Balance y proyección de la representación de la patria

“poco a poco (…) resucitó por momentos la utopía de la patria grande acompañada de disímiles procesos de impugnación a las falsas versiones historiográficas oficiales de cada país (…) debemos volver a crear la patria. Una patria nueva para todos y en la que todos nos reflejemos (…) en cada patria chica y todas juntas en una patria nueva indoamericana y ésta proyectada con sentido universalista en el mundo”

Artículo del docente y escritor Carlos Schulmaister publicado en el sitio web argentino La Mañana de Córdoba el 5 de septiembre de 2005.

Virreinatos y capitanías generales de las Indias (Hispanoamérica) en el siglo XVIII.

Virreinatos y capitanías generales de las Indias (Hispanoamérica) en el siglo XVIII.

En Argentina, y en general en Hispanoamérica, la construcción del sentimiento y la representación de la patria tuvo gestación popular prácticamente desde los orígenes del poblamiento hispano, llegando a picos de entusiasta realización durante las décadas que duró la revolución continental de Mayo. Sin embargo, apenas concluida ésta, en las nuevas patrias se fue produciendo la desnaturalización de su verdadero significado, la distorsión de su simbolismo, especialmente su carácter popular y multicultural, y la desaparición de su fondo ético político.

Ello fue posible a través de los procesos de instrumentación y mistificación llevados a cabo por la incipiente oligarquía terrateniente, sietemesina que renunció a desarrollarse completamente como clase, y que eligió un atajo con miras a la consolidación del sistema político, económico y social que a través de su articulación privilegiada con los centros de poder mundial la tendría como beneficiaria excluyente de dicha relación.

No obstante, aquí como en casi todo el subcontinente fragmentado desde entonces, aquella anterior intuición de patria, es decir, de nación y pueblo unido, de pueblo en marcha hacia logros colectivos mayores en un marco de paz e igualdad social, tendrá esporádicas resurrecciones y luchas contra los proyectos de dominación, de explotación social y de entrega del patrimonio nacional.

En todas partes surgieron profetas y caudillos malogrados que comprendieron la impostura que encierra la concepción oligárquica y paternalista de la patria, lo mismo que su astuta creación que es “el ser nacional” concebido como ente metafísico.

La siembra de la semilla en campo hostil no permite su crecimiento fuerte y rápido. El crecimiento de las verdades colectivas con las que se identificaran las mayorías populares, es decir, de la conciencia histórica, social y política popular, fue lento y doloroso, sin embargo, pese a la extraordinaria variedad y magnitud de medios y técnicas implementadas en su contra nunca pudieron ser definitivamente destruidas.

Así, poco a poco, en las patrias chicas sus pueblos comenzaron a enfrentar a los modelos semicoloniales. En esa vertiente resucitó por momentos la utopía de la patria grande acompañada de disímiles procesos de impugnación a las falsas versiones historiográficas oficiales de cada país. La conciencia nacional y popular llevó a los pueblos a intentar construir formas sociales más justas e igualitarias y en esos duros trabajos los símbolos viejos fueron resignificados, no destruidos. Pero como la mayoría de los sucesivos intentos fracasaron, la recolonización cultural, económica y política los atrapó nuevamente sometiéndolos a un proceso mundial de creciente descapitalización material y espiritual, y consiguientemente de sus soberanías.

En este contexto, la patria, tal como ha sido oficialmente considerada y enseñada con didáctica de catecismo por la historia oficial, y por las misas sin fe representadas por la liturgia vacía de los actos patrios escolares, es hoy una noción reificada, con un falso sentido congelado en el tiempo.

¿Qué duda cabe que ni aquel viejo “nacionalismo escolar” cuidadosamente diseñado e implementado por el Consejo Nacional de Educación a partir de 1880, ni la exaltación de los símbolos patrios, ni los actos patrios de la escuela argentina, ni el servicio militar obligatorio convirtieron a las numerosas generaciones de argentinos de los últimos cien años en el reaseguro para la consecución del demorado destino soñado? Más allá del constante anuncio en los sucesivos discursos del poder oligárquico de su inminente realización, lo incontrastable es que ni la unidad de los argentinos ni tampoco una de sus parcialidades ha logrado convertir en efectiva realidad los sueños y las utopías colectivas heredadas y continuadas a lo largo de las generaciones.

La mayoría de los argentinos han pasado por la escuela pública y por el servicio militar obligatorio, instituciones ambas que debían formarnos en el patriotismo, pese a lo cual el secular “desencuentro” entre los hermanos no sólo no se revirtió sino que se consolidó reproduciendo nuestras contradicciones estructurales en lo político, económico, social y cultural.

Precisamente hoy, en el marco de la globalización, los mitos de antaño a los que iba asociada la idea de patria desde el Poder, ya están muertos y por eso el “culto a la patria” ha devenido en necrolatría.

Hasta ahora los actos patrios han sido, dentro del establishment, celebraciones del cumpleaños o conmemoraciones de la muerte de algunos muertos ilustres, con una liturgia otrora muy rigurosa pero actualmente en vías de extinción. Pero por ese medio los nobles fantasmas no se enteran ni se presentan, ni obran beneficios para nosotros, ni renace la patria, y lo que es más importante todavía: no se vivifica el patriotismo en su verdadero sentido, es decir, como relación de amor al prójimo (o sea, al próximo) y compromiso de acción de cara al presente y al futuro; y no como mera adhesión a una u otra vertiente política y social de la historia o de la historiografía argentina.

Aquella vieja representación de la patria de los orígenes, simbolizada en los sectores sociales bajos y mayoritarios, con sus notas de unidad nacional y popular, portadores de sueños, de ideales, de abnegación, de solidaridad, de espíritu de lucha y de sacrificio, esa patria auténtica sin doblez, la mataron una y mil veces en el corazón y en la memoria de los argentinos, y de los latinoamericanos, y cada vez que renacía la volvían a matar.

¿Ha muerto la patria? Ni ha muerto ni sigue viva. No se trata de que la “patria ya no es lo que era” sino que lo que se ha dado en llamar patria con carácter oficial no es lo que debió haber sido para alcanzar la felicidad de los argentinos en su conjunto. La verdadera patria argentina está soterrada, en estado vegetativo, esperando nuevamente asomar a la luz para alcanzar la plenitud. Por eso la patria sigue siendo algo a crear, pues no renace por sí sola si no cae en tierra fértil y se le prodigan amorosos cuidados. Y como toda creación, es algo nuevo que nos está aguardando a los contemporáneos de todas las edades. Por lo tanto hay que volver a crear la patria, y no “refundarla”, por el riesgo asociado y tentador de relanzar la anterior, y porque huele mucho a “restauración”.

La opción no es crear otra patria mística para representar a los pobres o a una nación de pobres. Esa es una nueva versión del mismo círculo tramposo de la idea de patria como dogma indiscutible que requiere y sólo permite patriotas pasivos intelectualmente pero con las manos crispadas. Y menos aun restaurar la patria oligárquica. La patria no se restaura; sólo se restauran las cosas viejas que aun restauradas siguen siendo viejas. Tampoco se la adora como algo divino. Se la construye comunitariamente desde el trabajo creativo y el esfuerzo justamente remunerado, se la ama desde la solidaridad, se la cuida desde la responsabilidad, se la defiende desde la participación, se la vive en plenitud desde la justicia, la libertad y la igualdad, se la disfruta desde la paz y se la mantiene siempre nueva y joven desde las utopías del corazón y el cerebro.

A un lustro del Bicentenario vemos que argentinos y latinoamericanos llevamos un atraso de dos siglos en la construcción de aquel anhelado, posible, y hasta hoy incierto sueño compartido de grandeza inicial. Por eso debemos volver a crear la patria. Una patria nueva para todos y en la que todos nos reflejemos, y no sólo las dos parcialidades clásicas ni otras eventuales o nuevas; en el presente y de cara al porvenir, donde la memoria no sea lastre ni restauración de ninguna vertiente, ni una nueva apuesta a la cultura de la muerte. Una patria nueva en cada patria chica y todas juntas en una patria nueva indoamericana y ésta proyectada con sentido universalista en el mundo.

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