En pro de la unidad de Hispanoamérica

virreinatos y capitanias generales“Uno de los más graves inconvenientes en la unidad de los países hispanoamericanos es el culto nacionalista a los próceres de la Independencia y de los conflictos bélicos que han tenido lugar en nuestra vida republicana”

El siguiente texto es un fragmento del artículo titulado “En pro de un gran país en ciernes”, de Camilo Riaño, Miembro de número de la Academia Colombiana de Historia y correspondiente de la Real Academia de la Historia de España, publicado el 14 de abril de 2011 en el sitio web Geopolítica e Historia – Colombia.

Infortunadamente, la Independencia se planteó como una autonomía de las provincias, de los cantones y de los pueblos más pequeños de sus respectivos gobiernos y no con un sentido de integración. Prueba de ello es la sagaz observación del general español Pablo Morillo al Ministro de Guerra peninsular cuando le comenta: “Observe Vuestra Excelencia que cuando Pamplona dio el primer grito de revolución que resonó en todo el Virreinato, Girón se declaró del partido contrario, pero Piedecuesta su subalterna y su rival, se unió a Pamplona y con las armas dominó a Girón pero no las opiniones de sus habitantes. Socorro se declaró como Pamplona, Vélez se le opone y así estas desuniones de los partidos de una misma provincia ayudaron a que el todo, de provincia a provincia, tampoco se uniera”.

 Uno de los más graves inconvenientes en la unidad de los países hispanoamericanos es el culto nacionalista a los próceres de la Independencia y de los conflictos bélicos que han tenido lugar en nuestra vida republicana. En nuestro caso sólo hemos tenido un pequeño conflicto bélico con Ecuador, poco mencionado, que terminó con el triunfo del Presidente de Colombia, gran general Tomás Cipriano de Mosquera, sobre el general Juan José Flores en la batalla de Cuaspud, en diciembre de1863. La paz se selló sin que hubiera habido retaliaciones o exigencias en ningún sentido de parte del vencedor.

 Pasada la confrontación bélica de nuestra separación de la Corona española, las clases dirigentes buscaron defender a ultranza sus feudos y uno de los elementos de los que se valieron fue la desmesurada exaltación de los próceres de la Independencia ‘maquillándolos hasta casi deificarlos’ y constituyéndolos en intocables símbolos de nuestras nacionalidades, olvidando que, como seres humanos, tuvieron grandes aciertos pero también grandes errores, cuyo balance les es favorable en el tribunal de la historia.

 El 11 de octubre de 1966, en una conferencia del afamado historiador británico Arnold Toynbee, dentro del marco del IV Congreso Internacional de Historia de América reunido en Buenos Aires, a una pregunta de uno de los asistentes sobre las medidas que debían tomarse para lograr la unidad de Hispanoamérica contestó tajantemente: ‘arrojar todas las estatuas de los próceres al mar’. Creo que esta categórica respuesta del notable pensador tuvo por objeto dejar en el ánimo de los historiadores de América allí congregados la necesidad de bajarle el tono a la exaltación de los prohombres para alcanzar si no la unidad política deseada al menos la fraternidad de los pueblos que los toman como bandera patriótica colocándolos como seres sobrenaturales, incapaces de haber cometido errores en su vidas, privada y pública.

Creo que las naciones que conformaron la República de Colombia deben, con sentido integracionista y de verdadera amistad, hacer un revisionismo histórico de la Independencia y de la época en que fuimos un sólo país para que un período tan glorioso, en que Colombia era tenida en cuenta en el concierto mundial, no se convierta en motivo de recriminaciones que ahonden nuestra precaria hermandad y hagan nugatorio todo esfuerzo por la tan deseada unidad grancolombiana.

 La Corona española, con gran sabiduría y visión geopolítica, dividió durante la Colonia sus terrritorios americanos en cuatro virreinatos que al independizarse de España han debido ser los grandes países hispanoamericanos. Ya el ministro de Carlos III, Pedro Pablo Abarca de Bolea, Conde de Aranda, había intuido esa organización cuando propuso a su rey el nombramiento de Infantes españoles, como reyes, en cada uno de los virreinatos existentes y su declaratoria como Emperador. Posiblemente, con esta medida, la Independencia no hubiera sido tan traumática y hubiera ocurrido, como en Brasil, sin tanto costo en vidas humanas y en recursos económicos y sin el resentimiento con su antigua metrópoli que aún subsiste en el alma hispanoamericana.

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