Concepto de Hispanoamérica

"Descripcion de la Yndias Ocidentales", mapa de principios del siglo VII de Antonio de Herrera y Tordesillas.

“Descripcion de la Yndias Ocidentales”, mapa de principios del siglo XVII de Antonio de Herrera y Tordesillas

El siguiente texto, del historiador José Antonio Calderón Quijano, se publicó en la versión digital de la Gran Enciclopedia Rialp bajo el epígrafe Hispanoamérica. I. Concepto. (Al pie del artículo figura la bibliografía consultada)

América es, como hoy día se enuncia, la porción de tierra que forma el hemisferio occidental o nuevo continente. Es una concreción de tipo geográfico, histórico, espiritual, social, humano, etc. Su continuidad geográfica comprende el trozo de tierra que se extiende desde el estrecho de Behring hasta el cabo de Hornos y las porciones insulares adyacentes.

El vocablo América, cuya popularidad y generalización se debe a su sonoridad y equilibrio fonético, no refleja exactamente su evocación terminológica. La oportunidad divulgadora del italiano Américo Vespucio fue la causa determinante de la adopción de su patronímico para designar el nuevo continente. En parte, está también en la negación a la gran obra española en las Indias. Nuestros cronistas e historiadores, los protocolos de los escribanos contemporáneos y los documentos de cancillería hablan siempre de «Indias», «Nuevo Mundo», «Provincias y Reinos Indianos», etc. Las noticias procedentes de Europa son las que, con su condición de fuentes de segunda mano, su mediatización y reducción de ámbito usan el vocablo América. Es un término que llega de fuera, consagrado a mediados del s. XVIII. Frente al clásico concepto de Indias, orientales u occidentales, se impone por su mayor concisión, sonoridad y adecuación al significado continental, al que tampoco sirve como vocablo definitorio el impreciso término de «Ultramar», tan usado en el s. XIX.

Mas el concepto América resulta a veces insuficiente en cuanto a su precisión y significado cultural y político. Es necesario buscar conceptos delimitativos y complementarios de aquella expresión. Las cuestiones de tipo político, racial, lingüístico, económico, geográfico, entre otras, ponen fronteras y limitaciones a aquella palabra, casual en su origen, y bella en su sonido. Estos conceptos delimitativos son: a) ideológicos: monroísmo: centripetismo; panamericanismo (v.): imperialismo económico; latinoamericanismo: imperialismo ideológico; indoamericanismo: imperialismo racial; panhispanismo: negación de panamericanismo; interamericanismo: utilitarismo. b) Culturales: Hispanoamérica: cultura española (tesis); Lusoamérica: negación portuguesa (antítesis); Iberoamérica (v.): proyección peninsular conjunta (síntesis).

El término Hispanoamérica parece responder con la mayor fidelidad al pretendido concepto. Es también válido y tiene un sentido análogo al de América española, aunque en éste puede considerarse un concepto de soberanía política que en el de Hispanoamérica no existe por su significación meramente espiritual, producto de una cultura, una lengua, una mentalidad y una común idiosincrasia, que no puede considerarse nunca como una soberanía política, ni una vinculación económica, pero que tiene por ello una mayor permanencia, ya que no depende de contingencias humanas. Es el verdadero concepto aplicable a la antigua América española (la mayor parte del nuevo continente y las porciones insulares anejas), donde la vida, la raza, común denominador de las civilizaciones aborígenes, y el idioma, son el aglutinante español que da unidad a aquellas tierras, diversas en su origen, en su etnia y en sus costumbres, en sus niveles culturales y civilizadores antes de la presencia de España. Por esto, el término Hispanoamérica parece responder con mayor fidelidad al fin pretendido. Hispania es un vocablo, al decir de Carlos Pereyra, válido y aplicable a toda la Península. Comprendía todas las provincias romanas incluso la Lusitania (v.). Menéndez Pidal dice que «el nombre de España tuvo siempre el sentido amplio del latino Hispania, desde que en la Crónica de España de Alfonso el Sabio se incluyó la historia de Portugal hasta hoy. Así se usa entre nosotros el nombre de península española al lado de península ibérica… Claro que el adjetivo español tiene un sentido restringido, opuesto al portugués; pero el que quiera huir de la posible ambigüedad de ese adjetivo puede adoptar las formas hispánico o hispano, que por ser eruditas o latinas, indican mejor que se toma en sentido lato, para calificar a todo lo que procede de Hispania en su conjunto, tal y como la concebían los romanos».

Pero además hay una serie de razones de índole práctica que abogan constantemente por la justeza y exactitud del término o adjetivo español, hispano o hispánico al referirnos a América. Hasta fines del s. XIX, al decir de Aurelio Espinosa, nadie, escritor, historiador o filólogo usaba los términos de América latina o Latinoamérica. Los franceses utilizaron durante cuatro siglos el nombre de «Amérique espagnole», los ingleses y norteamericanos el de «Spanish America». Los norteamericanos decían, y todavía dicen, «The Spanish Peninsula» al referirse a la península Ibérica. El nombre de América latina es nuevo, intruso, adoptado en fecha reciente y extendido con una rapidez y amplitud sorprendentes y sospechosas. Es una denominación inexacta y anticientífica. Es un sustituto irreal (V. LATINOAMÉRICA).

Otro norteamericano, 1. C. Cebrian, al refutar la denominación de América latina y afirmar la adjetivación española alega, al referirse a los países hispanoamericanos, que son hijos legítimos de España, sin intervención de Francia ni de Italia, ni de ningún otro país. España sola alumbró esas nacionalidades, descubrió aquellas tierras, las colonizó, perdió en ello sus hijos, gastó sus caudales, empleó su inteligencia y sus métodos propios, censurables o no, como tantas veces lo han considerado otros países. España sola dotó a aquellos pueblos de una lengua común, de unas leyes, usos, costumbres, vicios y virtudes. Llevó a ellos su propia civilización, sin ayuda de nadie: Se independizaron de ella siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos, conservando el idioma, leyes, usos y costumbres españolas. Todo el mundo los continuó llamando países hispanoamericanos o repúblicas hispanoamericanas.

América española o hispana, o «Spanish America» como la llaman los norteamericanos, que denominan siempre «Spanish» y no «Latin» a los hispanoamericanos cuando van a los Estados Unidos. («Spanish, Spanish American, Spanish America, Spanish Republics»), o los franceses, que en todos sus libros y periódicos han impreso «les pays hispano-américains», «les hispano-américains» y «I’Amérique espagnole». Y tampoco cabe alegar el hecho de la existencia de Portugal para hacer referencia al Brasil. Es un país hispano, porque Hispania como Iberia comprende Portugal y España. Y como argumento elemental, pero indiscutible, está la denominación dada a The Hispanic Society of America.

Al referirse a Francia, se habla no de Canadá latino sino del Canadá francés, y los propios franceses, hoy tan partidarios de llamar a sus instituciones, cátedras o entidades referidas a Hispanoamérica como América latina, al aludir a esos países, que no han perdido en el último siglo ni su esencia, ni su fisonomía, los denominan siempre «hispano-américains» al vituperarlos o ridiculizarlos en su teatro del s. XIX, o en los enojosos y despectivos chistes o chascarrillos de que los hacían objeto llamándoles siempre españoles. Desde comienzos de este siglo, y sobre todo antes de la 1 Guerra mundial, en que los países hispanoamericanos empezaron a pesar en la historia, y a ser promesas importantes del futuro, comenzó a ponerse de moda suprimir el nombre de España, difuminándolo en ese denominativo ‘de latino, que aunque evoca a Francia e Italia, nada concreto significa, sino la omisión del verdadero término, el español, y la evocación, como digo imprecisa, de unas naciones que también, sobre todo Italia, están cada vez más presentes en la historia de los Estados Unidos, sin que por ello hagan valer esa denominación en importantes minorías de población en ese país.

Las emigraciones francesas o italianas a los países hispanoamericanos, ni siquiera en alguno de ellos, como la Argentina, han tenido fuerza ni intensidad para determinar un cambio racial, cultural ni lingüístico. A nadie se le ocurre llamar latinas a las colonias francesas que lo son o han sido, como Argelia, el Congo, Senegal, Madagascar, etc. Y ello no sería justo, aunque los franceses nunca tuvieron un vehículo de penetración en las mismas determinante del mestizaje o miscigeración, sino meramente el vínculo cultural y el de la soberanía política. Por otro lado, volver a lo latino, salvando el punto de contacto con lo americano que fue España, es como si en el caso de los Estados Unidos hiciéramos referencia a los teutones, prescindiendo de Inglaterra.

Menéndez Pidal, autoridad que no hace falta encarecer en ésta como en tantas otras materias, señala en cuanto a los argumentos lingüísticos que las nuevas naciones hispanoamericanas no heredaron el latín como España, Portugal o Italia. Recibieron las lenguas hispánicas, es decir, el español y el portugués. El mismo autor demuestra que tampoco racialmente es admisible el nombre de latino atribuido a los hispanoamericanos. Ni siquiera aplicado a los españoles que se formaron por un crisol de razas diferentes: iberos, celtas, latinos, godos, vascos, árabes, etcétera. Todos estos elementos raciales, que no son únicamente el latino, son heredados por los hispanoamericanos, que añaden el factor indio, decisivo en la formación e integración del hispanoamericano. Y en cuanto al elemento cultural, más bien diríamos espiritual, como dice muy bien Jaime Delgado, la influencia francesa llega a Hispanoamérica tras la independencia, es decir, después de tres siglos de historia, durante los cuales la cultura americana ha tenido tiempo de formarse y adquirir vigor y personalidad suficientes. Esta influencia, abonada por la separación y el alejamiento metropolitano, se hace con un marcado paralelismo con el pensamiento español contemporáneo, produciéndose el afrancesamiento de Hispanoamérica en buena parte a través de España, sin que por ello desaparezca la unidad cultural del mundo hispánico, que subsiste contra todos los embates exteriores.

Así, pues, y dentro de esta dificultad terminológica, Hispanoamérica es un concepto espiritual, cultural, socio-político, étnico y lingüístico perfectamente claro y preciso, que engloba a todos los pueblos, hoy naciones, situados en el Nuevo Mundo, con raíz aborigen varia y diferente, y que están aglutinados por un común denominador, español o hispánico, que les da unidad en su mentalidad, forma de vida e idiosincrasia

BIBLIOGRAFÍA: R. BARÓN CASTRO, Españolismo y antiespañolismo en la América hispana, Madrid 1945; J. A. CALDERÓN QUIJANO, Consideraciones sobre América y lo hispano-americano, Swilla 1949; A. CASTRO, Iberoamérica, su presente y su pasado, Nueva York 1946; E. V. COROMINAs, La práctica del hispanoamericanismo, Madrid 1952; 1. DELGADO, El problema de la cultura americana, Madrid 1957; A. M. ESPINOSA, América española o HispanoAmérica. El término «América latina» es erróneo, Madrid 1919; H. ESTEFANO, Los pueblos hispano-americanos. Su presente y su porvenir, México 1931; J. EYZAGUIRRE, Hispanoamérica del dolor, Madrid 1947; G. LATORRE Y SETIEN, El panamericanismo y el porvenir de la América española, Sevilla 1924; O. LIRA, Hispanidad y mestizaje y otros ensayos, Madrid 1952; R. DE MAEZTu, Defensa de la Hispanidad, Madrid 1946; C. PEREYR.A, Hispanoamérica e Iberoamérica, Santiago de Compostela 1927; E. S. URBANSKI, Angloamérica e Hispanoamérica. Análisis de dos civilizaciones, Madrid 1965; J. VASCONCELOS, La raza cósmica, Buenos Aires 1948; H. VELAsco A., Retorno a la Hispanidad, Bogotá 1953; J. YCAZA TIGERINO, Originalidad de Hispanoamérica, Madrid 1952.

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