La destrucción de la unidad hispanoamericana

“al producirse la independencia política el territorio hispano-americano dejó de ser parte integrante del Estado español; no se creó un estado único, como en Estados Unidos, como en Brasil, como en Canadá. Se crearon jurídicamente veinte estados (…) Ahora bien, los hispanoamericanos no cambiaron de cultura, no cambiaron de lengua, ni de tradición (…) Los mexicanos, los cubanos, los venezolanos, los peruanos, los argentinos cambiaron la nacionalidad jurídica, al formar un Estado independiente y republicano; pero mantuvieron y mantienen, enriquecida o empobrecida, su nacionalidad cultural”

Gobernaciones de la América hispana en el siglo XVIII. La independencia destruyó la unidad política de la América de habla española, pero esta siguió siendo una misma Nación cultural por encima de fronteras políticas estatales.

Gobernaciones de la América hispana en el siglo XVIII. La independencia destruyó la unidad política de la América de habla española, pero esta sigue siendo una misma y única Nación cultural por encima de fronteras políticas estatales.

El siguiente texto está extraído del ensayo titulado “La destrucción de la unidad hispanoamericana”, del escritor e historiador Guillermo Morón, publicado en Revista de Historia de América (México, 1975). Se trata de un texto en dos lecciones, dentro de un programa de historia contemporánea de América, en las que se intenta un nuevo planteamiento de esa historia y se presenta la independencia americana como un proceso de destrucción de la unidad hispanoamericana, con las revoluciones como elementos desintegradores.

Los libertadores, destructores de la unidad

Don Salvador de Madariaga, polígrafo en el buen sentido del término (escritor que cultiva varios géneros), escribió tres estudios históricos con el objeto  de esclarecer el fenómeno de la destrucción del imperio español. El primero de ellos es su Vida del Muy Magnífico Señor Don Cristóbal Colón (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1940); el segundo es el Cuadro Histórico de las Indias (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1945); y el tercero simplemente Bolívar (Editorial Hermes, México, 1951, la primera edición). El pensamiento vertebral de esos libros resulta muy claro, si entendemos que Madariaga describe una peripecia histórica bien determinada: el imperio español, cuya historia está íntimamente ligada a Hispano-América, sin posible separación. En el Colón Madariaga no sólo hace la biografía del Almirante, sino que es el punto de partida, el descubridor de los Reinos que harán posible al Imperio; en el Cuadro se diseña la consolidación, la formación; allí se ubica al constructor, personalizado en Hernán Cortés; y en el Bolívar se concluye con la historia del destructor.

En el Prólogo a la segunda edición del Bolívar (1952) Madariaga se refiere a la repercusión que su libro tuvo en Hispano-América y especialmente a la reacción del historiador venezolano don Vicente Lecuna, historiador de Bolívar muy minucioso en sus esclarecimientos; al refutar la acusación de ser portavoz de un “odio español a Bolívar”, dice como rechazo: “Ya es odio, si se enciende por acontecimientos que pasaron hace 120 años. Y ¿por qué? Porque Bolívar destruyó al imperio español”. Esta es la clave de su pensamiento: hay un descubridor, un formador y un destructor del imperio.

Considero que, desde el punto de vista de Madariaga, no sólo Bolívar sino todos los libertadores fueron destructores. Pero lo que están destruyendo con su acción es al imperio, al estado español.

Los grandes acontecimientos de la revolución son realmente tres: la revolución de las revoluciones inglesas en el norte del Continente, la revolución francesa y la revolución hispano-americana a partir de 1810. De la primera nace un nuevo Estado, federado pero unido, que se convertirá en una fuerza imperialista durante el siglo XIX. Aguda visión tuvo el Conde de Aranda desde 1783, cuando Bolívar estaba naciendo, al hacer una referencia concreta a ese nuevo estado americano: “Esta república federativa ha nacido, digámoslo así, pigmea, porque la han formado y dado el ser dos potencias como son España y Francia, auxiliándola con sus fuerzas para hacerla independiente. Mañana será gigante, conforme vaya consolidando su constitución y después un coloso irresistible en aquellas regiones. En este estado se olvidará de los beneficios que ha recibido de ambas potencias y no pensará más que en su engrandecimiento”. A este respecto ya sabemos que tanto como los estados con vocación de poder como los hombres de poder, carecen del sentimiento de gratitud. El hombre de poder sólo tiene una vocación: ejercerlo.

A este respecto viene al pelo una referencia a Alejo Carpentier en El Siglo de las Luces. Esteban, un revolucionario iluso e ilusionado, después de cumplir una tarea como protagonista en el sur de Francia, regresa al lado de su amigo Víctor, un verdadero jefe de la revolución. Después del primer tuteo, Víctor habla secamente y con un alejador usted a Esteban. La novela sigue: “A pesar de que el tuteo, en aquellos días, se tenía por una muestra de espíritu revolucionario, el otro acababa de afirmar un matiz. Esteban comprendió que Víctor se había impuesto la primera disciplina  requerida por el oficio de Conductor de Hombres: la de no tener amigos”. Así es, en efecto. España ayudó a los Estados Unidos de América a conseguir su independencia, pero luchará por salvar a Luis XVI de la muerte y se aferrará tenazmente a los territorios de su imperio, de su Estado, en Hispano-América.

No se trata aquí de referir los acontecimientos revolucionarios que dieron la libertad política a los países hispanoamericanos. Son sucesos largamente historiados en cada país. Sólo interesa hacer resaltar el hecho concreto de la revolución y su resultado inmediato: se desprenden de la unidad todas las grandes provincias. En cada lugar (Caracas, Quito, Bogotá, Lima, Buenos Aires, México, Guatemala…) surge un grupo de dirigentes que realiza acciones políticas, primero, y luego la guerra. Los actos políticos están condicionados por el factor más claro: los Cabildos reasumen la soberanía que se pierde en manos de Carlos IV y de Fernando VII. En un primer momento no hay libertades sino vasallos leales a la Corona que se sienten depositarios de la soberanía aherrojada. Este movimiento sentimental es unánime, tanto en la Península como en Ultramar. Sólo que en la Península están las Cortes y en América sólo los Cabildos. Estos son los que actúan. Con muchas equivocaciones, dice Caracciolo Parra Pérez una verdad general: “Los ayuntamientos son el centro de la vida pública en la colonia. Compuesto en su gran mayoría por criollos, el cabildo es el instrumento inmediato de éstos para ejercer un poder efectivo, suerte de tiranía doméstica a que sólo pone trabas la intervención de los agentes directos de la Corona” (Historia de la Primera República, BANH, vol.1, Caracas 1959, pág. 73). Como esa “tiranía doméstica” no se podía ejercer en paz, se alzaron los cabildos. Luego viene la acción revolucionaria de los Libertadores.

¿Cuál es el resultado de la acción de los libertadores? Desde el punto de vista patriota y nacionalista, ese resultado fue grandioso: el nacimiento de veinte Repúblicas “que se dieron instituciones nuevas y han perpetuado la cultura española”, como dice Augusto Mijares (El Libertador, Caracas, 1964, págs. 15-16). Desde el punto de vista realista lo aclara bien el Procurador General del Principado de Asturias, don Álvaro Flores Estrada, en su Examen imparcial  de las disensiones de la América con la España, publicado en Londres en 1811. Dice Flores: “En el momento en que el Gobierno espontáneamente os había concedido derechos, que ninguna nación recobró sin derramar mucha sangre; en el momento en que habíais ofrecido permanecer unidos a nosotros, para llevar a cabo la obra más grande y más justa que los hombres vieron; en el momento en que íbamos a gozar por primera vez del privilegio de ser todos libres, y a formar el Imperio más poderoso del globo, sin necesidad de hacer conquistas ni usurpaciones; en el momento en que para conseguir todos estos grandes objetos nada más necesitábamos que trabajar de concierto; en ese mismo momento os separáis de nosotros, para que divididos y sin fuerza todos seamos presa de uno, o de muchos tiranos” (Cita Madariaga, Bolívar, Tomo I, pág, 239).

Ambas vertientes tienen razón. Los libertadores crearon veinte estados y los libertadores separaron a América de España.  Ahora bien, en cualquiera de las dos vertientes que se ubique el historiador podrá afirmar que su acción trajo como consecuencia inmediata la destrucción de la unidad del Estado al cual pertenecieron esos Nuevos Estados durante trescientos años. La dispersión territorial, la vastedad de las Provincias, el tiempo incomunicado, impidieron que la acción libertadora fuera concertada. Bolívar –“la figura más grande del Continente”, según literal calificación de Salvador de Madariaga- estuvo consciente de la rotura de esa unidad; todos sus esfuerzos por acomodarla a las nuevas circunstancias históricas se vienen abajo frente a las realidades que consolidan, hasta nuestros días, una dispersión política. Ni siquiera Colombia pudo mantenerse. Santander y Páez, libertadores, tenían urgencia para ejercer la “tiranía doméstica”.

La nacionalidad jurídica y la nacionalidad cultural

El término Estado y la palabra Político, en el sentido en que hoy se usan, tienen una ascendencia no muy remota. Estado como organización institucional, con instrumentos de poder (administración, fuerzas armadas, cuerpos legislativos y judiciales) ha existido siempre, pero con nombres distintos: república, reino, principado, ciudad. En el sentido moderno de la palabra, Estado es una invención de Nicolás Maquiavelo (1452-1519): “El estado nacional es el concepto eje del pensamiento político moderno, es su supuesto tácito, lo mismo que en la antigüedad lo fue la ciudad-estado  y el Imperio universal en la Edad Media. Maquiavelo se acerca a la idea del Estado; fue el primero que inventó el término Estado (lo stato), aunque en un principio se interesó por el poder y los gobernantes que luchaban por él, pero no por las instituciones, y el empleo que hace de la palabra Estado está muy impregnado del significado de Gobierno, pues el Estado es esencialmente el Gobernante y su máquina política, militar y administrativa, todo esto considerado desde un ángulo puramente personal” (Eberstein, Los Grandes Pensadores Políticos, pág. 417). En ese mismo sentido maquiavélico han funcionado los Estados en América Latina desde su fundación en el siglo pasado hasta nuestros días. El Estado no es la institución que definen las constituciones y las leyes, con sus tres poderes dieciochescos, sino el Gobierno, esto es, el Poder Ejecutivo solo.

Los políticos también son de reciente manufactura y refacción. Nacieron en Francia en el siglo XVI: “A partir de los años sesenta un grupo de administradores, abogados y publicistas trataron de acabar con la ola de fanatismo que estaba arruinando a la nación. Se les denominó políticos. Al principio el nombre era algo oprobioso, pues además los Políticos situaban a la política práctica por encima de los principios puros” (Idem, p. 418). Esta acepción del político nada tiene que ver con el “animal político” de Sócrates, que es una referencia a la vinculación permanente del ciudadano con su ciudad, con su Nación, vinculación realizada conscientemente por el ejercicio de los deberes y de los derechos. En América Latina ha tomado cuerpo el grupo de los políticos, en un sentido profesional, el que se dedica a la política, mas en el viejo sentido que se daba al demagogo. Todo hombre de Estado es un político; sin embargo no todo político es un hombre de Estado. El político tiene amigos y enemigos; el hombre de Estado ejerce el poder en beneficio del Estado, donde la Nación está afianzada.

La Nación y el Estado suelen tratarse como dos entes distintos: el Estado es la organización y la nación es el patrimonio común. Seguramente en la historia de los países latinoamericanos esa distinción –no tan sutil- se puede observar con bastante claridad. La Nación somos todos: territorio, gentes, cultura, historia, gobernantes, gobernados, Estado, clases. En cambio el Estado es la institución para gobernar. La Nación es raigal, vital, completa en su presencia no aprehensible. El hombre y su contorno, eso es la Nación. Estado es una maquinaria organizada, que rige y está allí, más de las veces para someter a obediencia que para aupar la libertad.

El estado es un ente jurídico. En este sentido Hispano-América divide su tiempo histórico en dos: la primera cuando formó parte de un gran Estado, el español, en el cual estuvieron integrados todos los Virreinatos, Gobernaciones y territorios jurisdiccionales de la Real Audiencia. Miranda nació español, Bolívar nació español, San Martín nació español. Su nacionalidad jurídica fue primero la española. Mas, al producirse la independencia política el territorio hispano-americano dejó de ser parte integrante del Estado español; no se creó un estado único, como en Estados Unidos, como en Brasil, como en Canadá. Se crearon jurídicamente veinte estados, con sus respectivos territorios, con sus Constituciones y sus leyes; se acotó por grupos a los habitantes, que comenzaron a tener una nacionalidad jurídica distinta, nueva. Sin cambiar de territorio, sin cambiar siquiera de hábitos, cambiaron de nacionalidad mediante un acto jurídico: darse una constitución y un régimen político diferente.

Ahora bien, los hispanoamericanos no cambiaron de cultura, no cambiaron de lengua, ni de tradición. La estructura cultural permaneció semejante a sí misma, si se me permite la expresión. Porque la nacionalidad cultural no se puede cambiar, aunque se modifique con nuevos hábitos, aunque se trastorne con influencias.

Los mexicanos, los cubanos, los venezolanos, los peruanos, los argentinos cambiaron la nacionalidad jurídica, al formar un Estado independiente y republicano; pero mantuvieron y mantienen, enriquecida o empobrecida, su nacionalidad cultural. El estado es una estructura artificial, mientras que el pueblo, la Nación, es criatura natural.

Anuncios

3 pensamientos en “La destrucción de la unidad hispanoamericana

  1. Victor Juarez

    Estoy de acuerdo, Hoy Hispanoamerica es una Nacion Cultura dividida en 19 “naciones politicas” (si asumimos tambien que PR es un ente politico propio), a semejanza de la Nación Arabe que esta dividida en 22 paises. La diferencia con esta ultima es que ellos tienen la LIGA ARABE, una organizacion de paises arabes, mientras aca nosotros no tenemos aun algo que se le parezca

    Responder
  2. José R. Bravo Autor de la entrada

    Amigo Víctor:

    Estamos totalmente de acuerdo con su comentario: los únicos instrumentos de cohesión que tenemos son o bien estructuras fragmentarias (Caribe, Repúblicas Andinas, etc.) o bien vagas “integraciones” que mezclan a Hispanoamérica con otras naciones, culturas y lenguas, lo que impide nuestra articulación como un ente diferenciado y soberano, como correspondería a nuestra historia, lengua y cultura comunes. Y lo más curioso de la “Liga Árabe” es que ellos ni siquiera tienen un pasado como un ente político unido, como sí lo tuvo Hispanoamérica (las Indias) durante más de tres siglos, y lingüística y religiosamente ellos presentan más fracturas (menos homogeneidad). Nosotros, en cambio, tenemos todas las características de una gran nación, y sin embargo no estamos unidos como un solo Estado, como un solo país.

    Hispanoamérica Unida.

    Responder
  3. Pablo Di Genaro Martinez

    Que Hispanoamérica no esté unida no es casual. Intereses anglosajones extraños la dividieron.

    Responder

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s