El siguiente texto forma parte del ensayo “La nueva visión”, del escritor e investigador hispanoamericanista Raúl Linares Ocampo, y que publicamos por entregas en nuestro sitio web.
6. Conquistadores y conquistados
La sociedad propiamente indiana se inicia con la primera generación mestiza, cuyos padres son los conquistadores. Ya que éstos también forman parte de ella, valgan algunas palabras al respecto.
En general, los grandes capitanes de la Conquista quedaron en las Indias, de las que hicieron su nueva patria y donde dejaron sus huesos y su prole. El autodenigrante de hoy se considera producto de violación. Tendrá sus razones, que precisa respetar. Pero generalizar este hecho, significa cultivar un mito más, demasiado burdo como para darle lugar en la explicación del carácter eminentemente mestizo de Nuestra América.
Los participantes en la empresa de la conquista provenían de los más diversos estratos, pero los personajes preeminentes, los capitanes, representaban en buen número al hidalgo segundón. Hidalgo, quiere decir hijo de algo, y es aquel que, para elevarse sobre la plebe, tiene por distintivo el no “vivir por sus manos”, vale decir, no vivir de su trabajo; pero siendo segundón, no hereda el mayorazgo, la fortuna familiar. Estaba pues obligado a encontrar algún medio de no caer en la pobreza, en la deshonra, según la visión del hidalgo. “El desdén por el trabajo manual en la psicología española, no le viene por su concepción cristiana de la vida, sino por la fatal orientación militarista y autocrática durante los ocho siglos de guerrear con los moros”, observa Víctor Andrés Belaunde.[1] De ahí que para muchos hidalgos segundones, la Conquista fuera en cierto sentido una continuación de la Reconquista, concluída precisamente en el año del Descubrimiento. Las Indias ofrecían pues una vía que buen número de ellos eligió; los más intrépidos se enrolaron en la empresa de la conquista, cuando pudieron. Las huestes conquistadoras como hordas de delincuentes es otro de los mitos de la Leyenda Negra. Evidentemente no todos eran hidalgos segundones, o mejor dicho, éstos estaban en minoría; la mayoría de los soldados, como era de esperar, pertenecía a estratos inferiores; y además a varios países extranjeros, lo que señala en dirección de la inmigración ilegal; a estos elementos se les atribuye, en general, el grueso de las crueldades, lo que puede admitirse como muy probable, dado que la ignorancia es caldo de cultivo de la crueldad. Pero una visión realista no debe olvidar, que en todo ejército surge de modo inevitable el espíritu de cuerpo, más aun, en situaciones extremas. El soldado, de cualquier procedencia social, no podía quedar indiferente, cuando los aztecas le mostraban como sacrificaban a uno de sus compañeros hecho prisionero. La crueldad se contestaba con crueldad. Esto vale para todos los tiempos. Ni Cortés ni Pizarro personificaban al cruel por naturaleza. En el combate mataban para no ser muertos, y fuera de él podían ser extremadamente estrictos con sus subordinados, al extremo de haber hecho colgar a soldados que maltrataban o robaban a los indios. Y tampoco faltaron momentos de gran humanidad, como, por ejemplo, cuando a la muerte de un cacique aliado, Cortés llora como si se tratara de su padre y luego lleva luto. Sigue leyendo










