La América de origen inglés contra la de origen español

Marines izando la bandera de Estados Unidos durante la ocupación militar de Veracruz el 27 de abril de 1914

Marines izando la bandera de Estados Unidos durante la ocupación militar de Veracruz de 1914

El siguiente texto es un fragmento del artículo “La América de origen inglés contra la América de origen español”, obra del escritor y político Rufino Blanco Fombona, publicado en el sitio web Cruzada Sur el 29 de julio de 2010.

Un ilustre colaborador de El Liberal, don César Falcón, impugna en este periódico madrileño ciertas apreciaciones que encuentra en mi obra El conquistador español del siglo XVI, respecto a la hostilidad abierta entre la América de origen inglés y la América de origen español.

Yo creo que existe entre las dos Américas una lucha de razas, de civilizaciones, de fronteras; lucha de un país industrial y capitalista contra Estados pobres y pueblos agricultores. Estados Unidos contra Estados Desunidos. Creo que esa antipatía recíproca, que esa pugnacidad creciente entre las dos familias humanas, que parte de la posesión de aquel continente, es, por uno de sus aspectos, la lucha secular entre la gente española y la gente inglesa; entre la cultura latina y católica, por una parte, y la cultura sajona y luterana, por la otra.

Don César Falcón cree que no y aduce buenas razones.

Él no cree que pueda llamarse a la América de lengua castellana un conglomerado de raza española. “Nos hemos acostumbrado demasiado ligeramente –expone Falcón– a decir aquellos de los pueblos españoles de América.”

Y agrega, no refiriéndose ya exclusivamente a América, pero incluyéndola:

“La única lucha de hoy y de mañana es la lucha de clases.

Así, dentro de este concepto, se desarrolla la lucha de los pueblos hispanoamericanos contra los Estados Unidos. No es una riña de raza contra raza, de país contra país. Es de clase contra clase.”

Los argumentos de Falcón, como se advierte, pueden explicarse así:

Primero. Los pueblos americanos no son pueblos de raza española.

Segundo. Son los capitalistas yanquis, que explotan también a las masas yanquis, los que ya solos, ya aliados con plutócratas de Hispanoamérica, explotan a las masas hispanoamericanas.

Ambas razones, dignas de un pensador como César Falcón, me parecen excelentes; pero no invalidan las mías, que abarcan un horizonte más dilatado, desde un plano superior.

* * *

Y contesto:

Primero. Desde el punto de vista antropológico, no existen razas puras. En este sentido, mal podríamos llamar española a nuestra América. Pero ¿son o no son aquellas naciones pueblos de civilización española, de lengua española? ¿No poseen un porcentaje considerable de sangre española? ¿No existe una minoría caucásica, dirigente, de origen español, más o menos puro? La raíz de su actual cultura es exclusivamente española, aunque en las ramas se hayan injertado luego –por fortuna– otras culturas complementarias, que van dando origen y carácter a una cultura propia que nos proponemos crear.

Representamos en América la cultura latina, en su variedad española, con modificaciones propias. Estas modificaciones, cada vez mayores, representarán algún día por sí solas una cultura especialísima: nuestra cultura. Entonces será América, con respecto a España, lo que son la misma España, Francia e Italia con respecto a Roma. Creo esto incontrovertible.

Hoy representamos en América a la gente española, a pesar del coeficiente indígena en unas repúblicas y del coeficiente europeo no español en otras, porque lo español ha absorbido o va absorbiendo lo demás, como puede testificarse con la lengua, que es espíritu. Representamos, pues, con más o menos puridad y excelencia, a la gente española, por nuestras minorías caucásicas, que son las que han impreso e imprimen dirección y carácter político a nuestras repúblicas. Creo también esto incontrovertible.

Los yanquis, a pesar de su heterogeneidad étnica, representan el espíritu, la lengua y la heredada cultura inglesa. Y como los yanquis y nosotros nos aborrecemos cordialmente, puede concluirse, me parece, que al ponernos en contacto, en el Nuevo Mundo, se ha establecido el viejo antagonismo de las razas y culturas que dieron origen a aquellos países.

* * *

Segundo. Creer que la avidez imperialista de los Estados Unidos, que se satisface en América a costa nuestra, es obra de una clase social exclusivamente, y no prurito nacionalista, me parece una candidez. Una candidez peligrosa.

En verdad que los plutócratas yanquis son insaciables; pero recuérdese que gobiernos como el de Wilson, que sofrenó un tiempo la concupiscencia de Wall Street, fue, por aquella misma época, de una gran crueldad con México, con Nicaragua, con Santo Domingo.

No; no es una casta en los Estados Unidos, ni un partido político, como creen otros, ni algunos hombres de presa los enemigos de América, de nuestra América. Todas esas avideces se alían, se traman, se confunden y toman aspecto y carácter nacional. El enemigo de América se llama Estados Unidos.

Hace cosa de un siglo, el Libertador Simón Bolívar, que no dijo ni escribió sino palabras seculares, nos dejó respecto a los Estados Unidos –y cuando todo el mundo estaba deslumbrado por este país– un juicio, que la posteridad corrobora:

“Los Estados Unidos –profetizaba el Libertador– parecen haber sido puestos por la fatalidad en el Nuevo Mundo, para causar daños a América en nombre de la libertad.”

Los yanquis mismos reconocen que su imperialismo presente es una enfermedad de todo el país.

Un escritor independiente, míster John Kenneth Turned, recuenta crímenes del imperialismo nacional yanquilandés, disfrazado ahora de panamericanismo. Míster Kenneth Turned escribe en The Nation, de Nueva York, a propósito de Nicaragua, y asimila la política imperialista de los yanquis a la de los pueblos feroces de Europa y Asia.

“El imperialismo americano –dice– es aprobado por ambos partidos. No se diferencia, por ningún respecto, del imperialismo de Inglaterra, Francia, Alemania, Japón, Italia, en lo que tienen de peor.”

Como se advierte, míster Turned, que sabe lo que dice y lo dice con claridad, echa la culpa del imperialismo no a una clase exclusiva, sino a toda la política de los Estados Unidos; a los dos partidos que allí dirigen, por turnos de elección, el Gobierno; a los ideales nacionales del país: panamericanismo, Doctrina de Monroe, comercio americano, civilización americana, expansión americana, etc.

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