La independencia en Hispanoamérica: una especulación

La valoración del papel del azar en la historia es uno de los elementos positivos que destaca el autor de este artículo en la segunda parte de su comentario al libro de Julián Marías España inteligible. Esta valoración permite comprender, entre otras cosas, sobre la temprana independencia de las colonias españolas y la modalidad fragmentaria que revistió, en contraste con el caso portugues.

La América española y la portuguesa a fines del siglo XVIII. Obsérvese la enorme extensión de Hispanoamérica (en color marrón), que si hoy siguiera unida sería la mayor nación del mundo.

La América española y la portuguesa a fines del siglo XVIII. Obsérvese la enorme extensión de Hispanoamérica (en color marrón), que si hoy siguiera unida sería la mayor nación del mundo.

Artículo del escritor Francisco Ayala publicado en la sección “Tribuna” del diario electrónico español El País el 2 de agosto de 1985.

Un rasgo que de manera especial me complace en el libro de Julián Marías sobre España inteligible es su insistencia en restablecer el papel -a veces de alcance transcendente- jugado por el azar en el desenvolvimiento de los acontecimientos que fraguan el destino tanto del individuo como de las colectividades. A este respecto, leyendo las consideraciones -en gran medida atinadas- que hace sobre el proceso de la independencia de los países hispanoamericanos y sobre las causas de la creciente dispersión centrífuga con que esa independencia se produjo, así como la interpretación que nuestro filósofo-historiador ofrece de las fuertes connotaciones de reacción antiespañola con que la independencia de las nuevas repúblicas se manifiesta, se me ocurre pensar que ahí pudiera deber contarse con uno de esos factores azarosos capaces de torcer el curso de los acontecimientos, o al menos de prestarle una particular inflexión. Más de una vez en mi vida me he preguntado, contemplando el mapa del continente americano, donde en seguida salta a los ojos que la extensión territorial de Brasil es equiparable a la del conjunto de los países de lengua española, cuál puede haber sido la causa -que deberá ser, en todo caso, una causa histórica- de que aquel país surgiera desde el comienzo y se haya mantenido -pese a sus tremendos desniveles internos de todo tipo- como un cuerpo político unido, mientras que éstos se encuentran divididos en multitud de Estados, varios de ellos apenas viables, o no viables en absoluto. Y si tan chocante contraste ha de tener una causa histórica, a la historia habrá que preguntársela.

Veamos, pues, qué nos dice la historia respecto de los orígenes del proceso de independencia. El punto de partida se encuentra, es claro, en la invasión de. esta nuestra común Península Ibérica por las fuerzas de Napoleón Bonaparte.

Los datos de la historia informan de que, para finales de 1807, y ante el avance de las tropas francesas, el rey regente de Portugal, Juan VI, había decidido huir hacia las costas americanas; y ya al año siguiente lo hallamos instalado con su corte en Río de Janeiro, gobernando el país bajo el título de “Imperio”, luego “Reino Unido de Portugal y Brasil”. Una vez pasada en Europa la tormenta napoleánica, volverá el rey don Juan a Lisboa en 1821, pero dejándose en Brasil como regente a su hijo don Pedro. Cuando, de ahí a poco, las Cortes portuguesas piden al príncipe regente de Brasil que regrese a Portugal, don Pedro se niega, pronunciando la célebre declaración de 9 de enero de 1822: ‘Fico”, es decir, “me quedo”; y el 7 de septiembre del mismo año proclama la independencia, siendo exaltado no muchas semanas después a emperador constitucional del Brasil”. Sesenta y tantos años han de pasar antes de que, en 1889, se proclame allí la República; pero nadie va a cuestionar para entonces la unidad de Brasil como cuerpo político…

Atendamos ahora a lo ocurrido en España bajo circunstancias parejas. Bien sabido es que, ante la presión creciente de las fuerzas francesas, y probablemente por iniciativas de Godoy, la familia real se dispone a salir de Aranjuez, donde a la sazón se encontraba, rumbo a Andalucía, con vistas a embarcar eventualmente para América; pero en la noche del 17 al 18 de marzo de 1808 estalla el famoso motín que frustraría el proyectado viaje y precipitaría el derrumbe de la estructura institucional de la monarquía, desencadenando las guerras intestinas que, tanto en la Península como en América, iban a llenar de ahí en adelante la crónica de los pueblos hispanos durante todo el siglo XIX… y hasta ahora.

Independencia precipitada

Cabe, pues, preguntarse si, en el caso de no haberse producido el motín de Aranjuez, que impidió el traslado de la familia real española al otro lado del océano, el curso de los acontecimientos en los territonos ultramarinos dependientes de la Corona española no hubiera quizá podido ser en lo fundamental análogo al que siguió en aquellos que dependían de la Corona portuguesa, manteniéndose unidos bajo un príncipe de la dinastía borbónica, tal cual deseaban algunos de los próceres de la independencia, como -por ejemplo muy notorio- el general Belgrano. Ya sé que las especulaciones acerca de “lo que hubiera podido ser” resultan vanas; pero quizá pueden ayudar a entender algo de lo que efectivamente ocurrió.

Después de todo, la independencia de los países hispanoamericanos se cumplió de hecho, en unos bajo un signo político, y bajo el signo opuesto en otros, siguiendo la lucha de partidos que la quiebra del Estado monárquico había desorbitado entre nuestros pueblos, tanto europeos como americanos. No suele recordar la opinión vulgar -pero sí alude al hecho, aunque en términos generales, el libro de Marías- que (y es también un ejemplo elocuente) la independencia de México se consumó el año 1821 en defensa del poder absoluto de un Fernando VII mediatizado por el restablecimiento del constitucionalismo en la Península.

En suma, no parece demasiado arriesgada la afirmación de que la independencia de Hispanoamérica, si no prematura, fue en todo caso incidentalmente precipitada por la desintegración del Estado monárquico, ante la cual, ni siquiera los perspicaces proyectos y esfuerzos de un Bolívar consiguieron evitar, o al menos reducir, la dispersión que tan lamentables consecuencias ha tenido y tiene hasta el día de hoy.

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