Hispanoamérica: un siglo de utopías

mapa grandes naciones americanas“En Miranda la idea de independencia política es consustancial a la de integración continental, esta aseguraría a Hispanoamérica una existencia independiente desde una posición de nación desarrollada (…) Miranda se lanza en la búsqueda de una palabra que fuese capaz de resumir pasado, presente y futuro de la utopía americana: la encontraría en Colombia (…) Sería Bolívar quien sentaría las bases para entender los elementos llamados a definir una verdadera cultura hispanoamericana (…) Una idea constante en la mente del hispanoamericano del siglo XIX fue la búsqueda de las características definitorias de su propio ser (…) “Cuatro siglos de vida hispánica han dado a nuestra América rasgos que la distinguen,” diría Pedro Henríquez Ureña”

El siguiente texto es un fragmento del ensayo titulado “Hispanoamérica: un siglo de utopías” realizado en julio de 2004 por Yuri Fernández Viciado, estudiante de la Facultad de Derecho de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, Santa Clara (Cuba) y publicado en la categoría Filosofía del sitio web monografias.com

Para Miranda el proyecto independentista y la posterior nación continentales, eran ideas perfectamente viables en tanto nuestros pueblos formaban una comunidad con caracteres semejantes de historia, lengua, costumbres y religión: el nuevo gobierno que se instaurara, había de responder a estos elementos a través de su praxis y de una legislación única que rigiera las provincias de la nueva nación.

En Miranda la idea de independencia política es consustancial a la de integración continental, esta aseguraría a Hispanoamérica una existencia independiente desde una posición de nación desarrollada. Y de la misma forma que en su día las Trece Colonias encontraron en los Estados Unidos de Norteamérica la idea de afirmarse en el mundo moderno como Estado libre; de igual manera Miranda se lanza en la búsqueda de una palabra que fuese capaz de resumir pasado, presente y futuro de la utopía americana: la encontraría en Colombia, un nombre creado, no por extranjeros o descubridores, sino por un criollo: he ahí su mérito.

Colombia, y todo lo que ella significa en la obra mirandina como resumen de su proyecto americano, fue su gran legado de precursor de nuestras independencias. Era el nombre específico para el mundo específico surgido del mestizaje, no sólo de razas, aunque fuera esta su expresión superficial, sino de modos y formas que se superponían creando seres diferentes: de padres conquistadores habían surgido, sin dudas, hijos conquistados.

“Acordaos de que sois los descendientes de aquellos ilustres indios, que no queriendo sobrevivir a la esclavitud de su patria, prefirieron una muerte gloriosa a una vida deshonrosa(…) Vosotros vais a establecer sobre la ruina de un gobierno opresor, la independencia de vuestra patria.”

Colombia continuó denominando la utopía de una independencia y de una unidad hispanoamericana en los hombres de la generación que protagonizarían la emancipación continental. En Simón Bolívar, cuya obra libertadora ha opacado en algo a la de su compatriota y precursor Miranda, la idea de Colombia cobrará una nueva dimensión. El Libertador advertía en la integración americana un fin, acaso mucho mayor que el del simple fortalecimiento de una nación, y este no era otro que el de protegerse frente a la injerencia de los Estados Unidos. En quienes había visto Miranda a modelos dignos de ser imitados y a vecinos, Bolívar divisaría a un país destinado “por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad.”

La unidad hispanoamericana debía tomar como base la especificidad cultural del Continente y los rasgos propios que sus pueblos compartían entre sí. Sería Bolívar quien sentaría las bases para entender los elementos llamados a definir una verdadera cultura hispanoamericana:

“Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno…”

Daba a entrever así su idea de que cualquier proyecto político que fuera a llevarse a cabo en América debía partir de la aceptación de la realidad socio cultural del Continente, por negativa que esta se antojase para los fines de los mismos. Eso lo llevaría a adquirir una profunda conciencia de la tierra que se había propuesto libertar y de la manera de hacerlo. Esta radicaba en conocer su identidad, saber quiénes son, para entonces saber qué necesitan, y eso sólo podía responderlo la historia americana:

“Nosotros ni aún conservamos los vestigios de lo que fue en otro tiempo: no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles (…) nuestra suerte ha sido siempre puramente pasiva, nuestra existencia política ha sido siempre nula y nos hallamos en tanta más dificultad para alcanzar la Libertad cuanto que estábamos colocados en un grado inferior al de la servidumbre…”

Trescientos años de coloniaje ibero nos habían heredado una ausencia total en los manejos de la política, cultura y economía frente a Occidente, que entonces, como ahora, era el mundo. Ese lastre histórico legado por el régimen colonial era, para el Libertador, la causa del atraso americano; en la gesta emancipadora que lideró había puesto sus esperanzas de cambiar aquella realidad. Una vez libres nuestros pueblos, el siguiente paso sería convocar a un Congreso americano de repúblicas, el cual fundaría, con el acuerdo de los representantes de nuestros países, la república americana o Gran Colombia. Esta idea de una Hispanoamérica constituida en república obedecía a que, de la misma forma que las semejanzas de nuestros pueblos ayudaban a la integración, sus mismas diferencias podrían minar su unidad hasta destruirla, es por eso que se opone a un federalismo hispanoamericano.

Su proyecto republicano demandaba la creación de un nuevo Derecho, que absorbiera, sin admitir copias inútiles, los frutos de las experiencias políticas en las demás naciones, acomodándolas a la realidad e historia americanas: allí radicaba su concepción de autenticidad, de lo que había de ser propio del hispanoamericano.

La República de Colombia (1821-1831), conocida en historiografía como "Gran Colombia"

La República de Colombia (1821-1831), conocida en historiografía como “Gran Colombia” tuvo una vida efímera como Estado. El nombre de Colombia lo creó Francisco de Miranda, quien concibió un gran Estado independiente que abarcaría toda la América de habla española.

La praxis bolivariana, en la construcción de la nación americana, no sólo nos reafirmó la idea de integración que ha acompañado la historia de nuestro mundo, sino también le agregó elementos propios a través del logro de la emancipación política, demostrando a los americanos y al mundo, la capacidad del hombre de estas tierras para cambiar su historia por medio de la existencia de un modo de ser americano, manifestado en una unidad cultural continental, que debía ser el soporte de todo proyecto político de integración que se intentase, como lo había sido durante la gran gesta independentista.

De alguna manera, los planes de Bolívar con respecto a la organización político social de Hispanoamérica luego de la independencia, servirían de sustento al posterior movimiento desarrollado por aquellos pensadores que, desde la posición ya de una tierra republicana, se dieron a la tarea de librar los bastiones coloniales, subsistentes aún, en las mentes de sus habitantes por medio de la educación. Al decir de él, era necesario que nuestros hombres y mujeres fortaleciesen sus estómagos antes de recibir el sustancioso nutritivo de la libertad, para cuya consecución dictó diversas proclamas puestas en vigor en las zonas ocupadas por los ejércitos libertadores. Su propio maestro, Simón Rodríguez, en sus labor pedagógica, se encargaría de demostrar que con leyes y proclamas se podía enseñar pero no educar, y menos instruir, que era, a fin de cuentas, lo que necesitaba la república en América: formar hombres nuevos que fuesen capaces de construirla.

Del Libertador será heredada aquella idea, una vez enunciada por Platón, de un Estado que corriera con la responsabilidad sobre la educación e instrucción de sus ciudadanos. Simón Rodríguez concebirá una escuela donde, más que los rudimentos de la lectura, escritura y cálculo, se inculcase en el niño los preceptos éticos y morales fundamentales para convertirlos en hombres “sociables”, preparados para la vida en sociedad, pero en una nueva sociedad que había de ser superior a la anterior: esto era más importante que toda la suma de conocimientos académicos que pudieran adquirir:

“Los gobiernos liberales sea cual fuere su denominación deben ver, en la Primera Escuela, el Fundamento! del Saber i [sic] la Palanca! del primer jénero [sic] con que han de Levantar los Pueblos al Grado de Civilización! que pide el Siglo.”

Uno de sus más grandes aportes al pensamiento pedagógico hispanoamericano será el diseño de un sistema único de enseñanza, rectorado por el Estado, con lo cual se eliminara la distinción entre escuelas públicas y privadas, uniformándose la educación.

El gran escollo contra el que chocarán los intentos de democratización de las naciones americanas será la incapacidad de los modelos republicanos al estilo francés, inglés y norteamericano, para adaptarse a la realidad americana, claro, que el fenómeno fue observado de manera opuesta por parte de nuestros pensadores: la historia no puede pedirle más a hombres que veían en los otros países el desarrollo que les faltaba a los suyos a la vez que el camino para alcanzarlo. La solución no era otra que cortar las cadenas que, en la mente de nuestros pueblos, los ataban a un pasado colonial símbolo del atraso, fue esta la divisa que se trazaron los llamados “emancipadores mentales” de América, los cuales intentaron sentar, con su obra, las bases para el cambio de espíritu y de conciencia en sus compatriotas que los haría adaptables a las nuevas formas de gobierno.

El venezolano Andrés Bello, al contrario de sus contemporáneos, y a pesar de admitir que la solución hispanoamericana era educativa como educativo era su problema, afirmará que no toda la herencia española podía considerarse negativa y causa de nuestro atraso, ya que en buena medida muchos de nuestros valores culturales como naciones habían sido dados por la España derrotada y ahora pertenecían a la diversidad cultural del Continente. Para él, una institucionalización en países con tan poca experiencia política debía partir de un proyecto educativo que centrase sus miras en encontrar la índole de las necesidades de una sociedad heterogénea y que fuese capaz de adecuar aquella a estas. Este era el papel que concedía a la educación en su idea de una Hispanoamérica que, desde una posición específica participase en la universalidad de la sociedad moderna, desempeñando en ese mundo el papel significativo a que la “llaman la grande extensión de su territorio, las preciosas y variadas producciones de su suelo y tantos elementos de prosperidad que encierra.”

La creación de una verdadera autonomía cultural hispanoamericana debía formarse sobre la base de la aparición de un hombre, no europeo o americano del norte, sino peculiar, un hombre hispanoamericano, que no desdeñara por extranjera cualquier creación de la experiencia y el intelecto humano, pero que supiera adecuar estas a su propia realidad, para aspirar así, a la ansiada “independencia de pensamiento” y a una autenticidad que pusiese fin a la copia y trasplante de modelos y formas para construir naciones por considerar superiores a sus creadores. Era el paso para originalizar la institucionalización de la nación americana acorde a exigencias y condiciones propias:

“¿Estaremos condenados todavía a repetir servilmente las lecciones de la ciencia europea, sin atrevernos a discutirlas, a ilustrarlas con aplicaciones locales, a darles estampa de nacionalidad?

En las décadas posteriores a la independencia, la lucha por el logro de instituciones que solidificaran la presencia nacional del Continente en el ámbito mundial y en el suyo propio, dejaba de ser una utopía para convertirse en una necesidad vital para el logro de la existencia política. Hispanoamérica era sacudida en pugnas por el poder, entre las mismas fuerzas que la habían librado de España, en el marco de enconadas discusiones intelectuales sobre las más convenientes formas y ejercicios de este. Sin embargo, y como dice Leopoldo Zea:

“…ese mundo, al que en vano se trataba de alcanzar, crecía y se expandía sin discriminación alguna sobre todos los pueblos no occidentales, incluyendo los iberoamericanos.”

"La América española es original, originales han de ser sus instituciones y su gobierno, y originales sus medios de fundar uno y otro. O inventamos, o erramos" (Simón Rodríguez, en "Sociedades Americanas").

“La América española es original, originales han de ser sus instituciones y su gobierno, y originales sus medios de fundar uno y otro. O inventamos, o erramos” (Simón Rodríguez, en “Sociedades Americanas”).

La hegemonía de las grandes potencias occidentales se hizo sentir en toda la América. México sería despojado de sus territorios al norte en 1847; entre 1855 y 1856 respectivamente, Walker, en nombre de los Estados Unidos, invadiría Nicaragua, y Panamá era separada de Colombia. En 1863, el panlatinismo francés que le diera a las tierras al sur de río Bravo el nombre de Latinoamérica, justificará con la unión de todos los pueblos de habla latina, la invasión y ocupación de México. Los acontecimientos aparecieron obvios a los ojos de nuestros intelectuales: no teníamos otra posición frente al mundo como no fuera la de proveedores de materias primas y recursos.

Era este el caldo de cultivo de la vieja idea de lograr un proyecto político y una forma de pensamiento con la fuerza suficiente para cambiar esta posición frente a Occidente.

El positivismo político filosófico fue la ideología “puente” que entre los siglos XIX y XX asumió la mayor parte de la intelectualidad hispanoamericana, abarcando no sólo estas esferas, sino también la científica, la artística, la educativa y la jurídica. Pondría sus esperanzas de desarrollo en el hombre, en su acción sobre las ciencias, para la transformación político social de sus naciones hacia el logro del progreso. Resumía así las aspiraciones de desarrollo de nuestra incipiente burguesía frente a las aún invictas relaciones precapitalistas de producción existentes en el Continente. Sus demandas de progreso, auténticas en la medida en que eran expresión de las necesidades de industrialización y desarrollo social interno de una clase, serían reflejo de la lucha de esa débil burguesía contra los elementos retrógrados opuestos. Aspiraciones que acabaron estrellándose contra la penetración económica de capitales ingleses y norteamericanos, a los cuales el incipiente capital nacional no pudo enfrentar.

Dentro de la oleada positivista que se extendió por Hispanoamérica se destacaron los argentinos Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento.

Será Alberdi quien planteará una nueva postura del pensamiento hispanoamericano frente a la producción filosófica universal, al presentar la idea de una filosofía americana encargada, en su praxis política, de solucionar las más acuciantes necesidades de estos países, en el caso, las de nuestro desarrollo e institucionalización.

Considerará que son los frutos, sobrevivientes a la colonia en América, los causantes de su atraso frente a la Europa y los Estados Unidos, y que deben ser eliminados por la acción del pueblo, al que presenta en sus Bases como al gran sujeto histórico de esta tierra. Sin embargo, su idea de pueblo en América no se corresponde con lo que pudiéramos denominar “pueblo real”, que sería el existente, sino con el que necesitan estas naciones para progresar y que no tienen, por ello, el primer paso antes de una institucionalización republicana sería el de crear el “pueblo americano” a través del fomento a la inmigración blanca europea, ya que para Alberdi somos europeos en tanto todo, desde la religión, al color de la piel, nos ha sido dado por Europa, por lo que no ha de extrañarse que nuestra gente, para hacer uso de modelos políticos europeos como la república, precisen ser europeos. Es aquí donde el concepto de pueblo, para el filósofo, se confunde con el ideal de una raza más capaz por naturaleza. “Gobernar es poblar”, sería la máxima de su proyecto político, y con ello sometería la existencia, incluso de una identidad americana, al logro o no del ansiado progreso, marcando así un punto de ruptura con el pensamiento de la independencia que ponía sus ojos en los elementos que unían espiritualmente al pueblo americano y que lo hacían diferente y original. Con respecto a la obra de los Libertadores se opondrá a sus concepciones sobre patria y libertad en América. En él, las discusiones sobre estos temas en nuestras naciones, habían de desaparecer. “Patria”, para Alberdi, deja de ser el suelo en que se nace, para realizarse en la medida en que se completen orden, riqueza y por demás, civilización, en un espacio geográfico determinado, eso lo llevó a afirmar de que “en América todo lo que no es europeo es bárbaro”, y para “europeizar” América por medio de una república, considera menester fomentar la inmigración blanca desde Europa o Estados Unidos, junto a la creación de un plan de enseñanza dirigido a instruir a los hombres en ciencias de aplicación práctica, que crearan lo que él mismo llamó “tipo de nuestro hombre sudamericano”, apto para, al estilo norteamericano, vencer cualquier barrera en pro de la industria y el progreso. El logro de esta sería “el gran medio de moralización” para nuestras tierras.

Su compatriota, Domingo Faustino Sarmiento, introducirá, como forma más acabada de explicación para el atraso americano, la antes usada dicotomía de civilización y barbarie, en conflicto histórico por la preponderancia en el Continente. Su aparición no es rara, dado el estado de caos social con el que le tocó convivir en su país. Era la lucha entre la civilización del exterior con la barbarie nacional, producto del mestizaje de lo que denominara razas cada vez más serviles que se habían fusionado hasta dar configuración a la barbarie americana, ello lo llevaría a expresar que sólo podía fundar naciones “el pueblo que posee en su sangre, en sus instituciones, en su industria, en su ciencia, en sus costumbres y cultura todos los elementos sociales de la vida moderna.”

Al igual que Alberdi, señalará que es el cambio de sangre, por medio de la inmigración norteamericana y europea, el camino para el desarrollo americano, ya que estos pueblos portaban en sus venas la civilización que sus naciones habían creado y que había de ser asentada en América. Un cambio de sangre que eliminara los vestigios de las otras razas portadoras del atraso:

“¿… en qué se distingue la colonización del Norte de América? En que los anglosajones no admitieron a las razas indígenas, ni como socios, ni como siervos en su constitución social.”

De nuevo, esta vez en Sarmiento, reaparecen implícitas las categorías de “pueblo real” y “pueblo necesario” en América, como expresiones de realidad y utopía. América es bárbara por la naturaleza de su gente, parece decirnos, cultura y civilización es lo que crean las naciones desarrolladas, asumirlas para sí, es la tarea del hombre sudamericano, tarea a realizar por la inserción de “gentes civilizadas” por medio de la inmigración.

La inserción de una raza que portara en sus venas las cualidades que lograrían el progreso, potenciaba su idea política de una federación sudamericana al estilo norteamericano. En esencia, una nación progresista para Sarmiento, sería aquella que fuese como los Estados Unidos:

“No detengamos a Estados Unidos en su marcha: es lo que en definitiva proponen algunos. Alcancemos a Estados Unidos. Seamos la América como el mar es el Océano. Seamos Estados Unidos.”

En Sarmiento y Alberdi se manifestará un fenómeno muy característico del pensamiento de la época, al que José Enrique Rodó denominará “nordomanía”, y que tendrá que ver con la concepción de proyectos políticos cuya esencia concebía a una América que se negara a sí misma como exponente del atraso, parar adoptar para sí los frutos que las naciones europeas y norteamericanas habían creado, con la esperanza de que potenciaran en nuestras tierras los mismos niveles de desarrollo y progreso que en aquellas se había alcanzado.

“El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.”

“El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país” (José Martí, en “Nuestra América”, 1891).

Por su parte, el chileno Francisco Bilbao, resucitará la idea bolivariana de una América unida bajo una Confederación de repúblicas. Unidad política que salvaría, con el “desarrollo integral de todas sus funciones y derechos”, a la personalidad americana; salvándola de un peligro cercano y común: los Estados Unidos, quienes “han caído en la tentación de los titanes, creyéndose ser los árbitros de la tierra y aun los competidores del Olimpo.”

Hispanoamérica es, para Bilbao, como para casi todos los “emancipadores mentales”, un producto histórico, cuyo pasado colonial, remolcado hasta la república, le impide visualizar sus propias fuerzas y virtudes. Allí quedaba inconclusa la obra de la independencia. Debía darse paso a un sistema de enseñanza que, junto a la práctica de instituciones libres en la política nacional, homogeneizaran la población americana haciéndola consciente de estas verdades propias ocultas para sí misma, cosa que sólo era posible de lograr por medio de la integración de las naciones del Continente. Uno de los grandes aportes de Bilbao radica en concebir que esta misión Hispanoamérica había de emprenderla sola, desde su originalidad, pues nadie más que ella podía construir su futuro desde su propia iniciativa:

“De nadie dependemos para ser grandes y felices. A nadie debemos esperar para emprender la marcha…”

En sus proyectos políticos reaparecerá el reconocimiento a las obras creadas por los hispanoamericanos a lo largo de su historia y a la capacidad creadora de sus habitantes, con independencia de las forjadas en las naciones del Norte, las cuales, por ese simple hecho, no han de ser consideradas superiores a las nuestras, como tampoco nuestros hombres inferiores a ellos.

Tales ideas gravitarían también en la obra de José Martí, cuya propuesta liberadora para la América contemplará dos fases: liberación de las diferentes formas de dependencia de sus pueblos; y frente a la amenazante política de expansión del gobierno norteamericano.

La misma descansará en la necesidad de que el hombre americano, a partir de la adquisición de una autoconciencia sobre su realidad y su historia, asumiera como suya la “idea de Hispanoamérica” como una sola patria. A esta “idea” reencarnante del nacionalismo continental vivido durante las gestas emancipadoras, y que una vez asumida por nuestros pueblos serviría de contén ideológico a la expansión del Norte, se refirió al decir que: “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra. No hay proa que taje una nube de ideas.””Idea” que sin dudas era la utopía de la Hispanoamérica unida y próspera, la que, dentro del corazón de sus hijos, los salvaría de volver a ser colonizados.

En Martí, la definición de pueblo único para el Continente responderá a la existencia de una sociedad cosmopolita que, no obstante la diversidad de formas de cultura que confluyen en ella, con sus naturales diferencias, se hallan mancomunadas de manera causal por un mismo pasado histórico que les ha legado formas de dominación y enemigos comunes. Es así que su proyecto civilizador para la América parte del autoreconocimiento de sus pueblos como integrantes de una misma entidad continental para el logro de una pronta unión política y espiritual, la que habría de partir desde su interior: allí radicaba la semilla y la causa del fracaso de las formas e instituciones de gobierno en América, las que debían partir de la aceptación de una realidad histórico concreta y continental a la cual debían ser adaptadas:

“La incapacidad no está en el país naciente (…) sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia.”

Aquí Martí esgrime su concepto de originalidad hispanoamericana, representado en la especificidad de nuestros pueblos, que los hace diferentes respecto a los demás, para reconocer que las causas del fracaso de los modelos y proyectos políticos en América, cunas de tiranías y guerras intestinas, no estaba en las peculiaridades del pueblo hispanoamericano, sino en la adaptabilidad a estas de las formas de gobierno, dejando claro que la única solución posible era el cambio de ideas con respecto a la tierra hispanoamericana.

Tampoco esta concepción de lo original para Hispanoamérica va a despreciar las demás creaciones humanas porque estas no hayan sido creadas por el hombre americano. Original será también la capacidad para asumirlas y aplicarlas a nuestras condiciones y necesidades particulares.

Salvar la cultura, la identidad y la nación americana, son, para Martí, tareas urgentes de sus hombres. Hombres que pueden ser feroces, pero también mejores, y que tienen la misión de volverse más dignos en la medida en que sepan mejorarse a sí mismos y a sus condiciones de vida.

El descenlace de la guerra de independencia que evocó y a la cual no sobrevivió, unido a la tan temida intervención militar de los Estados Unidos hacia 1898 en la isla de Cuba con la subsiguiente ocupación, y la posterior política exterior norteamericana para América Latina conocida como el “Gran Garrote”, evidenciarán la posición que frente al Norte ocuparán nuestras naciones al alborear el siglo XX.

El peligro de recolonización que, desde la primera mitad del siglo XIX podía vislumbrarse en la labor diplomática norteamericana, matizada en presiones políticas, y en la expansión económica que cada vez le daba más influencia en la política de la región, palpitaba con más fuerzas al comienzo del nuevo siglo. El sistema capitalista, como consecuencia del desarrollo interno de sus fuerzas productivas, había mutado hacia una forma superior de desarrollo: Lenin la denominó Imperialismo, pero sus primeros efectos, presentidos y sentidos, ocurrieron en la América Latina. Sus primeros pasos comenzaron por las islas del Caribe, últimos reductos de la colonización ibera; luego en el Istmo cuando, al decir de Eduardo Galeano, creó un canal con título de República, y después hacia todo el Continente, aunque su política anterior ya tenía ganada esta batalla.

El rechazo a esta nueva invasión se hizo sentir en todos los órdenes. En Cuba, voces aisladas se alzaban contra el apéndice constitucional Platt que fundaba la nueva forma de dominio imperialista: la neocolonia. La Constitución mexicana de 1917, emanada de la gran revolución agraria de ese país, proscribía los monopolios extranjeros. Un pesimismo, ante el al parecer sellado destino americano se extendió a las letras. En 1905 el poeta nicaragüense Rubén Darío, escribía así en sus Cantos de vida y esperanza:

“¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?

¿Tantos miles de hombres hablaremos inglés?”

Quien a la vez que se pregunta sobre el destino de su patria americana, sienta sus esperanzas en los valores que, portados por esta, no han de abandonarla a su suerte:

“Tened cuidado. ¡Vive la América Española!

Hay mil cachorros sueltos del León Español.”

Será este mismo el espíritu invocado por el uruguayo José Enrique Rodó para contraponerlo al expansivo individualismo norteamericano. Opuesto a los “emancipadores mentales” de América, calificando su constante afán por “autosajonizarse” como nordomanía, afirmará que la aceptación como superiores de los modelos y creaciones de estas naciones, creaba nuevas formas de dependencia. Es así que apelará a todo el conjunto de valores culturales formados en la América Latina, como alternativas frente al utilitarismo norteamericano, el que, lejos de imperar sobre ellos, había de servirles. Advirtiendo el peligro que estribaba en dejarse cegar por el desarrollo de la nación del Norte afirmará:

“Y de admirarla, se pasa, por una transición facilísima, a imitarla.”

Su gran aporte estribó en el reconocimiento a la existencia de una identidad cultural continental que denominará Ariel, sobre la que hizo descansar un concepto de originalidad asumido no solo como la creación de formas novedosas, sino como la adaptación de toda creación humana a las condiciones y necesidades del país en cuestión:

“La obra del positivismo norteamericano servirá a la causa de Ariel, en último término. Lo que aquel pueblo de cíclopes ha conquistado directamente para el bienestar material, con su sentido de lo útil y su admirable aptitud de la invención mecánica, lo convertirán otros pueblos, o él mismo en los futuro, en eficaces elementos de selección.”

En él, la reflexión cultural desemboca en su americanismo político, al considerar a Hispanoamérica unida por fuertes lazos culturales que demandaban una unión política que la convirtiera en una sola patria. Proyecto que presentaba una alternativa a un imperialismo que, aunque lo concibió de forma prematura, lograba descubrir su esencia económica: al criticar el utilitarismo norteamericano, atacaba los intereses ocultos tras el velo de su política.

Los tópicos fundamentales de su pensamiento americanista serán la unión de nuestras repúblicas en una Confederación para resistir el imperialismo norteamericano, a quien definió como “una plutocracia representada por los todopoderosos aliados de los trusts, monopolizadores de la producción y dueños de la vida económica.”

Una idea constante en la mente del hispanoamericano del siglo XIX fue la búsqueda de las características definitorias de su propio ser, prolongadas en una dimensión continental, con el propósito de ligar a pueblos semejantes y de intereses comunes en uno solo. De forma que fuimos hidalgos de Castilla, franceses, ingleses, norteamericanos, indios, alemanes y negros, o al menos quisimos serlos, y no fuimos, pues el hispanoamericano es un ente con características propias, que subsistieron con independencia de su reconocimiento o no, rebelándose siempre en sus momentos de mayor crisis, ya através de sus grandes masas, o por la pluma de sus intelectuales: el espíritu y la definición continentales se abrieron paso. “Cuatro siglos de vida hispánica han dado a nuestra América rasgos que la distinguen,” diría Pedro Henríquez Ureña.

El enfrentamiento al orden colonial, la lucha por desarrollar nuestras naciones ante el imperativo que las grandes potencias imponían, y luego la resistencia ante la expansión cultural, económica y política de los Estados Unidos, son quizá los tres grandes momentos por los que transcurre la búsqueda de las características de un modo de ser hispanoamericano. Modo de ser que existe sin dudas, como lo demostraron de forma lógica las luchas por la independencia y el pensamiento político filosófico de siglo XIX, en pugna contra formas históricas de dominación, colocando, de manera implícita, en el corazón de cada hombre nacido en esta tierra, la divisa de “Conócete a ti mismo”.

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