El Pacto de Familia

“He aquí dos ideas básicas, dos premisas de la política hispanoamericana de Lucas Alamán: los países hispanoamericanos son miembros de una familia histórica cuyo interés común es salvaguardar su existencia; sus relaciones son específicas y deben ser objeto de trato especial. En consecuencia deben unirse en un Pacto de Familia (…) El “gran objeto político (…) es el promover la unión de todas las Repúblicas formadas de lo que antes fue Colonias Españolas, para que procedan de acuerdo en todo lo que puede llamarse intereses comunes, y restableciendo los lazos fraternales que entre ellas existían y que nunca debieron romperse por la independencia, se adquiera para todas la consideración que en la política sólo se concede a las grandes masas”. Es la idea persistente común al pensamiento de Egaña, Bolívar, Muñoz Tébar, del Valle, Zea”

Lucas Alamán, en un grabado incluido en su obra "

Lucas Alamán, en un grabado de mediados del siglo XIX. Espíritu culto y político de gran visión estratégica, comprendió la necesidad de unir a Hispanoamérica para convertirla en una gran potencia capaz de salvaguardar su existencia y defenderse de las amenazas de potencias extranjeras, particularmente Estados Unidos.

El siguiente texto es un extracto del libro “La Patria Grande. La reunificación de Hispanoamérica: Historia de una idea persistente” (Capítulo 14), de Raúl Linares Ocampo (Ediciones del Instituto Bolívar, Arequipa-Berlín, edición de 2010). El presente artículo es uno de los escasos textos que actualmente pueden encontrarse en internet sobre el Pacto de Familia de Lucas Alamán, una de las figuras clave del unionismo hispanoamericano.

Desechada la opción a una reunificación por lo menos parcial a causa del fracaso del Congreso de Panamá, en adelante nuestros países debían enfrentarse aislados a potencias europeas ya consolidadas y de infinito poder; a los Estados Unidos, “una poderosísima nación, muy rica, muy belicosa, y capaz de todo; y al imperio brasileño, ocupado en extender su frontera a costa del territorio hispanoamericano. Lucas Alamán, como único vidente entre los ciegos del gobierno mexicano, había apoyado desde el principio y sin reservas la empresa bolivariana: firmó los tratados de alianza con los artículos de intervención, defendió su carácter anfictiónico, y por tanto se opuso a la participación de los E.U., y vio en la Confederación Hispanoamericana el medio adecuado para defender la integridad del territorio mexicano “contra las acechanzas de sus enemigos”, como Bolívar ofrecía. Cayó derrotado por la diplomacia autocolonial, según vimos. Años después retorna a la Secretaría de Estado desde la cual intenta realizar una variante de la empresa bolivariana. El presente capítulo la describe, a la vez que recoge su testimonio sobre la verdadera causa del fracaso del Congreso de Panamá, del cual él fue inicialmente un protagonista y cuyos documentos probatorios estaban a su disposición en la Cancillería. La diplomacia autocolonial de la República Criolla lo derrotó una segunda vez, por patriota.

LUCAS ALAMÁN (1792-1853)

Lucas Alamán, natural de México, fue un espíritu de vasta y profunda cultura, célebre historiador, estadista de talla e industrial de vanguardia; estudió a los clásicos latinos, y luego física y química en el entonces famoso Colegio de Minas de México. Para completar sus estudios emprendió en 1814 un viaje por Europa (España, Francia, Alemania). En 1819 fue diputado por México a las Cortes Generales reunidas en España. En 1823 regresó a su país como Ministro de Estado y Relaciones Exteriores, en cuya función negoció el tratado de alianza con Colombia, incluyendo los artículos de intervención, e inició los preparativos para el Congreso de Panamá. Fomentó además la industria, creando el primer banco de inversión industrial, el Banco del Avío. Abandonó luego la política para dedicarse al comercio, la minería y la industria textil, en la que gracias a sus esfuerzos, México se situó en la vanguardia del progreso. Escribió diversas obras entre las que destacan Disertaciones sobre la historia de la República Mejicana en tres volúmenes (1844-1849), Historia de México (1849-1852), cinco tomos que son aún obra de consulta. Por su erudición, patriotismo, temple práctico y emprendedor, este espíritu de firme convicción conservadora era el más apto para dirigir el destino de México y en especial su política hispanoamericana; pero un ambiente de servilismo y entrega no permite el patriotismo ni la autonomía: su primer intento de afirmar la soberanía precipitó su caída, según vimos.

La actividad industrial de Lucas Alamán demuestra –en contra de los mitos que denigran el pasado indiano- que en Hispanoamérica, y sobre todo en México, existían las condiciones que hubieran permitido desarrollar las fuerzas productivas del país, a fin de alcanzar un puesto respetable entre los países industrializados, de haber existido la voluntad.

EL PACTO DE FAMILIA

El 7 de enero de 1830 retornó este ilustre y decidido adepto de la Reunificación al Ministerio de Relaciones Exteriores; en su Memoria al Congreso exponía los principios de su política hispanoamericana con estas significativas palabras:

“La división natural de los ramos de la secretaría de mi cargo es en relaciones exteriores e interiores: me ocuparé desde luego de las primeras. Ellas tienen un enlace muy íntimo con las segundas, o más bien, de éstas dependen enteramente. Cuando el orden interno es perfecto, cuando la administración pública sigue sin tropiezo un camino regular, cuando la hacienda está bien organizada, y que por consiguiente hay medios para cubrir las atenciones interiores y las obligaciones exteriores, todo entonces se facilita en los negocios extranjeros, y todas las naciones, amigas o enemigas, respetan a un pueblo que ha sabido hacerse respetable. En el caso contrario, los amigos se entibian, los indiferentes se retraen, los enemigos se alientan”. Proféticas palabras que más tarde las confirmará con una advertencia sobre el peligro de la pérdida de Texas.

“La aplicación de este principio presenta de un golpe de vista el estado actual de nuestras relaciones exteriores. Las que deben considerarse como primeras y más importantes, son las que nos unen con las nuevas repúblicas de nuestro continente: la paridad de circunstancias, la igualdad de intereses, y la santa causa que todas defienden sosteniendo su independencia y libertad, hacen que debamos considerarnos más bien como una familia de hermanos, a quienes sólo la distancia separa, que como potencias extranjeras. Nuestras comunicaciones mutuas debieran, pues, ser más frecuentes y más íntimas; debiéramos obrar bajo un plan uniforme para adelantar simultáneamente nuestros comunes intereses, y este fue el objeto grandioso que se tuvo a la mira al establecer la gran asociación que sancionó nuestro tratado con Colombia, y que empezó a llevarse a efecto en el congreso de Panamá”.

“Pero es menester decirlo con dolor, el estado interno de estos pueblos hermanos ha impedido hasta ahora que se estrechen sus relaciones mutuas, ocupándose cada uno en sólo sus inquietudes domésticas. Desde las riberas del Sabinas hasta el contrapuesto y remoto extremo del Cabo de Hornos, el vasto continente americano no ofrece más que un espectáculo uniforme de inestabilidad y turbación, que aflige a la humanidad y desconcierta todos los cálculos de la política. En tal estado de cosas, es fácil conocer que nuestras relaciones con estas repúblicas hermanas son del todo insignificantes, aunque se conservan siempre bajo el pie de mutua amistad y benevolencia. Correcta apreciación del plan original bolivariano y de la Tarea Histórica –raro acierto en nuestra política republicana.

Guiado por estos principios, inicia conversaciones con el Ministro Plenipotenciario chileno Joaquín Campino, quien en un significativo Memorandum (21 de enero de 1831) expone la comunidad de miras de ambos diplomáticos. Campino ya tenía experiencia en los esfuerzos de reunificación pues en 1826 había sido designado Plenipotenciario al Congreso de Panamá, nombramiento tardío y sin efecto por la clausura precipitada. La idea capital del Memorandum es la creación de una Asamblea permanente, encargada de uniformizar la política de los países hispanoamericanos y de fomentar su unión. El fracaso del Congreso de Panamá lo atribuye Campino a la resistencia de Chile y Buenos Aires, temerosos de la preponderancia colombiana. No existiendo semejantes temores en el caso de México, argumenta, está este prestigioso país destinado a tomar la dirección de la política hispanoamericana.

Las conversaciones Alamán-Campino condujeron a un tratado de amistad y comercio, cuyo artículo 14 compromete las partes contratantes a “interponer sus buenos oficios a fin de que los demás países hispanoamericanos concurrieran a la proyectada Asamblea Americana”. En cumplimiento de este acuerdo, Alamán envió el 13 de marzo de 1831 una circular de invitación a los gobiernos de Buenos Aires, Perú, Bolivia, Colombia, Chile, Centro América. Los pasajes más importantes de este notable documento, obra de la clarividencia y del patriotismo americano de su autor, dicen así: “Por diversos que puedan parecer a primera vista los intereses particulares de cada uno de estos Estados, ellos se hallan ligados entre sí por un interés general, por un interés primario que es nada menos que el de su existencia como naciones: todas se hallan amagadas de los mismos peligros, todas tienen que apelar a los mismos medios de conservación. En éstos se comprenden no sólo las medidas necesarias para defenderse de un enemigo común, sino el género de relaciones que deban establecerse con las demás potencias extranjeras, que no procediendo del mismo origen ni hallándose en las mismas circunstancias, deben ser de una naturaleza muy diferente que las que existan entre este grupo de Repúblicas hermanas que nunca podrán considerarse como extranjeras entre sí sin romper todos los lazos de la naturaleza, de la costumbre, de la identidad de origen, religión y hábitos sociales”.

Fuente

“Fuente de salto de agua”, por Casimiro Castro (hacia 1855), recreación de una escena cotidiana en el México del siglo XIX. Origen, costumbres, religión, idioma, hábitos sociales hermanan a los hispanoamericanos.

He aquí dos ideas básicas, dos premisas de la política hispanoamericana de Lucas Alamán: los países hispanoamericanos son miembros de una familia histórica cuyo interés común es salvaguardar su existencia; sus relaciones son específicas y deben ser objeto de trato especial. En consecuencia deben unirse en un Pacto de Familia.

En el párrafo siguiente, Alamán, como protagonista del Congreso de Panamá, ofrece una correcta apreciación de sus fines y de las causas del fracaso; el nefasto papel que atribuye a las potencias anglosajonas confirma las revelaciones del observador inglés Dawkins  que ya conocemos.

“Con este fin el Gobierno de estos Estados, en el Tratado celebrado con Colombia, acordó las reuniones periódicas de una Asamblea General compuesta de los Plenipotenciarios de todas las Repúblicas Americanas, habiéndose comprometido ambos Gobiernos a invitarlas a este objeto, y de hecho se celebró el primer Congreso en Panamá y se trasladó luego a Tacubaya. No es del caso examinar ahora los motivos por qué esta reunión no produjo todos los saludables efectos que eran de esperar pero es preciso sí expresar que una de las causas que más contribuyeron a su desconcepto y que obró de una manera muy directa en la disolución de la Asamblea, fue sin duda el grande aparato que se procuró darle y que si bien convenía a los importantes objetos que habían de ser materia de sus sesiones, hizo concurrir a ella los Agentes de Potencias que de ninguna manera tenían el mismo interés en su feliz éxito”.

“Amaestrados pues por la experiencia, debemos remover las causas conocidas del descontento de aquella reunión y aprovechar todas las ventajas que ella debió producir. Las circunstancias lo hacen urgente; el antiguo mundo en medio de violentas agitaciones [la revolución de 1830] adquiere una nueva existencia que debe dar motivo a inmensas e incalculables variaciones en la política general. Es menester en tales momentos fijar la que deben observar estas nuevas Repúblicas y es menester que esto se haga de común acuerdo estrechando por medio de tratados los lazos fraternales que deben unirnos para el común apoyo y ventaja. Estos objetos grandiosos e interesantes no pueden llenarse cumplidamente sino por el concurso de los Plenipotenciarios de las Repúblicas Americanas, formadas de las antiguas colonias españolas, pero es menester que esta reunión se haga sin el aparato pomposo de un Congreso, sino que tome el carácter de conferencias permanentes y, por decirlo así, privadas, que pudieran tenerse cuando la ocasión lo pidiere, y para esto en concepto de este Gobierno el medio más adecuado sería que concurriendo los Agentes de todas las referidas Repúblicas en la Capital de alguna de ellas, acreditados cerca de aquel Gobierno lo estuvieren también para tratar entre sí acerca de los intereses de todas”.

Los Estados hispanoamericanos dispondrían así de una asamblea permanente, eficaz y discreta, a cuyo fin Alamán ofrece la capital mexicana como sede, y pide el concurso de los demás gobiernos. Esta es la propuesta esencial de su proyecto: para adelantarlo, envió dos misiones diplomáticas: a Guatemala y Colombia a cargo de Manuel Díez de Bonilla, a Sudamérica a cargo de Juan de Dios Cañedo. Citaremos con cierta extensión, porque así lo merecen, las Instrucciones que les impartió. [Los subrayados son nuestros]

El “gran objeto político –dicen las instrucciones ostensibles- es el promover la unión de todas las Repúblicas formadas de lo que antes fue Colonias Españolas, para que procedan de acuerdo en todo lo que puede llamarse intereses comunes, y restableciendo los lazos fraternales que entre ellas existían y que nunca debieron romperse por la independencia, se adquiera para todas la consideración que en la política sólo se concede a las grandes masas”. Es la idea persistente común al pensamiento de Egaña, Bolívar, Muñoz Tébar, del Valle, Zea.

“Si en todas épocas habría sido conveniente el proceder bajo principios uniformes en todo aquello que tiene relación con política y el comercio exterior, en la presente ha venido a ser de indispensable necesidad… es preciso hacer que se penetren de toda la importancia de estos principios los gobiernos para con los cuales está V.E. acreditado. Es menester que V.E. les demuestre todos los males que se han seguido, por haber obrado aisladamente las nuevas Repúblicas Americanas, y los inmensos que resultarían de observar la misma conducta en circunstancias aún más delicadas”. Como “ejemplo notable por sus extensas funestas consecuencias”, cita Alamán los tratados comerciales de los países hispanoamericanos con Inglaterra, acuerdos basados en una reciprocidad que “no podía ser sino imaginaria, atendidas las diversísimas circunstancias en que se hallaban las partes contratantes. Así es que, tratados celebrados con esta apariencia de igualdad, han sido en la realidad ventajosos únicamente a la Inglaterra”. Alamán recuerda que México trató de introducir un sistema preferencial exclusivo para los países hispanoamericanos, propósito trunco, estando éstos ya comprometidos con Inglaterra o los E.U., “así es que toda la ventaja del comercio de nuestras nuevas Repúblicas ha quedado para potencias que nos son enteramente extrañas, indiferentes a nuestra suerte y sólo interesadas en sacar de nosotros utilidades pecuniarias. Bajo este punto de vista la suerte de la América es hoy peor que en el tiempo Colonial, pues el comercio que entonces se hacía nos era mucho más propio que el actual que ejercen factores extranjeros, los cuales luego que se enriquecen mudan país y nos dejan privados de los capitales que se han formado con nuestros tesoros”. Testimonio irrefutable de un gran estadista que conoció ambas épocas. ¡Y qué diría de nuestra regresión actual!

“Si estos males se han seguido de aquel primer paso errado, ¿cuán mayores no serían los que dimanasen no ya de tratados puramente de Comercio, sino de los que tuviesen por objeto intereses políticos del primer orden?” ¡Y qué diría de nuestra sujeción al sistema interamericano!

Para evitar tales daños, Alamán propone una Asamblea Americana, “pues que previene todos los inconvenientes que se pulsaron en el Congreso de Panamá, inconvenientes que serán mayores, si ahora se tratase de reunirlo de nuevo. No fue el más pequeño de aquella reunión, el haber invitado a ella a los representantes de Inglaterra y de los Estados Unidos; es decir de las Potencias que tienen los intereses mercantiles y aun políticos encontrados con los nuestros y por consiguiente más empeñadas en embargar los objetos de la reunión. Esta debe ser enteramente de familia, y sólo para consultar a los intereses peculiares de este grupo de Repúblicas nacidas de las antiguas colonias españolas; intereses que nada tienen de común con los de otras Potencias y que por consiguiente deben tratarse con absoluta exclusión de todas ellas”. Una confirmación más del papel destructivo de las potencias anglosajonas en el Congreso de Panamá.

Los Plenipotenciarios debían establecer Bases para tratar con España el reconocimiento de la independencia, regular las relaciones con la Santa Sede, concertar tratados con potencias extranjeras, establecer relaciones de amistad y comercio con los países hermanos, fijar los auxilios a prestarse, la forma de evitar y allanar las desavenencias entre ellos; y por fin, tener muy en cuenta el punto 7, asunto de suma importancia para México: “Medios de determinar el territorio que debe pertenecer a cada República y de asegurar la integridad, ya sea con respecto a las nuevas Repúblicas entre sí, ya con las Potencias extranjeras confinantes con ellas”. Clara alusión a las ambiciones de los E.U. sobre territorio mexicano e intento de remediar la imperdonable omisión del gobierno mexicano, al desechar la oferta de Bolívar para “mantener la integridad del territorio contra las acechanzas de nuestros enemigos” mediante la Confederación Hispanoamericana.

Otra muestra de la certera visión de Alamán sobre la política hispanoamericana y sus tareas esenciales, es la necesidad de “convenir en una regla uniforme de naturalización para que puedan ser considerados los naturales de cualquiera de las nuevas repúblicas de América como naturales de todas las demás”. Y en fin, México pone su cuerpo diplomático al servicio de los países hermanos en los lugares donde éstos no estuviesen representados.

Representación de la batalla de El Álamo, según un cuadro de

Batalla de El Álamo, según un cuadro de Robert Jenkins Onderdonk. Lucas Alamán ya advirtió sobre el peligro que representaba Estados Unidos para la integridad territorial hispana: “Si no se ve este asunto con interés y sin apartar de él la mano, es preciso repetirlo, Tejas va a dejar de pertenecer a los Estados Unidos Mexicanos”.

Las instrucciones reservadas arrojan más luz sobre algunos puntos: si bien es conveniente no insistir en que México sea la sede de la Asamblea, “es menester hacer al mismo tiempo todo lo posible por que la reunión sea en esta Capital. Este influjo que es inevitable, que está en la naturaleza de las cosas, se fortificará y dilatará, y así México vendrá a ser para la política exterior la Metrópoli de toda la América”. La misma finalidad tiene la oferta del servicio diplomático mexicano a los países hermanos. Punto cardinal de estas instrucciones es el siguiente: “Es de absoluta necesidad que México adquiera este influjo diplomático en los negocios de América, pues que aspirando a él los Estados Unidos del Norte, todo lo que ellos avanzaren sería en nuestro perjuicio. Ya anunciaron esta pretensión en el Congreso de Panamá y nunca han dado un paso que no sea guiado a este fin. Por tanto se recomienda muy expresamente el combatir diestra pero constantemente ese influjo Norte Americano y no perder ocasión de adquirirlo para México, en el cual también se tiene a la mira el adquirir toda fuerza moral y necesaria para resistir con ventaja las pretensiones solapadas pero no menos ciertas de aquellos Estados sobre nuestras fronteras del Norte, a lo cual tiende el punto 7… Para conseguir este fin y para que la América en general llegue más brevemente a obtener la consideración que se merece y el mayor peso posible entre las demás Naciones, nada será más conveniente que el fijar de una manera estable y asegurar para lo futuro los límites entre los nuevos Estados, evitando de todos modos el que como ha sucedido hasta aquí, este punto sea causa de continuas desavenencias y hostilidades entre ellos. No es de menor importancia para aumentar la consideración política de las nuevas Repúblicas, el prevenirse contra la tendencia que se observa en ellas de dividirse en pequeñas fracciones a la menor causa de disgusto que se les presenta. Esta tendencia relaja los vínculos sociales, destruye la unidad y hace perder el peso y la consideración que como se ha inculcado a V.E. en otras instrucciones públicas de esta fecha, sólo se concede en política a las grandes masas”.

La defensa del territorio mexicano frente a la amenaza de los E.U. fue constante preocupación de Alamán. Al poco tiempo de acceder por segunda vez a la dirección de la política exterior mexicana, presentó una iniciativa de Ley a las cámaras (8 de febrero de 1830) sobre medidas de defensa para el Estado de Tejas, que concluye con esta profética advertencia: “Si no se ve este asunto con interés y sin apartar de él la mano, es preciso repetirlo, Tejas va a dejar de pertenecer a los Estados Unidos Mexicanos”.

En Memorias, Circular de invitación e instrucciones queda expuesta con claridad y sobrio estilo la política unionista de Alamán: no se trata de convocar un Congreso ni de concertar tratados –simples medios, no un fin en sí; la tarea consiste en uniformizar la política de los estados hispanoamericanos: su comportamiento colectivo frente a potencias extrañas y las relaciones entre sí, que son específicas. México aspira a dirigir este pacto de familia en justa razón de primogenitura y mayores recursos; intenta demás defender la integridad territorial, tanto dentro de la familia, evitando el fraccionamiento que debilita a sus miembros, como frente a los extraños, especialmente los E.U., cuya ambición de cercenar el territorio mexicano es ya evidente. Especial atención merecen las relaciones comerciales; ya conocemos los esfuerzos de Alamán por uniformizar el comercio hispanoamericano según criterios propios y exclusivos, y se recordará así mismo que en este sentido concertó el tratado comercial con Inglaterra, origen del incidente que precipitó su caída.

LA MISIÓN CAÑEDO

Mas a fin de que México fuera en “la política exterior la Metrópoli de toda la América”, debía ofrecer una base sólida y próspera sobre la cual los otros miembros de la familia pudieran fundar su progreso, pecio indispensable para que reconocieran la primacía de México y contribuyeran a su defensa. Lejos de ofrecer esta garantía, el país iniciador se sumió en la anarquía, y el autor de la empresa debió abandonar por segunda vez la dirección de la política exterior (1833). El resto del continente se agitaba en una borrasca donde era imposible mantener rumbo fijo. En un Oficio conmovedor, digno de leerse con suma atención por ser fuente histórica de primera mano, Juan de Dios Cañedo, el Plenipotenciario enviado por Alamán a Sudamérica, suplicaba a su Cancillería en 1838 ser liberado del martirio de siete años de infructuosa misión:

“En cuanto a la convocatoria para la reunión de la Asamblea americana, he escrito tanto a esta Secretaría en mis anteriores correspondencias, que sería repetir inútilmente en ésta cuanto he indicado sobre la imposibilidad que hay en los tiempos presentes para que se realice ese grandioso proyecto. La América, Señor Ministro, desde el año de 32, en que llegué yo a este país, hasta la fecha, ha ido decreciendo en recursos pecuniarios para mantener con honor y dignidad sus respectivas administraciones interiores y por sus continuas conmociones intestinas ha perdido igualmente, para con las potencias europeas, aquella respetabilidad y consideración que solamente se logra teniendo los Gobiernos estabilidad, los pueblos paz y sus erarios caudales abundantes y prontos para rechazar oportunamente cualquiera agresión extranjera”.

“Nuestra América se ha olvidado de estos principios, o mejor diré, no ha llegado a observarlos desde su emancipación de la España. Así es que sin un buen sistema económico para el arreglo de sus rentas fiscales; sin garantías prácticas de los derechos individuales, eludidos o notoriamente vulnerados por las frecuentes discordias civiles; careciendo por otra parte, la mayoría de las poblaciones de la ilustración necesaria para conocer sus deberes sociales y apreciar sus derechos, hemos todos caminado a la aventura, y después de uno u otro acierto casual en nuestra reciente carrera de la civilización, nos hemos perdido al fin en el caos de confusión, miseria y anarquía que nos hace el ludibrio de los extranjeros, nos causa aquella languidez, desconfianza y casi desesperación a que parecen condenadas las presentes generaciones de este continente”.

“El viajero observador que recorra desde el Río de la Plata hasta el Sabinas, cuanto pasa en el orden político interno y externo de las nuevas Repúblicas, no podrá engañarse en la triste perspectiva que presenta este cuadro, si no quiere cerrar los ojos a la evidencia. No se ve otra cosa que bancarrotas en los Gobiernos, desórdenes y escándalos en las provincias, sediciones militares y tumultos populares que fomentan alternativamente la tiranía y la anarquía, enemigas constantes de la dicha y prosperidad de los pueblos”.

“Entre tanto, pues, que no calme esta fiebre revolucionaria y este funesto choque de los principios teóricos de las nuevas constituciones con las costumbres e ignorante educación de las masas, no es dable, en mi opinión, que ni por un Congreso de Plenipotenciarios, ni por cualquiera otro artificio de alta política, podamos desembarazarnos de los males que nos afligen y de la tutela positiva que ejercen las naciones europeas sobre las nuestras, turbulentas, débiles, empobrecidas y sin prestigio”.

“Yo no veo para lo futuro otro remedio que el tiempo, la buena educación pública conforme a las actuales instituciones, y sobre todo una economía severa en la recaudación e inversión de los dineros públicos”.

“Todo lo que sea caminar fuera de esta órbita, me parece tiempo perdido y un círculo vicioso en el que prolongándose indefinidamente la lucha de las facciones, los pueblos cansados y deseosos de conseguir un reposo que no han podido lograr hasta ahora, se decidan por la tiranía doméstica o la dominación extranjera, prefiriendo el bien de la paz, aunque con muchos sacrificios, a los sueños vanos de una libertad tempestuosa que los devora. Por estas razones y otras muchas que explanaré, a su tiempo, a ese Supremo Gobierno, me ha parecido conveniente separarme ya de esta Legación, habiéndose frustrado del todo, por la fatalidad de las circunstancias, su principal objeto”.

“Por otra parte, no habiendo recibido, ni esperando tampoco recibir del Presidente del Ecuador los seis u ocho mil pesos a que alude la nota que contesto, por el estado de suma escasez en que se halla aquel país, me veo precisado a salir de Lima, o mejor diré, a escaparme de la vista y continua reconvención de mis acreedores. Con parte del dinero que he recibido para mi vuelta y con el producto de la venta de mis muebles en remate público, he pagado los intereses atrasados de las sumas que se me han facilitado, y con el corto resto emprenderé mi viaje. Si cuando llegue a la capital resuelve el Supremo Gobierno renovar esta Legación, continuándome para ella su confianza, no tendré inconveniente en darle este nuevo testimonio de deferencia a sus órdenes, y de mi constante disposición en servir a la República; pero esto sería bajo el supuesto de cubrir mi honor comprometido, pagando mis empeños y satisfaciendo mis sueldos vencidos, como único medio con que cuento por ahora para mi subsistencia y la educación de mis hijos. De otra suerte, esto es, sin fondos seguros para mantenerme con decoro y subvenir a las expensas legales de mi comisión, ni a mi familia, ni a mi patria, ni a su Gobierno sería de la menor utilidad enviar a Lima o a cualquier otra capital un Plenipotenciario mexicano que sea más bien una irrisión diplomática que el órgano de las comunicaciones de una República tan digna de respeto como lo es la nuestra”.

Juan de Dios Cañedo (1786-1850) fue un ilustre patriota mexicano; estudió Jurisprudencia, inició su actuación pública hacia 1811; fue Diputado por México a las Cortes Generales (1813, 1820-21), al Congreso Constituyente de México (1823-24), Ministro de Relaciones Exteriores (1828-29, 1839-40). Murió vilmente asesinado en 1850.

La falta de unidad política de Hispanoamérica provocó la pérdida de más de la mitad dl territorio mexicano (equivalente a una sexta parte de toda la América hispana),

La falta de unidad política de Hispanoamérica provocó la pérdida de más de la mitad del territorio mexicano (equivalente a una sexta parte de toda la América hispana), que pasó a manos de Estados Unidos tras una guerra de agresión. Tal como supo comprender Alamán, sólo una Hispanoamérica unida y poderosa habría podido evitar aquel dramático desgarramiento.

La misión destinada a hacer de México el centro de la política hispanoamericana abandonaba el campo para substraerse a la persecución de sus acreedores. Esa incompatibilidad quijotesca entre las miras sublimes y la mezquina realidad de la impotencia ha sido, desde la independencia, una constante de la actitud hispanoamericana ante el mundo, cual fatalidad que al separarnos de la matriz indiana hubiera invertido los términos de nuestra creación: otrora una voluntad avasalladora forjó un Estado continental con medios exiguos que multiplicó al infinito; al momento, una ínfima tarea agotaba a los herederos que abandonaron los recursos acumulados en tres siglos, y aun la propia existencia, en manos extrañas como la presa paralizada en espera del zarpazo que ha de aniquilarla; pues era ya del conocimiento general que los E.U. se preparaban a desgarrar México, que en desprevención suicida, se debatía en luchas internas sin fin.

En una carta de despedida a Don Andrés Bello, gran jurista venezolano y eminencia gris de diplomacia chilena, cuyo juicio gozaba de excepcional autoridad en el mundo hispanoamericano, Cañedo escribe: “Lo que importa sobre todo es que no se entorpezca este negocio. Si no conseguimos extinguir el desorden actual que abate y desespera a las presentes generaciones, quizá lograremos con la reunión de los representantes americanos reanimar y fortificar este cuerpo acéfalo y extenuado: podremos también dar a nuestros Gobiernos cierta especie de unidad nacional de que carecen, siéndoles tan necesaria para su respetabilidad exterior; o cuando menos el hábito de ventilar ciertas cuestiones bajo el aspecto de un interés general, producirá el buen resultado de enfrenar los proyectos ambiciosos de los que aspiren a sojuzgarnos especulando en nuestros disturbios políticos y en la miseria de nuestras desgraciadas sociedades”. Cañedo le participa además que el gobierno de México estaba dispuesto a realizar la Asamblea, si cinco o más Gobiernos respondían positivamente a la circular que había enviado días antes; expresa así mismo la esperanza que “al cabo de siete años de solicitudes y gestiones diplomáticas, frustradas hasta ahora por la discordia que despedaza y envilece a nuestras decadentes Repúblicas, comenzará tal vez en principio del año de 1840, la época del juicio, de la paz, de la circunspección y de la verdadera libertad… quizá tendré el placer de volver a estos países, si por fortuna se realiza el proyecto interesante de la Asamblea Americana”.

UNA NUEVA VISIÓN

Cañedo no volvió pues quedó encargado en México de la Cancillería. Reiniciado el proyecto, envió una Circular a los países hermanos. Entre las respuestas recibidas, la de Venezuela, especialmente desalentadora, expresaba una opinión entonces muy difundida en la política hispanoamericana:

“Alianza ofensiva y defensiva general no pueden existir entre aquellos pueblos que no tienen comunidad de intereses y sí rivalidades y aun enemistades; que están diseminados en un vasto continente y separados por altas montañas, selvas espesísimas o dilatados desiertos, de exigua población relativamente a su territorio, que no poseen marina de guerra, ni ejércitos disciplinados ni un erario rico, y que se hacen la guerra unos a otros o se hallan divididos entre sí y en guerra civil. Supongamos allanados todos los obstáculos que presentan la naturaleza física y la de nuestras constituciones políticas para la negociación, aprobación y ratificación de la alianza. En caso de ser, por ejemplo, atacada Venezuela, ¿sería auxiliada eficazmente por sus coaligados? De ninguna manera… Entrando Venezuela en dicha alianza con todos los Estados americanos, obraría en abierta contradicción contra sus más grandes y más caros intereses. Ella se formaría enemigos en Europa, que es el país de todas sus comunicaciones y de donde espera civilización, artes, ciencias, población, riquezas y en fin, su futuro engrandecimiento”. El autor de esta respuesta, fechada en mayo de 1840, es un tal Smith, no un Pedro Gual como otrora. Apenas diez años han transcurrido desde la muerte del Libertador, y se creyera vivir en siglo diferente. La política bolivariana aspiraba a reunificar Hispanoamérica y a convertirla, por propio esfuerzo, en una potencia realmente soberana y apta para tratar de igual a igual con Europa, los E.U. y el Brasil. Lucas Alamán intentó realizar por lo menos parcialmente este anhelo. Pero la nueva generación, nacida alrededor de 1810, e iniciada a la vida pública hacia 1840, ha sido educada en una sociedad que se transforma vertiginosamente y es ya presa de la Ideología de la Autodenigración y del Autocolonialismo. Los Precursores y Libertadores veían a los países hispanoamericanos como miembros de una familia que debía reunificarse o por lo menos actuar de consuno; y a las potencias anglosajonas como rivales con quienes era conveniente entenderse en mutuo provecho; la nueva generación invierte la visión de la anterior: los países hispanoamericanos son rivales y los anglosajones amigos y nuevos amos. Esta discontinuidad histórica e inflexión ideológica la señalamos ya en el capítulo 3. Mientras que en el norte la república de hoy es la de Washington, en el sur la República Criolla no es la república del Precursor ni de los Libertadores. Sin embargo, la inadmisible identificación de ambas repúblicas es usual entre nosotros, sobre todo en los círculos izquierdizantes; a tal punto que la república actual se tiene por una continuación de la república del “mantuano Bolívar”. En diversas partes de la obra presentamos argumentos que descartan semejante identificación.

Argumentos similares a los de Smith opone el famoso liberal José María Luis Mora (1794-1850) a la iniciativa del conservador Lucas Alamán, según se lee en su periódico El Indicador de la Federación (1833): “Reunir las fuerzas de naciones esparcidas en un continente vastísimo, de población muy escasa, separadas por centenares de leguas, por desiertos inhabitados, y por montañas y cordilleras inaccesibles, es el mayor de los delirios. Si a lo menos estas naciones tuviesen una marina respetable, el proyecto aparecería menos extravagante, pues sus comunicaciones serían en este caso menos difíciles; y aunque con gastos inmensos, más perjudiciales que la invasión que se trataba de precaver, una escuadra combinada podría acaso impedirla; mas no teniendo cada una de ellas, ni todas juntas, elementos ningunos para formar una armada que pudiera llamarse tal, menos podrían prestarse oportunamente y con fruto auxilio ninguno en casos apurados. En Europa, las grandes potencias pueden confederarse y obrar de concierto porque todas están en contacto, tienen marina, caudales de tropas de que disponer, todo con inmediación a cualquiera de los puntos en que se ofrezca obrar; pero en América, como hemos hecho ver, falta todo esto, y así, la pretendida confederación entre las naciones que la habitan, es de tan difícil ejecución, como la que pretendiese hacer con los habitantes de la luna”.

Ocioso hubiera sido negar las dificultades que Mora señala; pero precisamente para superarlas se buscaba la unión: para aunar los esfuerzos, romper el aislamiento, poblar el desierto, incrementar la población, desarrollar la economía, estabilizar la política interior, reforzar la exterior, crear una marina, y defenderse mejor. Sus objeciones no eran pues razones válidas, sino seudoargumentos liberales –ideología- para justificar la autodenigración, la desunión y la entrega, el autocolonialismo.

La correlación doctrinaria: conservador unionista y liberal aislacionista, no es casual pero tampoco regla estricta; es tendencia dominante aunque en general implícita, y tiene una explicación plausible: la base natural de las ideas unionistas es la comunidad de origen, la herencia hispana que de una multitud de naciones creó una sola. En grados diversos de convicción, los conservadores la defienden; los liberales en general la rechazan. De aquí proviene esta correlación, variable según la época, y especialmente nítida en la primera generación republicana, nacida en un ambiente viciado por el odio a lo español, encendido en la guerra de independencia. Un ejemplo que analizaremos oportunamente fue la polémica del liberal Sarmiento contra Andrés Bello, convencido partidario de la reunión de un Congreso Americano, y en general de la Reunificación. Bello, espíritu mesurado, sin ser un defensor obstinado del Antiguo Régimen, sin negar sus deficiencias ni añorar el retorno, supo calibrar con serenidad sus aspectos positivos, siendo él mismo uno de sus productos intelectuales de mayor valía. Y aquí valga la siguiente observación que debe evitar malentendidos: conservador en este contexto histórico no es sinónimo de reaccionario. En esencia significa: la condición indispensable y primaria del éxito consiste en afirmar lo que se es: en afirmar el ser forjado por la historia, por la cultura, por la tradición propias, y que es preciso defender. El liberalismo pos independentista, el de la generación de los Smith, Sarmiento, Alberdi es ya una liberalismo sajonizante, muy diferente del que representaba la Constitución liberal española de 1812, a la cual adherían los hispanoamericanistas como Zea, según vimos. Este nuevo liberalismo pretendía reemplazar el propio ser social por uno extraño, sajonizado, en la ingenua creencia de obtener así la clave del éxito. En este sentido Juan Bautista Alberdi, ideólogo de la Reorganización liberal y célebre representante de la Ideología de la Autodenigración lanzaba hacia 1852 la divisa “seamos los yankees de Hispanoamérica”. Pero una década antes había intervenido en la polémica Bello-Sarmiento con una célebre Memoria en pro de la Reunificación; era pues un liberal aunionista aunque sajonizante. Precisa entonces relativizar la correlación arriba mencionada, en tanto hay liberales partidarios de la Reunificación, y que mantienen invariable este anhelo, como Juan María Gutiérrez, un liberal que se encontraba más cerca de un Bello que de su coetáneo Alberdi; y otros que evolucionan en uno u otro sentido. En suma, más que una cuestión de individuos es un síntoma de la época, del espíritu que le imponen los personajes preeminentes que, aunque rectores globales de una sociedad, jamás alcanzan a exterminar los gérmenes de las tendencias opuestas que pueden dormitar por siglos para luego levantarse gracias a condiciones que el mismo contrario ha generado. Dicho en otras palabras: en nuestro siglo la idea de la Reunificación debe recobrar sus fueros como respuesta a la impotencia, sujeción y miseria en que nos ha sumido la República Criolla.

Hacia 1843 quedaba definitivamente frustrada la empresa iniciada por Alamán; para entonces la alianza con México significaba un peligro que los países hispanoamericanos evitaban, temerosos de comprometerse en la guerra que los E.U. le urdían; y apenas si se les puede reprochar haber abandonado al hermano, pues él mismo había saboteado el Congreso de Panamá, que debía ser el guardián de sus soberanía y su territorio, y al momento daba pruebas de una desprevención  suicida, al consumirse con conflictos internos frente a los visibles preparativos del agresor.

Alamán es el último gran representante del pensamiento reunificador nacido en la Época Indiana; y su intento fallido, el postrer hálito de la época. La primera generación republicana, nacida hacia el estallido de la revolución (1810) e iniciada a la vida pública hacia 1840, es autora de los programas de Reforma y Reorganización de la República Criolla.

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Un pensamiento en “El Pacto de Familia

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