Pájaros de Hispanoamérica

“Monterroso, quien asume su pertenencia a la generación de los cuarenta, mantiene la conciencia del exilio, como consecuencia del derrocamiento de Jacobo Arbenz, y de la unidad de lo hispanoamericano”

Artículo del poeta y ensayista Joaquín Marco a propósito del libro “Pájaros de Hispanoamérica” (Editorial Alfaguara, 2002), del escritor Augusto Monterroso. Publicado en el sitio web El Cultural (5 de diciembre de 2002)

pajaros de hispanoamericaComo no podía ser menos, el escritor guatemalteco Augusto Monterroso, exiliado en México, rompe con varios géneros literarios a la vez o los asume en una fórmula que incluye crítica literaria, autobiografía, ensayo, anecdotario, necrológica, periodismo y algo más, con su habitual ironía.

Los pájaros de esta Hispanoamérica que el autor conoce y vive tan entrañablemente son escritores. Y de todos los pelajes y géneros, aunque abunden los poetas. Monterroso, de quien se dice que escribió el cuento más breve, que figura en la nómina del boom en ciertas ocasiones y no en otras, se mantiene en su proyecto de no ofrecer una línea innecesaria, una página descuidada, una observación trivial.

Conoce los secretos de la cocina de los diversos géneros y da cuenta de su relación personal con los pájaros, salvo alguno que no llegó o no quiso conocer. Define el objetivo de sus esbozos críticos, anecdóticos, personales como: “el trazo de ciertas huellas que algunos pájaros que me interesan han dejado en la tierra, en la arena y en el aire, y que yo he recogido y tratado de preservar”. El primero de los elegidos es el poeta y sacerdote revolucionario Ernesto Cardenal, a quien recuerda en México en 1944. Dos breves anécdotas, graciosas, del novelista peruano Manuel Scorza, cuando vivía en París, se resuelven en dos páginas imprescindibles. A Miguel ángel Asturias no llegó a conocerle personalmente; trata aquí de El Señor Presidente, su obra más conocida, desde una perspectiva crítica. Pero advertiremos siempre alguna observación original, como la comprensión de la figura del dictador. Las dos páginas dedicadas al peruano Bryce Echenique le recuperan durante su estancia como profesor de la universidad de Montpellier; la excusa es una reseña de Claude Couffon en Le Monde a la novela que iba a conferirle su mayor prestigio. El argentino Hugo Gola le servirá de excusa para elucubrar sobre las traducciones en castellano de La Divina Comedia con irónicas observaciones. Pero el texto no está fechado y frases como: “Me presentaron a Hugo Gola hace cerca de siete años…” carecen de sentido. De todos modos, los pájaros elegidos son muchos. Puestos a recomendar, afortunadas páginas son las dedicadas a la figura de Horacio Quiroga, tan originales como paradójicamente divertidas. Con el mexicano Bonifaz Nuño admite haber compartido “durante cerca de cuatro décadas (para hablar un poco en su idioma) muchas aficiones, entre las cuales no es la menos importante la de la risa”. A la salvadoreña Claribel Alegría la recuerda en Nueva York, durante la etapa sandinista y sobre Borges elabora un decálogo de cosas benéficas y maléficas que pueden sucederle al lector. Incluso una necrológica, como la dedicada a Fernando Sampietro, puede convertirse en una delicada pieza en la que sólo al final rebosa la melancolía. Lo que nos cuenta en unas pocas páginas de Juan Rulfo es iluminador: “acostumbrado a tratar con fantasmas, los seres de la vida real son para él menos manejables”… El guatemalteco Carlos Illescas le servirá de excusa para abordar las palindromas (frases que permiten leerse al revés). Esos juegos de ingenio agradan al Monterroso lúdico. La escena que nos transmite de Ernesto Sábato transcurre tras un debate universitario en Barcelona, junto a Emilio Lledó y R. Girard. Narra la transformación del antes jovial escritor tras la elaboración de su Informe. Las más convincentes de estas huellas, casi orientales, de pájaros, son las cuatro dedicadas a Julio Cortázar. La visita de su tumba en Montparnasse cabría entenderla como elegíaca “a su modo”. Valiosas son sus reflexiones sobre Gómez Carrillo, árbitro hispanoamericano del Modernismo en un París de exilios. Porque Monterroso, quien asume su pertenencia a la generación de los cuarenta, mantiene la conciencia del exilio, como consecuencia del derrocamiento de Jacobo Arbenz, y de la unidad de lo hispanoamericano. Hay otra visita a un cementerio parisino a la tumba de César Vallejo y un delicado retrato casi impresionista: Onetti acariciando a la hija del autor en una visita familiar. El último pájaro es el propio Monterroso. Libro brillante, ajeno a los géneros, placentero, que ilustra más que una historia literaria sobre la reciente literatura hispanoamericana y sus connotaciones políticas y sociales. Pájaros desterrados, añorantes, algunos escritores de América nos contemplan desde esta jaula abierta por la imaginación.

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