada vez más ricas, pero sus carencias institucionales y democráticas alumbran grandes focos de corrupción e impiden el progreso más igualitario de los pobres.

Algunos creen que la solución sólo puede ser revolucionaria, pero la experiencia cubana demuestra lo contrario. El camino justo es el fortalecimiento del estado de derecho y de la educación de los jóvenes, para lograr un progreso más equitativo dentro de una economía de mercado. Únicamente las nuevas generaciones, a través de la cultura y la instrucción, pueden hacer cambiar la realidad actual, creando conciencia fiscal y absoluto respeto a la legalidad.

Es una gran pena que los países de la América hispana no hayan sido capaces de confederarse, fruto de todo lo que tienen en común. Fuera de tibios intentos, como la OEA (con su antecesora, la Unión de Repúblicas Americanas de 1890) y algunos acuerdos económico-aduaneros que malviven, ningún estadista ha sabido -o querido- impulsar una unión mucho más ambiciosa, con instituciones supranacionales operativas, moneda única, etc.

Hay que remontarse a los padres de la independencia, en especial en el continente sudamericano, para reencontrar aquel sueño y aquellos ideales. Simón Bolívar José de San Martín, caudillos de la independencia de España y al mismo tiempo impulsores de los dos grandes proyectos que no pudieron ser: la Gran Colombia bolivariana por un lado, que englobaba a Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador; la gran nación andina, por otro, derivada en parte del Virreinato del Perú y del Virreinato de la Plata, forjada por San Martín y que incluía a Argentina, Chile, Bolivia y Perú. La vida de estos dos inmensos estados plurinacionales fue precaria y apenas sobrevivió a sus creadores. Bolívar, el más grande y visionario de los dos, murió joven, acosado y criticado por doquier. Su potente ego frustró muchas de sus nobles ambiciones y llegó a rechazar la ayuda militar que le brindó San Martín, el cual aceptaba además quedar supeditado a su mando supremo. Pero Bolívar no quiso, y ahí se perdió quizá una ocasión irrepetible para haber hecho realidad un germen de gran unión continental de la América del Sur de habla hispana. Los dos libertadores sólo se vieron una vez en 1822, en la ciudad de Guayaquil, pero más allá de la cortesía y admiración recíprocas, la entrevista se malgastó en dirimir rencillas y discusiones territoriales.

En cuanto a San Martín, menos soñador que Bolívar y bastante más escéptico, supo forjar con su genio militar un conato de unión entre los países del cono sur, además del Virreinato del Perú, pero se vio pronto superado por las críticas y las insidias de los que le rodeaban, por lo que tiró la toalla, buscando el exilio en Europa, donde permaneció hasta su muerte en 1850. Y aunque él, al igual que Bolívar, había bebido en las fuentes liberales de la Ilustración francesa, su pragmatismo frente al caos reinante en los nuevos territorios independientes le llevó a preconizar la instauración de monarquías constitucionales con príncipes españoles o europeos, para así quedar vinculados con la cultura y el progreso del siglo XIX en Europa. Un propósito inviable, que fue además tajantemente rechazado por Bolívar.

Así pues, recapitulando, los dos grandes líderes tuvieron la fuerza y la visión para impulsar la unión, mientras luchaban para liberarse de la colonización española. Pero fracasaron. Todo quedó en un sueño imposible y acabó en disputas, guerras y finalmente en la disgregación del continente en un sinfín de estados, todos ellos reacios a la idea de una confederación.

¡Qué América hispana habría podido resultar y qué contrapeso para el coloso USA del norte!

Lo cierto es que, pese a los ideales republicanos y liberales de la etapa inicial, pudo más la mentalidad egoísta, conservadora y reaccionaria de las élites criollas, directas herederas de lo español, al anteponer intereses y ambiciones de todo tipo para impedir la unión de estados. La falta de arraigo democrático y la corrupción que hoy todavía impera en la gran mayoría de países latinoamericanos, no es otra cosa más que el legado de aquellas minorías criollas, cuya mentalidad venía precisamente derivada de la tradición del imperio español, del que tanto ansiaban separarse.

Aún en nuestros días los poderes que rigen en nuestros países hermanos se nutren de aquel espíritu, de aquellas clases de ricos hacendados y comerciantes, a los que convino en su momento desgajarse de la metrópoli, para reforzar su riqueza y su dominio, so pretexto de hipócritas ideales republicanos e ilustrados. Porque como es bien sabido, la independencia no fue una rebelión y una revolución desde abajo, desde el pueblo llano. Fue un movimiento gestado y organizado por los de arriba, aun cuando el pueblo acabara también por sumarse.

En ese contexto, bien pudiera ser que los caudillos y héroes de aquella gesta (los BolívarSucreSan MartínMitre, Belgrano), que tuvieron la grandeza de perseguir ideales de progreso y justicia social, hubiesen sido utilizados por los poderes criollos, para lograr los fines que éstos perseguían. Me viene a la memoria una frase del General San Martín, contenida en una de sus cartas llenas de desengaño y frustración y que luego también hizo suya el gran Bolívar:

“Estamos arando en el mar”.

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Un pensamiento en “La hispanidad, palanca de la educación de los jóvenes

  1. Juan Manuel Briones

    Acá hay un problema y creo que es bastante grave, admiro tu voluntad, a la cual adhiero, pero pasa que no se puede mezclar chorizo con velocidad, creo que tenemos que por lo menos tener en claro que llegamos hasta acá y en estas condiciones, por el accionar de determinadas personas e ideologías anti hispanoamericanas mercenarias y vendidas a enemigo masón ingles y norteamericano, que fueron responsable de gigantescos genocidios de sus compatriotas y de fomentar los odios y racismos entre hermanos, ladrones y entreguistas de lo nuestro.
    No podemos hacernos lo ecuánimes y “perdonoatuti”, no. no podemos rescatar a traidores y mezclarlos con los que a pesar de tener todo en contra no se corrompieron y lucharon hasta el final por defender nuestros intereses. no podemos juntar irresponsablemente a Bolívar con San Martin Y Mitre con Belgrano, hasta que no aclaremos eso, esto no pasará de ser una pérdida de tiempo sin ningún sentido.

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