La Hispanoamérica de José Vasconcelos

“Vasconcelos da cuenta, como pocos, del proceder de los estadounidenses en América y toma partido desde niño por la causa hispanista (…) El hispanismo, para Vasconcelos, tiene que enfrentarse en una pelea desigual contra sus adversarios (…) A lo largo de las páginas de Ulises criollo el autor criticará tanto la injerencia política como cultural de los norteamericanos, cuando vea cómo la presencia de estos es cada vez de más alcance en México”

El siguiente texto es un fragmento del artículo titulado “La Hispanoamérica de José Vasconcelos”, que constituye el texto base de la conferencia del escritor Manuel Llanes García, ofrecida por el autor en el Centro Riojano de Madrid el 20 de enero de 2011, como parte del ciclo “El español como lengua de pensamiento”. Tomado del sitio web El Catoblepas (nodulo.org)

Portada de "Ulises criollo", en una edición de Botas de 1937.

Portada de “Ulises criollo”, en una edición de Botas de 1937.

“Hispano soy y nada de lo hispano me es ajeno”, escribió en una ocasión{1} el filósofo español Gustavo Bueno, en una paráfrasis de Terencio que bien podría haber suscrito el autor que ahora nos disponemos a comentar, José Vasconcelos. Si se parte de esa cita no resultará extraño el asunto de la presente conferencia, que reúne algunas de las reivindicaciones de Vasconcelos a propósito de la labor de la Monarquía Hispánica en tierras americanas. Al momento de estudiar los problemas políticos de su país, Vasconcelos resalta precisamente la importancia de considerar México en el contexto de la hispanidad, porque México se dice de muchas maneras, no siempre compatibles entre sí. Por lo tanto, el relato de Vasconcelos que comentaremos, Ulises criollo, habrá de situarse en lo que el mismo Bueno ha llamado, en su artículo de 2001 “España y América”, la “alternativa hispanista”, es decir:

«América del Sur [considerada a partir del Río Bravo, paralelo 30 Norte] es parte formal de la Comunidad Hispánica. Abundantes fundamentos históricos, desde el siglo XVI hasta el exilio español de 1939 y años posteriores. Las naciones americanas, sin perjuicio de su nacionalismo, pueden concebirse como formando parte de un mismo tronco cuyas raíces son tanto hispánicas como indígenas. Muchas instituciones podrían citarse como reflejo de esta alternativa, por ejemplo, las denominadas «Cumbres Iberoamericanas» iniciadas en Guadalajara (1991). Podrían incluirse en esta alternativa muchas ideas de Martí («Injértese en nuestras Repúblicas el Mundo; pero el mundo ha de ser el de nuestras Repúblicas»); su defensa de la lengua española como propia de «Nuestra América» frente al inglés «de la bestia», &c. También, como clásicos, Alonso de la Veracruz (1504-1584), Tomás de Mercado y Antonio Rubio. Posteriormente al mejicano Alfonso Reyes (1889-1959); Eduardo Nicol (El problema de la filosofía hispana, 1961); Octavio Paz, a Juan Carlos Onetti y a Mario Benedetti… También la idea de «América indohispana» de Sandino.» (Bueno, 2001).

De tal forma, no hablaremos de “Latinoamérica”, reivindicada por los franceses con fines imperialistas, sino de Hispanoamérica, rótulo mucho más apropiado para referirnos a la plataforma aludida por Vasconcelos, como también ocurre, digamos, con la Iberoamérica de la cual habla Fernando Aínsa (1986) en un estudio seminal. Así, con el presente estudio nos proponemos demostrar por qué Vasconcelos puede situarse dentro de esa alternativa, sin perjuicio de otros acercamientos a una obra compleja y abundante como la de este pensador mexicano.

El político, abogado, filósofo y escritor mexicano José Vasconcelos (1882-1959) crece y se forma durante la dictadura de Porfirio Díaz{2} y más tarde participa en la Revolución mexicana, además de ser candidato a la presidencia de la República, nada menos. Por lo tanto, Vasconcelos nos interesa sobremanera en la medida en que su obra es testimonio de la dialéctica de Estados que entra en juego al momento de describir las relaciones de Norteamérica y México. Es decir, Vasconcelos da cuenta, como pocos, del proceder de los estadounidenses en América y toma partido desde niño por la causa hispanista, como puede comprobarse desde la “Advertencia” con la cual inicia el primer volumen de sus memorias{3}, Ulises criollo (1935{4}):

«El criollismo, o sea la cultura de tipo hispánico, en el fervor de su pelea desigual contra un indigenismo falsificado y un sajonismo que se disfraza con el colorete de la civilización más deficiente que conoce la historia, tales son los elementos que han librado combate en el alma de este Ulises criollo, lo mismo que en la de cada uno de sus compatriotas.» (Vasconcelos, 2000: 4).

El hispanismo, para Vasconcelos, tiene que enfrentarse en una pelea desigual contra sus adversarios, una pugna que lo tiene a él del lado del primero. Como se ve, hay una estrecha correspondencia entre la alternativa hispanista de Gustavo Bueno, citada antes y el discurso de Vasconcelos. Nótese además cómo el autor hace referencia al indigenismo y al sajonismo, a los cuales considera serias amenazas contra la hispanidad. Desde la década de los treinta, cuando aparece el primer tomo de sus memorias, Vasconcelos entrevé dos problemas fundamentales, como son el mencionado indigenismo y la influencia de los Estados Unidos en todas las áreas, dos asuntos que también han cobrado presencia en la teoría literaria del presente, como puede verse con el auge de los estudios culturales (sobre todo en el ámbito de las universidades estadounidenses) o en las constantes referencias a la identidad, el relativismo, el americocentrismo, las minorías o la otredad (Maestro, 2010), palabras que aparecen precisamente en la estela de aquellos. A lo largo de las páginas de Ulises criollo el autor criticará tanto la injerencia política como cultural de los norteamericanos, cuando vea cómo la presencia de estos es cada vez de más alcance en México.

Por lo tanto no es casual que Vasconcelos comience de esa forma sus memorias, cuando es precisamente esa idea, el criollismo, como él la llama, la que habrá de cifrar su trayectoria. Vasconcelos, escritor consumado del canon en México, intenta con su obra llevar a cabo un proyecto de grandes dimensiones: la trituración de gran parte de la historia oficial de su país, un intento para nada subrepticio en su obra, al contrario, no puede estar más claro, como lo muestra en varias ocasiones con sus críticas a la figura del ex presidente Benito Juárez, como se verá más adelante. La labor es titánica porque desde la apreciación de Vasconcelos hay varias figuras muy destacadas del “santoral” mexicano que para él son muy dudosas. Sin embargo, Vasconcelos lleva a cabo su proyecto de trituración.

Al inicio del primer tomo de su autobiografía, Vasconcelos recuerda{5} o, mejor dicho, hace el intento por recordar acontecimientos que pertenecen a una época muy temprana de su vida, aunque no se plantea el recuerdo como problema, a la manera de Proust y otros. En cambio el pequeño niño que entra en contacto con el mundo (un mundo especialmente convulso, como se verá), vive experiencias que se vuelven acicate para su futuro nacionalismo, que reivindica numerosas veces. Puede decirse que el pensamiento político del protagonista se forja desde una edad muy temprana. El padre del autor, Ignacio Vasconcelos, trabajaba como agente de aduanas, así que la niñez del filósofo transcurre a lo largo de varios viajes. En El Sásabe, al noroeste de México, en Sonora, frontera con Arizona, tiene lugar una de las anécdotas iniciales del relato, que ya desde ese momento (la infancia que apenas se recuerda) nos sitúa en un escenario en el cual Estados Unidos y México están enfrentados; como era de esperarse, el segundo país es el que saca la peor parte:

«Fue un extraño amanecer. Desde nuestras camas, a través de la ventana abierta, vimos sobre una ondulación del terreno próximo, un grupo extranjero de uniforme azul claro. Sobre la tienda que levantaron, flotaba la bandera de las barras y las estrellas. De sus pliegues fluía un propósito hostil. Vagamente supe que los recién llegados pertenecían a la comisión norteamericana de límites. Habían decidido que nuestro campamento con su noria, caía bajo la jurisdicción «yankee» y nos echaban: –«Tenemos que irnos»– exclamaban los nuestros. «Y lo peor –añadían– es que no hay en las cercanías una sola noria; será menester internarse hasta encontrar agua.» Perdíamos las casas, los cercados. Era forzoso buscar dónde establecernos, fundar un pueblo nuevo…
Los hombres de uniforme azul no se acercaron a hablarnos; reservados y distantes esperaban nuestra partida para apoderarse de lo que les conviniese. El telégrafo funcionó; pero de México ordenaron nuestra retirada; éramos los débiles y resultaba inútil resistir. Los invasores no se apresuraban; en su pequeño campamento fumaban, esperaban con la serenidad del poderoso.» (Vasconcelos, 2000: 9).

Después de la guerra entre México y Estados Unidos, a mediados del siglo XIX, México es sometido por Estados Unidos, que se apropia de más de la mitad del territorio de su vecino{6}. En el momento que Vasconcelos describe, los norteamericanos todavía llevan a cabo los “ajustes” de su imperialismo en las tierras del sur, de ahí que expulsen, con la venia del gobierno de México, a la familia del autor.

Más adelante, Vasconcelos nos describe a un niño que de ninguna manera está orgulloso del pasado indígena de Mesoamérica, sino que, por el contrario, defiende el proyecto de los españoles durante la conquista y es muy crítico con las comunidades prehispánicas, a las cuales critica por sus instituciones violentas, por ejemplo. Vasconcelos en este sentido es una excepción{7}, sobre todo si se le compara con un gran número de escritores del presente, como Eduardo Galeano, por ejemplo. En este sentido, la escritura de Vasconcelos no es compatible, en lo absoluto, con los proyectos indigenistas de la actualidad. Como dice Eugenia Houvenaghel acerca de la reivindicación de la presencia española, en este caso llevado a cabo por Alfonso Reyes, no existe un consenso acerca del tema en cuestión:

«Partimos, en efecto, desde el punto de vista general de que no hay interpretación histórica inocente […] la historiografía de Hispanoamérica constituye una excelente confirmación de esta regla general que acabamos de resumir y según la cual muy pocas veces se logra, en aquella disciplina, la objetividad. Ha habido historias prohispanistas ―que aprueban y defienden la contribución de los españoles a la historia hispanoamericana― e historias antihispanistas ―que desaprueban y atacan la contribución de los españoles a la historia hispanoamericana― y esas contrarias versiones de los acontecimientos príncipes de la historia de Hispanoamérica han llegado a ser casi inconciliables. Más que una historia, se ha establecido un debate entre historiadores, una polémica que se vincula estrechamente con la búsqueda de la identidad de Hispanoamérica…» (Houvenaghel, 2003: 20-21)

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Estatua de José Vasconcelos, en el edificio de la Secretaría de Educación Pública (Ciudad de México).

Por lo tanto, ubicamos a Vasconcelos como uno de los protagonistas más eximios de ese debate que, como bien se sabe, está lejos de concluir. Simplemente fijamos la postura del escritor mexicano (y la de sus compañeros de generación, como Reyes) para que una vez más quede constancia de ello.

En el siguiente fragmento, Vasconcelos habla de la educación recibida en su niñez y la remembranza le sirve para criticar, desde el punto de vista de un filósofo, las religiones de los antiguos pobladores de México:

«Leíamos también un compendio de Historia de México, deteniéndonos en la tarea de los españoles que vinieron a cristianizar a los indios y a extirparles su idolatría. Que hubiera habido adoradores de ídolos, me parecía estúpido; el concepto del espíritu me era más familiar, más evidente que cualquier plástica humana.» (Vasconcelos, 2000: 13).

Después de El Sásabe, los Vasconcelos se van a vivir hasta Piedras Negras, en el estado de Coahuila, también en la frontera. El joven José se ve forzado a vivir en una comunidad en constante pugna con sus vecinos de Eagle Pass, la ciudad que está al otro lado de la frontera, donde asiste a la escuela para recibir la educación básica. La violencia y la rivalidad entre los niños locales de ambas comunidades no se hace esperar, por las pasadas discordancias entre los gobiernos de México y Estados Unidos:

«En aquella época, cuando baja el agua del río, en ocasión de las sequías, que estrecha el cauce, librábanse verdaderos combates a honda entre el populacho de las villas ribereñas. El odio de raza, los recuerdos del 47, mantenían el rencor. Sin motivo, y sólo por el grito de «greasers» o de «gringo», solían producirse choques sangrientos.» (Vasconcelos, 2000: 26).

Acerca de los pleitos infantiles entre grupos, Vasconcelos aclara: “La lucha enconábase si por azar predominaba en alguno de los bandos el elemento de una sola raza, ya mexicanos o bien yankees” (Vasconcelos, 2000: 31). Estamos ante una sociedad polarizada en la cual todavía se viven los efectos de la guerra entre México y EUA. Con todo, el joven Vasconcelos se convierte en un buen estudiante, que pronto destaca en la escuela, aunque tenga que educarse en una lengua que no es la suya:

«Periódicamente se celebraban concursos. Gané uno de nombres geográficos, pero con cierto dolo. Mis colegas norteamericanos fallaban a la hora de deletrear Tenochtitlán y Popocatépetl. Y como protestaran expuse: ¿Creen que Washington no me cuesta a mí trabajo?» (Vasconcelos, 2000: 32).

El futuro candidato a la presidencia de su país también nos habla de los debates que se llevaban en el aula a cabo a propósito de la historia reciente de ambos países, como cuando se habla del caso de Texas, que hacía unos décadas se había emancipado de México:

«La ecuanimidad de la profesora se hacía patente en las disputas que originaba la historia de Texas… Los mexicanos del curso no éramos muchos, pero sí resueltos. La independencia de Texas y la guerra del cuarenta y siete dividían la clase en campos rivales. Al hablar de mexicanos incluyo a muchos que aun viviendo en Texas y estando sus padres ciudadanizados, hacían causa común conmigo por razones de sangre. Y si no hubiesen querido era lo mismo, porque los yankees los mantenían clasificados. Mexicanos completos no íbamos ahí sino por excepción. Durante varios años fui el único permanente. Los temas de clase se discutían democráticamente, limitándose la maestra a dirigir los debates. Constantemente se recordaba El Álamo, la matanza azteca consumada por Santa-Anna, en prisioneros de guerra. Nunca me creí obligado a excusas; la Patria mexicana debe condenar también la tradición miliciana de nuestros generales, asesinos que se emboscan en batalla y después se ensañan con los vencidos{8}.
Pero cuando se afirmaba en clase, con juicio muy infantil, pero ofensivo para otro infante, que cien yankees podían hacer correr a mil mexicanos, yo me levantaba a decir: «Eso no es cierto.» Y peor me irritaba si al hablar de las costumbres de los mexicanos junto con las de los esquimales, algún alumno decía: «Mexicans are a semi-civilized people.» En mi hogar se afirmaba lo contrario, que los yankees eran recién venidos a la cultura. Me levantaba, pues, a repetir: «Tuvimos imprenta antes que vosotros.» Intervenía la maestra aplacándonos y diciendo: «But look at Joe, he is a Mexican, isn’t he civilized?, isn’t he a gentleman?» Por el momento, la observación justiciera restablecía la cordialidad. Pero era sólo hasta nueva orden, hasta la próxima lección en que volviéramos a leer en el propio texto frases y juicios que me hacían pedir la palabra para rebatir. Se encendían de nuevo las pasiones. Nos hacíamos señas de reto para la hora del recreo. Al principio me bastaba con estar atento en clase para la defensa verbal. Los otros mexicanos me estimulaban, me apoyaban; durante el asueto se enfrentaban a mis contradictores, se cambiaban puñetazos.» (Vasconcelos, 2000: 32-33).

Es decir, Vasconcelos se desarrolla en un medio muy especial, entre el antiamericanismo y la dialéctica de Estados. Los saldos de la guerra perdida todavía se discuten en clase, como si de una prolongación del enfrentamiento bélico se tratara. Vasconcelos de nuevo habla de la conquista de México por los españoles y de nuevo toma una postura favorable a estos últimos. En el siguiente fragmento, el novelista critica que en la educación que se imparte en México impera la leyenda negra antiespañola, lo mismo que ocurre en la norteamericana. Hay que tener en cuenta que, si en la madurez de su vida, cuando redacta el primer tomo de sus memorias, Vasconcelos tiene una postura crítica a propósito de ciertos contenidos de la enseñanza de su país, lo hace con la experiencia de haber sido Rector de la Universidad Nacional y también Ministro de Educación{9}:

«Uno de los libros que me removió el interés fue el titulado «The Fair God», «El Dios Blanco, el Dios hermoso», una especie de novela a propósito de la llegada de los españoles para la conquista de México… Y era singular que aquellos norteamericanos, tan celosos del privilegio de su casta blanca, tratándose de México, siempre simpatizaban con los indios, nunca con los españoles. La tesis del español bárbaro y el indio noble no sólo se daba en las escuelas de México; también en los yankees. No sospechaba, por supuesto, entonces, que nuestros propios textos no eran otra cosa una paráfrasis de los textos yankees y un instrumento de penetración de la nueva influencia.» (Vasconcelos, 2000: 35).

El político en el cual habrá de convertirse también tiene su origen en las fantasías reivindicatorias de un niño que quiere hacer justicia para su país despojado, como puede verse a continuación:

«El diario choque sentimental de la escuela del otro lado, me producía fiebres patrióticas y marciales. Me pasaba horas frente al mapa recorriendo con la mente los caminos por donde un ejército mexicano, por mi dirigido, llegaría alguna vez hasta Washington para vengar la afrenta del cuarenta y siete, y reconquistar lo perdido. Y en sueños me veía atravesando nuestra aldea de regreso de la conquista al frente de una cabalgata victoriosa. Hervían las calles de multitud con banderas y gritos…» (Vasconcelos, 2000: 42).

Así, descubrimos que es por medio de una celosa educación por parte de sus padres, que Vasconcelos define su personalidad y el patriotismo acerca del cual tanto insistirá a lo largo de su relato. A su manera, también los padres tratan de combatir la influencia norteamericana en el desarrollo de su hijo, por lo que lo instruyen con obras históricas y geográficas:

«El afán de protegerme contra una absorción por parte de una cultura extraña, acentuó en mis padres el propósito de familiarizarme con las cosas de mi nación; obras extensas como el «México a Través de los Siglos» y la Geografía y los Atlas de García Cubas, estuvieron en mis manos desde pequeño. Ninguno de los aspectos de lo mexicano falta en esta segunda obra admirable. Ninguna editorial española produjo nada comparable al García Cubas, hoy agotado.» (Vasconcelos, 2000: 45).

Por medio del estudio del atlas de García Cubas, el joven estudiante se pone al tanto de las conquistas del Imperio Español en la antigua Nueva España y de nuevo insiste en una posición que lo convierte en un autor casi único en el panorama mexicano:

«Enseña también el García Cubas, gráficamente, el desastre de nuestra historia independiente. Describe las expediciones de Cortés hasta la Paz en la Baja California; las de Alburquerque por Nuevo México y la cadena de Misiones que llegaron hasta encontrarse con las avanzadas rusas, más allá de San Francisco. Señala en seguida las pérdidas sucesivas. Un patriotismo ardoroso y ciego proclamaba como victoria inaudita nuestra emancipación de España, pero era evidente que se consumó por desintegración, no por creación. Las cartas geográficas abrían los ojos, revelaban no sólo nuestra debilidad sino también la de España, expulsada de la Florida. Media nación sacrificada y millones de mexicanos suplantados por el extranjero en su propio territorio, tal era el resultado del gobierno militarista de los Bustamante y de los Santa-Anna y los Porfirio Díaz. Con todo, llegaba el quince de septiembre, y a gritar junto con los Yankees, mueras al pasado y vivas a la América de Benito Juárez, agente al fin y al cabo de la penetración sajona. La evidencia más irritante la da el mapa de la cesión del Gila, consumada por diez millones de pesos, que Santa-Anna se jugó a los gallos o gastó en uniformes para los verdugos que desfilan en las ceremonias patrias. En vez de una frontera natural, una línea en el desierto que por sí sola nos obliga a concesiones futuras, pues compromete la cuenca del Colorado. Por encima de los mentirosos compendios de historia patria, los mapas de García Cubas demostraban los estragos del caudillaje militarista.
El episodio de su alteza serenísima Santa-Anna rindiéndose a un dargento yankee nos era restregado en la clase de Historia texana, y un dolor mezclado de vergüenza enturbiaba el placer de hojear nuestro Atlas querido. Mientras nosotros, ufanos de la «Independencia y de la Reforma», olvidábamos el pasado glorioso, los yanquis, viendo claras las cosas, decían en nuestra escuela de Eagle Pass: «When Mexico was the largest nation of the continent»… frente al mapa antiguo, y después sin comentarios: «present Mexico».
Mi padre no aceptaba ni siquiera que ahora fuéramos inferiores al yanqui. «Es que los fronterizos no conocen el interior, ni la capital.» «Se van a gastar su dinero a San Antonio»… «ven allí casas muy altas… yo las prefiero bajas para no subir tanta escalera»… «no niego que nos han traído ferrocarriles, pero eso ni quita que son unos bárbaros»… «No han ganado porque son muchos» Yo, interiormente, pensaba: …«Es que a mí me han pegado y fue uno solo… No, cobardes no eran»… Bárbaros quizás…» (Vasconcelos, 2000: 45-46).

Vasconcelos es uno de los pocos escritores que, sin perjuicio de su nacionalismo como mexicano, se lamenta, no de la Independencia, sino de la forma en la cual ésta se llevó a cabo, “por desintegración, no por creación”, dice. De la misma forma y como decíamos al principio de este análisis, en su intento por aportar una versión distinta de la historia de su país Benito Juárez ya no es el presidente adorado de la historia oficial, sino que para él estamos ante un mandatario que según Vasconcelos sirvió a los intereses de los Estados Unidos y su presencia en México. La revisión que lleva a cabo de la historia nos pone, decíamos, frente a un narrador de ideas muy polémicas. Como el joven destaca en los estudios los organizadores de algún festejo patrio lo incluyen en un concurso de oratoria; asiste a la ceremonia y escucha la arenga de un orador, quien solo le merece comentarios irónicos:

«Se adelantó al barandal un orador de levita negra y bigotes, ademán de arenga, y llovieron nombres de héroes invictos, con mucha libertad e independencia, gloria y loor, loor… Lo cierto es que los héroes, aun siéndolo, no tenían nada de invictos dado que murieron fusilados por el enemigo; la verdad era que de libertades no habíamos sabido nunca y que nuestra independencia dependía de las indicaciones de Washington desde que Juárez abrazó el monroísmo para matar a Maximiliano{10}. Pero igual que los enfermos, los pueblos en decadencia se complacen en la mentira que les sirve de ir tirando.
A esa misma hora, con idéntico aparato cívico, la misma oratoria y el mismo «entusiasmo» popular, se celebraban festejos iguales en cada aldea y en cada ciudad del país.» (Vasconcelos, 2000: 58).

La historia reciente y su estancia en la frontera, por lo tanto, moldean la personalidad del joven y juegan un papel preponderante en sus proyectos futuros: “[…] En la frontera se nos había acentuado el prejuicio y el sentido de raza; por combatida y amenazada, por débil y vencida, yo me debía a ella” (Vasconcelos, 2000: 70).

Notas

{1} “Los peligros del «humanismo de la izquierda híbrida» como ideología política del presente”, en http://nodulo.org/ec/2007/n061p02.htm

{2} “Porfirio Díaz gobernó el país durante 30 de los 34 años que corren entre 1877 y 1911; de ahí que esta etapa se conozca con el nombre de porfiriato. El periodo se delimita, entonces, a partir de dos sucesos políticos: comienza en 1877, cuando, meses después de derrocar a los lerdistas e iglesistas, Díaz inicia su primer mandato presidencial, y concluye en 1911, meses después de haber estallado la Revolución, cuando Díaz abandona el poder y sale rumbo al exilio” (Speckman Guerra, 2004: 192)

{3} Además de ser el primer capítulo de su saga autobiográfica, el Ulises criollo también ha sido interpretado como una novela de la Revolución (al lado de la obra de Mariano Azuela o Martín Luis Guzmán), porque describe la vida durante el porfiriato, el inicio de la lucha armada que pone fin a éste periodo y los primeros años del gobierno del malogrado presidente Francisco I. Madero. Sin embargo, en el mismo Ulises criollo, novela para algunos, Vasconcelos expresa sus ideas acerca del género: “Hablábamos del género entonces en boga, la novela: sus preferencias, Stendhal y Flaubert, me resultaban poco menos que intolerables. La necesidad en que se coloca el novelista de encarnar en personajes sus tesis, con la correspondiente obligación de inventar escenarios y describir minucias con el estilo de los muebles de una habitación, me era repulsiva como una degradación del espíritu. Exagerando la protesta contra el realismo de Zolá, me lanzaba incluso contra Shakespeare obligado a reencarnar leyendas y temas del acervo popular” (Vasconcelos, 2000: 354-355).

Para Alicia Molina, al relatar su vida Vasconcelos crea un personaje: “El testimonio válido es el de su obra y el que nos ofrece en los cinco tomos de su autobiografía. En ella no hace labor de biógrafo sino de interlocutor. No sólo cuenta su vida; se enfrenta nuevamente a ella y reproduce sus reflexiones, sus vacilaciones, convicciones y contradicciones. Se afirma a sí mismo como pasión en sus virtudes y en sus defectos, y describe, ya desde su infancia, vivencias que conformarían de una manera definitiva su pensamiento y su acción.

“Hay que contar, desde luego, con que el autor está creando su personaje, está reelaborando el pasado desde la óptica del presente (1930), está jerarquizando y dando peso a las experiencias que han pervivido en él; ese personaje que crea es el papel que se asigna a sí mismo en la vida: un Ulises Criollo”. (Vasconcelos, 1981: 7).

Para un libro que describe la misma época de la cual se habla en el Ulises criollo desde el punto de vista ya no de un filósofo y político en ciernes como Vasconcelos, sino de un historiador, ver el libro de Friedrich Katz (2004) dedicado especialmente al período. Esto último es muy importante sobre todo si se piensa en los reparos hechos por algunos a la fidelidad histórica del Ulises criollo, asunto en el cual ahora no podemos profundizar aunque sin duda hay que tomar en cuenta al momento de leer la novela.

{4} “[…] Vasconcelos comenta, en 1935, el éxito obtenido por el Ulises, libro que según algunas bibliografías aparece en 1936. Sólo David N. Arce en sus Bibliografías mexicanas contemporáneas, VI José Vasconcelos, da la fecha exacta: 1935” (Carballo, 2005: 43).

{5} La enunciación es muy posterior a lo narrado, como se aclara en uno de los pasajes de la novela, porque el autor ya es abuelo cuando redacta el Ulises criollo: “[…] ahora mismo que escribo estas páginas viendo jugar a mi nietecita de año y medio” […] (Vasconcelos, 2000: 340).

{6} Durante el siglo XIX México pierde, por diversas causas, gran parte de su territorio: “[…] Guatemala se separó en 1823; Texas se independizó en 1836; Estados Unidos conquistó Nuevo México y la Alta California entre 1846 y 1847, y en 1853 se vendió la Mesilla […]” (Zoraida Vázquez, 2004: 185).

{7} Alfonso Reyes es el otro escritor mexicano que reivindica el proyecto de la Monarquía Hispánica en la Nueva España.

{8} A lo largo del Ulises criollo, Vasconcelos deja claro su rechazo por los gobiernos de caudillos y militares, en los cuales ve el resabio violento de épocas incivilizadas de la historia de México. Esa actitud de Vasconcelos llega a su culmen en su defensa del proyecto de gobierno del presidente Francisco I. Madero, como se aprecia en la parte final del libro.

{9} Los siguientes datos de su biografía dan fe de su experiencia en la educación: “[…] al triunfar la revolución mexicana fue nombrado Rector de la Universidad Nacional (del 9 de junio de 1920 al 12 de octubre de 1921). Entre 1921 y 1924 ocupó el cargo de Secretario de Educación del Gobierno Federal: organizó el ministerio en tres departamentos: Escolar, de Bellas Artes y de Bibliotecas y Archivos; mejoró la Biblioteca Nacional y creo varios repositorios bibliográficos populares; editó una serie de clásicos de la literatura universal, la revista el [sic] El Maestro y el semanario La Antorcha; invitó a trabajar en el país a los educadores Gabriela Mistral y Pedro Henríquez Ureña; impulsó la escuela y las misiones rurales, y promovió la pintura mural”. Para estos y otros detalles acerca de la trayectoria del autor puede verse el Proyecto Filosofía en español (http://www.filosofia.org/ave/001/a225.htm). Para un análisis pormenorizado de la labor de Vasconcelos en el sector educativo de su país, véase el extenso estudio de Claude Fell (1989) dedicado especialmente a ese asunto.

{10} Se refiere, desde luego, al archiduque Maximiliano de Habsburgo, el hermano del emperador de Austria, quien fue emperador de México de 1864-1867, por un arreglo entre los monarquistas mexicanos y Napoleón III, después de la suspensión de pagos decretada por el entonces presidente Benito Juárez. El monarca fue abandonado a su suerte por sus aliados mexicanos y franceses y finalmente fusilado por orden de Juárez. Noticias del Imperio (1987), del novelista mexicano Fernando del Paso, cuenta la historia de este personaje desde el punto de vista de su enloquecida esposa, Carlota Amalia, la hija del rey de Bélgica.

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