Releer a Carlos Rangel

Del buen salvaje al buen revolucionario intenta interpretar la realidad hispanoamericana a partir de la confusa historia de nuestra formación como cultura (…) Trata de profundizar en los factores que han hecho de la América española lo que es, o mejor dicho, lo que era en 1976″

Artículo del escritor Mariano Nava Contreras publicado el 4 de octubre de 2013 en el diario digital de Caracas “El Universal”.

Portada de la célebre obra de Rangel, "Del buen salvaje al buen revolucionario", en una edición de Monte Ávila Editores (Caracas).

Portada de “Del buen salvaje al buen revolucionario”, en una edición de Monte Ávila Editores (Caracas).

¿A quién le cabe duda de que los libros posean vida propia? Los libros, como las personas, tienen su propia vida, su historia que varía de acuerdo a las circunstancias. Su devenir está sujeto, como el nuestro, a multitud de factores, al capricho de los agentes más insospechados. Hay libros que, al igual que algunas personas, nacen con buena estrella. Cuentan con todo para ser exitosos, destinados a ser leídos e influir sobre miles de personas, tal vez sobre generaciones enteras. Hay otros cuyo nacimiento no puede ser más vulgar, y sin embargo un golpe de suerte los catapulta a la fama y los convierte en un clásico, en un venerado objeto de culto. Y de repente, su suerte cambia. Toda una historia de azar. En fin, la vida.

Digo esto al pensar cuánto han cambiado las cosas desde que Carlos Rangel escribió Del buen salvaje al buen revolucionario, y también cuántas cosas siguen iguales. Publicado en 1976 de la pluma de uno de los intelectuales venezolanos más brillantes, el ensayo conoció más de dieciséis ediciones en español, y traducciones al inglés, francés, italiano, portugués y alemán. Su autor, un acerbo defensor del liberalismo, tuvo una sólida formación repartida entre la Universidad de Nueva York y París-Sorbona. Vuelto al país, Carlos Rangel se desempeñó en la cátedra de Periodismo de Opinión en la Universidad Central de Venezuela, así como en diversos cargos diplomáticos. Como periodista en los medios nacionales dirigió también programas que tuvieron gran influencia en la opinión pública.

Del buen salvaje al buen revolucionario intenta interpretar la realidad hispanoamericana a partir de la confusa historia de nuestra formación como cultura. Trata de profundizar en los factores que han hecho de la América española lo que es, o mejor dicho, lo que era en 1976. En ese sentido, el libro se inscribe en una preciosa tradición que en el continente se arroga nombres ilustrísimos como el de Alfonso Reyes o Pedro Henríquez Ureña, o Monsiváis o Volpi más recientemente, y que en Venezuela abarca ensayistas que van de Rufino Blanco Fombona a Arturo Uslar Pietri, y de Mariano Picón Salas a Francisco Herrera Luque. Esa curiosidad tan tucididea por hurgar en nuestros orígenes, esa mañita herodotea de preguntarnos de dónde venimos y cómo es nuestro entorno, creyendo a pies juntillas que el dato nos va a aclarar de manera matemática las orientaciones de nuestro destino, es muy hija del positivismo histórico.

Sin embargo, Del buen salvaje al buen revolucionario no es un ensayo más que se queda en teorizar acerca de nuestros orígenes y nuestro destino, sino que más bien se atreve a señalar las violentas y castrantes consecuencias que ese origen mítico tiene en nuestro presente. En una palabra, cómo ese legendario buen salvaje americano, el indio bueno y manso que se complacieron en reseñar Colón y Las Casas se convirtió, con el paso del tiempo, en el revolucionario bravo y justiciero, el heredero de los libertadores dispuesto a corregir los errores de la historia y construir la sociedad utópica que merecemos. Conjugando historia, psicología y política, estudiar cómo se proyectan estos mitos sobre nuestra realidad y denunciar el daño que aún hoy nos hacen es el mérito indiscutible de este libro. En el lado oscuro de esta lectura queda el convencido pesimismo que anima la obra, la certeza indubitable y fundamental del fracaso político, económico y cultural de Hispanoamérica, convicción que hoy luce inaceptable y desmentida por el desarrollo que ha alcanzado el continente los últimos años. Otra cosa es Venezuela.

Está claro que un libro como el de Rangel tiene que estar proscrito y condenado a la más oscuro de los silencios por parte del régimen de turno. Sin embargo hoy, a casi cuarenta años de haberse publicado, se impone una relectura crítica del que fuera uno de los ensayos más célebres y polémicos de la segunda mitad del siglo XX venezolano. Una relectura desapasionada y políticamente depurada que permita sopesar no solo las mecánicas ideológicas que mueven intrínsecamente el texto, sino también sus intertextualidades más profundas, sus alquimias históricas y culturales, los signos biográficos de su autor. Dudo mucho, sin embargo, que en este momento estén dadas las condiciones ni las circunstancias para un tal ejercicio crítico. Quizás haya que esperar un poco más.

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