La mitología autoderrotista (Parte 2ª)

El siguiente texto forma parte del ensayo “La nueva visión”, del escritor e investigador hispanoamericanista Raúl Linares Ocampo, y que publicamos por entregas en nuestro sitio web.

Mapa del "Reino de la Nueva España a principios del siglo XIX", de Antonio García Cubas (1857). El inmenso territorio de Nueva España comprendía no sólo el México actual, cino gran parte de lo que hoy es Estados Unidos hasta los confines de Canadá y Alaska, así como el istmo centroamericano, las Antillas y, en Asia y el Pacífico, las islas Filipinas, Carolinas y Marianas.

“Reino de la Nueva España a principios del siglo XIX”, de Antonio García Cubas (1857).

6. Conquistadores y conquistados

La sociedad propiamente indiana se inicia con la primera generación mestiza, cuyos padres son los conquistadores. Ya que éstos también forman parte de ella, valgan algunas palabras al respecto.

En general, los grandes capitanes de la Conquista quedaron en las Indias, de las que hicieron su nueva patria y donde dejaron sus huesos y su prole. El autodenigrante de hoy se considera producto de violación. Tendrá sus razones, que precisa respetar. Pero generalizar este hecho, significa cultivar un mito más, demasiado burdo como para darle lugar en la explicación del carácter eminentemente mestizo de Nuestra América.

Los participantes en la empresa de la conquista provenían de los más diversos estratos, pero los personajes preeminentes, los capitanes, representaban en buen número al hidalgo segundón. Hidalgo, quiere decir hijo de algo, y es aquel que, para elevarse sobre la plebe, tiene por distintivo el no “vivir por sus manos”, vale decir, no vivir de su trabajo; pero siendo segundón, no hereda el mayorazgo, la fortuna familiar. Estaba pues obligado a encontrar algún medio de no caer en la pobreza, en la deshonra, según la visión del hidalgo. “El desdén por el trabajo manual en la psicología española, no le viene por su concepción cristiana de la vida, sino por la fatal orientación militarista y autocrática durante los ocho siglos de guerrear con los moros”, observa Víctor Andrés Belaunde.[1] De ahí que para muchos hidalgos segundones, la Conquista fuera en cierto sentido una continuación de la Reconquista, concluída precisamente en el año del Descubrimiento. Las Indias ofrecían pues una vía que buen número de ellos eligió; los más intrépidos se enrolaron en la empresa de la conquista, cuando pudieron. Las huestes conquistadoras como hordas de delincuentes es otro de los mitos de la Leyenda Negra. Evidentemente no todos eran hidalgos segundones, o mejor dicho, éstos estaban en minoría; la mayoría de los soldados, como era de esperar, pertenecía a estratos inferiores; y además a varios países extranjeros, lo que señala en dirección de la inmigración ilegal; a estos elementos se les atribuye, en general, el grueso de las crueldades, lo que puede admitirse como muy probable, dado que la ignorancia es caldo de cultivo de la crueldad. Pero una visión realista no debe olvidar, que en todo ejército surge de modo inevitable el espíritu de cuerpo, más aun, en situaciones extremas. El soldado, de cualquier procedencia social, no podía quedar indiferente, cuando los aztecas le mostraban como sacrificaban a uno de sus compañeros hecho prisionero. La crueldad se contestaba con crueldad. Esto vale para todos los tiempos. Ni Cortés ni Pizarro personificaban al cruel por naturaleza. En el combate mataban para no ser muertos, y fuera de él podían ser extremadamente estrictos con sus subordinados, al extremo de haber hecho colgar a soldados que maltrataban o robaban a los indios. Y tampoco faltaron momentos de gran humanidad, como, por ejemplo, cuando a la muerte de un cacique aliado, Cortés llora como si se tratara de su padre y luego lleva luto.

Hernán Cortés, conquistador de México, fue hijo de Martín Cortés, de quien Las Casas, quien lo conoció, dice que “era harto pobre y humilde, aunque cristiano viejo y dicen que hidalgo”. Hernán Cortés estudió Jurisprudencia en la famosa Universidad de Salamanca, pero al cabo de dos años abandonó la universidad, pues se sentía más llamado para la acción, y decide pasar a las Indias, a fin de mejorar de condición. Fue espíritu culto, poseía el latín y una excelente prosa, como sus cartas a Carlos V demuestran; gustaba además de hacer versos, y en cierta oportunidad, en que sus soldados escribieron sus críticas en una pared, se complació en responder en epigramas. Murió en España, pero en su testamento dispuso que sus restos fueran trasladados a México, donde también yacían los restos de su madre. El célebre estadista mexicano Don Lucas Alamán comenta esta disposición así: “Generalmente en las demás naciones que tienen establecimientos ultramarinos, los gobernadores y otros personajes que mueren en ellos disponen que sus cadáveres sean trasladados a su patria, y a ella destinan sus riquezas, sea para sus familias o para diversos establecimientos, los que en las colonias hacen fortuna. Cortés murió en España, y por el amor que tenía al país que había conquistado y que consideraba como su patria, más que la que le vio nacer, quiso que sus huesos se trasladasen a México, fundando en esta ciudad establecimientos de beneficencia, cuya utilidad goza la población tres siglos después de su muerte, sin haber destinado para el lugar de su nacimiento más parte de su fortuna, que la dotación de una lámpara que ardiese en la capilla de la iglesia de San Francisco de Medellín, donde estaba sepultado su padre. Esta misma conducta siguieron observando casi todos los españoles que se enriquecían en Nueva España, y a ella se deben muchas fundaciones magníficas …”.[2]  La diferencia proviene de que México no era un simple establecimiento ultramarino, una colonia, sino la Nueva España; lo correspondiente vale para el Perú y el resto de Nuestra América. En las factorías, asentamientos, enclaves del imperialismo europeo a los que  indebidamente se asimilan las Indias, la situación era completamente diferente, allí “los dirigentes políticos y militares, pero también los exploradores, misioneros y científicos – se esforzaron en instaurar las distinciones ‘nosotros/ellos’, ‘yo/el otro’ entre las poblaciones colonizadoras y las poblaciones colonizadas. En este sentido, el mantenimiento o la creación de diferencias, incluso la diferencia racial, no se dieron de por sí, exigieron trabajo. Los Estados coloniales, en particular en los siglos XIX y XX, hicieron grandes esfuerzos para dividir el espacio, dar a la gente venida de la  metrópoli un hogar lejos de su país, impedir a los agentes coloniales de ‘indigenizarse’, y reglamentar las relaciones sexuales entre poblaciones diferentes”.[3] En cambio, Nuestra América debe su existencia al mestizaje. Cortés tuvo cuatro hijos del matrimonio con Doña Juana de Zúñiga y cinco naturales, de los cuales tres fueron mestizos: Don Martín Cortés, Caballero del hábito de Santiago, tenido con la india Doña Marina, la llamada Malinche; Leonor y María. Leonor fue hija de Tecuichpotzin, o Isabel, la hija mayor de Moctezuma; es decir, fue la primera en llevar los apellidos Cortés Moctezuma, que aún existen. Por generosas dádivas a la Santa Sede, Cortés obtuvo en 1526 una Bula del Papa Clemente VII que legitimaba a sus hijos naturales, a quienes proveyó por testamento de todos los medios de una subsistencia más que holgada.[4]

Encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma, miniatura de "Historia de las Indias", por Diego Durán (1579). Biblioteca Nacional, Madrid.

Encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma, miniatura de “Historia de las Indias”, por Diego Durán (1579). Biblioteca Nacional, Madrid.

Veamos la evolución por el lado de los autóctonos. Antes de su muerte, Moctezuma le encargó a Cortés velar por sus hijos; prometió tenerlos como suyos, y cumplió su palabra. Sólo Isabel y Pedro sobrevivieron en la retirada de la capital, en la llamada Noche Triste, en la que los españoles sufrieron un tremendo descalabro. Isabel, quien tuvo una hija con Cortés, Leonor Cortés Moctezuma, estuvo varias veces casada con españoles y se radicó definitivamente en España. Pedro estuvo casado con una azteca en la que tuvo su hijo Don Diego Luis, quien pasó a España y se casó con Doña Francisca de la Cueva. Su hijo Don Pedro Tesifón Moctezuma de la Cueva, primer mestizo del árbol genealógico, fue el I Conde de Moctezuma y de Tula y Vizconde de Lluca, casado con Doña Jerónima Porras. José Sarmiento y Valladares, Conde de Moctezuma y de Tula de Allende fue Virrey de México (1696-1701). Posteriormente los Condes de Moctezuma fueron elevados al rango de Duqueses, y finalmente al de Grandes de España, rango máximo de la nobleza hispana. Esta Casa existe aún hoy.

Los conquistadores del Perú, Francisco Pizarro y Diego de Almagro, sólo tuvieron hijos mestizos y dejaron sus restos allí. Los Pizarro estaban emparentados por línea materna con los Cortés. Francisco Pizarro, hijo natural, estuvo acompañado de tres hermanos por padre, Gonzalo, Pedro y Hernando, y un hermano por madre: Martín de Alcántara. Según narra Don Lucas Alamán: “cuando Gonzalo Pizarro fue presentado prisionero al presidente Pedro de la Gasca después de la batalla de Sacsahuana, cerca del Cusco, el presidente echó en cara a Pizarro su ingratitud, pues había hecho la guerra al emperador de quien había recibido honras, riquezas y nobleza, a esta palabra el orgulloso prisionero contestó, ‘nobleza no, mi familia la trae desde los Godos’.”  Es decir, los Pizarro eran por lo menos hidalgos. Pero Francisco fue hijo natural, de modo que, a diferencia de sus hermanos, fue realmente inculto. Francisco López de Gómara, el biógrafo de Cortés, para rebajarlo dice de él, que fue un porquerizo, un criador de cerdos, lo que hace el placer de los autodenigradores para rebajarlo aun más. Aun cuando esto fuera cierto, es un innegable mérito el haberse elevado de tan humilde condición a la categoría de personaje de la historia universal. Pero casos similares en los Estados Unidos son vistos por los autodenigradores como luminosos ejemplos a imitar. Pizarro tuvo cuatro hijos, todos mestizos; tres con una pariente, posiblemente hermana, del Inca Atahuallpa; el origen del cuarto está aun en la penumbra. Su primogénito, Gonzalo Pizarro Yupanqui, estaba destinado a sucederle en la gobernación del Perú; pero murió de muy corta edad; lo mismo sucedió con el otro hijo. Su hija sobrevivió, fue su heredera universal, se radicó en España y estuvo luego casada con su tío Hernando Pizarro. Social y económicamente gozó de una situación prominente, y tuvo los medios y la posición que la habilitaron para plantearle un juicio a la Corona, reclamando el cumplimiento de compromisos contraídos con su padre.

Diego de Almagro sólo tuvo un hijo con una india de Panamá. Almagro el Mozo, como se lo llamaba, fue siempre su compañero, y pese a su corta edad, desaparecido su padre, fue reconocido como jefe de la fracción almagrista en la guerra civil de los conquistadores.

Por el lado de los autóctonos no hay en el Perú nada similar a lo de México, ya que el último Inca, Atahuallpa, fue acusado de usurpador y asesino del legítimo Inca, su hermano Huascar, mientras que Moctezuma, además de ser reconocido como legítimo emperador, se declaró, oficialmente y ante notario, vasallo de Carlos V. De ahí que la Corona española haya exigido de sus descendientes la confirmación de su renuncia a la soberanía, para otorgarles títulos nobiliarios. Aparte de esta diferencia, en el Perú la Corona también reconoció la nobleza autóctona y otorgó títulos, blasones, privilegios, según prueba la concesión del título de marquesa de Santiago de Oropesa a Doña Ana María Lorenza de Loyola Coya, nieta del inca Sayri Túpac, el inca rebelado en Vilcabamba, y último de la línea, ya que no tuvo descendencia masculina. Doña Ana María fue hija de Doña Beatriz Clara Coya y Don Martín García Oñez de Loyola, capitán General de Chile y sobrino nieto de San Ignacio de Loyola. Es decir, fue la primera mestiza de la línea genealógica. La casa de los marqueses de Santiago de Oropesa existe aún hoy, su actual titular es Don Alfonso Martos Carrión y Azlor de Aragón, VIII marqués. Como se ve, la Corona reconoció a la nobleza de ambos imperios autóctonos, y la nobleza hispana se emparentó con ellas.

Martín García de Loyola y su esposa, la princesa inca Beatriz Clara Coya, hija de Sayri Túpac y Cusi Huarcay. Lienzo del siglo XVII, Iglesia de la Compañía, Cuzco.

Martín García de Loyola y su esposa, la princesa inca Beatriz Clara Coya, hija de Sayri Túpac y Cusi Huarcay. Lienzo del siglo XVII, Iglesia de la Compañía, Cuzco.

En los conquistadores y sus descendientes mestizos tenemos ya un primer grupo de la sociedad indiana que nos obliga a interrogar sobre algunas relaciones dentro de él y del conjunto de la sociedad. En el choque de dos mundos tan diferentes, la primera pregunta que se presenta de por sí es la de la jerarquía. Cuando los españoles ocupan la isla de Santo Domingo desarrollan de inmediato un sentimiento de superioridad frente a seres desnudos, carentes de lo que los europeos consideraban como lo más indispensable en la vida, con un ordenamiento social sumamente primitivo. Cuando pasan a México comprueban que se trata de pueblos de cultura más evolucionada, y a medida que se acercan al imperio azteca deben reconocer la existencia de cosas dignas de admirar. Pero en todo caso el sentimiento de superioridad persiste, y se manifiesta en una forma dependiente del grado de cultura de los pueblos conquistados; y del conquistador, si culto o inculto. Un mensajero que Cortés envía al emperador Moctezuma, impaciente porque tiene que esperar, exige que ese “indio perro” se dé prisa. Cuando Cortés y Moctezuma se encuentran, Cortés se presenta como vasallo y mensajero del emperador Carlos V, pide que el emperador azteca acepte ser vasallo del emperador hispano, y poco después lo apresa. Aun en estas circunstancias, Cortés, hombre culto, mostró gran respeto ante Moctezuma, quien tan indio como era, era emperador. Para la Corona española un noble inca o azteca era superior a un pechero (tributario) español; para éste, era lo contrario. Todo esto evidencia que, de una u otra manera, la raza era un factor de jerarquía. Este modo de ver las cosas no es exclusivo de aquel tiempo. En el presente podemos comprobar que un ciudadano del llamado Tercer Mundo que se encuentra en Europa es catalogado en dependencia del ambiente en que se halla. En un ambiente universitario, la discriminación es imperceptible, cuando siquiera existe; el proletario en general la expresa sin rodeos. Pero con todos los matices de que es posible este fenómeno, tenemos que admitir su existencia desde el primer momento de la Conquista y su persistencia hasta hoy. Y el modo como lo percibamos mostrará las más diversas variantes que no hacen sino confirmar su vigencia. La raza formará junto al dinero y la educación la triada de la jerarquía social en Nuestra América.

7. La reorganización del mundo americano

La visión simplista y satanizada de la Época Indiana impuesta por la mitología autoderrotista se imagina un mundo donde el único orden social existente fue la esclavitud; la única actividad productiva, la extracción de oro y de riquezas; la única comunicación con la metrópoli, el envío de tesoros. Dado que esta visión se nutre de nuestra ignorancia de la propia historia, y se fomenta desde el extranjero, antepondremos como guía heurística la opinión de un historiador extranjero. En su obra El Imperio hispánico en América, el historiador norteamericano Clarence H. Haring afirma: “Se ha señalado que los españoles del siglo XVI mostraron las características de los antiguos romanos más que ningún otro pueblo del mundo moderno. Revelaron en la conquista y colonización de América el mismo valor y espíritu emprendedor, las mismas cualidades militares, la misma paciencia para con las dificultades que distinguieron a los soldados y colonizadores romanos en los tiempos de Escipión el Africano y Julio César. Y como los romanos fueron principalmente creadores de leyes y forjadores de instituciones. De todos los pueblos colonizadores de los tiempos modernos, los españoles fueron los poseedores de la mentalidad más jurídica. Desenvolvieron rápidamente en el nuevo Imperio un sistema administrativo cuidadosamente organizado, como pocas veces se viera hasta entonces”.[5] Es sin duda una equitativa apreciación, pero que, al resumir, no penetra en los detalles que revelan la complejidad de la situación real. En efecto, se trataba nada menos que de un mundo nuevo, aún desconocido. Desaparecidos los reyes autóctonos, la soberanía de tan inmensos territorios había pasado al rey de Castilla. Pero por lo menos existieron dos grandes imperios con una respetable organización social y estatal. ¿Qué hacer con ella? ¿Conservarla, desecharla en parte o totalmente? Aquí se opusieron las más variadas opiniones, ya antes de que espíritus sensatos exigieran conocer primero en concreto la organización que se dieron los antiguos imperios. Y téngase presente, que España siendo entonces el paladín de la cultura del mundo occidental, depositaria de la tradición jurídica romana, de la influencia arábigo-judea, tenía en cantidad y calidad espíritus versados en las más diversas teorías sobre el hombre, sobre Dios, sobre la relación de ambos, sobre el mundo y las cosas. La polémica fue pues inevitable.

"Pintura de Castas", óleo de Miguel Cabrera (hacia el año 1763), donde se muestra a un español jugando con su hija, nacida de su unión con una mujer mulata. España promovió el mestizaje en América, un fenómeno amplísmo en toda la América hispana, regulado incluso por la legislación de Indias.

“Pintura de Castas”, óleo de Miguel Cabrera (hacia el año 1763), donde se muestra a un español jugando con su hija, nacida de su unión con una mujer mulata. España promovió el mestizaje en América, un fenómeno amplísimo en toda la América hispana, regulado incluso por la legislación de Indias.

En ningún momento se dudó de la humanidad de esos seres, aun cuando vivieran en el estado de mayor simpleza y rusticidad. Y por tanto se les debía aplicar cuanta disposición protectora, la ciencia jurídica de entonces en su versión de vanguardia concedía al ser humano. Y todo lo que de abyecto llevaban, como la antropofagia e idolatría, se atribuía a obra del demonio, del cual todo cristiano estaba obligado a liberarlos. Fue ésta la intención de los Reyes Católicos, del Papa, incluso de los conquistadores, cuando se enfrentaron a esta nueva realidad. Ya esto no es poco para la época, si se tiene en cuenta que en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, siglos después, se afirma: “Tenemos estas verdades por evidentes, que todos los hombres fueron creados iguales, que están provistos por su Creador de ciertos derechos inalienables entre los que se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Esto lo decían los próceres norteamericanos sin cuidarse de que implícitamente negaban humanidad a sus esclavos.

En la cuestión de la reorganización del nuevo mundo hubo un enfrentamiento general de virreyes, audiencias, iglesia oficial, iglesia misionera, juristas, letrados, encomenderos, etc. La controversia provenía en buena cuenta de que cada uno se enfrentaba a una realidad parcial, o cada cual la percibía no sólo desde un punto de vista personal sino también corporativo: el virrey difería del Oidor de la Audiencia; el clérigo de la jurisdicción eclesiástica, del misionero; el letrado, del encomendero. A todo esto se añadía la necesidad de ordenar y legislar sobre la marcha; de corregir los desaciertos una vez que eran visibles; y en fin de corregir las correcciones. Todo esto da a la legislación indiana un carácter eminentemente casuista, sobre todo en sus orígenes. De ahí su abrumadora complejidad, inmenso problema para la investigación histórica. Ésta sería insulsa, si se tomara en serio la absurda ocurrencia según la cual la legislación indiana fue inefectiva.

Esta situación inicial tiene como luminoso ejemplo el debate de Valladolid entre Fray Bartolomé de Las Casas y Ginés de Sepúlveda, sobre el que diremos algunas palabras, luego de cerrar este acápite con un resumen tomado de la obra El Estado en el Derecho Indiano. Época de fundación 1492-1570 de Mario Góngora: “Los indios han pasado a ser súbditos del Rey de Castilla, pero sin perder jurídicamente la totalidad de su antigua organización. El Estado Indiano admite dentro de su cuerpo estas comunidades, regidas por un Derecho distinto del castellano, aunque con numerosas interferencias de las leyes de Indias, tanto en sus relaciones con la población española, como en su vida interna. El Derecho Indígena, y los justicias reales deben aplicar las costumbres de los naturales en la medida que sean consideradas ‘buenas’, es decir, compatibles, según los mismos criterios exigidos para la validez de las costumbres en el Derecho Español … La conquista y la colonización implicó para los indígenas la sumisión a servicios personales y tributarios que para los pueblos de más alta organización vinieron a sustituir a antiguos sistemas tributarios ya en vigencia antes de la Conquista, y para las tribus de vida estatal más floja significaron algo totalmente nuevo. En regiones determinadas (todavía muy reducidas antes de 1570) se ensayan tipos de Estado  puramente misionales, sin colonización española; pero, en general, la gran mayoría de la población indígena (excepto aquella que vivía en regiones todavía inexploradas en el siglo XVI, o inhabitables para los blancos) quedó sujeta a un tipo de tributación y de trabajo en beneficio de los súbditos españoles. Pero esta situación, producto de la Conquista, no cubría toda la vida jurídica de los indígenas, salvo en algunas Gobernaciones independientes, donde el poder de los conquistadores carecía de frenos legales; en los núcleos principales, por obra de capitanes de conquista como el mismo Cortés, pero más ordinariamente de Audiencias, Virreyes y frailes, subsisten comunidades indígenas con su propio Derecho. Se marcan diversas posibilidades de organización, unas más conformes al Derecho Consuetudinario Indígena, otras a ideas jurídicas europeas. La legislación toma a este respecto un camino intermedio. Reconoce a los caciques como señores de sus indios, dejando subsistentes los antiguos vínculos, pero limita su jurisdicción y tributos, sujetándolos firmemente al control de las Audiencias y corregidores; por lo demás en muchos casos, como en Nueva España, la decisión legislativa  llegó tarde, y ya las autoridades indianas habían sustituído casi completamente las antiguas jerarquías por otras nuevas procedentes de la elección [de los caciques], más controlada por los españoles. Una segunda solución, generalmente recomendada por la legislación, fue la concentración de la población indígena en reducciones, para facilitar la doctrina y la acción estatal sobre aquélla. En fin, los indígenas tienen ante los tribunales españoles el beneficio equitativo de un estatuto de protección especial. Estas bases son siempre inestables, por el impacto de las formas de servicio obligatorio, por la amenaza de la expansión de la propiedad rural y de los ganados de los españoles sobre las tierras indígenas, etc.; pero, con todo, Nueva España, Guatemala, más tarde Paraguay, etc., ven el desarrollo de una vida comunal indígena, concentrada alrededor de misiones de las grandes Órdenes; allí donde éstas faltan, como es, principalmente, el caso de las reducciones peruanas, los indígenas representan un menor valor dentro del Estado”.[6]

En sociedades eminentemente agrarias, la tenencia de la tierra es una cuestión fundamental, de modo que aquí precisa aclarar la realidad histórica. En el norte del continente tuvo lugar una verdadera invasión europea, anglosajona, una apropiación violenta de tierras que sus dueños naturales tuvieron que evacuar. La aplicación del concepto de invasión europea al caso de las Indias es un burdo mito, según ya sabemos. En los imperios autóctonos la tierra se repartía entre el rey, el culto y las comunidades. La Corona española, al reemplazar a los reyes autóctonos, adquirió la tenencia de sus tierras, así como de las del culto, ya que en las Indias, gracias al Patronato concertado con la Santa Sede, la Corona era el patrón de la Iglesia, mientras que el Papa permanecía como jefe espiritual. Las tierras de comunidad se respetaron estrictamente, y con ellas los conceptos y modos de “propiedad” operantes en las sociedades autóctonas, colectivistas. Esto es parte de la vigencia que se dio al Derecho Indígena. Las concesiones territoriales que hacía la Corona provenían de las tierras caídas en su dominio. Pero la legislación no siempre pudo evitar el abuso, mal universal, que no siempre quedó impune. Y aquí hubo infinidad de interminables juicios que oponían indistintamente a indios y españoles, comunidades e individuos. Un ejemplo tomado de los archivos indianos en Arequipa nos muestra a un español que habiendo hecho dinero en actividades mineras, se dedica a especular con tierras. Adquiere u ocupa tierras en el valle de Arequipa; inmediatamente surgen denuncias de otros españoles que advierten que ha ocupado “tierras de los indios”. No conocemos el resultado de los posibles juicios habidos. Pero sí sabemos de suficientes casos en la Arequipa de hoy de gente débil que es despojada mediante falsificaciones en el Registro Civil, hechas en complicidad con la burocracia, y mediante juicios en que el justo pierde, gracias a la corrupción reinante en el Poder Judicial.

 

Portada de las Leyes Nuevas de 1542, que pretendían mejorar las condiciones de los indígenas mediante y abolió las encomiendas.

Portada de las Leyes Nuevas de 1542, que pretendían mejorar las condiciones de los indígenas y abolieron las encomiendas.

8. El debate de Valladolid

El debate de Valladolid (1550)  en el cual debía decidirse si la guerra de conquista podía ser justa es el producto de una controversia que se lleva a cabo desde el inicio de la Conquista, tanto en las Indias como en España misma. Con muy pocas excepciones en sus filas, la Iglesia misionera fue acérrima enemiga de la guerra de conquista. Sus más tenaces partidarios fueron naturalmente los conquistadores y quienes a través de las encomiendas y repartimientos de indios y otras mercedes habían sido favorecidos. Las Nuevas Leyes (1542) fueron un intento de la Corona de acabar con las conquistas y las encomiendas. Produjeron una ola de protesta a través de las Indias, que en el Perú llevó a la rebelión abierta y armada contra la Corona. Ante esta inusitada reacción, la Corona hizo algunas modificaciones que detuvieron la estricta aplicación de esas leyes, a la vez que dejaban importantes puntos en suspenso. Esta situación se hizo pronto insostenible para el Consejo de Indias, que solicitando al rey poner remedio, dice en su alegato: “La ambición de aquellos que se lanzan a la conquista, y la timidez y humildad de los indios, son tales, que no estamos seguros de si nuestras instrucciones serían obedecidas. Estaría muy en razón de parte de Su Majestad ordenar una reunión de hombres sabios, teólogos y juristas, con otros de acuerdo con su voluntad para discutir y considerar la manera en la cual las conquistas deben realizarse a fin de que se cumplan de acuerdo con la justicia y con la tranquilidad de conciencia. Debe redactarse una instrucción para estos propósitos, tomando en cuenta todo lo que pudiera ser necesario para esto, y debería considerarse la promulgación de una ley para gobernar, de ahora en adelante, las conquistas aprobadas por este Consejo, así como aquellas que aprobaran las Audiencias”. El rey accedió a esta solicitud y ordenó el 16 de abril de 1550 la detención de todas las conquistas hasta que se decidiera de su justicia. El prestigioso historiador estadounidense Lewis Hanke, quien dedicó toda una vida al estudio de la lucha por la justicia en la conquista de América, dice: “Probablemente nunca antes, ni después, un poderosísimo emperador había ordenado que se detuvieran sus conquistas hasta haber decidido si eran justas”.[7]

De acuerdo a la petición del Consejo de Indias, el rey decretó la reunión de una Junta de hombres sabios, teólogos y juristas que decidiera sobre el asunto, luego de haber escuchado el alegato de las partes representadas por Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda.

Las Casas se había hecho famoso en las Indias y en España como tenaz enemigo de la guerra. Cuando en las Indias la resistencia a las Nuevas Leyes se reforzó y los desacatos llevaron a la rebelión, las Casas se dirigió a España (1547) para denunciarlos y combatir los esfuerzos de quienes exigían la anulación de las Leyes. Tenía entonces 73 años, pero su voluntad y su vigor no habían envejecido. Era pues el representante natural de la oposición a la guerra. Juan Ginés de Sepúlveda era un famoso jurista, ya se había distinguido en el asunto en cuestión a raíz de un movimiento que se creó entre los estudiantes españoles de la universidad de Bolonia. Estos estudiantes, pertenecientes a las mejores familias, argumentaban en 1530 que todas las guerras, incluso las defensivas, eran contrarias a la religión católica: “¿Cómo podía nadie ser al mismo tiempo un buen cristiano y un buen soldado?” Era una doctrina muy peligrosa en momentos en que España debía llevar adelante la guerra contra el turco en defensa de la Fe y de Europa. El Papa comisionó entonces a Sepúlveda como Visitador General para encargarse de neutralizar la doctrina y la actividad de estos estudiantes y círculos afines. Sepúlveda cumplió su cometido con éxito, de ahí que fuera la persona indicada para representar a los partidarios de la guerra.

El debate de Valladolid ha dado lugar a un debate sobre el debate que se prolonga hasta el presente y se agita cada vez que el calendario muestra una fecha conmemorativa, por ejemplo, el 400 aniversario de la muerte de las Casas, que produjo un incontenible torrente de publicaciones que traían nuevos puntos de vista sobre viejos, revisiones de revisiones, etc., etc. No entraremos en los detalles del debate por no dar pábulo a la polémica. Nos limitaremos a señalar sus consecuencias y su significado.

La controversia se continuó detrás de bastidores, y la Junta (éste fue su nombre oficial) no llegó a dar un dictamen. Los motivos fueron diversos, entre ellos, el hecho que los dos grandes imperios ya estaban conquistados; lo restante significaba de poco provecho en relación a los esfuerzos necesarios. No debe olvidarse que las conquistas fueron empresas privadas no estatales, de modo que la menguada ganancia no compensaría la inversión. Esto tuvo por consecuencia que inmensos territorios, sobre todo en Chile y la Argentina, quedaron en posesión de sus dueños, que posteriormente fueron desalojados por la República Autocolonial.

Pórtico del Colegio de San Gregorio de Valladolid, según una litografía romántica del siglo XIX. Aquí tuvo lugar la célebre controversia que enfrentó a Bartolomé de las Casas y a Juan Ginés de Sepúlveda, entre 1550 y 1551.

Pórtico del Colegio de San Gregorio de Valladolid, según una litografía romántica del siglo XIX. Aquí tuvo lugar la célebre controversia que enfrentó a Bartolomé de las Casas y a Juan Ginés de Sepúlveda, entre 1550 y 1551.

La causa principal del interminable debate que se ha desencadenado sobre el debate del 1550 parece ser la incapacidad de los contrincantes de hoy de comprender, y sobre todo de sentir, lo que era la realidad de hace cinco siglos. ¿Qué puede significar para el hombre de hoy lo que para el Consejo de Indias era de importancia existencial cuando argumentaba que las conquistas debían cumplirse “de acuerdo con la justicia y con la tranquilidad de conciencia”? ¿Se le ha ocurrido a alguien argumentar, cuando se fraguaba a fuerza de mentiras, la guerra contra el Irak, que sería contra la tranquilidad de conciencia? ¿Y qué puede significar hoy la advertencia de las Casas al monarca más poderoso de Occidente: “Si Vuestra Majestad, no detiene la conquista, responderá con su alma a Dios”? ¿Acaso no vivimos en un presente sin alma?

Lewis Hanke es posiblemente el autor extranjero que mayores esfuerzos ha hecho por comprender y sentir aquel pasado, no en vano fue este tema la obsesión de su vida intelectual.

Una de sus múltiples apreciaciones reza: “la conquista española de América fue mucho más que una proeza militar y política, fue también uno de los mayores intentos que el mundo haya visto para hacer prevalecer los preceptos cristianos en las relaciones entre los pueblos” . Pasa luego revista a la historia acaecida desde entonces y ve en la lucha de las Casas y sus partidarios un paradigma que se va repitiendo hasta hoy. Llega entonces a esta conclusión: “he venido a darme cuenta en mis estudios sobre el imperio español en América, del significado de la visión de que toda historia es historia contemporánea”.[8]

 

9. La Sociedad indiana

Un vistazo a la dinámica social indiana – indispensable para aclarar errores y desvirtuar mitos que se originan en su desconocimiento, e igualmente indispensable al fin aquí perseguido – nos muestra el siguiente cuadro.

En forma esquemática se puede decir que la dinámica de la sociedad indiana estuvo impulsada por cuatro fuerzas fundamentales: 1) la población autóctona con su organización socioeconómica, política y social, es decir, la “república de indios” como se la llamó entonces; 2) los conquistadores y sus descendientes mestizos y criollos; 3) la Corona, que con su legislación y burocracia administró la “república de indios” y la “república de españoles”, que según las Nuevas Leyes (1542), que prohibían nuevas conquistas, debían vivir en paz; 4) la Iglesia misionera y la oficial del Patronato Real, es decir, la sujeta a la Corona. Esta es la organización que se impone en los dos núcleos de las Indias, México y Perú, donde la existencia de sociedades autóctonas organizadas da la base indispensable. En otras zonas, como en torno al Caribe, donde la población autóctona se ha replegado, el vacío ha sido colmado por la población negra y el correspondiente mestizaje, los llamados pardos. Valgan algunas palabras para aclarar el sentido de “república” en este contexto. En su obra ya citada, el historiador Mario Góngora escribe: “En carta real de 12-VII-1530, se ordena nombrar a dos regidores y al alguacil indios en la ciudad de México, incorporando a aquéllos al Cabildo español, para que se instruyesen en la manera de gobernar las ciudades. La Audiencia procedió a generalizar la institución; si bien no se han integrado a los Cabildos españoles, regidores y alguaciles han constituído dentro de los pueblos una nueva jerarquía, que interviene en la vida interna, frente a los antiguos poderes caciquiles, velando por que los naturales trabajen para pagar los tributos, haciendo cumplir las Ordenanzas, castigando a los borrachos, etc. El sentido de los nuevos cargos es elevar a los indios a la organización municipal española, a la “república”, en el significado que desde el neoaristotelismo se daba al término”.[9]

Si bien la constelación de estas fuerzas era cambiante, en líneas generales se pueden establecer algunas relaciones más o menos estables. La Corona se consideraba propietaria exclusiva de las Indias, y por tanto desplazó a posibles copropietarios, señores feudales en potencia: Colón, Cortés, Pizarro. En la sociedad indiana no hubo feudalismo como erróneamente se cree. Y como todo propietario, la Corona velaba por la conservación de sus bienes. Impidió entonces que españoles fueran a “destruir la tierra” más allá de lo que fue necesario para la conquista de los dos grandes imperios precolombinos, y a partir de 1542 prohibió nuevas conquistas y ordenó: “la república de indios y la república de españoles vivan en paz”. La divisa “Philip II, Rex hispaniarum e indianiarum” es una expresión de este hecho. Y de Felipe IV, es esta orden dada en 1632 sobre el trato de los indios: “Quiero que me deis satisfacción a mí y al mundo del modo de tratar esos mis vasallos … y tengo de mandaros hacer gran cargo de las más leves omisiones en esto, por ser contra Dios y contra mí y en total ruina y destrucción de estos reinos, cuyos naturales estimo y quiero que sean tratados como lo merecen vasallos que tanto sirven a la monarquía y tanto la han engrandecido y lustrado” [10].

Plano de la ciudad virreinal de México, al finalizar el 1.er tercio del siglo XVIIJuan Gómez de Trasmonte, 1628.

Plano de la ciudad virreinal de México, al finalizar el primer tercio del siglo XVII.  Juan Gómez de Trasmonte, 1628.

La república de los españoles se extendía desde el Virrey, la nobleza y la Iglesia hasta el último ganapán; la de indios, desde los descendientes de los antiguos incas, pasando por curacas hasta los indios del común. Y adviértase que la Corona reconoció a la nobleza autóctona y le otorgó títulos, blasones, escudos de armas, privilegios, etc. En ojos de la Corona, un noble autóctono era más que un común pechero (tributario) español. En ojos de un criollo era al revés. Y aunque el criollo fue por tres siglos leal a la Corona, la política real protectora generará  en él una latente oposición, que se expresará e intensificará al estallido de la rebelión separatista.

La detención de las conquistas ordenada por la Corona tuvo por consecuencia que aún en la República, en algunos países como Chile y la Argentina, vastas zonas estuvieran en poder de sus primeros posesores, los pueblos autóctonos. Décadas después de la independencia el criollo emprendió una campaña similar a la que un siglo antes inició el benemérito George Washington en los Estados Unidos cuando decía: “la extensión gradual de nuestros asentamientos provocará la retirada del lobo como la del salvaje, ambos animales de presa, aunque sean distintas sus formas”.

Lo que para el conquistador y sus descendientes criollos era una presa, para la Corona era un valioso bien: veía en los indios vasallos, como también en los españoles, es decir, súbditos sujetos al fisco. Y en consecuencia procedía según el principio de que la riqueza del reino hace la riqueza del rey. Y para que los indios pudieran tributar, tenían primero que vivir, y en lo posible vivir bien. La propiedad territorial era el factor que lo permitía. De ahí que la Corona fuera el garante invariable de la propiedad territorial de las comunidades indígenas. Numerosos pueblos indígenas eran concientes de que defender su propiedad territorial y su existencia era defender a la Corona, y en consecuencia lucharon bajo la bandera del Rey. Los indómitos araucanos en Chile son un caso célebre. Según narra, como testigo presencial, el coronel argentino Manuel A. Pueyrredón, oficial de San Martín en la campaña libertadora de Chile: en 1783 la Corona entabló negociaciones con ellos “tratándoles como iguales, y desde entonces fueron amigos tan fieles de los españoles como antes habían sido enemigos encarnizados, siguiendo con tanta constancia su resolución que en la guerra de la independencia tomaron partido por el Rey y han combatido con su fiereza indomable contra los patriotas.”[11]

El célebre historiador peruano Jorge Basadre afirma: “Los españoles apoyándose en la sierra, dieron a la guerra de la Emancipación en el Perú un contenido regional, y acentuaron sus características de guerra intestina o civil, porque reclutaron la gran masa de sus soldados entre los indios de las regiones andinas”.[12]  Y en otra obra completa el juicio: “Varios años después de que Rodil había arriado el estandarte español de la almenas del Real Felipe, los indios de Huanta todavía combatían por el rey” [13].Rodil, el último resistente realista en Sudamérica, arrió el pabellón español de la fortaleza del Callao en enero de 1826.  Y a fines de ese año Bolívar decía en Venezuela: “yo creo que si los españoles se acercan a estas costas [Coro], levantarán cuatro o cinco mil indios en esta sola provincia”. (Carta al general Rafael Urdaneta, 24 de Diciembre de 1826). También en las zonas donde la población de negros y pardos era significativa y aun mayoritaria, el régimen indiano gozaba de aceptación por buena parte de ellos, lo cual significó un problema para los criollos rebeldes, según muestran los debates del Congreso Constituyente de 1811. Esta fue una de las causas de la crueldad que tuvo la guerra civil de la independencia, sobre todo en sus años iniciales. Es evidente que esta aceptación no fue gratuita. La legislación indiana protegía también a estos estratos populares.

Ofreceremos un ejemplo, que aunque trata un caso particular, es indicio de una realidad general. El doctor Germán Roscio, abogado, fue un notable personaje en las filas de la independencia a partir de 1810. Hasta entonces había sido un fiel súbdito de la monarquía. “Cuando la excesiva intransigencia de algunos de sus colegas trata de bloquearle el acceso al  Colegio de Abogados de Caracas, el argumento extremo que se esgrime en su contra es el de aquel concepto de justicia social que invocó al asumir la defensa de una mulata a la que perseguían los agresivos prejuicios de clase: ‘los hombres son igualmente nobles como formados de una misma masa y creados a imagen y semejanza de Dios’ ” [14]. La defensa que asumía el doctor Roscio era posible gracias a la existencia de la correspondiente legislación protectora.

Los criollos por su parte justificaban la independencia, argumentando que habían sido despojados por la Corona de la “pingüe herencia de los conquistadores”, de modo que una vez obtenida la independencia, despojaron a las comunidades indígenas de la propiedad territorial otrora garantizada por la Corona.

La Plaza Mayor de Lima, según Felipe Guamán Poma de Ayala, siglo XVII.

La Plaza Mayor de Lima, según Felipe Guamán Poma de Ayala, siglo XVII.

La legislación indiana provenía de la metrópoli, de una monarquía absoluta, cuyo poder era ampliamente relativizado por las circunstancias y por la burocracia indiana, que procedía según la norma: “acato pero no cumplo”, es decir, las leyes se acataban y pregonaban, pero no se ponían en vigencia, si eran impracticables por haber sido concebidas en la distancia y sin suficiente conocimiento de causa o si lastimaban los intereses de personas o corporaciones de tal poder como para impedirlas. La legislación protectora del indio fue una de las víctimas de este procedimiento. Es evidente que este mecanismo de selección legislativa, que era conocido y obligadamente consentido por el Rey, dio a los criollos un instrumento de control y de representación de sus intereses, próximo al autogobierno. No es pues verdad que carecían en absoluto de experiencia en el autogobierno, como pretendían primero para justificar la independencia y luego para rechazar la responsabilidad de sus errores.

En la Iglesia hay que diferenciar a la Iglesia oficial, jerarquía de funcionarios de la Corona por cesión de autoridad del Vaticano, de la Iglesia misionera, Órdenes Regulares (Dominicos, Franciscanos, Agustinos, Mercedarios, Jesuítas). Estos idealistas que no obedecían sino a Dios, como el fraile dominico Bartolomé de las Casas, podían amenazar a Carlos V, el monarca más poderoso del mundo, advirtiéndole que si no detenía la conquista, respondería con su alma a Dios, pero más no podían hacer. Fueron los mejores protectores del indio. La jerarquía oficial dependía en realidad del poder temporal de la Corona a través del Patronato Real, es decir, de la cesión de autoridad, hecha por el Vaticano en favor de la Corona española. Esto contribuyó a involucrar a este clero secular en la lucha de los poderes temporales, en especial en la guerra de independencia, en la que el clero se enroló en ambos bandos, y en la anarquía post independentista.

Y para complicar la complejidad: ninguna de estas cuatro fuerzas fundamentales era homogénea. El monarca absoluto era uno, pero la monarquía no estaba libre de las luchas de fracciones, de las oscilaciones causadas por el ascenso y la caída de favoritos. Los bochornosos sucesos que precedieron a la ocupación de España por Napoleón (1808) y al derrumbe de la monarquía ilustran perfectamente el caso. Y es claro que las diferencias de clase eran omnipresentes. Existían ya entre los conquistadores; y entre los peninsulares que pasaban luego a las Indias; los burócratas, los magistrados tenían un status social superior al simple inmigrante que venía a mejorar de condición y no siempre realizaba su sueño. Es decir, había también peninsulares pobres. Conocidas son las quejas, no sólo de peninsulares pobres, de que se permitiera a las indias de Potosí aparecer ricamente ataviadas cuando había españolas, que sin ser realmente pobres, no podían competir en lujo. La situación no era esencialmente diferente entre los criollos, jerarquizados desde el marqués colonial al ganapán. La población indígena vivía jerarquizada desde milenios. La Iglesia era y es una sociedad jerarquizada, de clases, en la que el Cardenal proviene de una clase diferente a la del cura de aldea. Si las relaciones eran ya complejas dentro de cada plano, lo eran aun más entre diferentes planos. Y la población de mestizos, flotante entre estos planos, complicará aun más la situación a medida que su número y su fuerza aumentaban. Para manejar, en lo humanamente posible, semejante complejidad, eran indispensables organización y legislación complejas. La sociedad indiana las tuvo, y a ellas debe su estabilidad tricentenaria.

Se tiene por verdad indiscutible que la legislación indiana fue ineficaz. Esta afirmación fantasiosa se pueden permitir autores que no están obligados a decir qué significa aquí ineficaz. Y si alguno de ellos cree aducir un argumento en su favor, al observar que la sociedad indiana derrochó buena parte de su tiempo y de sus energías en juicios interminables de español contra español y de indio contra indio, para sólo mencionar los extremos, – lo cual es cierto –,  debe entonces por la fuerza de la lógica concluir que las legislaciones europeas de hoy son en buena parte ineficaces, y las hispanoamericanas aun más.

Y en fin, para no menospreciar los tribunales divinos y dejar injustamente la cuarta fuerza de la dinámica indiana fuera de combate, recordemos lo que Ricardo Palma pintorescamente señalaba en una de sus Tradiciones Peruanas, que son una mezcla de realidad y ficción inspirada en los archivos indianos, es decir, no reflejan fielmente la realidad, pero son por lo menos un resplandor: llegó un momento en que todas las Órdenes Religiosas del Cusco se habían excomulgado recíprocamente.

En suma, la organización de tan inmenso territorio, a tan larga distancia, durante tres siglos, y pese a infinitas dificultades, fue una proeza. Rara vez se piensa en el precio, cuando se admira una proeza. Olvidarlo aquí sería renunciar a comprender y a juzgar con equidad – en propio detrimento.

Una breve comparación con la colonización del norte pondrá en relieve el punto en cuestión. El territorio que las colonias inglesas originalmente ocupaban era una estrecha franja entre los Apalaches y el Atlántico, una minucia en comparación con la extensión continental de las Indias. Cada colonia estaba ligada directamente a la metrópoli por un orden concertado con ella, y dentro de él practicaba el autogobierno, que era una forma de gobierno adecuada a la limitación del territorio y de las tareas a cumplir. Tanta simpleza no requería más organización. Y dado que las colonias subsisten en mutua autonomía, no hay necesidad ni lugar para un gobierno centralizado.

La colonización hispana tiene que enfrentarse a una inmensidad de territorio y de tareas que se derivan de la existencia de altas culturas y de la concepción que tiene la metrópoli de su misión en ese nuevo mundo que crea. Sería absurdo hablar de misión en el caso de las colonias inglesas que no son más que asentamientos erigidos en tierras que sus posesores seculares tuvieron que evacuar. Esa parte de América no fue más que una Inglaterra con esclavos africanos. Imposible imaginar mayor contradicción con lo que fueron las Indias, que no se hubieran podido crear sin un plan centralizado que desde el inicio dirige las empresas de conquista, las corrientes mercantiles, la organización local y estatal, la política en general, desde las demarcaciones territoriales, administrativas, hasta la creación de cultura. Se comprende entonces que la América hispana haya tenido la primacía continental durante tres siglos, hecho que los autodenigradores y renegados parecen ignorar.


[1] Víctor Andrés Belaunde: La Realidad Nacional. Vol 3 de Obras Completas, Lima 1987, p. 56

[2] Lucas Alamán: Disertaciones sobre la historia de la República Mejicana. 2a. Ed México 1969, t. 2, p. 42-43

[3] Jane Burbank, Frederick Cooper: Empires De la Chine à nos jours. Paris 2011. Ed. Payot, p. 23

[4] La Bula del 16 de abril de 1529 puede verse en el t. 2, p. 277-278  de las Disertaciones de Alamán

[5] Haring, Clarence: El Imperio hispánico en América. Buenos Aires 1966, p. 38

[6] Mario Góngora: El Estado en el Derecho Indiano. Época de fundación 1492-1570. Universidad de Chile 1951, p. 108 y 220-221

[7] Lewis Hanke: Uno es todo el Género Humano. Estudio acerca de la querella que sobre la capacidad intelectual y religiosa de los indígenas americanos sostuvieron en 1550 Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepulveda Chiapas, México 1974, p. 79

[8] Lewis Hanke: Indios y españoles en el Nuevo Mundo. Revista Chilena de Historia y Geografía. No. 138 (1970), p. 175-192. Citas de las páginas 180 y 192.

[9] op. cit., p 202

[10] Silvio Zavala y María Castelo: Fuentes para la historia del trabajo en Nueva España. 8 tomos. México 1939-1946. Cita del t. 6, p. 619-620

[11] Memorias inéditas del coronel Manuel A. Pueyrredón. Buenos Aires 1947, p. 59

[12] Historia de la República del Perú. Edición en dos tomos. Lima 1946. Véase t. 1, p. 34

[13] Jorge Basadre: PERÚ: Problema y Posibilidad, 4ª. Ed. 1994, p. 126 (Primera edición 1931)

[14] Ramón Díaz Sánchez: Estudio Preliminar, en Libro de Actas del Supremo Congreso de Venezuela 1811-1812. Caracas 1959, t. 1,  p 81


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