Mi campaña hispanoamericana [fragmento]

“Las repúblicas hispanoamericanas, que han sido presionadas o desmembradas de una manera implacable, no han tenido iniciativa suficiente para intentar una acción de autodefensa, ni aún en los órdenes que están más a su alcance, que son el diplomático y el comercial (…) La América Española unida, pudo tener el fin de prolongar y superiorizar en el Nuevo Mundo la civilización ibérica y la influencia de la latinidad como la América anglosajona hacía triunfar en el norte la tradición ensanchada de la civilización inglesa; pero (…) fraccionada (…) solo podía ser presa de las ambiciones de grupos expeditivos, fascinados por el poder” 

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Manuel Ugarte, durante un discurso público, en 1920. Ugarte fue uno de los máximos exponentes del pensamiento hispanoamericanista.

El siguiente texto es un fragmento del prólogo de la obra “Mi campaña hispanoamericana” (1922), del escritor, diplomático y político socialista Manuel Ugarte.

En cuestiones de política internacional, como en la guerra, la táctica defensiva es contraproducente y la inmovilidad equivale a la derrota. De aquí el empuje que me ha llevado a pensar que en nuestra América, sitiada por problemas improrrogables, todo es preferible al indiferentismo de hoy ; de aquí el razonamiento que me ha conducido a creer que una acción popular y juvenil puede contrarrestar, en parte, el ensimismamiento de la vida diplomática, prisionera aun de concepciones decrépitas, desorientada ante las vastas perspectivas, ciega en el campo de batalla de un Nuevo Mundo abierto a las ambiciones.

Ha llegado la hora de que los hispanoamericanos se ocupen realmente de los asuntos de América, por encima de las querellas, de primacía y los apetitos de la política interior. La realidad de nuestra vida depende de una amplia intervención en las controversias del Continente, porque así como Inglaterra, desde 1806 vio en el Río de la Plata el único contrapeso a la rivalidad avasalladora de los Estados Unidos, en el Río de la Plata puede estar en estos momentos, para todos los hispanoamericanos; el punto de mira de una política “nuestra”, desvinculada del Panamericanismo y opuesta a él cuando sea menester. El asunto es urgente y cada día acrecen las dificultades que tendremos que resolver. En aras de esta certidumbre me he levantado contra el acatamiento de los que creen suprimir los conflictos ignorándolos, de los que no parecen perseguir más ideal en las cosas exteriores que aplazar la crisis, para liquidarla cada vez con mayor desventaja.

Claro está que en un Continente que acaba de salir de la violencia y que la prolonga en algunas zonas en forma de endémicas revoluciones suicidas, la indicación de este rumbo tenía que aparecer como una imprudencia peligrosa, habituados como están los espíritus a concebirlo todo en forma rotunda y agresiva, sin escalonamientos, ni matices, dentro de empujes invariablemente unilaterales. No inclinarse ante el imperialismo, equivale—dicen—a entrar en conflicto con él. Esta apreciación primaria basta para dar una idea de la zona en que se mueven todavía algunos inspiradores de nuestra acción internacional.

Si oponerse en el orden diplomático a las pretensiones de otro país fuera causa inevitable de ruptura, todos los pueblos del mundo estarían en guerra constante desde el principio de la humanidad y la diplomacia misma habría dejado de existir, suplantada por una floración imperiosa de generales y procónsules. Lo que precisamente caracteriza la acción diplomática es la posibilidad de disentir sin chocar y de obtener ventajas o disminuir las del adversario sin utilizar un solo grano de pólvora, manejando exclusivamente la sutileza, el razonamiento, el interés, o movilizando las fuerzas extrañas que gravitan sobre cada asunto y pueden contribuir a esclarecerlo. El conflicto armado no es más que la faz resolutiva, a que solo se llega de tarde en tarde, después de un largo proceso de deliberaciones, evasivas, fintas, presiones, aplazamientos y complicaciones de todo género, en el curso de las cuales siempre queda al que se considere más débil la facultad de ceder honrosamente, teniendo en cuenta que tanto menos perderá cuanto mayor sea la confianza, el tesón y la habilidad con que discuta. El encogimiento y la sumisión equivalen a renunciar y a entregarse. Un pueblo puede ser inferior a otro en superficie, población y eficacia militar; pero esto no constituye un juicio de Dios que le obligue a inclinarse en todo momento, porque fuera de las fuerzas morales,—que pesan también en la solución de los conflictos,—hay fuerzas materiales concurrentes que pueden dosificar o anular las agresiones, dentro de los equilibrios y las equidistancias de la política universal. Es en este ir y volver de marchas y contramarchas, exigencias y concesiones, previendo siempre lejos y aprovechando todos los accidentes del terreno, que estriba casualmente la misión de los embajadores y basta echar una ojeada sobre la política del mundo para advertir la eficacia de estos procedimientos, que son los que verdaderamente rigen la evolución de las naciones.

Las repúblicas hispanoamericanas, que han sido presionadas o desmembradas de una manera implacable, no han tenido iniciativa suficiente para intentar una acción de autodefensa, ni aún en los órdenes que están más a su alcance, que son el diplomático y el comercial; y esa situación deriva principalmente de una concepción errónea de su historia, de una interpretación inadecuada de su acción en América y de una falta dolorosa de idealismo para coordinar acciones superiores.

Nos hemos alejado del punto de vista que defendieron los héroes de nuestra emancipación, los cuales entendieron que las antiguas colonias españolas se separaban de España para desarrollar su propio espíritu y no para caer, con matices de forma y de procedimiento, en la zona de atracción de un neocolonialismo paradojal, bajo la influencia de pueblos de carácter
antagónico.

La conmoción de 1810, ha sido interpretada en forma contraria a la realidad de los hechos, primero por el carácter desmigajado que se ha querido dar a lo que fue un solo movimiento; y segundo, por las consecuencias que se han pretendido sacar de él. No hubo una revolución en la Gran Colombia, una revolución en México, una revolución en la Argentina, etc., sino un levantamiento general de las colonias de América, simultáneo, con ligeras variantes, en todos los virreinatos; y no hubo separación fundamental de España, sino disyunción de jurisdicciones y creación de nuevas soberanías.

La efervescencia de la lucha separatista, las pasiones nacidas de la batalla y las naturales limitaciones localistas que debían surgir en un campo tan vasto, no pueden cuajar en historia superior sobreponiéndose a comprobaciones experimentales que nacen del examen sereno de los acontecimientos. Parece inútil recurrir a las citas para establecer que los diversos estallidos revolucionarios se enlazaron entre si, obedeciendo a una concepción general, que los héroes fueron en muchos casos comunes a varios pueblos y que hubo una fervorosa comunicación y correspondencia entre las más apartadas regiones, estrechamente solidarias dentro y fuera de la lucha.

Por otra parte, América renunció a la dominación política de España, pero no a la composición étnica de sus clases directoras, a las inspiraciones morales, a las costumbres, a cuanto caracteriza y sitúa a los pueblos. Decir que a una hora determinada y al golpe de una varilla mágica, por la simple virtud de un pergamino firmado en un Cabildo por varias docenas de patriotas se cortaron los hilos que unían a la Metrópoli con las tierras descubiertas y civilizadas por ella durante tres siglos, es una paradoja que seguiría siendo paradoja hasta en el caso de que los autores, directores y usufructuarios de la revolución hubieran sido exclusivamente los indígenas, primitivos dueños de aquellos territorios, porque hasta ellos se hallaban influenciados y retenidos moralmente por los hábitos y las ideas de los últimos dominadores. Como los revolucionarios fueron en su casi totalidad hombres de raza blanca o mestizos en los cuales predominaba la sangre ibera, el error es tan evidente que se hace innecesario subrayarlo. La de 1810 no fue una revolución de aztecas o de patagones que reivindicaban el derecho de gobernarse con exclusión del invasor, sino un movimiento encabezado por los invasores mismos que concretaban acaso inconscientemente, en un hecho final, todas las rebeldías, las codicias y las insubordinaciones de los guerreros conquistadores y los mandatarios arrogantes, que después de afirmar la dominación con su esfuerzo y el peligro de sus vidas, soportaban de mal grado la autoridad y las decisiones del poder central. A este instinto levantisco e indisciplinado del español de la conquista se unieron poderosos intereses económicos, folclores culturales y acaso apoyos indirectos, —ignorados por los ejecutores y los teóricos de la insurrección, —de naciones interesadas en extender su comercio y su influencia por encima de las valías que oponía España.

Enfocado en esta forma el movimiento de 1810, comprendemos que el pensamiento superior de sus autores tendía a la misma unidad suprema y a la misma autonomía absoluta dentro de la fidelidad a los antecedentes y al idioma, que el movimiento de emancipación que algunos años antes había segregado de Inglaterra a las colonias de origen anglosajón.

Al margen de la lógica surgieron después veinte repúblicas, fruto de la épica anarquía que empezó desterrando a los iniciadores del separatismo y acabó sacrificando los ideales que lo determinaron; y de acuerdo con la natural evolución humana se creó un tipo nuevo que es hoy con respecto al español lo que el norteamericano es con respecto al inglés.

Ni Bolívar ni San Martín concibieron el imposible de dar a la América Española un gobierno único. Sin tener en cuenta la diversidad de las zonas, bastaban las distancias y la dificultad de comunicaciones para imponer la necesidad de organismos locales, según el desarrollo y las características de cada región; pero todo esto dentro de una confederación superior que diera alma, personería y poder a aquella masa que de otra suerte, en medio de las inevitables avideces de la vida internacional, tenía que volver a quedar,—como si no hubiera aprendido nada en tres siglos,—en la misma dispersión en que se hallaron los mejicanos cuando llegó Hernán Cortés.

Que la América derivada de España tuviera una sola fisonomía y una sola voz en las cosas internacionales y en los asuntos de interés vital, fue el sueño de los grandes caudillos de los primeros tiempos de la insurrección; y este sentido que podríamos llamar global de la
revolución americana no obedecía al instinto de defender la revolución misma contra la resistencia o la posible vuelta ofensiva de España, sino a una visión que salvaba lo inmediato y se extendía hasta el mas lejano porvenir.

Pero la nueva entidad que surgía a la luz del mundo traía dentro de si el germen de dos atavismos de anarquía, el que fluye de su ascendencia española agigantada en el carácter de los rudos conquistadores ambiciosos y el que prolonga la eterna pugna entre las tribus indias de América, cuyos odios y divisiones hicieron posible la conquista. Eran dos herencias de emulación mal entendida y de individualismo disolvente que se enlazaban al rededor de la cuna de un pueblo nuevo, cuya inexperiencia y falta de preparación debía llevar al paroxismo esos defectos, corregidos hoy, solo en algunas zonas, con ayuda de inmigraciones posteriores.

Así surgió, por encima de las mismas jurisdicciones coloniales trazadas por España, y al azar, a veces, de las rencillas de lugartenientes y caudillos, un profuso mosaico de repúblicas autónomas, cuya creación no obedecía en muchos casos ni a razones políticas, ni a causas geográficas. Fue lo que podríamos llamar la época feudal de nuestra América, porque tales entidades se crearon al conjuro de la fiereza y del espíritu dominador de algunos hombres. No se consultó en muchos casos ni la posibilidad de vivir que llegarían a tener esos núcleos desde el punto de vista de la producción o la riqueza, como no se tuvo en cuenta las probabilidades que podían tener de durar, dada su pequeñez y su desamparo en medio de los mares.

Y estos no hubieran sido los peores yerros. Lo que en realidad comprometía la suerte de esos pueblos, que han seguido viviendo como los pedazos cortados de un cuerpo, con una vida espasmódica, era la imposibilidad de darles un ideal.

En lo que se refiere a la historia, podemos hacer en América una crónica especial de los diversos focos donde se inició el separatismo, desarticulando un poco los movimientos, como si en una batalla nos limitásemos a referir lo que realizó un cuerpo de ejército; y así cabe hablar del separatismo de la Gran Colombia, del Río de la Plata, del Alto Perú, de México o de la América Central. Pero tendremos que forzar mucho los hechos, si dentro de esas divisiones queremos crear otras y atribuir a cada una su historia particular. Los episodios locales que se pueden evocar solo alcanzan a tener antecedentes y finalidad, enlazándolos con los de la nación vecina y coordinándolos con los movimientos generales de una zona, zona que a su vez ha vibrado con el ritmo de una conmoción continental. Y si es ardua tarea improvisar una historia especial para cada una de estas demarcaciones artificiosas, cuanto mas difícil aún es hacer surgir de esa historia y de esa vida un ideal particular y un derrotero propio para el futuro. La América Española unida, pudo tener el fin de prolongar y superiorizar en el Nuevo Mundo la civilización ibérica y la influencia de la latinidad como la América anglosajona hacía triunfar en el norte la tradición ensanchada de la civilización inglesa; pero la América Española fraccionada en naciones de trescientos mil habitantes, solo podía ser presa de las ambiciones de grupos expeditivos, fascinados por el poder.

Sin una raíz en el pasado, sin un punto de mira en el porvenir, sin más ejemplo, tradición o esperanza que la conquista del mando, esos núcleos perdieron de vista cuanto constituyó la virtud inicial de un movimiento para hacerse profesionalmente revoltosos.

Claro está que al hablar así del conjunto, pongo de relieve, en las zonas aquietadas o renovadas por fuertes corrientes inmigratorias, la excepción y el triunfo de algunas repúblicas que parecen desmentir estos asertos con su maravilloso desarrollo. Pero ellas mismas se resienten de la desmembración inicial y de la forma en que han tenido que desenvolverse, atendiendo a la vez a las presiones exteriores y a la asechanza de los hermanos vecinos, dentro del desconcierto que caracteriza la política continental. Y la impresión se acentúa cuando advertimos que esos mismos países, lejos de sanear sus fianzas, siguen solicitando préstamos, lejos de explotar sus riquezas, las ceden a las compañías extranjeras, lejos de extender su irradiación por América, se recluyen en localismos infecundos, como si la rápida elevación les impidiera pensar en el porvenir.

En la fácil tarea de adularnos a nosotros mismos, fomentando errores peligrosos, hemos empleado muchas de las cualidades que debimos poner al servicio de la observación y el mejoramiento de la vida americana. La sana divergencia patriótica que revela debilidades y deficiencias, no para exhibirlas, sino precisamente para hacerlas desaparecer, puede levantar en los comienzos un revuelo hostil en el seno de países poco acostumbrados a la autocrítica y estragados por la lisonja, pero quien recapacite serenamente, verá en la inquieta vigilancia y en el examen severo de los factores que nos debilitan una forma de patriotismo mas útil que en la ciega aceptación y el obstinado cultivo de todo lo malo que nos rodea.

Los errores de América están desgraciadamente subrayados por hechos dolorosos cuya autenticidad nadie puede discutir. Las provincias perdidas por México en 1848, la desmembración de Colombia, el protectorado en Cuba, la ocupación de Puerto Rico y Santo Domingo, las ingerencias que perturban la vida de la América Central,—para hablar solo de lo más conocido,—no son fracasos imputables exclusivamente al imperialismo. Para que todo ello haya podido producirse, ha sido necesaria una continuidad de imprudencias fatales, de olvidos sistemáticos, de impericias lamentables y de torpezas endémicas que prepararon el ambiente de descrédito, dentro del cual los atentados pudieron consumarse, sin riesgo ni protesta, en medio del sometimiento de los lastimados y el silencio de la opinión universal.

No hay que buscar en la debilidad una explicación. Las debilidades sólo empiezan cuando el
espíritu desmaya o se resigna. La existencia de Suiza y de Bélgica prueba que los pueblos pequeños pueden perdurar si los vivifica y los sostiene la previsión y la inquietud constante de su destino. Nuestra América no ha sufrido esos golpes porque es débil ; los ha sufrido porque no supo intervenir a tiempo para evitar las causas que los determinaron y porque no atinó a corregir dentro de su propio seno los vicios que debían hacerlos fatales. La falta de preparación en los hombres de gobierno, las revoluciones interminables, el desbarajuste de la hacienda, el descuido para explotar las riquezas naturales, la ingenua facilidad con que se otorgan concesiones al extranjero, las infecundas rivalidades con las repúblicas limítrofes y el desconocimiento de lo que puede ser la política internacional fueron factores más eficaces en el desastre que la avidez del conquistador.

Modificando una fórmula consagrada, podríamos decir que para los pueblos «prever es vivir». Y los nuestros no han previsto nunca, deslumbrados por las luchas internas o las rivalidades minúsculas con los hermanos establecidos del otro lado de una frontera en la mayor parte de los casos artificial.

Las mismas repúblicas del extremo sur, aparentemente ilesas en medio del auge de sus negocios y su vida europea, se dejan marear por la facilidad de su propia vida, olvidando
dosificar el cosmopolitismo, postergando las alianzas necesarias con sus vecinos inmediatos y absteniéndose de ejercer en el resto del Continente la acción moral a que las invita su destino.

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