La necesidad de un nuevo revisionismo histórico

Caricatura del imperialismo inglés, como un pulpo que controla el mundo, de finales del siglo XIX

Caricatura del imperialismo inglés, como un pulpo que controla el mundo, de finales del siglo XIX

“la “guerra de la independencia de España” fue un fracaso no sólo, como sostenían los hombres de la Generación del ´900, porque no se logró conformar políticamente la gran nación hispanoamericana, sino, también, porque las distintas repúblicas que surgieron, producto de la fragmentación de los distintos Virreinatos, pasaron de la dependencia formal de España a la dependencia informal de Gran Bretaña (…) el instrumento principal, a través del cual Inglaterra había logrado la subordinación ideológico-cultural de la América española y de la Argentina en particular, había consistido en la “falsificación de la historia”

Autor: MARCELO GULLO*

Ponencia presentada en el primer congreso de revisionismo histórico Manuel Dorrego, celebrado en Navarro (provincia de Buenos Aires), el 14 de mayo de 2011.

La vulnerabilidad ideológica

La hipótesis sobre la que reposan las Relaciones Internacionales, como sostiene Raymond Aron,  está dada por el hecho de que las unidades políticas se esfuerzan en imponer, unas a otras, su voluntad.

[1] La Política Internacional comporta, siempre, una pugna de voluntades: voluntad para imponer o voluntad para no dejarse imponer la voluntad del otro.

Para imponer su voluntad, los Estados más poderosos tienden, en primera instancia, a tratar de imponer su dominación cultural. El ejercicio de la dominación, de no encontrar una adecuada resistencia por parte del Estado receptor, provoca la subordinación ideológico-cultural que da, como resultado, que el Estado subordinado sufra de una especie de síndrome de inmunodeficiencia ideológica, debido al cual, el Estado receptor pierde hasta la voluntad de defensa. Podemos afirmar, siguiendo el pensamiento de Hans Morgenthau, que el objetivo ideal o teleológico de la dominación cultural, en términos de Morgenthau, “imperialismo cultural”[2], consiste en la conquista de las mentalidades de todos los ciudadanos que hacen la política del Estado en particular y la cultura de los ciudadanos en general, al cual se quiere subordinar. Sin embargo, para algunos pensadores, como Juan José Hernández Arregui la política de subordinación cultural tiene como finalidad última no sólo la “conquista de las mentalidades” sino la destrucción misma del “ser nacional” del Estado sujeto a la política de subordinación. Y aunque generalmente, reconoce Hernández Arregui, el Estado emisor de la dominación cultural (el “Estado metrópoli”, en términos de Hernández Arregui), no logra el aniquilamiento del ser nacional del Estado receptor, el emisor sí logra crear en el receptor, “…un conjunto orgánico de formas de pensar y de sentir, un mundo-visión extremado y finamente fabricado, que se transforma en actitud «normal» de conceptualización de la realidad [que] se expresa como una consideración pesimista de la realidad, como un sentimiento generalizado de menorvalía, de falta de seguridad ante lo propio, y en la convicción de que la subordinación del país y su desjerarquización cultural, es una predestinación histórica, con su equivalente, la ambigua sensación de la ineptitud congénita del pueblo en que se ha nacido y del que sólo la ayuda extranjera puede redimirlo.” [3]

Preciso es destacar que, aunque el ejercicio de la subordinación cultural por parte del Estado emisor no logre la subordinación ideológica total del Estado receptor, puede dañar profundamente la estructura de poder de este último si engendra, mediante el convencimiento ideológico de una parte importante de la población, una vulnerabilidad ideológica que resulta ser -en tiempos de paz – la más peligrosa y grave de las vulnerabilidades posibles para el poder nacional porque, al condicionar el proceso de la formación de la visión del mundo de una parte importante de la ciudadanía y de la elite dirigente, condiciona, por lo tanto, la orientación estratégica de la política económica, de la política externa y, lo que es más grave aun, corroe la autoestima de la población, debilitando la moral y el carácter nacionales, ingredientes indispensables – como enseñara Morgenthau – del poder nacional necesario para llevar adelante una política tendiente a alcanzar los objetivos del interés nacional.

Sobre la importancia que la subordinación cultural ha tenido y tiene, para el logro de la imposición de la voluntad de las grandes potencias refiere Zbigniew Brzezinski: “El Imperio Británico de ultramar fue adquirido inicialmente mediante una combinación de exploraciones, comercio y conquista. Pero, de una manera más similar a la de sus predecesores romanos o chinos o a la de sus rivales franceses y españoles, su capacidad de permanencia derivó en gran medida de la percepción de la superioridad cultural británica. Esa superioridad no era sólo una cuestión de arrogancia subjetiva por parte de la clase gobernante imperial sino una perspectiva compartida por muchos de los súbditos no británicos. […] La superioridad cultural, afirmada con éxito y aceptada con calma, tuvo como efecto la disminución de la necesidad de depender de grandes fuerzas militares para mantener el poder del centro imperial. Antes de 1914 sólo unos pocos miles de militares y funcionarios británicos controlaban alrededor de siete millones de kilómetros cuadrados y a casi cuatrocientos millones de personas no británicas[4]

La subordinación ideológico-cultural produce, en los Estados subordinados una “superestructura cultural” que forma un verdadero “techo de cristal” que impide la creación y la expresión del pensamiento antihegemónico y el desarrollo profesional de los intelectuales que expresan ese pensamiento. El uso que aquí damos a la expresión “techo de cristal” apunta a graficar la limitación invisible para el progreso de los intelectuales antihegemónicos, tanto en las instituciones culturales como en los medios masivos de comunicación. [5]

El surgimiento del pensamiento nacional

En alguno de los estados que han sido sometidos por las potencias hegemónicas a una política de subordinación cultural  surge, como reacción, un pensamiento antihegemónico que lleva adelante una Insubordinación ideológica que es, siempre, la primera etapa de todo proceso emancipatorio exitoso.  Cuando ese pensamiento antihegemónico logra plasmarse en una política de Estado, entonces, se inicia un proceso de “Insubordinación fundante” [6]que, de ser exitoso, logra romper las cadenas que atan al Estado, tanto cultural, económica, como políticamente, con la potencia hegemónica.

En la Argentina, al pensamiento antihegemónico, sus propios protagonistas, los designaron como “Pensamiento Nacional” por contraposición al pensamiento producido por la subordinación cultural, pensamiento, este último, al que denominaron, implícitamente, como “Pensamiento colonial”. Ese pensamiento colonial, para los hombres del pensamiento nacional, daba origen a partidos políticos, de izquierda o de derecha, que no cuestionaban la estructura material ni la superestructura cultural, de la dependencia.

Por ello, podía haber, en los términos expresados por esos mismos hombres del pensamiento nacional, tanto una derecha, como una izquierda, “cipayas”.

La Generación del ´900 y la primera insubordinación ideológica

En América Latina, la primera Insubordinación ideológica, fue protagonizada por los hombres de la denominada Generación del ‘900, cuyas figuras más representativas fueron el uruguayo José Enrique Rodó[7] (1871-1917), el mexicano José Vasconcelos[8] (1882-1959) y el argentino Manuel Ugarte (1875-1951). Éstos, llegaron a la conclusión de que el proceso de rebelión colonial hispanoamericano, iniciado en 1810, había sido, en realidad, un “gran fracaso” porque, a diferencia del proceso de rebelión colonial protagonizado por las Trece Colonias norteamericanas, no había concluido en la “Unidad”, es decir en la conformación de un solo Estado, sino y por el contrario – a diferencia del deseo y los esfuerzos de sus principales héroes, Artigas, San Martín, Belgrano, O´Higgins, Bolívar y Sucre – en la fragmentación de la nación hispanoamericana. [9]

Esta primera Insubordinación ideológica, se materializó políticamente en el Aprismo fundado por el peruano joven peruano Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979) quien conformara el primer partido político hispanoamericano cuya finalidad era la construcción de un estado latinoamericano que abarcara desde el Río Grande a la Tierra del Fuego, abrazando en un ideario concreto, el pensamiento de aquellos hombres de la Generación del ´900.[10]

La Generación Revisionista y la segunda insubordinación ideológica

 La segunda Insubordinación ideológica, más localizada geográficamente, pero quizás más intensa desde el punto de vista conceptual, se originó en el Río de la Plata, siendo protagonizada por aquellos hombres a los que podemos denominar como “La Generación Revisionista”. Y al hablar de esta Generación es imprescindible mencionar a sus más destacados integrantes como lo fueron los argentinos Arturo Jauretche (1901-1974), Raúl Scalabrini Ortiz (1899-1959),  José María Rosa (1906-1991), José Luis Torres (1901-1965), Arturo Sampay (1911-1977), Rodolfo Puiggrós (1906-1980),  José Hernández Arregui (1913-1974), Jorge Abelardo Ramos (1921-1994), Fermín Chávez (1924-2006), los uruguayos Washington Reyes Abadie (1919-2002), Vivian Trías (1922-1980) y el más joven de todos ellos Alberto Methol Ferré (1929-2009). Fuera del Río de la Plata, pueden también considerarse inscriptos en esta corriente, el boliviano Andrés Soliz  Rada y el chileno Pedro Godoy, estos dos últimos, aún en vida.

La “idea fuerza” fundamental que descubre la “Generación Revisionista”, que se transformará en la piedra angular de todo su pensamiento, consiste en develar que la “guerra de la independencia de España” fue un fracaso no sólo, como sostenían los hombres de la Generación del ´900, porque no se logró conformar políticamente la gran nación hispanoamericana, sino, también, porque las distintas repúblicas que surgieron, producto de la fragmentación de los distintos Virreinatos, pasaron de la dependencia formal de España a la dependencia informal de Gran Bretaña. Esa dependencia informal de Gran Bretaña hizo que todas las Repúblicas hispanoamericanas se incorporaran a la economía internacional como simples productores de materias primas y que, a diferencia de los Estados Unidos y Canadá[11], subordinadas ideológicamente, no aplicaran una política económica proteccionista que les hubiese permitido convertirse, también, en estados mediana o fuertemente industrializados, cosa que, a su vez, hubiese facilitado la unidad que propugnaban los hombres del ´900. [12]

La Generación Revisionista es una corriente de pensamiento que descubre también, que el instrumento principal, a través del cual Inglaterra había logrado la subordinación ideológico-cultural de la América española y de la Argentina en particular, había consistido en la “falsificación de la historia”.

Es por ello que escribía Raúl Scalabrini Ortiz: “Si no tenemos presente la compulsión constate y astuta con que la diplomacia inglesa lleva a estos pueblos a los destinos prefijados en sus planes y los mantiene en ellos, las historias americanas y sus fenómenos sociales son narraciones absurdas en que los acontecimientos más graves explotan sin antecedentes y concluyen sin consecuencia. En ellas actúan arcángeles o demonios, pero no hombres…la historia oficial argentina es una obra de imaginación en que los hechos han sido conciente y deliberadamente deformados, falseados y concadenados, de acuerdo a un plan preconcebido que tiende a disimular la obra de intriga cumplida por la diplomacia inglesa, promotora subterránea de los principales acontecimientos ocurridos en este continente.”[13]

Esta simple, pero contundente cita de Scalabrini Ortiz podría resumir, de modo tan claro como lapidario, el meollo del descubrimiento de esa serie de excelsas plumas al servicio de la nación: Poner en claro que no sólo fuimos disgregados, sino que lo fuimos para mayor gloria, señorío y riqueza de la Inglaterra. Nuevo amo que se instaló a expoliar nuestros recursos, mellar nuestras ansias de libertad nacionales y justicia para nuestra gente.

Y claro, como la verdad de que seguíamos siendo una colonia, aunque dependiente de otro amo, la Gran Bretaña, no era una película “apta para todo público”, hubo que “inventar” una historia nueva, una historia que oculte, deforme y ajuste los hechos a los designios del nuevo amo. Esta labor que, con maestría de sofista veterano llevó adelante Bartolomé Mitre, después de la batalla de Caseros, fue  difundida por  la escuela pública y los programas oficiales:“La historia que nos enseñaron desde pequeños, la historia que nos inculcaron como una verdad que ya no se analiza, presupone que el territorio argentino flotaba beatíficamente en el seno de una materia angélica. No nos rodeaban ni avideces, ni codicias extrañas. Todo lo malo que sucedía entre nosotros, entre nosotros mismos se engendraba…las luchas diplomáticas y arterías estuvieron ausentes de nuestras contiendas…para eludir la responsabilidad de los verdaderos instigadores, la historia argentina adopta ese aire de ficción en que los protagonistas se mueven sin relación con las duras realidades de esta vida. Las revoluciones se explican como simples explosiones pasionales y ocurren sin que nadie provea fondos, vituallas, municiones, armas, equipajes. El dinero no está presente en ellas, porque rastreando las huellas del dinero se puede llegar a descubrir a los principales movilizadores revolucionarios…esa historia es la mayor inhibición que pesa sobre nosotros. La reconstrucción de la historia argentina es, por eso, urgencia ineludible e impostergable.”[14]

A sabiendas de  la existencia de una verdad distinta de la “oficial”, como bien apunta Scalabrini Ortiz, en el párrafo que antecede, deviene, para aquellos hombres, en labor impostergable “descubrir” la historia verdadera, la historia que nos relegaba a sirvientes y nos ataba al destino de la potencia que, soterradamente, nos dominaba. No podían, aquellos hombres de política y pluma, dejar de encarar la tarea de establecer, sobre bases sólidas, los principios ocultos, aquellas premisas que nos llevaran a conclusiones verdaderas, alejadas de la falacia mitrista y cercana al conocimiento de nuestra realidad y  de nuestros problemas reales, para que munidos de verdades, encaremos la solución de los verdaderos problemas. Era para ello, necesario, Revisar (y refutar documentos en mano), el montaje mitrista, ajeno a la verdad.  A esa labor se consagraron, principalmente, entre otros, José María Rosa, Jorge Abelardo Ramos y Fermín Chávez.

Según Arturo Jauretche, la falsificación de la historia argentina, ha perseguido como finalidad: “Impedir, a través de la desfiguración del pasado,  que los argentinos poseamos la técnica, la actitud para concebir y realizar una política nacional…se ha querido que ignoremos cómo se construye una nación y cómo se dificulta su formación auténtica, para que ignoremos cómo se conduce, cómo se construye una política de fines nacionales, una política nacional…no es pues un problema de historiografía, sino de política: lo que se nos ha presentado como historia es una política de la historia en que ésta, es sólo un instrumento de planes más vastos destinados precisamente a impedir que la historia, la historia verdadera, contribuya a la formación de una conciencia histórica nacional que es la base necesaria de toda política de la nación…la política de la historia falsificada es, y fue, la política de la antinación, de la negación del ser y las posibilidades propias, es incontrastable, en cambio, que la verdad histórica es el antecedente de cualquier política que se defina como nacional, y todas tendrán que coincidir en la necesaria destrucción de la falsificación que ha impedido que nuestra política existiera como cosa propia, como creación propia, para un destino propio.”[15]

 La necesidad de un Nuevo  Revisionismo Histórico para la concreción de nuestra segunda independencia

 Mientras que la primera insubordinación ideológica de los hombres de la Generación del ´900, se materializó políticamente en el aprismo, la segunda insubordinación ideológica, protagonizada por los hombres de la Generación Revisionista, se materializó en el peronismo que inició, en 1945, un proceso de Insubordinación Fundante que fue abortado, diez años después, al producirse, inducido por Inglaterra y los Estados Unidos de Norteamérica, el golpe de estado que derrocó al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón (1895-1974). Caído el peronismo, fue víctima, como lo había sido, a su hora, el rosismo[16], de la falsificación de la historia, y se presentó al gobierno peronista, como un gobierno “populista”, a Perón como un General fascista y a su gran amor y compañera, María Eva Duarte de Perón, Evita (1919-1952), como una “revolucionaria”, opuesta al General burgués que era incapaz de llevar adelante la revolución, creando, de esa forma al “evitismo” como forma “superior” del antiperonismo.[17] Fue entonces, que los hombres de la Generación Revisionista, emprendieron la tarea de reivindicar al peronismo, como ya lo habían hecho con el rosismo, pero su tarea quedó inconclusa porque, a la mayoría de estos hombres de pluma y política, los sorprendió, antes, la muerte. Concluir esa tarea, es la misión ineludible del Nuevo Revisionismo Histórico.

* Marcelo Gullo  nació en la ciudad de Rosario en 1963. En los primeros meses de  1981, comenzó su militancia política contra la dictadura militar. Doctor en Ciencia Política por la Universidad del Salvador, Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Nacional de Rosario, Graduado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de Madrid, obtuvo el Diploma de Estudios Superiores (Maestría) en Relaciones Internacionales, especialización en Historia y Política Internacional, por el “Institut Universitaire de Hautes Etudes Internationales”, de la Universidad de Ginebra. Discípulo del politólogo brasileño Helio Jaguaribe y del sociólogo e historiador uruguayo Alberto Methol Ferré, ha publicado numerosos artículos y libros y es asesor en materia de Relaciones Internacionales de la Federación Latinoamericana de Trabajadores de la Educación y la Cultura (FLATEC) y profesor de Historia Argentina en la UNLa (Universidad Nacional de Lanús).

 


[1] Al respecto ver ARON, Raymond, Paix et guerre entre les nations (avec une presentation inédite de l’auteur), París, Ed. Calmann-Lévy, 1984.

[2] . Hans Morgenthau define al Imperialismo cultural , del siguiente modo: “Si se pudiera imaginar la cultura y, más particularmente, la ideología política de un Estado A con todos sus objetivos imperialistas concretos en trance de conquistar las mentalidades de todos los ciudadanos que hacen la política de un Estado B, observaríamos que el primero de los Estados habría logrado una victoria más que completa y habría establecido su dominio sobre una base más sólida que la de cualquier conquistador militar o amo económico. El Estado A no necesitaría amenazar con la fuerza militar o usar presiones económicas para lograr sus fines. .Para ello, la subordinación del Estado B a su voluntad se habría producido por la persuasión de una cultura superior y por el mayor atractivo de su filosofía política”.  MORGENTHAU, Hans, Política entre las naciones. La lucha por el poder y la paz, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1986, p. 86.

[3].  Hernández Arregui, Juan José, Nacionalismo y liberación, Buenos Aires, Ed. Peña Lillo, 2004, p. 140

[4]. Brzezinski, Zbigniew, El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, Barcelona, Ed. Paidos, 1998, p. 29.

[5] . Siguiendo las reflexiones de Gustavo Battistoni, podemos decir que los intelectuales antihegemónicos, son disidentes del sistema que, al no aceptar las ideas hegemónicas, sufren, como castigo, el olvido. Por la presión de la superestructura cultural que, en los países subordinados, está al servicio de las estructuras del poder mundial. BATTISTONI, Gustavo, Disidentes y olvidados, Rosario, Ed. Germinal, 2008.

[6] Sobre el concepto de Insubordinación Fundante ver GULLO, Marcelo, La Insubordinación Fundante, Breve historia de la construcción del poder de las naciones, Buenos Aires, Ed. Biblos, 2008.

[7] Fue con la Generación del ‘900 que, luego de cien años de soledades, se recupera, por los menos intelectualmente, la unidad histórica de América Latina. La Generación del ‘900 fue la primera – luego de finalizada la guerra de la independencia- que concibió la idea de que todas las repúblicas hispánicas no conformaban, en realidad, sino una sola patria dividida artificialmente. Uno de los miembros más destacados de esa generación, el uruguayo José Enrique Rodó, fue el primer escritor que, en el Río de la Plata, reivindicó a Simón Bolívar y retomó la idea bolivariana de que todas las repúblicas hispanoamericanas eran tan solo fragmentos de una Patria Grande. Es, en tal sentido, que afirma Rodó, ya en 1905: “Patria es, para los hispanoamericanos, la América española. Dentro del sentimiento de la patria cabe el sentimiento de adhesión, no menos natural e indestructible, a la provincia, a la región, a la comarca; y provincias, regiones o comarcas de aquella patria nuestra, son las naciones en que ella políticamente se divide…La unidad política que consagre y encarne esa unidad moral – el sueño de Bolívar-, es aún unsueño cuya realidad no verán quizá las generaciones hoy vivas. ¡Qué importa! Italia no era sólo la ‘expresión geográfica’ de Metternich, antes de que la constituyeran en expresión política la espada de Garibaldi y el apostolado de Mazzini.” RODO, José Enrique, El Mirador de Próspero, Barcelona, Ed. Cervantes, 1928, p. 170.

[8] Significativamente José Vasconcelos en 1923 en ocasión del  discurso que pronunció en la Facultad de Humanidades de Santiago de Chile, el día en que se le concedió el grado de profesor honorario,  sostuvo:Yo veo la bandera iberoamericana flotando una misma en el Brasil y en Méjico, en el Perú y la Argentina, en Chile y el Ecuador, y me siento en esta Universidad de Santiago, tan cargado de responsabilidades con el presente, como si aquí mismo hubiera pasado todos mis años.” Claridad, Lima, Año 1, n°. 1, mayo, 1923, p. 2.

[9] Al respecto afirma Manuel Ugarte en su obra, “El porvenir de la  América Española”, los siguientes conceptos: “Contemplemos el mapa de la América Latina. Lo que primero resalta a los ojos es el contraste entre la unidad de los anglosajones, reunidos con toda la autonomía que implica un régimen eminentemente federal, bajo una sola bandera, en una nación única, y el desmigajamiento de los latinos, fraccionados en veinte naciones, unas veces indiferentes entre sí  y otras hostiles. Ante la tela pintada que representa el Nuevo Mundo es imposible evitar la comparación. Si la América del Norte, después del empuje de 1775, hubiera sancionado la dispersión de sus fragmentos para formar repúblicas independientes; si Georgia, Maryland, Rhode Island, Nueva York, Nueva Jersey, Connecticut, Nueva Hampshire, Maine, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Pennsilvania se hubieran erigido en naciones autónomas ¿comprobaríamos el progreso inverosímil que es la distintiva de los yanquis? Lo que lo ha facilitado es la unión de las trece jurisdicciones coloniales que se separaron de Inglaterra, jurisdicciones que estaban lejos de presentar la homogeneidad que advertimos entre las que se separaron de España.  Este, es el punto de arranque de la superioridad anglosajona, en el Nuevo Mundo. A pesar de la Guerra de Secesión el interés supremo se sobrepuso, en el Norte, a las conveniencias regionales y un pueblo entero se lanzó al asalto de las cimas, mientras en el Sur, subdividíamos el esfuerzo deslumbrados por apetitos y libertades teóricas que nos tenían que adormecer”. UGARTE, Manuel, El porvenir de la América Española, Valencia, Ed. F Sempere, 1911, p 110.

[10] El 29 de junio de 1925, a raíz de la convocatoria de José Ingenieros se realizó, una Asamblea Antiimperialista en París, en la Maison de Savants, de la rue Danton, para protestar contra la amenaza estadounidense de invadir México. Estaba en el escenario lo más granado del pensamiento iberoamericano: Miguel de Unamuno, José Vasconcelos, Manuel Ugarte, Eduardo Ortega y Gasset, el poeta guatemalteco Miguel Ángel Asturias, el líder estudiantil uruguayo Carlos Quijano – más tarde director del Semanario “Marcha” – y Víctor Raúl Haya de la Torre.

El acto se cerró con las  siguientes palabras de Víctor Raúl Haya de la Torre:“Uno de los más importantes planes del imperialismo es mantener a nuestra América dividida, América latina, unida, federada, formaría uno de los más poderosos países del mundo, y sería vista como un peligro…Consecuentemente, el plan más simple…es dividirnos. Los mejores instrumentos para esta labor son las oligarquías criollas, y la palabra mágica para realizarla es la palabra ‘patria’. Patria chica y patriotismo chico, en América latina, son las Celestinas del imperialismo. Patriotismo significa hostilidad al vecino, odio, xenofobia, nacionalismo provincialista y bastardo…Y saben bien quienes en América latina nos dominan que el culto de la patria chica es un culto suicida. Saben bien que dividir nuestra América con odios es abrir las puertas al conquistador…Nuestras clases dominantes nos traicionan, nos venden, son nuestros enemigos de dentro. El único camino de los pueblos latinoamericanos que luchan por su libertad es unirse contra esas clases, derribarlas del poder, castigar su traición. Esa es la gran misión de la nueva generación revolucionaria antiimperialista de América latina. Acusar y castigar a los mercaderes de la patria chica y formar la patria grande.”. HAYA DE LA TORRE, Víctor Raúl, Por la emancipación de la América latina, Buenos Aires, Ed. Gleizer, 1927, p. 108.

[11] Con respecto  a la historia política y económica del Canadá importa precisar que: Durante la campaña electoral de 1878 el líder del partido conservador  John McDonald levantó las banderas del proteccionismo y la industrialización. Sus adversarios del partido liberal, la del destino agrario del Canadá. El partido liberal prometía más librecomercio para salir de la crisis, el partido conservador más y más proteccionismo económico, todo el que los industriales necesitaran. Son significativas al respecto las siguientes palabras que MacDonald pronunció en un encuentro con industriales: “No puedo decir el tipo de protección que requieren. Pero dejemos a cada industrial que nos diga lo que quiere, que nosotros trataremos de darle lo que necesita”. En las elecciones de 1878, el viejo líder conservador  John MacDonald, obtuvo  un rotundo triunfo electoral. El 14 de marzo de 1879 la Cámara de los Comunes, sancionó oficialmente la National Policy, estableciendo de esa forma una fuerte política proteccionista que duraría por más de 50 años. .

[12] A diferencia de Argentina que a partir de la batalla de Caseros enarboló la bandera del librecambio, Estados Unidos fue, hasta después de la Segunda Guerra Mundial, el bastión más poderoso de las políticas proteccionistas y su hogar intelectual. En 1816, el arancel para casi todos los bienes manufacturados era del 35%. En 1820, el promedio de los aranceles para los productos manufacturados era del 40%. En 1832, la Ley arancelaria  otorgaba una protección  particularmente del 45% para los productos manufacturados de lana y 50% para los tejidos de algodón. En 1875, los aranceles para productos manufacturados oscilaban entre el 35% y el 45%. Recién en 1913, hubo una disminución de los aranceles, pero la medida fue revertida un año más tarde, cuando estalló la Primera Guerra Mundial. En 1922, el porcentaje pagado sobre los bienes manufacturados de importación, subió un 30%. En 1925, la tasa arancelaria promedio sobre los productos manufacturados era de un 37% y, en 1931, de un 48%. Todavía en 1960, Estados Unidos mantenía un arancel promedio del 13%. Al respecto ver CHANG, Ha-Joon, Retirar la escalera. La estrategia del desarrollo en perspectiva histórica, Madrid, Ed Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI), 2004  y SEVARES, Julio,  Por qué crecieron los países que crecieron, Buenos Aires, Ed Edhasa, 2010.

[13] . SCALABRNI ORTIZ, Raúl, Política británica en el Río de la Plata, Buenos Aires, Ed. Sol 90, 2001, Págs. 46 y 47.

[14] . Ibíd. , Págs. 47 a 49.

[15]. JAURETCHE, Arturo. Política Nacional y Revisionismo histórico, Buenos Aires, Ed. Corregidor, 2006, Págs. 14 a 16.

[16] “La “Revolución Libertadora” de 1955 quiso hacer con el peronismo la misma política de la historia que se había hecho con los federales, reforzada por las cátedras de Educación Democrática y por las medidas destinadas a enterrar el pasado, prohibiendo símbolos, cánticos, bombos y retratos…Por ejemplo, para perjudicarlo a Perón, intentaron identificarlo con Rosas y resultó que Rosas salió ganando porque recién entonces el pueblo empezó a entenderlo” JAURETCHE, Arturo, Los vencedores de Caseros no hicieron una historia de la política sino una política de la historia.”, Crisis, diciembre de 1973.

[17] Al respecto Norberto Galasso afirma: En el armado policlasista del frente de liberación nacional, el General necesitaba un contacto directo con “la columna vertebral” –los sindicatos– y esa tarea la realizó ella, que ya empezó a ser “Evita” y dejó los vestidos lujosos por el traje sastre y el peinado con rodete…Después, vino su viaje a Europa y al regresar, la puesta en marcha de la Fundación, duplicando así la tarea social de apoyo al movimiento. Allí entregó su vida. “No era beneficencia –recordaba su confesor, el padre Hernán Benítez–. Le llevaba remedios a un enfermo pero además lo besaba sin importarle sus llagas. Era preciso estarse hasta la madrugada para contestar las cartas porque ningún argentino debía ser defraudado por una falta de respuesta, superando la endeblez de los 38 kilos. El pueblo entendió ese amor desenfrenado. La oligarquía también y por eso la odió: “Viva el cáncer” escribieron en las paredes. Ella, consumida por la enfermedad, dijo sus últimas palabras: “Gracias, Juan”. Los evitistas de última hora jamás podrán comprenderlo, ese es el “evitismo  antiPerón” que, como dijo alguien, “es la etapa superior del gorilismo”. GALASSO, Norberto, Esa mujer. Lunes 9 de mayo de 2011.

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