Verdaderas causas de la revolución hispano-americana

“desde la Real Cédula de 1519 emitida por el rey Carlos I (…) se concibe Hispano-América primero como una unidad que no debe ser dividida ni amputada y, segundo, como una entidad diferenciada de España (…) la revolución hispano-americana no fue en absoluto antihispánica, siendo una variante regional de la revolución española (…) Fueron causas posteriores las que desviaron la dirección inicial de la revolución americana que son las que dieron el carácter separatista y disgregador final”

El Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 en la ciudad de Buenos Aires, óleo de Pedro Subercaseaux (1910).

El Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 en la ciudad de Buenos Aires, óleo de Pedro Subercaseaux (1910).

El siguiente texto es un fragmento del artículo titulado “Origen y significado de las Juntas Hispano-americanas de 1810”, del abogado, jurista y ensayista Ramón Peralta Martínez, publicado en la sección Artículos de la revista de crítica filosófica El Catoblepas, en marzo de 2011.

En 1810 se erigen en importantes ciudades hispano-americanas una serie de Juntas populares de Gobierno que vienen a sustituir a los gobiernos coloniales constituidos. Con la constitución de estas Juntas se inicia un proceso político revolucionario que acabará derivando años más tarde en la separación total de la América hispana respecto de su metrópoli europea, España, y, también, en la disgregación de la unidad de Hispano-América con la proclamación de independencia de nuevas naciones como Estados soberanos, nuevas naciones soberanas que, en general, serán la evolución independiente de los antiguos virreinatos y capitanías generales en que se organizaba político-administrativamente el Reino de Indias.

Mucho se ha escrito sobre las Juntas que se constituyeron en las ciudades de Caracas, Cartagena de Indias, Buenos Aires, Santafé de Bogotá, Santiago de Chile y Quito entre abril y septiembre de 1810, incluso se ha afirmado que la creación de esas tempranas y revolucionarias Juntas de Gobierno respondían a un «natural» impulso separatista respecto de España. Pero nada más lejos de la realidad. El movimiento juntista hispano-americano solo se concibe dentro del proceso político hispánico referido a la ocupación napoleónica y a la consiguiente reacción del pueblo español frente a dicha agresión acaecida en la primavera de 1808. Esa reacción, ese movimiento de resistencia antifrancesa que surge en multitud de ciudades españolas, se articulará con la creación de Juntas patrióticas como expresión del autogobierno popular en sus territorios, que proclaman la independencia de la nación española, una nación que se encuentra sin su rey legítimo, Fernando VII, retenido en Francia por Napoleón quien decide sustituirle por su hermano José Bonaparte. Las Juntas territoriales niegan la legitimidad de ese nombramiento entendido como una usurpación y acuerdan constituir una Junta Central Suprema como órgano de gobierno de la España libre depositario de la soberanía y conformado por representantes de las Juntas territoriales.

El pueblo español asume la soberanía que es a quien revierte al desaparecer el rey legítimo siendo como es que la tradición política hispánica expresada por los doctos varones de la Escuela de Salamanca (Suárez, Vitoria, Mariana, Vázquez de Menchaca) afirma con nitidez que la soberanía reside en la comunidad del pueblo desde donde se deriva al rey como gobernante legítimo.

La Junta Central, con sede en Sevilla durante todo el año 2009, dirige la guerra de independencia frente al ejército más poderoso de Europa. Pero en enero de 2010 las tropas francesas consiguen irrumpir en Andalucía y ocupar finalmente la ciudad de Sevilla. La Junta Central se disuelve y se acuerda la creación de un Consejo de Regencia como órgano soberano de gobierno sucesor de aquella Junta que se instala en la ciudad libre de Cádiz que no pudo ser capturada por el invasor napoleónico.

¿Qué sucedía entre tanto en la América Española? Lo primero que debe responderse a este interrogante es que fue el principio de adhesión leal al rey legítimo, Fernando VII, el elemento determinante de la revolución hispano-americana que se iniciaba en aquel año de 1810, una adhesión en bloque como «Reino de Indias», una de las dos partes constituyentes de la Monarquía Hispánica desde el siglo XVI: España e Indias; concretamente desde la Real Cédula de 1519 emitida por el rey Carlos I, documento en el que se autodeniega su potestad de autodisposición y la de sus sucesores los reyes de España respecto de las Islas y Tierras americanas, desde entonces nombrado oficialmente como Reino de Indias{1}. Desde ese momento se concibe Hispano-América primero como una unidad que no debe ser dividida ni amputada y, segundo, como una entidad diferenciada de España constituida por el territorio peninsular e islas adyacentes. Así pues, el rey de España gobierna legítimamente sobre dos territorios diferenciados y unitarios, España e Indias, unidos bajo una misma corona.

Entonces lo que se proclama unánimemente en Hispano-América como Reino de Indias aquel año de 1810 es el reconocimiento y mantenimiento de la monarquía legítima representada por Fernando VII como única cabeza del espacio unitario y diferenciado que es Hispano-América. La proclamación de fidelidad a Fernando VII{2} supone el rechazo frontal del espurio e ilegítimo rey francés impuesto, José Bonaparte como usurpador, falso rey. Y es que la revolución hispano-americana no fue en absoluto antihispánica, siendo una variante regional de la revolución española que en aquellos momentos tenía lugar en la Península. A lo que se aspiraba en el nuevo mundo era a una unión más perfecta y consentida con la metrópoli con la finalidad de conseguir un reajuste político-administrativo general de la monarquía y, particularmente, obtener una mayor igualdad y una mayor autonomía pero siempre de la unidad general hispánica. Fueron causas posteriores las que desviaron la dirección inicial de la revolución americana que son las dieron el carácter separatista y disgregador final.

La independencia de Estados Unidos, acaecida ya hace más de tres décadas, no fue causa determinante de la revolución hispano-americana de 1810 siendo ésta un movimiento político autóctono de reajuste hispánico y no de separación precipitado por la invasión napoleónica de la Península. Tampoco la desigualdad entre criollos y españoles para la provisión de cargos públicos justificó la revolución americana pues nunca existió desigualdad jurídica formal entre españoles europeos y españoles americanos (criollos y mestizos). La selección de los cargos públicos dependía esencialmente del criterio y las preferencias del gobernante de turno algo que no tenía que ver con el “sistema de gobierno”. Algunos “clásicos” invocan también el monopolio comercial como causa determinante de la revolución americana. Primero hay que decir que todas las naciones colonizadoras de Europa consideraban el monopolio como sistema principal. Además, el libre comercio no beneficiaba más que a algunas zonas de Hispano-América como sucedía sólo con ciudades portuarias exportadoras. Las trabas comerciales, sin embargo, beneficiaban a muchas regiones permitiendo el desarrollo de industrias rudimentarias o nacientes. Las industrias manufactureras se sentían más protegidas con el sistema de monopolio mientras que en las regiones de economía ganadera o minera se tenía más interés en la libertad de cambios.

Podemos destacar algunas causas que influyeron determinantemente en el cambio político: la crítica del favoritismo de los gobernantes peninsulares en la designación de cargos públicos; el déficit permanente en la hacienda pública debido sobre todo a las guerras internacionales y también a la debilidad de la industria y la falta de marina mercante; el mal funcionamiento de la administración de justicia bajo un régimen lento, de expediente difícil; el estado de guerras continuas en el que se encontraba España a causa de la perjudicial alianza contraida con Francia; el centralismo cada vez más acentuado de los Borbones, así como la influencia de las reformas y nuevas corrientes filosófico-políticas que recorría Europa a finales del siglo XVIII.

Otros motivos que también marcaban la tendencia a los cambios eran la coexistencia problemática entre razas y subrazas, oponiéndose siempre los criollos a la elevación de aquellas personas cuya filiación consideraban dudosa; la gran diferenciación geográfica en el inmenso espacio hispano-americano conviniendo a algunas provincias un régimen de libertad comercial y a otras un régimen de trabas; la situación privilegiada que reclamaban los descendientes de conquistadores y primeros pobladores y los nobles venidos a América desde España con relación a las gentes trabajadoras o, incluso, los problemas derivados de la expulsión de los jesuitas.

Sin duda alguna el concreto motivo desencadenante de la revolución hispánica en su conjunto euro-americano será la usurpación napoleónica ejecutada a primeros de mayo de 1808 con la retención del rey Fernando VII en suelo francés y obligado a ceder la Corona de España a Napoleón Bonaparte quien a su vez la otorgó a su hermano José. Fue una España sin rey legítimo la que se levantó casi unánimemente contra el usurpador-invasor francés, emprendiendo junto a la también conmovida Hispano-América –la otra parte constitutiva de la Monarquía Hispánica– el movimiento dirigido a reformar el orden político existente en orden a reorganizar dicha monarquía sobre bases constitucionales en superación del carácter absolutista-centralista de la misma.

La revolución americana surge a partir del principio de adhesión al rey legítimo, Fernando VII, con el consiguiente rechazo del usurpador francés. Como hemos dicho no existe ningún ánimo separatista en el seno de las Juntas patrióticas que se forman entre abril y septiembre de 1810. Serían causas posteriores las que, años más tarde, harán desembocar la revolución en la independencia absoluta respecto de España cuando en 1810 eran muy pocos los criollos separatistas.

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