Andrés Bello: derecho, política y relaciones internacionales

“La preocupación fundamental de Bello era el orden político y social (…) La búsqueda de un lugar para Hispanoamérica en el nuevo orden internacional no era ajeno al tema del orden interno (…) Principios de derecho internacional (…) guió las relaciones exteriores de Chile y de otros países hispanoamericanos y sentó las bases de la cooperación inter-americana. El Código civil, por su parte, fue adoptado por varias naciones (…) Bello combinó y concilió la tradición y el cambio”

El siguiente texto es un fragmento del ensayo titulado “El significado histórico de la obra de Andrés Bello”, del historiador Iván Jaksic (Centro de Estudios para América Latina, Universidad de Stanford, Santiago de Chile). Tomado del sitio web de la Fundación Manuel Giménez Abad.

Primera página de la primera edición del Código Civil de Chile. Santiago de Chile: Imprenta Nacional, calle de Morandé, núm. 36. Mayo 31 de 1856.

Primera página de la primera edición del Código Civil de Andrés Bello (Santiago de Chile, Imprenta Nacional, 1856), una de las obras legislativas con mayor influencia en Hispanoamérica.

En primer lugar, es importante señalar algunas vicisitudes en la trayectoria política de Bello, puesto que fue un funcionario leal del gobierno colonial que se vió súbitamente enfrentado a un proceso cada vez mas radicalizado de independencia, que se pronunció, en un momento determinado, a favor de la monarquía constitucional, y que sólo después de un tiempo se manifestó claramente a favor del sistema republicano de gobierno. No hay, en realidad, un quiebre profundo de un estadio a otro, sino más bien un alto grado de continuidad. La preocupación fundamental de Bello era el orden político y social; el tipo de gobierno, aunque importante, quedaba subordinado a la capacidad práctica de gobernar mediante instituciones estables que respondieran a las necesidades locales sin por ello aislarse del resto del mundo.

La experiencia de dos decadas en Inglaterra, desde donde pudo observar el surgimiento de un nuevo orden mundial luego de las guerras napoleónicas y, quizás aun más importante, la posibilidad de observar el funcionamiento de las instituciones políticas británicas, le inclinaron favorablemente hacia el modelo de monarquía constitucional. La diferencia clave, no siempre comprendida por sus críticos, entre la monarquía tradicional (ejemplificada por Fernando VII) y la monarquía constitucional era el reconocimiento de la soberanía popular. En el contexto de la independencia, Bello defendía este último modelo precisamente por incorporar la soberanía popular, pero en su momento, en la década de 1820, se le atacó como defensor de la monarquía sin mayores matices. Dado que nunca quiso condenar este sistema, sino que por el contrario buscó enfatizar, a la manera de Benjamin Constant, que lo importante era el respeto por las libertades civiles, siguió recibiendo ataques acerbos por su supuesto monarquismo.

En realidad, Bello no defendió la monarquía como el único, o siquiera el mejor, de los sistemas políticos. Lo que le parecía importante era lograr el orden

, y en esa época los ejemplos de buen gobierno parecían provenir de monarquías constitucionales como la inglesa antes que de las pocas repúblicas existentes. Su propia llegada a Chile ocurrió al borde de una guerra civil producto de la experimentación política republicana de la década de 1820. El orden sólo podía ser garantizado, le parecía a él y a otras figuras políticas chilenas del momento, mediante un poder ejecutivo fuerte, un número limitado de puestos elegidos mediante sufragio, y el freno a las movilizaciones populares. El asunto no era encontrar el sistema político perfecto, sino uno que funcionara dadas las condiciones económicas, sociales y políticas generadas por la independencia. En el caso de Chile, el resultado fue un gobierno centralizado y autoritario que contenía sin embargo un potencial de liberalización. Este orden, establecido mediante la Constitución de 1833, en cuya elaboración Bello tuvo una participación importante, permitió a Chile un grado de estabilidad política que ayudó a la consolidación del Estado y la nación.

El orden tenía, para Bello aspectos internos e internacionales, y sus ideas al respecto quedaron plasmadas en dos obras fundamentales, el Principios de derecho internacional (incluido en el tomo X) y el Código civil (tomos XIV al XVI). Estas obras fueron enormemente influyentes, editadas y reimpresas con frecuencia y, en el caso del Principios de derecho internacional, hasta plagiado. Esta última obra guió las relaciones exteriores de Chile y de otros países hispanoamericanos y sentó las bases de la cooperación inter-americana. El Código civil, por su parte, fue adoptado por varias naciones, incluyendo Colombia, Ecuador y Nicaragua. Estas obras han suscitado una enorme cantidad de estudios y comentarios altamente especializados. Tal abundancia de información hace a veces perder de vista los objetivos centrales de Bello, pero no impide ver que su significado para la construcción de las naciones radica en un programa de inserción internacional dentro de un contexto de autonomía nacional. El Principios de derecho internacional buscaba establecer la independencia de las naciones, como asimismo su igualdad jurídica frente a los países más poderosos. Cabe recordar que para la época de su aparición en 1832, los tratados de derecho internacional eran principalmente europeos y no habían registrado aún la realidad de la independencia hispanoamericana, lo que dejaba un gran vacío en las relaciones internacionales, sobre todo en materias de comercio, y el comportamiento debido entre naciones soberanas. En sus propios escritos, Bello buscó adaptar el conocimiento y las reglas reconocidas del derecho internacional al nuevo contexto proporcionado por la independencia. Además, desde su cargo en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, tuvo ingerencia en los tratados más importantes celebrados entre 1830 y 1853. Uno de los principios que más defendió era que las naciones gozaban de igualdad jurídica, cualquiera que fuese su sistema político o la manera en que habían llegado a ser naciones. En el nuevo orden internacional, lo importante era que los países ejercieran su soberanía mediante el sostenimiento del orden interno, y la capacidad de nombrar agentes debidamente representativos para los negocios con otras naciones.

Uno de los grandes temas que Bello hubo de enfrentar desde Chile fue el reconocimiento de la independencia por parte de España. Este era un asunto extremadamente delicado puesto que tenía implicaciones para la identidad y la unidad nacional, y era además muy polémico. Pero Bello pudo demostrar que había poco que perder y mucho que ganar con este reconocimiento, dado que Chile e Hispanoamérica estaban todavía, en la década de 1830, fuera de la comunidad de las naciones reconocidas por el derecho internacional. Eran todavía consideradas por algunos países europeos como colonias insurgentes y, por lo tanto, vulnerables ante las alianzas de naciones que apoyaban la causa de España. El reconocimiento por parte de la madre patria eliminaría este problema, abriendo un espacio para que los nuevos países pudiesen concentrarse en sus asuntos internos y gozar, además, de las ventajas de la paz, como el comercio y los intercambios diplomáticos y culturales. Sus esfuerzos se materializaron, a pesar de la oposición, cuando España y Chile establecieron formalmente relaciones en 1844. Tuvo quizás menos éxito con su propuesta de un congreso inter-americano, pero pudo al menos establecer la necesidad de acuerdos en una serie de asuntos prácticos. Su desempeño en las relaciones exteriores se encuentra ampliamente documentado en los tomos XI y XII de sus Obras.

La búsqueda de un lugar para Hispanoamérica en el nuevo orden internacional no era ajeno al tema del orden interno. Bello pensaba que estos países no serían respetados por otras naciones a menos que estuviesen legitimados por un acuerdo nacional sobre las bases fundamentales del sistema político. Además, los nuevos países debían regirse por reglas jurídicas reconocidas a nivel internacional. El orden no podía basarse en la mera imposición de la fuerza por parte de un gobierno dictatorial, sino que, al menos esa era su esperanza, debía provenir de una virtud cívica apoyada en un derecho civil claramente enunciado. El orden sería más firme y seguro en la medida en que fuese asimilado a nivel individual, de manera que las personas viesen las leyes como benéficas y por lo tanto dignas de ser respetadas.

El Código civil tenía precisamente el propósito de suministrar reglas claras de conducta social para así reducir el potencial de conflicto que podría suscitar la ausencia de un orden jurídico apropiado. La estructura misma del código revela cuáles eran las áreas que Bello buscaba enfatizar en los 2.500 artículos que constituyen esta monumental obra. La elaboración del Código, que le tomó más de dos décadas, incluía las siguientes temáticas: 1) la definición de persona en sus diferentes dimensiones (civil, domiciliaria, jurídica, etc), 2) la posesión y circulación de los bienes, 3) las reglas de sucesión y donaciones entre vivos, y 4) los contratos y las obligaciones convencionales. Es decir, la multiplicidad de asuntos cotidianos cuya regulación podía cortar de raíz los litigios innecesarios y otras conductas más abusivas o dañinas. Hasta la promulgación de un código civil, la mayoría de las repúblicas debían recurrir al sistema legal colonial que, si bien daba algunas respuestas, no era orgánico al nuevo sistema político republicano.

El Código civil es considerado con justicia como la obra maestra de Bello puesto que involucró la compilación de leyes de diferentes fuentes, tanto de la antigua legislación colonial, como de los códigos más modernos (incluyendo el francés) de manera de codificar aquellas leyes y principios que mejor respondiesen a las necesidades de los países independientes. Quizás una de sus mayores fuentes de inspiración jurídica radica en el derecho romano, del que fue estudioso y maestro, y cuyos escritos al respecto se encuentran en el tomo XVII de sus Obras. Al mismo tiempo que introducía una nueva legislación civil, por ejemplo para el matrimonio, reconocía también la autoridad de la Iglesia. Como en sus otras empresas intelectuales, Bello combinó y concilió la tradición y el cambio. En el caso específico de la leyes civiles, Bello utilizó todas las fuentes pertinentes sin abandonar el derecho canónico, puesto que esta transición gradual era para el pensador venezolano la mejor garantía de la paz interna. Su código civil fue promulgado como ley de la república en 1855, y aunque modificado en muchas partes de acuerdo a los cambios experimentados desde entonces, permanece todavía vigente debido a la aplicabilidad de sus principios fundamentales. Sin lugar a dudas, el código redactado por Bello fue el más influyente de toda Hispanoamérica y es ampliamente consultado y respetado más allá de ella.

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