La vocación hispanoamericanista

“Hasta 1830 éramos una única nacionalidad (…)  Juntos, formaríamos un gobierno en lugar de veinte (…) Y una gran nación con voz que se escucha, con veto si los otros vetan, con voto si los demás votan”

El siguiente texto es un fragmento del ensayo titulado “La vocación americanista de Venezuela”, del ensayista y escritor Carmelo Vilda de Juan. Tomado del sitio web de la Fundación Centro Gumilla

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Mapa de Venezuela de 1634, obra de Francisco de Ruesta.

Hace siete años el escritor chileno Enrique Bunster publicó en el suplemento dominical del diario “El Mercurio” un cuento con el título “Colombia, capital Lima”. ¿Profecía literaria o resurrección utópica de la gran patria sudamericana con un solo Gobierno y veinte Estados confederados? La capital sería Lima, equidistante entre México y el Estrecho de Magallanes. La super-nación se llamaría Colombia en honor del Almirante descubridor.

Bunstar, en forma de diálogo socrático, proclama la necesidad de la mancomunidad hispanoamericana. Durante la Colonia formábamos un gran bloque. Un imperio de Provincias más que de Colonias. Había conciencia de nacionalidad grande, sin fronteras. Trescientos años unidos. No se sabía qué era una disputa de límites. Después de la separación, Bolivia, por ejemplo, tuvo conflictos bélicos limítrofes con sus cinco vecinos y los perdió todos.

Hasta 1830 éramos una única nacionalidad. Y así la concibieron los Libertadores. Argentinos integraron la primera Junta de Gobierno chileno. Colombianos eran algunos Ministros del Perú bajo la presidencia del argentino San Martín. Sucre, venezolano, fue el primer Presidente de Bolivia. Y su compatriota General Flores lo fue también del Ecuador. En las filas de los ejércitos realistas había criollos y españoles bajo bandera patria. Las guerras de América han sido todas “civiles”:

“Existía una especie de ciudadanía continental o supranacionalidad que habría hecho factible la unificación de los países”.

Es curioso constatar que el mercado hispanoamericano exportaba, a finales del siglo XVIII, por valor de 145 millones de dólares. USA, por entonces no llegaba a los cinco millones. Tenía USA cuatro millones de habitantes mientras Latinoamérica tenía 20. La separación destruyó una hermandad en el Sur mientras en el Norte se construía una confederación.

“Un proceso de integración formó los Estados Unidos y un proceso de desintegración dividió a las 20 naciones latinoamericanas. Mientras nosotros, fragmentados perdíamos terreno, ellos, unificados, lo ganaban en un rush formidable y ya, en 1870,  tenían igual población y más riquezas que Latinoamérica”. (Carlos Dávila).

Juntos, formaríamos un gobierno en lugar de veinte. Los gastos militares se reducirían. Ochenta Embajadas en vez de 1.500. Y una gran nación con voz que se escucha, con veto si los otros vetan, con voto si los demás votan.

En los documentos de la Independencia la unidad y fraternidad americana prevalece sobre el patronímico del propio  país. Un versículo del Himno Nacional de Venezuela dice: “La América toda existe en nación”. Alfonso Reyes anota cómo la insurgencia crea un tipo de nacionalidad que él apoda “la americanía andante”. El limeño Juan Egaña se avecina en Santiago para redactar las nuevas fórmulas políticas. Girardot, colombiano, morirá heroicamente defendiendo a Venezuela. San Martín y Bolívar llevan sus tropas con pleno derecho a Lima. Incluso, ni siquiera después de la Independencia, figuras literarias tan representativas como Bello, Sarmiento, Martí y Rubén Darío pueden enmarcarse dentro de su  angosto ángulo nacional. Y en Neruda, Nobel de Literatura, no se premió sólo a Chile, sino a su patria grande: Hispanoamérica.

“Una conciencia de destino común hispanoamericano (que después se perdió) es característica del clima espiritual de aquellos días. Miranda llama compatriotas a sus corresponsales y amigos desde México a Buenos Aires. Así como un chileno, Madariaga, va a revolucionar en Caracas, un guatemalteco, Irisarri, será uno de los más agudos panfletistas de la Independencia en Santiago de Chile. Para la idea y la obligación que viene no se conocen entonces fronteras” (M. Picón Salas: De la Conquista a la Independencia, página 233).

Ningún país, sin embargo, brilla más en generosidad y vocación exterior que Venezuela. Hemos sido nación derramada hacia “afuera”: más puerta que candado. El único país sudamericano que no ha tenido ninguna guerra con sus vecinos por cuestión de límites y fronteras. Pero, sobre todo, ennoblece comprobar que los más grandes venezolanos sembraron sus luces y valores fuera de su patria: Miranda, Simón Rodríguez, Bolívar, Sucre, Bello. Cuatro caraqueños y un cumanés que trabajaron y murieron extra-muros: España, Perú, Colombia, Ecuador, Chile. Y a la lista anterior aún podríamos añadir los nombres de Baralt, Blanco Fombona, Pocaterra, Eloy Blanco y otros. Bolívar dio el nombre a un país hermano y “sucre” es la moneda oficial del Ecuador.

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