Política indiana: criollismo y poder en América Hispana

“La consolidación de la nobleza en Indias representa el primer gran triun­fo de los criollos (…) podemos concluir que hacia 1620 o poco antes ha aparecido el complejo fenómeno cultural que denominaremos criollismo y que podemos definir como el nuevo régimen indiano caracterizado por un intenso protagonismo histórico del vasto con­glomerado social formado por cuantos se sienten y llaman a sí mismos criollos en toda la extensión de las Indias” (Guillermo Céspedes del Castillo)

El siguiente texto está extraído del libro “La Patria Grande. La Reunificación de Hispanoamérica. Historia de una idea persistente” (Capítulo 5: El Estado Indiano), obra de Raúl Linares Ocampo (Arequipa/Berlín, edición de 2013).

"Indios criollos y criollas indias"

“Indios criollos y criollas indias”, dibujo de la obra “Nueva corónica y buen gobierno” (1615), de Felipe Guamán Poma de Ayala.

Política Indiana es el título de la monumental obra del famoso jurista hispano Juan de Solórzano y Perei­ra; es una obra eminentemente jurídica, mientras que aquí diremos algo sobre la política indiana como el manejo del poder fáctico económico, político, social en la sociedad y el Estado indianos. Es un tema generalmente ausente de la creciente literatura sobre la Época Indiana. Una razón principal de esta ausen­cia es la visión ideológica impuesta, a partir de la independencia, por quienes lo detentaron: los criollos. Según esta visión aberrada, una política indiana no existió simplemente porque no estuvo permitida, ya que durante trescientos años, las cadenas tendidas por los peninsulares y la metrópoli inmovilizaron a Nuestra América, que en esta visión debe entenderse como sinónimo de criollo. Ya en 1810, inicio del movimiento independentista, se lee en la Gazeta de Caracas, órgano de la Junta Suprema: “¿No son la libertad y fraternidad que tanto se nos cacarean unas voces insignificantes, unas promesas ilusorias, y en una palabra el artificio trillado con que se han prolongado tres siglos de nuestra infancia, y nuestras cadenas?”. Debido al desconocimiento de la historia indiana, reinante desde hace doscientos años, estas palabras tienen aún calidad de fáctica verdad. Si la tomáramos como tal, no se podría explicar buena parte ni de la historia indiana ni de la realidad actual. Precisa entonces ocuparnos del tema, llevando siempre en mente, que si bien es un viejo asunto, presente ya en los tiempos de la conquista, se lo ha esquivado hasta hoy, de modo que todavía hay mucho por aclarar, y aún poco que decir. Tomaremos por auxilio la excelente obra América Hispánica (1492-1898) de Guillermo Céspedes del Castillo, que es, en nuestra opinión, la mejor exposición sintética de la historia indiana, no sólo por su denso contenido informativo, sino, y sobre todo, por la acertada comprensión de los hechos dentro de su contexto histórico, mérito que le da singular valor.

A fin de explicar el ejercicio del poder fáctico en las Indias, Céspedes del Castillo emplea el concepto de criollismo. Comenzaremos por indagar el origen y significado del término criollo, a partir de la obra de un célebre personaje que presenció su introducción y popularización.

En la segunda parte de sus Comentarios Reales, el Inca Garcilaso de la Vega escribe: “A los hijos de español y española nacidos allá [en América] dicen criollo o criolla, por decir que son nacidos en Indias … Es nombre que inventaron los negros, y así lo muestra la obra. Quiere decir ‘negro nacido en Indias’. Inventáronlo para diferenciar a los que van de acá [España], nacidos en Guinea, de los que nacen allá. Porque se tienen por más honrados y de más calidad por haber nacido en la patria, que no sus hijos porque nacieron en la ajena. Y los padres se ofenden si les llaman criollos … Los españoles, por la semejanza, han introducido este nombre en su lenguaje para nom­brar a los nacidos allá, de manera que al español y al guineo nacidos allá les llaman criollos y criollas”.

Escribe Céspedes del Castillo: “La consolidación de la nobleza en Indias representa el primer gran triun­fo de los criollos y, en nuestra opinión, el verdadero catalizador de su conciencia de grupo … Si a esto añadimos la riqueza ya acumulada por entonces en manos de españoles americanos, y el acceso de estos al poder como titulares de cargos logrados por méritos o por compra, podemos concluir que hacia 1620 o poco antes ha aparecido el complejo fenómeno cultural que denominaremos criollismo y que podemos definir como el nuevo régimen indiano caracterizado por un intenso protagonismo histórico del vasto con­glomerado social formado por cuantos se sienten y llaman a sí mismos criollos en toda la extensión de las Indias. … el grupo criollo tiende siempre a aumentar, por elementales razones biológicas de alta fertilidad sexual y complejas razones históricas…” (1)

De la obra de Céspedes del Castillo extraeremos algunos puntos, a fin de iluminar el tema; pero téngase en cuenta que esta obra es una excelente síntesis, pero síntesis al fin; de modo que nosotros estaremos sintetizando una síntesis. Más no podemos hacer en una obra de conjunto, pero tampoco menos, ya que muchos puntos quedan en la oscuridad, si vemos a los criollos como se han presentado en la historia: como “los eternos discriminados”.

“El grado de criollización, por otra parte, no se mide en número de individuos, sino también en función de la riqueza, prestigio, poder y conciencia de grupo. Estos factores no cuantificables, crecieron asímis­mo con rapidez a partir de comienzos del S. XVII. Ya hemos mencionado las concesiones de títulos nobiliarios, que en este siglo obtienen por primera vez los mercaderes y, después los mineros capaces de comprarlos, los hábitos de Órdenes Militares, que proporcionan bastante lustre, los escudos de armas más o menos fantasmagóricos; las genealogías con toda su capacidad de manipulación; los títulos de familiar del Santo Oficio que refllejan en quien los ostenta algo del respetuoso pavor que inspiraba por doquier el Tribunal de la Inquisición; los cargos de hermano mayor y otros de menor relieve en cofradías religiosas; el patronazgo de conventos e instituciones de beneficencia; la colocación de hijos segundones de buena familia en la guardia del virrey; la obtención de grados militares honoríficos, de sepulturas en iglesias, y los mil honores y privilegios vacíos que alimentaban la vanidad propia y el respeto ajeno. Junto al presti­gio cuenta el poder, y no olvidemos al respecto que casi todos los oficios vendibles y renunciables fueron a parar a manos de criollos, bien por compra directa, reasignación onerosa o herencia familiar; con ello el criollismo conquistó y fue aumentando parcelas de poder político que hubo de respetar hasta el virrey más exigente, e incluso el propio monarca. Además de esta participación directa y oficial en el poder, debe tenerse en cuenta la conexión familiar a través de funcionarios de todos los niveles – desde el muy alto de oidor hasta los grados más inferiores – que contraen matrimonio en el distrito donde ejercen su autoridad, o casan a sus hijos con muchachas de la sociedad local. Ya hemos referido algunos ejemplos de injustas discriminaciones en la administración de justicia, en el trato fiscal, etc., que fueron hechos corrientes, pero que no provocan protestas y escándalo más que cuando los perjudicados son los criollos; considerar a estos los eternos discriminados, como suele hacerse, es ignorar la otra cara de la moneda, que sin duda alguna existió. En conjunto, los criollos llegaron a conseguir, con el tiempo, con paciencia, sobre todo con dinero, y globalmente a precios baratos, cuando no de saldo, aquello que los conquistadores tanto ambicionaron, mas no pudieron lograr ni con su sangre, sus victorias militares y su prolongado esfuerzo por perpetuarse como élite social; cabe entonces preguntarse quiénes fueron, en última instancia, los conquistadores de América”. (p. 308-309) … en contra de lo que pueda pensarse, los peninsulares nunca constituyeron la cima social indiana, ni llegaron jamás a constituir – y sólo al final – más que grupos de presión importan­tes, eso sí, pero nunca tan fuertes como los criollos (p. 311) … Si a esa mayoría en las audiencias se añade la serie de oficios vendibles y renunciables que habían ido cayendo en sus manos a todos los niveles y en todas las ramas de la administración pública, se comprenderá la amplia autonomía administrativa que de hecho consiguieron las oligarquías criollas en el período comprendido entre 1620-1750, que fue su verda­dera edad de oro dentro del marco político de los Reinos de las Indias. Es inútil buscar una formulación explícita de tal autonomía en solemnes declaraciones de derechos o en cuerpos de legislación: se halla, en cambio, en el modo de aplicación, en la interpretación y en el incumplimiento – según los casos – de todas las leyes existentes, que se fueron promulgando durante un siglo para afirmar el poder de la Corona, pero que los criollos procuran, con éxito, aplicar e interpretar a su favor como instrumentos de autonomía política. Las escandalizadas denuncias de viajeros extranjeros y de visitantes peninsulares – verbigracia, la de los marinos españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa en sus famosoas Noticias secretas de América de 1749 – sobre corrupción generalizada y universal incumplimiento de las leyes, reflejan sin duda hechos más o menos ciertos, pero también una total incomprensión y desconocimiento de su significado; parten del principio de la observancia de la ley, cuando el principio entonces vigente en Indias es la manipulación de la ley al servicio de una oligarquía criolla autónoma que impone sus intereses; consideran que la fun­ción de un organismo judicial es administrar justicia, cuando en la práctica dicha función es mucho más política que judicial; estiman que la misión de todo clérigo es religiosa, cuando el disfrute de un beneficio eclesiástico supone con frecuencia mucho más una carrera profesional que una misión espiritual; dan por supuesto que el deber de ciertos cargos es el servicio público, pero ignoran que ese cargo, comprado a través de una verdadera sociedad mercantil que negocia, por ejemplo, en nombramientos de corregidores y alcaldes mayores, se ejerce como una inversión y un negocio; creen que los altos funcionarios públicos son meros servidores del rey, cuando en realidad son meros intermediarios entre los intereses criollos y los de la lejana Corona, y armonizan como pueden las presiones locales, las órdenes del monarca y sus propias prerrogativas, que procuran ampliar a través de compromisos y de alianzas con los poderosos. La impresión superficial de desorden, anarquía e ineficiencia, sobre todo en el período comprendido entre 1687-1750, es completamente falsa. Bajo esa apriencia, la oligarquía criolla impone sus conceptos del orden, la disciplina social y el manejo de los fondos públicos”. (317-318)

Que estas escuetas observaciones sirvan por lo menos para desvirtuar el mito de los “eternos discrimina­dos” y para mostrar la realidad del poder criollo en la política indiana. La extensa ignorancia de la historia indiana que reina en nuestras sociedades, y en especial entre nuestros dirigentes, muestra sus más negati­vos frutos cuando, pretendiendo superarla, se ven los hechos pasados con los ojos de hoy, en vez de abrir la mente a la comprensión de las cosas que ya no se ven. Por ejemplo la condena del “imperialismo español” se encuentra no sólo entre los “revolucionarios”, en realidad se extiende a través del espectro político, y no es sino la versión moderna del anti hispanismo criollo pos independentista. A fin de iluminar este y otros puntos relacionados, veamos las aclaraciones que ofrece Céspedes del Castillo.

Fa

Familia criolla del capitán Pedro Marcos Gutiérrez (siglo XVIII), Museo Nacional de Arte, México. En contra de lo que establece la historiografía oficial tradicional, sí hubo muchos criollos que ocuparon cargos políticos importantes durante la administración virreinal.

“Con objeto de precisar un extremo importante, confuso y polémico, tiempo es ya de resumir los datos hasta ahora expuestos en lo que se refiere al lugar que los territorios ultramarinos ocuparon en el conjunto de la Monarquía. Entiéndase, en primer lugar, que la consolidación de la Monarquía Universal española es anterior en casi un siglo a la aparición del verdadero colonialismo europeo, y , por lo tanto, nada tiene que ver con este. La conquista del Nuevo Mundo, como vimos, en nada esencial se distingue de otros fenóme­nos de conquista y colonización fronteriza ocurridos en Europa durante la Edad Media; la sociedad india­na que surge en Ultramar, resultado del trasplante y adaptación de una sociedad estamental, mediterránea y tradicional, fue – a lo sumo – protocolonial, en la medida en que explotó económicamente a nativos y a esclavos africanos; dentro del marco político de la Monarquía Universal, los reinos de las Indias evo­lucionaron hacia sociedades pre nacionales substancialmente europeo-mediterráneas, agrupadas bajo una monarquía que en el siglo XVI tiene aún un cierto contenido patrimonial; el rey, como señor, obtiene los recursos que en sus reinos de las Indias le corresponden, y sin duda procura incrementarlos; aunque impo­ne restricciones ocasionalmente y concede privilegios a grupos de presión (nobles, mercaderes, etc.), no se interfiere en el desarrollo de cuerpos políticos intermedios si las aspiraciones de estos pueden acomodarse dentro del sistema. Ni los españoles ni sus monarcas dejaron de ser colonialistas por especial virtud, sino por incapacidad de serlo. Condición previa al colonialismo moderno era la existencia en la posible me­trópoli de un cierto grado de desarrollo económico y social (capitalismo comercial avanzado, burguesía mercantil, pre-industrialización) que España no alcanzó. El verdadero colonialismo moderno se inicia en América, como vimos, ya entrado el siglos XVII, por holandeses, franceses e ingleses; son ellos quienes lo inventan (pacto colonial, mercantilismo), lo implantan en sus colonias y, ya desde comienzos del siglo XVIII lo ejercen en las Indias españolas a través de su comercio directo con ellas”. (p. 355-356)

Esencia y trascendencia del Estado Indiano no se comprenderán cabalmente, si no se lo sitúa en el con­texto geopolítico de la época. A tal fin ofrecemos una cita de la obra en cuestión; será extensa porque el asunto lo requiere y valdrá la pena porque nos proporciona una visión indispensable para comprender temas expuestos en capítulos siguientes.

“La segunda mitad del siglo XVIII se caracteriza, pues, en lo que a la América española se refiere, por la elaboración y aplicación de un ambicioso y vasto plan de reformas cuyos principios esenciales que­daron fijados en 1743 … Debe subrayarse que el plan significaba, en su conjunto, aplicar y adaptar a la Monarquía española lo que se ha llamado el ‘mercantilismo’, siguiendo de cerca el modelo francés que implantara Colbert durante el reinado de Luis XIV. En consecuencia, las reformas tienen como meta desarrollar la producción y el comercio, configurar una sólida economía nacional y protegerla de la com­petencia extranjera; el único medio de logralo es fortaleciendo el Estado, centralizándolo y haciendo eficaz la administración pública y, mediante la intervención estatal en todos los aspectos de la economía, obtener por medio de leyes, poco menos que taumatúrgicas, poder y prestigio para la nueva Monarquía Nacional, bienestar y progreso para todos sus súbditos. Dentro de este objetivo, a la España peninsular le corresponderá a la larga el papel de metrópoli; a los Reinos de las Indias, ahora simples Provincias de Ultramar en una monarquía centralizada y unificada, les corresponderá a la larga el papel de colonias, cuya producción se intensificará en tanto no compita con la de la metrópoli, pero cuyo destino a largo plazo será el de mercado consumidor de las manufacturas nacionales, una vez que el Estado desarrolle la casi inexitente industria metropolitana”.

“Los reformadores sabían que el mercantilismo sólo había triunfado y alcanzado su madurez en los pocos países europeos donde existió una industria manufacturera desarrollada, un mercado extenso susceptible de unificarse a escala nacional y una burguesía activa, emprendedora y dinámica. Con un optimismo que hoy nos parece desaforado y con una fe en sí mismos y en todos los españoles que oscila entre lo ingenuo y lo admirable, los reformadores se lanzaron a la tarea de industrializar España, de crear una burguesía y de establecer un mercado de dimensión nacional en el que se integrasen en armoniosa subordinación la totalidad de las Provincias de Ultramar. Tales metas no paraecían utópicas en 1763-1765, aunque se con­templaran como muy lejanas. Contaban los reformadores para alcanzarlas con el prestigio y la indiscutida autoridad del rey, quien les confía el gobierno de la Monarquía, contaban con su propia fe en la razón, en el trabajo y en el progreso; contaban con que la política dinástica de los monarcas españoles era cosa del pasado, y una política nacional permitiría velar por los intereses de todo el pueblo sin supeditarlos jamás a cosa alguna. Creyeron en la eficacia de una administración pública honesta, en la ley como principio ordenador, en la planificación inteligente. Bien administrados, los territorios de la Monarquía saldrían de su atraso y se enriquecerían; el comercio entre España y Ultramar había de organizarse y modernizarse, y aunque en gran parte continuara alimentado por mercancías extranjeras, podría crecer y dejar a España los beneficios de su papel de transportista e intermediario; ello haría posible la acumulación de capital públi­co y privado, que luego se invertiría en la industrialización de España; capitalización e industrialización, más el efecto acumulado de sistemáticas campañas educativas a todos los niveles sociales, posibilitarían la aparición de una burguesía fuerte y dinámica que aceptase los valores de la tradición, pero también la esperanza de un progreso ilimitado. Los reformadores infravaloraron, sin duda, el tremendo obstáculo que iban a encontrar en el conservadurismo tradicional y en los intereses creados, tanto en la sociedad peninsular como en la criolla. Ante la fuerte resistencia al cambio, conseguirían mucho menos de lo que se propusieron, con lo cual las reformas tuvieron más de transacción que de innovación. Los mejores de entre ellos se dieron cuenta de que no bastaba una política de reformas centralizada y uniforme, sino que cada uno de los antiguos reinos, a ambos lados del Atlántico, necesitaba una política distinta si aquello que había de lograrse era la armoniosa articulación e integración de todos ellos; la uniformidad tendería a des­articular el conjunto y a desorganizarlo. Formular una política coherente, sobre la base de una ordenación racional de objetivos y prioridades regionales, resultó mucho más difícil de lo que parecía; las leyes no tuvieron efectos taumatúrgicos, se precisaban infinidad de datos demográficos, económicos, geográficos y de todo tipo que, pese al esfuerzo estadístico realizado, no llegaron a conocerse en cantidad suficiente ni con el rigor necesario. Y sobre todo, a los reformadores les faltó tiempo; actuaban en un mundo duro y enormemente competitivo, en situación de clara inferioridad. Era muy difícil que la Monarquía española conservase lo que tenía, y más aun que lo aumentase, ante países como Francia e Inglaterra que, a me­diados del siglo XVIII, habían reunido un poder militar y económico formidable; para ambas potencias, la plenitud del mercantilismo no era una aspiración para el futuro próximo, sino un logro del pasado; las doctrinas económicas de los fisiócratas y las ideas de los filósofos de la Ilustración les marcaban ya un futuro nuevo y más avanzado, al que pronto la llamada ‘revolución industrial’ vendría a potenciar, no sólo en el terreno tecnológico, sino también en el económico. Ante ese panorama, España no podía convertirse otra vez en la primera potencia militar que había sido, ni llegar a ser la gran potencia comercial que nunca fue, pero que los reformadores creyeron posible”. (p. 333-335).

“El modelo francés se adoptó en razón del origen galo de la dinastía, y vino a concebirse la reforma política como intento de acomodar a la Monarquía en un mundo ajeno y foráneo en el que por fuerza y sin altenativa posible hay que integrarse. En consecuencia, el proyecto de la nueva Monarquía Nacional española se basó en la instauración de un rígido centralismo y en un esfuerzo por uniformar la estructura política de todos los reinos, peninsulares y ultramarinos, para componer con ellos una nueva nación. Aun­que este propósito se mantuvo hasta 1787, resultó inviable a causa de la muy avanzada regionalización de la Monarquía; los intentos centralizadores tenían un límite – debido a la enorme extensión territorial – y la uniformidad política y administrativa era a la larga imposible. Descartada cualquier estructura federal, las reformas conducirían fatalmente a la adopción del colonialismo de tipo europeo; las llamadas Provincias de Ultramar no podrían consolidarse como tales, acabando por ser colonias. Si el proceso hubiera tenido tiempo de completarse, es de suponer que los antiguos reinos de las Indias no hubiesen aceptado tan radi­cal y, para ellos, degradante transformación política”. (p. 330-331)

Un plan de estructura federal, desatendido por el monarca, fue presentado por el Conde de Aranda, según veremos en el capítulo siguiente.

Este proceso no tuvo tiempo de completarse. Los acontecimientos de la política exterior europea llevaron al derrumbe de la Monarquía Nacional española e impulsaron a los reinos de ultramar por la vía de la inde­pendencia. Huelga decir que el poder indiano jamás hubiera aceptado un rol de colonia, más aun teniendo en cuenta que para entonces España no estaba en capacidad de ganar una guerra colonial. El movimiento de la independencia no fue una guerra colonial, fue una guerra civil, según veremos oportunamente.

(1) América Hispánica (1492-1898), p. 305. Véase el excelente capítulo El Criollismo, p.295-323

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