La identidad hispanoamericana

“Esta condición de mestizos se repite en todos los países de Hispanoamérica (…) Es necesario en nuestros países el comprender y apropiarse correctamente del concepto de sociedad. Debemos aprender a luchar por el crecimiento de todos los estamentos que conforman nuestro pueblo, dejando de lado las políticas insanas maquinadas para mantener las brechas sociales”

El siguiente texto es un fragmento del artículo del mismo título publicado en el sitio web Letralia el 2 de abril de 2007. Autora: Francisca Pérez de Arce, investigadora y magíster en Estudios de Género de la Universidad de Chile.

Infografía dnde se muestran algunos oficios comerciales desempeñados por mestizos durante la época virreinal.

Infografía donde se muestran algunos oficios comerciales desempeñados por mestizos durante la época virreinal.

Según la antropóloga Sonia Montecino la esencia del pueblo chileno radica en su condición de sujetos mestizos. Resumiendo burdamente los postulados de su trabajo Madres y huachos, alegorías del mestizaje chileno: Chile se ha constituido sobre la base de un mestizaje racial y cultural, producto de la invasión de los españoles, en su mayoría hombres, y la relación que establecieron con las indias a través del amancebamiento y la barraganería, que ha traído como consecuencia un predominio de la figura de la madre sola como base del constructo social y el huacho, sus hijos, como identidad adquirida por lo masculino, donde el padre se encuentra ausente, o en otras palabras, es una categoría vacía. Si nos atenemos a los postulados de Montecino la opinión de Oyarzún respecto de la carencia de alma de los chilenos es puesta en tela de juicio, puesto que es incompatible el hecho de carecer de mitos cuando parte del linaje que constituye la sangre de “lo chileno” es precisamente el indio, ya sea atacameño, diaguita, mapuche, tehuelche o selknam, a lo largo y escasamente ancho de este país insular hay un pasado indígena que constituye parte de lo que somos hoy en día: sujetos mestizos. Plantear otra cosa es caer en el deliberado blanqueamiento de la sangre chilena, práctica que ha sido bastante usual a lo largo de nuestra historia.

Esta condición de mestizos se repite en todos los países de Hispanoamérica. Pertenecemos a un continente que ha vivido una modernidad que aún se encuentra en pañales, tenemos poco más de quinientos años de “historia” y “civilización”. Pero estos pueblos civilizados a la manera europea hace quinientos años no se fundaron sobre tierras desocupadas. En todos y cada uno de los países de este continente americano había otro pueblo que ya estaba establecido, y éste a su vez se instaló sobre otro que vivía ahí, y así hasta retroceder diez o quince mil años hacia atrás, hasta los primeros pobladores del continente americano que atravesaron el Estrecho de Bering.

Claramente, no todas las naciones de Hispanoamérica han manejado su condición de sujetos mestizos de igual modo como ha ocurrido en Chile, donde se cae demasiado seguido en el blanqueamiento. Tal como postula Pedro Henríquez Ureña, México es un ejemplo de pueblo donde conviven los tres rasgos fundamentales de lo que denomina lo “autóctono americano”: lo indígena, lo español y lo mexicano independiente, que es la interpretación de los dos aspectos anteriores por los americanos del México postcolonial.

Pero, a pesar de estas diferencias respecto del modo como las diferentes naciones han manejado su propia condición mestiza, existe un factor que es común a todos los países que constituyen Hispanoamérica, consecuencia de la historia particular que como continente hemos sufrido (el haber sido “descubiertos” luego de diez mil años de habitar la misma tierra, el haber sido conquistados y colonizados) esta consecuencia es la subalternidad respecto del llamado “primer mundo”.

Si otra hubiera sido nuestra historia, otra sería la relación que mantendríamos con los países civilizados. Y es que tal vez pecamos de confiados al recurrir demasiado frecuentemente a los modelos europeos durante la independencia de nuestras naciones. Tal vez si hubiéramos abierto más los ojos, la conciencia de que éramos una tierra extremadamente rica en recursos naturales nos hubiera dado la clave para evitar nuestra actual condición. Sin embargo, sería caer en la simpleza pensar que Chile no es un país civilizado porque no hemos podido serlo, o porque no sabíamos que podíamos, o porque hacia allá vamos todavía (¿país en “vías de desarrollo”?, ¡por favor..!). Desgraciadamente en nuestro país (y en este apartado, a pesar de que no manejo datos concretos, creo hablar por todas las naciones hispanoamericanas) se ha optado deliberadamente, desde los albores de la conquista, por favorecer los intereses económicos de unos pocos (y estos pocos no viven en Hispanoamérica), y bajo esa premisa ha sido erigido nuestro país, sus estamentos sociales, sus organismos de gobierno, su industria. Si la economía de nuestros países estuviera centrada en el fomento de la realidad interna de la nación: la superación de la pobreza, la educación, la salud como un hecho real y concreto para todo, entonces podríamos hablar en serio de superar la realidad actual, donde la gente se muere en la sala de espera de la urgencia de un hospital, donde los que no tienen dinero para pagar un colegio saben que sus hijos no podrán ser jamás profesionales, porque además las universidades del Estado cuestan demasiado y su sistema de acreditación las convierte cada vez más en una empresa.

Es necesario en nuestros países el comprender y apropiarse correctamente del concepto de sociedad. Debemos aprender a luchar por el crecimiento de todos los estamentos que conforman nuestro pueblo, dejando de lado las políticas insanas maquinadas para mantener las brechas sociales: el miedo a la delincuencia, necesario para mantener la obediencia a los organismos de orden del Estado; el desempleo, forzoso para procurar que aquellos que sí tienen trabajo cuiden su condición, aumentando la productividad; la formación técnica, que se plantea como un gran paso en la educación, pero elitiza la formación profesional y nos transforma en un país de mano de obra, nos prepara para hacer el trabajo sucio que en el primer mundo ya nadie está dispuesto a hacer (y de paso hago la reflexión: es curioso que todos los grandes profesionales de nuestro país no trabajan aquí, sino que se van fuera, donde sí tienen posibilidades de surgir, ¿qué van a hacer ellos en un país “mano de obra”?).

El tema de la economía no sólo alcanza hacia los temas de la salud y la educación y la constitución orgánica de nuestro Estado, sino que también trae graves consecuencias para el medio ambiente. Tanto Chile como los demás países hispanoamericanos son fuente de innumerables recursos naturales de todas índoles, lo que nos transforma en blanco de las necesidades y, de paso, la codicia de otras naciones económicamente más poderosas pero menos fértiles en este tipo de recursos, como Estados Unidos y Europa. Desde este punto de vista resulta bastante aclarador comprender la verdadera magnitud de los por ahora famosos “Tratados de Libre Comercio” o TLC, donde extrañamente las grandes potencias mundiales se interesan en hacer negocios con un país insular, mestizo y de dudoso manejo de la economía interna, como es Chile (o como podría ser cualquiera de nuestras naciones hermanas). De una ingenuidad abismante resulta la lectura de estos TLC como mejores precios en los productos importados para los compradores, más y mejor gama de productos a nuestra disposición, ahorro seguro para la familia chilena, etc. Aquí no se trata de negocios entre pueblos, sino de negocios entre grandes empresarios, por lo tanto aquí no ganan los pueblos, sino los grandes empresarios. Felicitamos entonces al dueño del Jumbo, o de Lan Chile por el excelente futuro que le espera. En cuanto a nosotros, preocupémonos de esas pequeñas cláusulas inscritas en los TLC, donde se estipula que el país que firma con Chile (sea EEUU, Canadá, China u otro), tiene libertad de utilizar recursos madereros, territorios para ejercicios militares, obtención de recursos mineros, con la mínima fiscalización de parte de nuestro Estado.

Este tipo de actitud es parte de nuestra identidad. Debemos asumir que así hemos sido, y así continuamos siendo, y desde este punto revertir muchas situaciones que nos mantienen a todos los hispanoamericanos en la condición de subalternidad, nos transforma en los “otros”, más allá del gran charco y al sur de todo.

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