Archivo por años: 2013

La hispanidad como nacionalidad histórica

«Hispanoamérica ha entregado muchas contribuciones propias y originales a la cultura occidental, manifiestas, por ejemplo, en los valiosos aportes realizados en los ámbitos del arte y de la literatura, que junto a su apreciable producción en los demás campos culturales, han concurrido a configurar en el tiempo un modo hispanoamericano de ser en el mundo occidental (…) La hispanidad define esencialmente nuestra identidad histórica»

El siguiente texto es un fragmento del artículo titulado «La Hispanidad, una identidad histórica», de José Ramón Molina Fuenzalida, profesor titular de la Universidad Santiago de Chile, publicado en el diario digital chileno El Mercurio, el 13 de octubre de 1998.

indohispaniaA través de su conquista por España, América se integró efectivamente al curso de la historia universal, dentro del contexto cultural del occidente cristiano. Porque, con la llegada de los españoles, la cultura occidental comenzó a penetrar en la región, dado el hecho determinante de que en aquel tiempo España era nación principal y guía espiritual de occidente. Por lo mismo, el hallazgo del nuevo mundo representó para España, por sobre todas las cosas, la más amplia posibilidad de expansión de la cultura occidental, que se cumplió mediante el proceso de culturización, introduciendo en el continente americano el idioma castellano, la religión católica y los conceptos básicos de su civilización. En efecto, más allá del afán de dominio sobre las nuevas tierras y de la explotación de sus enormes riquezas, a España entonces la inspiró el preclaro propósito de proyectarse históricamente a sí misma allende sus fronteras, expandiendo la presencia de su lengua, de su religión, de sus tradiciones, de sus valores y de sus instituciones en el espíritu virgen de los pueblos amerindios. Sigue leyendo

Bolívar y el sueño de una Hispanoamérica unida

«lo que Bolívar tenía en mente era nada menos que la creación de un imperio hispánico independiente en América (…) EI propósito (…) era, desde luego, llevar a los hispanoamericanos al centro mismo del dinámico comercio del Atlántico Norte, conquistar un lugar en la naciente hegemonía, obtener para la América española las mismas cosas que veía avecinarse a los Estados Unidos. Y esto es, sin duda, un sueño que la mayoría de los hispanoamericanos han acariciado desde la independencia, sueño expresado de mil maneras distintas, pero cuya esencia se ha mantenido constante a través de los muchos cambios de regímenes políticos o ideologías de moda»

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Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander saliendo del Congreso de Cúcuta, según un óleo de Ricardo Acevedo Bernal (1926).

El siguiente texto es un extracto del ensayo titulado «Simón Bolívar y el sueño de una Hispanoamérica unida» (1983), del historiador y profesor universitario estadounidense John V. Lombardi. Tomado del sitio web REDINED (Red de base de datos de información educativa – Ministerio de Educación y Ciencia de España).

LA VISION BOLIVARIANA

EI legado de Bolívar a América se encuentra en los volúmenes de leyes, decretos, proclamas, cartas y similares que, mejor que ningún historiador, muestran la vida que él intentó crear. Este fructífero frenesí dejó a Venezuela y a la América española una visión extraordinaria del hombre de letras y de acción del siglo XIX, parangón muy imitado desde entonces en las Américas. A través de sus escritos vemos a Bolívar como una de las figuras intelectuales importantes de Venezuela. Sus cartas revelan un intelecto cultivado y lúcido, documentado y perceptivo, Ileno de idealismo moderado por el realismo nacido de la experiencia y la observación aguda. Sin embargo, sus obras mayores están escritas con gran estilo y habilidad, para impresionar a aquellos a quienes iban destinadas: por ejemplo, la célebre Carta de Jamaica, enviada desde Kingston en 1815 y dirigida a un público inglés que aún podía dudar de la legitimidad del espíritu independentista de Hispanoamérica; o el discurso de Angostura, pronunciado ante los vacilantes legisladores venezolanos del Congreso de Angostura en 1819, en un esfuerzo por robustecer su resolución de emprender el asalto continental contra el imperio español y la creación de un gobierno fuerte. Cada una de estas muestras, junto con otras obras clásicas bolivarianas, podría aparecer en una antología de grandes cartas hispanoamericanas.

Dentro de este marco, Bolívar tuvo mucho que decir acerca del futuro y el pasado de la América española. Aunque frecuentemente influidos por el peso de crisis polfticas y necesidades militares, estos escritos muestran una comprensión nítida y preclara de la índole del ámbito hispanoamericano. Más que ninguno de sus contemporáneos, Bolívar captó la esencia de una Hispanoamérica unida, libre de España, partícipe del creciente comercio mundial de los imperios atlánticos y asociada igualitaria de Gran Bretaña y los Estados Unidos en la administración de los asuntos del hemisferio.

LOS ORIGENES DE UNA AMERICA UNIDA

«Es una idea grandiosa pretender formar de todo el mundo nuevo una sola nación… Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería por consiguiente tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse…» (Bolívar, Carta de Jamaica, 6 de septiembre de 1815).

Hoy, el concepto de una Hispanoamérica unida, que actúe según un conjunto común de principios y aspiraciones nacionales, sigue siendo una meta muy anhelada por los países de este hemisferio. Sigue leyendo

300 años de la Real Academia

«Unamuno afirmaba que la lengua es «la sangre del espíritu». Al igual que usted, lector, soy parte de esta comunidad lingüística del español, colectividad conformada por más de 500 millones de personas en el mundo. Ser parte de un idioma es respirarlo, es habitarlo, es compartir con otros un torrente de experiencias acumuladas por la tradición de un pueblo. Como ecuatoriano, como hispanoamericano soy un ciudadano de la lengua española»

Artículo de Juan Valdano publicado en el periódico digital El Comercio (el 11 de agosto de 2013).

Vista de la Academia Colombiana, la más antigua de todas las academias americanas de la lengua española. Frente a la entrada se encuentra al monumento al eminente escritor, humanista y político Miguel Antonio Caro.

Vista de la Academia Colombiana, la más antigua de todas las academias americanas de la lengua española. Frente a la entrada se encuentra al monumento al escritor, humanista y político Miguel Antonio Caro.

El 3 de agosto de 1713, un grupo de ilustrados españoles convocados por el marqués de Villena firmaron un acta por la cual fundaron la Real Academia de la Lengua. La institución nació con un propósito: velar por «la elegancia y pureza del idioma» español, procurando «fijarlo en el estado de plenitud alcanzado en el siglo XVI». Solo un año después, y luego de apaciguadas las guerras por la sucesión del trono español, el rey Felipe V, un francés implantado en el trono de España, dio su venia y protección a la naciente institución a sabiendas de que en ella se congregaba una élite intelectual que resistía la influencia gala que, a partir de 1700, promovía la nueva dinastía borbónica. En España, por entonces, había una conciencia de rezago y decadencia, la sensación de ser un país venido a menos en el concierto europeo, situación motivada por la crisis política. En esas décadas de gris retórica y en las que vientos cargados de afrancesamiento soplaban desde el otro lado de los Pirineos, el llamado «siglo de oro», pasó a ser un recuerdo de glorias lejanas, la dolida evocación de perdidos esplendores. No hay duda de que cierto nacionalismo hispánico, cierto desquite frente a la injerencia de corrientes extrañas al alma española, movieron a este grupo de letrados a conformar una sociedad cuya finalidad era velar por la pureza de un tesoro lingüístico cuyo brillo y expansión estuvieron unidos a grandes ejecutorias del espíritu y la espada. Cuidar el uso correcto del idioma supone dictar normas, definir los significados de las palabras, formular gramáticas, elaborar diccionarios. Pero ¿quién se atreve a ello? ¿Quién debe separar el grano de la paja? ¿Quién tiene autoridad para semejante criba y entendérselas con una tradición de mil años de habla española? Tal ha sido la tarea que la RAE asumió desde su fundación, hace 300 años. En el siglo XIX, luego de la Independencia de Hispanoamérica, estuvo en peligro la unidad de la lengua por el intento de separar el español de América del de España. Con buen sentido, la RAE supo conjurar la amenaza auspiciando la fundación de Academias americanas correspondientes de las de Madrid, práctica que hoy sustenta una política panhispánica como corresponde a una lengua que ha desbordado su ámbito originario. En tal labor hoy colaboran las 19 Academias hispanoamericanas, a más de la filipina y la norteamericana en conjunción con la Real Española que en tareas e iniciativas es «primus inter pares» . Unamuno afirmaba que la lengua es «la sangre del espíritu». Al igual que usted, lector, soy parte de esta comunidad lingüística del español, colectividad conformada por más de 500 millones de personas en el mundo. Ser parte de un idioma es respirarlo, es habitarlo, es compartir con otros un torrente de experiencias acumuladas por la tradición de un pueblo. Como ecuatoriano, como hispanoamericano soy un ciudadano de la lengua española.

Gonzalo Anes sobre las independencias hispanoamericanas

«Los procesos de independencia de las repúblicas hispanoamericanas pusieron fin a 300 años de paz en América (…) La América española logró unos niveles de prosperidad que, a finales del XVIII y comienzos del XIX, eran análogos a los de la Europa desarrollada (…) La independencia significó la ruptura de muchas cosas, y la desintegración de los virreinatos supuso la aparición de fronteras entre las repúblicas y de aduanas y dio pie a guerras» (Gonzalo Anes, catedrático de Historia e Instituciones Económicas)

la paz imposibleEl siguiente texto es un fragmento de un artículo sobre Gonzalo Anes, director de la Real Academia de la Historia, publicado el 5 de junio de 2013 en el periódico digital El Confidencial.

«Nada más sensible a la incertidumbre que el dinero», aseguraba Anes al presentar, en la sede de la Academia, el libro La paz imposible. Los intentos de paz en la independencia de América, de Íñigo Moreno y de Arteaga, marqués de Laserna, y con prólogo de Hugo O’Donnell.

Publicado por la editorial Csed, el libro se extiende desde que se hicieron sentir «las primeras voces de independencia» en las repúblicas hasta la pérdida definitiva de la América española. Esa «paz imposible» es «una historia de lo que pudo ser y no fue», dijo el autor, para quien «hubo una cerrazón» en no querer ver desde España que «aquellos pueblos podían ser independientes».

Contrarrestando ideas preconcebidas

Ante numerosos invitados, entre ellos el infante don Carlos y la princesa Ana de Francia, duques de Calabria, Gonzalo Anes aprovechó la ocasión para tratar de contrarrestar algunas «ideas preconcebidas», entre ellas la de que América fue una colonia española.

«Nunca lo fue». En ese continente los españoles fundaron reinos, como los de la Nueva España o el de Perú, señaló el director de la Academia.

Anes afirmó que las guerras que condujeron a los procesos de independencia «se produjeron por una falsificación, quizá la mayor que se ha hecho en la Historia sobre lo que fue la acción española en América y sobre la realidad de la América virreinal». Sigue leyendo

El despedazamiento de la Patria Grande

Después de Ayacucho, la cuestión central reside ahora en la unificación y organización de los Estados Confederados, es decir, en crear, de una vez por todas, la nación. Pero la lucha por ese objetivo resulta sumamente difícil, dado el enorme poder de las fuerzas disgregadoras.

Lo que había sido una poderosa unidad geopolítica, la América española o Indias, acabó partiéndose en pedazos, por la ambición de caudillos locales sin ninguna visión de grandeza, y por la acción del imperialismo británico [pulse sobre la imagen para ampliar].

Lo que había sido una poderosa unidad geopolítica, la América española o Indias, acabó partiéndose en pedazos, por la ambición de caudillos locales sin ninguna visión de grandeza, y por la acción del imperialismo británico [pulse sobre la imagen para ampliar].

El siguiente texto es un extracto del ensayo titulado «Seamos libres y lo demás no importa nada. Vida de San Martín» (Capítulo XLV, pp. 514-516), del ensayista e historiador revisionista Norberto Galasso. Tomado del sitio web argentino «La otra historia».

En 1825, a pesar de los esfuerzos de Bolívar, Bolivia se ha constituido en país independiente. En 1828, no obstante el interés de Dorrego por impedirlo, ha nacido el Uruguay. A su vez, Paraguay acentúa su aislamiento, ya sea porque la burguesía comercial de Buenos Aires no le deja otro camino o por la propia inclinación de José Gaspar Rodríguez de Francia. En ese panorama de creciente balcanización, Bolívar —contando con la colaboración de Sucre, su jefe más leal— se multiplica para consolidar la Confederación Andina, compuesta por Colombia, Perú y Bolivia (incluyendo Ecuador, Venezuela y Panamá, provincia colombiana, después país independiente): Habrá una bandera, un ejército y una nación sola… —le ha escrito Bolívar a Sucre, tiempo atrás, sugiriendo que el vencedor de Ayacucho debería presidirla—. Se trata de un gran Estado que se extienda desde Paraná y el Orinoco al Potosí, un Imperio de los Andes, la Confederación Andina (1). Sigue leyendo

Las luchas de Hispanoamérica

«los pueblos hispánicos no hallarán sosiego sino en su centro, que es la Hispanidad (…) De cuando en cuando se alzan en la América voces apartadas, señeras, que advierten a sus compatriotas que no debían de ser tan malos los principios en que se criaron y desarrollaron sus sociedades, en el curso de tres siglos de paz y de progreso (…) los principios morales de la Hispanidad en el siglo XVI son superiores a cuantos han concebido los hombres de otros países en siglos posteriores y demás por venir»

Portada de "Defensa de la hispanidad", de Maeztu, en una edición de Poblet (Buenos Aires, 1945) para América y Filipinas.

Portada de «Defensa de la hispanidad», de Maeztu, en una edición de Poblet (Buenos Aires, 1945) para América y Filipinas.

El siguiente artículo está extraído del libro «Defensa de la hispanidad» (1934), obra de Ramiro de Maeztu (1875-1936), diplomático y destacado escritor español de la denominada Generación del 98. El texto se ha tomado del sitio web «Cruzada Sur. Izquierda Indo-Hispánica».

Todos los países de Hispanoamérica parecen tener ahora dos patrias ideales, aparte de la suya. La una es Rusia, la Rusia soviética; la otra, los Estados Unidos. Hoy es Guatemala; ayer, Uruguay; anteayer, el Salvador; mañana, Cuba; no pasa semana sin noticia de disturbios comunistas en algún país hispanoamericano. En unos los fomenta la representación soviética; en otros, no. Rusia no la necesita para influir poderosamente sobre todos, como sobre España desde 1917. Es la promesa de la revolución, la vuelta de la tortilla, los de arriba, abajo; los de abajo, arriba; no hay que pensar si se estará mejor o peor. Sus partidarios dicen que tenemos que pasar quince años mal para que más tarde mejoren las cosas. Sólo que no hay ejemplo de que las cosas mejoren en país alguno por el progreso de la revolución. Sólo mejoran donde se da máquina atrás. La revolución, por sí misma, es un continuo empeoramiento. No hay en la historia universal un solo ejemplo que indique lo contrario. Sigue leyendo

El imperio británico y la balcanización de Hispanoamérica

«El Imperio Español generó, a través de varios siglos, fuerzas unificadoras, centrípetas, que contribuyen a explicar la idea de una nación continental (…) en Hispanoamérica el despertar del nacionalismo continental, la primera  manifestación de la idea integracionista, es indesligable de la revolución social (…) ¿Qué procura decidir Gran Bretaña? Manos libres para organizar y explotar un enorme Imperio ultramarino donde vender el 70% de las manufacturas que produce, donde extraer a precios irrisorios las materias primas y alimentos que necesita y donde invertir sus excedentes financieros (…)

Cruce del riachuelo

Cruce del Riachuelo por Beresford durante la invasión inglesa de Buenos Aires en 1806, según un grabado anónimo.

El siguiente texto es la primera parte del ensayo titulado «Iberoamérica: Balkanización, Integración dependiente e Integración liberadora», de Vivián Trías, profesor universitario, historiador, escritor y político. Publicado en la revista Nueva Sociedad, Nro. 37, Julio-Agosto 1978, pp. 41-53

Los grandes caudillos de la emancipación iberoamericana proyectaron crear una vasta patria común. La idea y la emoción de la «Patria Grande» ronda, desde entonces, nuestro drama histórico.

Simón Bolívar en el norte y José Artigas en el sur son la encarnación más profunda y empecinada de la unidad continental o regional.

¿Cuáles son las raíces de la idea? ¿Cuál es la fuente de la pasión por la nación hispano- americana en que Bolívar quemó su vida y Artigas pagó con su silencioso ostracismo de 30 años?

¿Qué es, en rigor, una nación?

Desde distintas posturas doctrinarias se entiende que la nación es la confluencia de varias comunidades o solidaridades humanas; una economía común, una historia común, un territorio y una lengua comunes.

La comunidad económica, base material de la nación, es el fruto del desarrollo capitalista que elimina los parcelamientos autosuficientes de los feudos, crea el mercado único en que productores y consumidores puedan conectarse libremente, un solo sistema monetario y un solo régimen impositivo. Lo cual exige la autoridad de un gobierno central incuestionable e inconciliable con la dispersión del poder en los señores feudales. Pero la nación no es, por cierto, un mero hecho económico. Es una comunidad estable , pero no de origen natural, sino histórico. Sigue leyendo

Barroco hispanoamericano

El siguiente video muestra algunas de las obras más representativas del barroco de Nueva España (México), el estilo arquitectónico predominante en Hispanoamérica durante los siglos XVII y XVIII. En América el barroco encuentra un estilo propio, producto de la fusión de la arquitectura española con el sustrato indígena y la tradición mudéjar, y la catedral de México se convertirá en paradigma arquitectónico de la época virreinal. Además de en México, se encuentran muestras notables de barroco hispanoamericano en Lima, Cuzco, Quito, Arequipa, Cartagena de Indias, Popayán, Potosí, Buenos Aires, Córdoba y otros muchos lugares.

La música de fondo es una pieza titulada «Albricias, mortales, que viene la aurora», villancico de Navidad a siete voces, obra del célebre compositor novohispano Manuel de Sumaya (1678-1755), el más prolijo representante del barroco musical en la América virreinal y autor de la primera ópera hispanoamericana.

De bicentenarios y profetas

«esas celebraciones son las celebraciones de la ruptura, división y rebajamiento de la Patria Grande, del inicio de nuestros males más atroces, es la celebración de nuestra miseria y nuestro olvido (…) sabiamente dijo un compatriota del otro lado del charco “Nos separamos para profundizar nuestros errores” (…) Debemos revivir la unidad superior que no divida. Debemos revivir Hispanoamérica»

El siguiente texto es un fragmento de un artículo de opinión del mismo título, de Francisco Núñez del Arco Proaño, escritor, historiador y presidente del Instituto Ecuatoriano de Cultura Hispánica. Publicado en el sitio web Coterraneus el 5 de julio de 2011.

El propio Bolívar

Escribió Bolívar: «Este país caerá infaliblemente  en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos los colores y razas». En efecto, el caudillismo ha sido una constante durante todo el período republicano en Hispanoamérica.

NOTA: Las opiniones y expresiones vertidas en este artículo corresponden exclusivamente a su autor y no deben interpretarse necesariamente  siempre como un posicionamiento de nuestro sitio web Hispanoamérica Unida.

Hoy 5 de julio de 2011 se celebra con una estupidizante algarabía propia de la fecha, el bicentenario de la llamada “declaración de independencia” de Venezuela, y siendo que el “Libertador” era venezolano, no puedo menos que referirme a esta fecha.

Desde el 2009 que el continente viene celebrando inconscientemente los distintos bicentenarios de sus “independencias”. Y hay que decirlo de una buena vez, de manera directa y sin rodeos, esas celebraciones son las celebraciones de la ruptura, división y rebajamiento de la Patria Grande, del inicio de nuestros males más atroces, es la celebración de nuestra miseria y nuestro olvido.

La llaman independencia y la llaman libertad, y por ahí dicen que eso venimos celebrando en el o en los bicentenarios. Sinceramente me causan mucha risa y mucha pena aquellos que se llenan la boca hablando de independencia, libertad,  unidad y “Patria Grande” y a la vez reivindican a Bolívar, a San Martín, a Sucre y a O’ Higgins y cía. (Que según algunitos sabelotodos querían unir algo que ya estaba unido). Dicen que estos nos dieron independencia: “independencia” es al parecer la entrega y expoliación del continente al imperialismo británico primero y al yanqui después, independencia es la crisis política y el endeudamiento económico consuetudinario desde hace 200 años, independencia es morirse de hambre, independencia es alienarse la cabeza de ideas e identidades que no son nuestras. Dicen que estos nos dieron libertad: “libertad” le llaman al látigo, al fusil y a la guerra; que hablen de libertad  los fusilados, perseguidos y desterrados de Bolívar y sus descendientes en la ideas: que hablen de libertad los muertos en innumerables guerras civiles endémicas en lo que alguna vez fue un Imperio con siglos de paz; que hablen de libertad los indios sometidos y exterminados por la república: que hablen de libertad los cholos, los llaneros, los chagras, los huasos y los gauchos utilizados como carne de cañón en cuanta guerrita chauvinista se les ocurrió a los vende patrias; que hablen de libertad los oprimidos por la oligarquía y los cazados por la masonería y el liberalismo. Sigue leyendo

Donde se extravió el sueño hispanoamericano

«las Cortes de Cádiz fueron un auténtico campo de entrenamiento en los principios liberales y de derecho constitucional, y para Hispanoamérica tendrían el valor de una provechosa experiencia a la hora de reflexionar sobre sus propios destinos políticos. El trasplante de ideales e instituciones se debió, en buena medida, a personajes que participaron activamente en la gesta patriótica peninsular, y que pusieron luego aquella enseñanza al servicio de las nacientes repúblicas americanas»

Artículo de Xavier Reyes Matheus, articulista y director académico de Rangel (Redes para la Acción de Nuevos Grupos de Estudios Latinoamericanos) y secretario general de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad de la Comunidad de Madrid. Publicado en el sitio web de la revista Mercurio Panorama de Libros.

Fernando VII jura la constitución de Cádiz en 1820 en el Palacio María de Aragón, de Madrid, Fernando VII jura en 1820 la Constitución de Cádiz, cuando el ejército que iba a sofocar las rebeliones de América se rebela antes de partir en Cabezas de San Juan.

Fernando VII jura la Constitución de Cádiz en la sesión de apertura de las Cortes celebrada en el palacio María de Aragón (Madrid) en 1820, cuando el ejército que iba a sofocar las rebeliones de América se rebela antes de partir en Cabezas de San Juan (Grabado de autor anónimo del siglo XIX).

Vinculada en América a la monarquía despótica de Fernando VII, la Constitución de 1812 ha tardado en ser reconocida por sus valores políticos entre nuestros hermanos del continente

Solo en época reciente la Constitución española de 1812 ha empezado a encontrar su sitio en la historiografía hispanoamericana, después de figurar por mucho tiempo entre los malvados de la película. Naturalmente, se trataba de un guión épico elaborado por los regímenes que allá levantaron la república, y que han modelado sus imaginarios nacionales con lujo de recursos iconológicos y narrativos. A tal efecto, los que militaron bajo la bandera de la Pepa son simplemente “realistas”: una voz que no distingue nada sobre valores políticos, pues el sistema monárquico era defendido a la vez por absolutistas, afrancesados y liberales. Absolutista era el Fernando VII que aglutinó la voluntad patriótica española, y así ha quedado juzgada en América la causa que lo tomó por símbolo: luchar por semejante rey era hacerlo, necesariamente, por la opresión de los súbditos. No era cuestión, entonces, de adjudicar la pasión de la libertad a los que habían hecho la revolución liberal en España, sino a los libertadores del suelo donde debía reconocerse la patria.

Por otra parte, y a pesar de su optimismo para instaurar un sistema de derechos ciudadanos bajo la dirección de aquel déspota incorregible, ya los propios liberales españoles adivinaron que sería muy difícil contar, en tal empresa, con la adhesión de los dominios americanos. Sigue leyendo