Independencia nacional e identidad continental

“Esos componentes mínimos de un proyecto de liberación nacional los veo como parte de otro más vasto: el de la formación de la identidad hispanoamericana (…) nuestros humanistas (…) intentaron borrar las diferencias nacionales para crear una sola nación: Hispanoamérica”

El siguiente texto es un fragmento del artículo de opinión titulado originalmente “La independencia nacional y la identidad continental”, de Gustavo Zelaya, publicado en el sitio web de la Agencia Latinoamericana de Información el 17 de septiembre de 2010.

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Paisaje de San Antonio de Oriente (1957), pintura del artista hondureño José Antonio Velásquez.

NOTA: Las opiniones y expresiones vertidas en este artículo corresponden exclusivamente a su autor y no deben interpretarse necesariamente siempre como un posicionamiento de nuestro sitio web Hispanoamérica Unida.

Hablar de humanismo en estos tiempos puede sonar raro sobre todo cuando el sistema capitalista exige eficiencia, eficacia, competividad y libre mercado; o cuando los políticos más reaccionarios enarbolan un humanismo cristiano en pleno continuismo golpista. En sentido estricto, la noción de humanismo está en los fundamentos de las ideas liberales, que es parte del núcleo del actual neoliberalismo. Pero se puede introducir nuevos contenidos al humanismo y rescatar algunas características de la vieja aspiración renacentista de crear una personalidad total, íntegra, que consideraba a la persona como un ser emotivo, racional y voluntarioso, tolerante, solidario y respetuoso de los demás. Elementos que han sido dejados de lado por los actuales representantes del pensamiento neoliberal que hablan de humanismo pero tratando de no hacer real tal concepción. Del mismo modo hablan de cultura, identidad, valores cívicos y nacionales como puros lugares comunes, útiles en el “discurso” tradicional que los entiende como elementos fijos, eternos, que se imponen en el aula o en la familia. Parece que la mención de esas nociones es algo serio, sobre todo en septiembre cuando han ocurrido tres eventos importantes: el haber superado la colecta de firmas para convocar la Constituyente, el extraordinario desfile masivo por la verdadera independencia organizado por la Resistencia Popular en Tegucigalpa y la brutal represión policial desatada en San Pedro Sula dejando destrucción, dolor y sangre en las cálidas calles de esa ciudad. Todo ello sucedió en un solo día. Entonces, cómo hablar del humanismo cristiano de los gobernantes cuando las condiciones del golpe de estado se mantienen; cómo hablar de identidad y cultura cívica en los tiempos violentos del neoliberalismo; con qué argumentos puede debatirse cuando la muerte ronda en las ciudades y en el campo.

Puede afirmarse que la represión, las prácticas criminales del gobierno y su sistema de seguridad, la discusión acerca de la cultura y el humanismo, la construcción de nuevos elementos de identidad, la lucha por la defensa de los gremios y las organizaciones sindicales, la defensa de los recursos naturales y la organización del pueblo de parte del Frente Nacional de Resistencia Popular, la conciencia de la historia nacional y la puesta en su lugar de los gobernantes pasados y presentes, la formación del Estado hondureño y su ligazón internacional,   etc., son momentos que forman parte de la vida hondureña, inseparables, y que deben ser valorados a partir de esa nueva visión que ha generado el golpe de estado.

En tal sentido, hay que considerar que los Estados surgidos de los procesos independentistas en América Latina, atrasados y dependientes, intentaron crear en las personas ideas, actitudes y destrezas que ayudaran a estabilizar y conservar el régimen capitalista que estaba edificándose en las tres últimas décadas del siglo XIX. Ese trabajo lo llevaron a cabo los llamados reformadores liberales y positivistas como Marco Aurelio Soto y Ramón Rosa en Honduras, Domingo Faustino Sarmiento en Argentina, Justo Rufino Barrios en Guatemala y Justo Sierra en México. Pretendieron generar los fundamentos teóricos, jurídicos, políticos e ideológicos de una clase burguesa nacional y de su Estado, pero careciendo de una base productiva y del mercado indispensable para su desarrollo. Tal inconsistencia material e ideológica fue enfrentada por el Estado que se encargó de asumir el lugar de esa burguesía y con el respaldo del capital extranjero instauró relaciones de producción alejados de una acumulación originaria. Ese es el Estado nacional autoritario y entreguista que ha gestionado un modelo económico para privilegiados y formalmente sirviendo de árbitro en los conflictos sociales. Creo que sólo puede denominarse Estado Nacional por el simple hecho de estar radicado en este territorio más o menos delimitado y de contar con una población, pero el grupo dominante nunca ha sido portador de sentimientos nacionales ni se interesó en desarrollar en el pueblo ideales de apego a ese proyecto explotador; nunca pudieron expresar algún tipo de proyecto liberador, como sí ocurrió con el programa unionista de Francisco Morazán y se limitaron a formarse como clase dominante apoyada en una fuerza militar concebida y adiestrada para combatir “enemigos internos”, es decir, a las organizaciones populares democráticas que han pugnado por una Honduras realmente independiente. Es aquí en donde se ha dicho que se ha formado “nuestra” identidad, o, como afirman empresarios, curas, pastores, militares y políticos tradicionales, “nuestros” valores, ocultando en esa propuesta toda una concepción dominante, universalista, que hace creer que sus ideas son las de todos. La intención de extender las ideas de los grupos oligárquicos seguirá presente y para ello cuentan no sólo con el sistema educativo o con la religión, sino también con las costumbres, la tradición popular y el poder político y económico.

Por ello, la constitución de la identidad nacional está forjándose, el medio son las organizaciones sociales nucleadas en el Frente Nacional de Resistencia Popular y en un proyecto liberador que permita un verdadero desarrollo independiente postliberal, tal proyecto deberá contener por lo menos dos grandes componentes: uno de ellos será de carácter ideológico que coloque a la igualdad como el valor fundamental de la sociedad. Se trata de igualar la posibilidad de todos para desarrollarse sin desventajas y con acceso al trabajo, la salud, la vivienda y la cultura, algo impensable bajo los esquemas neoliberales; se trata de ampliar la cobertura de la protección social sin que esto signifique obligatoriamente intervención del Estado. En esto jugará un papel fundamental la lucha contra los privilegios y eficientes controles tributarios. El segundo componente sería una profundización de la democracia que no signifique sobrevalorar el sufragio y el presidencialismo, que se note en un acceso democrático a los medios de comunicación controlados por grupos poderosos capaces de manipular procesos electorales y al poder político.

Esos componentes mínimos de un proyecto de liberación nacional los veo como parte de otro más vasto: el de la formación de la identidad hispanoamericana, totalmente divorciado del adjetivo “nacional” que evoca los recuerdos y las ilusiones abstractas de la modernidad. Las bases de ese proyecto ya fueron expuestas en la teoría y en la acción de tres hombres modelos: Morazán, Bolívar y Martí. Ellos delinearon a grandes trazos el tema y se distanciaron de los representantes del liberalismo positivista: Domingo Faustino Sarmiento, Ramón Rosa y Justo Sierra.

Son los más representativos de los grupos de ideas principales del siglo pasado, los próceres independentistas y humanistas, nuestros actuales símbolos de lucha cuyas ideas entroncan con las ideas socialistas de estos tiempos; nuestros humanistas que intentaron borrar las diferencias nacionales para crear una sola nación: Hispanoamérica y el otro grupo, los positivistas, que sin prever nada del futuro que estaban sembrando, propusieron el camino del subdesarrollo y la dependencia, ser como otros era su consigna; ideología que se expresó en las dictaduras siguientes a las reformas liberales y en el entreguismo de la clase política. Los positivistas y sus continuadores de algún modo lograron que, desde afuera, América Latina se haya integrado en un gran sistema en donde sus íntimas conexiones han estado representadas por las relaciones capitalistas impuestas a golpe de concesiones, empréstitos y cañoneras. Se impone entonces la necesidad de romper esa integración para edificar la integración de los pueblos que tenga como fuente inspiradora a Morazán, Bolívar y Martí.

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