Estados Unidos contra la unidad de Hispanoamérica

“Pese a las coincidencias en idioma, orígenes, religión y destinos, los países hispanoamericanos carecieron durante el todo el siglo XX de un núcleo común que los ligara y diera fuerza, quedando en cierta manera escuálidos ante las pretensiones neocolonizadoras del imperialismo estadounidense (…) Los objetivos de dominación política, económica y cultural de nuestros pueblos por el gobierno de los Estados Unidos han sobrevivido hasta nuestros días, refinándose los mecanismos por los cuales estos se ejecutan (…) O nos unimos o morimos para siempre”

La República de Colombia en 1824. La "Gran Colombia" fue concebida como la primera etapa en el proceso de unificación de toda Hispanoamérica, ideado en un principio por Francisco de Miranda.

La República de Colombia en 1824. La “Gran Colombia” fue concebida como la primera etapa en el proceso de unificación de toda Hispanoamérica, ideado en un principio por Francisco de Miranda.

El siguiente texto es un fragmento del artículo titulado “El bicentenario y la historia como arma”, de Elier Ramírez Cañedo, publicado en el sitio web rebelion.org el 20 de octubre de 2011.

Contra los propósitos históricos de Bolívar se levantaron las propias clases dirigentes de las distintas comunidades americanas, interesadas en conservar sus privilegios tradicionales. Como consecuencia, se desató un proceso centrípeto que llevó al fracaso de la Gran Colombia, convertida en 1830 en tres estados independientes: Venezuela, Nueva Granada y Ecuador, la división de la Confederación Peruana-Boliviana (1839), y la disolución en cinco repúblicas (Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica) de las Provincias Unidas del Centro de América (1839-1848). También puede incluirse la desarticulación, entre 1813 y 1828, del antiguo Virreinato del Río de la Plata en otros cuatro países: Argentina, Bolivia, Uruguay y Paraguay, así como la división de la isla de La Española en dos pequeños estados: Haití y República Dominicana, aun cuando en este caso se trataba de dos territorios que habían pertenecido a dos potencias distintas.

El seudonacionalismo que dividió al continente y aseguró la hegemonía de las minorías criollas que buscaron la independencia sólo para sustituir a los españoles en sus privilegios, no ofreció solución valedera a los problemas sociales y políticos que determinaron el movimiento de emancipación; por el contrario, creó el clima propicio para que los peores defectos del régimen colonial pudieran sobrevivir, agravados a partir de ese momento por falsas esperanzas y engañosos disfraces. Al mismo tiempo, no se pudo despejar el camino para un desarrollo verdaderamente independiente, en lo que no sólo influyeron las clases reaccionarias del continente, sino también las grandes potencias de la época, especialmente la potencia en ascenso del Norte, interesada en el mayor desmembramiento posible del hemisferio, para consiguientemente, facilitar su dominación a través de nuevos mecanismos, tan sofisticados, que no necesitaba clavar directamente sus banderas en los nuevos estados emanados. Así, ante el fracaso de los esfuerzos unificadores de Bolívar, el antiguo imperio español de ultramar se dividió en varias repúblicas, desvinculadas entre sí, lo que facilitó el proceso recolonizador que no tardó en convertirlas en simples apéndices de los centros del capitalismo mundial.

Entre los factores que contribuyeron a este fatídico proceso, además de las ya analizados, podemos añadirle: la accidentada geografía de las distintas regiones hispanoamericanas que hacía incomunicables muchas de sus zonas, las inmensas diferencias económico-sociales, la falta de voluntades políticas más allá de Bolívar y de algunos pocos de sus seguidores (entre ellos se destacaron los generales Andrés de Santa Cruz y Francisco Morazán), la carencia de complementariedades económicas entre los distintos territorios, y la ausencia de una burguesía con un proyecto nacional integrador.

La imposibilidad de llevar a vías de hecho los planes de integración por los que Bolívar abogaba, y que tenían como epicentro fundamental la intención de crear una América fuerte y democrática después de la independencia, capaz de asegurarse una existencia perdurable en el contexto internacional decimonónico, donde se movían los insaciables apetitos colonialistas de las potencias de la época, dejó consecuencias funestas que llegan hasta nuestros días. Pese a las coincidencias en idioma, orígenes, religión y destinos, los países hispanoamericanos carecieron durante el todo el siglo XX de un núcleo común que las ligara y diera fuerza, quedando en cierta manera escuálidos ante las pretensiones neocolonizadoras del imperialismo estadounidense.

Estados Unidos logró los objetivos fundamentales de su política exterior hacia América Latina y el Caribe en el siglo XIX: su expansión territorial a costa de más del 50% del territorio mexicano; la posesión de la Florida; hacer permanecer a Cuba y Puerto Rico en manos de España, en espera de la hora oportuna en que pudiera adueñarse de ellas; frustrar los planes de integración de Bolívar y sembrar las discordias y la división entre los países recién independizados de España para conducirlos a la idea del panamericanismo, en la cual Estados Unidos tendría la hegemonía; y comenzar a desplazar a Inglaterra del dominio económico de la región. Por su puesto, todo ello fue posible gracias al apoyo que recibió el gobierno de los Estados Unidos de los caudillos políticos y militares de la región que por intereses pigmeos y egoístas se opusieron a los más hermosos anhelos de independencia, libertad, unidad y progreso de nuestra América.

Los objetivos de dominación política, económica y cultural de nuestros pueblos por el gobierno de los Estados Unidos han sobrevivido hasta nuestros días, refinándose los mecanismos por los cuales estos se ejecutan. Mas si no conocemos cómo históricamente los Estados Unidos se comportaron ante los procesos independentistas y de integración de nuestros pueblos no podemos visualizar en profundidad cuáles son hoy los objetivos del imperio del Norte y cuán importante continúan siendo los sueños de unidad que defendieron Bolívar, Martí y otros próceres de Nuestra América. Lo hora decisiva de la segunda y definitiva independencia ha llegado. O nos unimos o morimos para siempre. Con los peligros que enfrenta hoy la humanidad no hay oportunidad para una tercera independencia. Para los que consideran imposible el triunfo habría que recordarles las palabras de Bolívar en 1819 cuando señaló: ¡Lo imposible es lo que nosotros tenemos que hacer, porque de lo posible se encargan los demás todos los días!

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