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Qué fue la revolución hispanoamericana de 1810

«El juntismo de 1810 nace sin el más mínimo propósito separatista respecto de España, sin la más mínima intención de disgregar, de dispersar a los pueblos hispano-americanos, conscientes de conformar una gigantesca y común nacionalidad continental. Serán hechos posteriores a la erección de las Juntas los que acabarán conduciendo a los pueblos hispano-americanos por los caminos del separatismo y la disgregación (…) Patriotismo, hispanismo, constitucionalismo, antijacobinismo, antibonapartismo, antibrasileñismo, fidelidad al rey legítimo y, subsidiariamente, independencia de toda dominación extranjera. Este es el auténtico repertorio ideológico que preside la revolución americana de 1810»

El mundo en 1800.

El mundo en 1800. Obsérvese cómo Hispanoamérica (también llamada las Indias) era la mayor entidad política: sólo el Imperio Ruso era comparable en tamaño.  De haber conservado su unidad tras la independencia, hoy la América Hispana sería, probablemente, la Nación más rica y poderosa; pero por desgracia se fragmentó en multitud de repúblicas, lo cual  favoreció el ascenso de las potencias anglosajonas: Inglaterra y Estados Unidos.

El siguiente texto es un fragmento del artículo titulado “Origen y significado de las Juntas Hispano-americanas de 1810″, del abogado, jurista y ensayista Ramón Peralta Martínez, publicado en la sección Artículos de la revista de crítica filosófica El Catoblepas, en marzo de 2011.

El juntismo de 1810 surge, esencialmente, como respuesta americana a la Proclama de la Junta de Cádiz fechada el 14 de febrero de ese mismo año. Se trata de una solución patriótica-democrática anclada inicialmente en la legitimidad hispánica de aquel difícil momento ante una situación de invasión extranjera y usurpación de la Corona, legitimidad representada por el conjunto Consejo de Regencia – Junta de Cádiz, una solución que evitó mayores derramamientos de sangre entre personas de una misma nacionalidad, súbditos de una misma Corona.

El juntismo de 1810 nace sin el más mínimo propósito separatista respecto de España, sin la más mínima intención de disgregar, de dispersar a los pueblos hispano-americanos, conscientes de conformar una gigantesca y común nacionalidad continental. Serán hechos posteriores a la erección de las Juntas los que acabarán conduciendo a los pueblos hispano-americanos por los caminos del separatismo y la disgregación. El movimiento juntista americano es réplica del juntismo peninsular desarrollado desde la primavera de 1808; surge de la determinación de quienes son españoles de pleno derecho, «españoles americanos» que es lo que eran los criollos como protagonistas del proceso, una determinación tomada con madurez y conocimiento y puesta en práctica con moderación y beneficencia. Sigue leyendo

El plan del Conde de Aranda

«Cuán diferente sería la historia, si este plan se hubiera realizado. Se habría mantenido la unión, se habría impedido el desarrollo del imperialismo estadounidense, que la República Criolla ha fomentado; y se habría cimentado la primacía de Hispanoamérica en el continente. En consecuencia, la frontera de Hispanoamérica en el norte sería el Misisipí, y en el sur estaría trazada por el Tratado de 1750, que habría contenido el avance del Brasil»

El Conde de Aranda, retratado por Ramón Bayeu en 1769. Museo Provincial de Huesca. Hombre de extraordinaria inteligencia política, concibió un plan que pudo haber salvado la unidad de la América hispana, convirtiéndola en una gran potencia y frenando la expansión de Estados Unidos y Brasil.

El Conde de Aranda, retratado por Ramón Bayeu en 1769. Museo Provincial de Huesca. Hombre de extraordinaria inteligencia política, concibió un plan que pudo haber salvado la unidad de la América hispana, convirtiéndola en una gran potencia y frenando la expansión de Estados Unidos y Brasil.

El siguiente texto está extraído de la obra «La Patria Grande. La reunificación de Hispanoamérica: Historia de una idea persistente» (Capítulo 6: Independencia americana e integridad de la monarquía), de Raúl Linares Ocampo (Arequipa-Berlín 2010).

Para un observador atento y sagaz de la política mundial como fue el talentoso Conde de Aranda, ministro de Carlos III, la independencia de América no sólo era inevitable, sino el mal menor, que era preciso aceptar y conducir por vías favorables a la Nación. En 1783, a cuarenta años de la obra de Campillo, y año del nacimiento de Bolívar y del reconocimiento de la independencia de los Estados Unidos, Aranda pasa revista a la política internacional, y con lejana visión concibe un audaz proyecto presentado al rey en un Memorial, hoy muy famoso, en general conocido sólo de oídas y referido de una manera incompatible con su verdadera importancia que no reside, según se cree, en ser un vaticinio de la pérdida de las Indias, tema a la moda entonces, sino en la clarividencia con que descubre el futuro peligro estadounidense. El ilustre Conde de Aranda (Pedro Pablo Abarca de Arbolea, 1718-1799) fue uno de los políticos de mayor influencia en la historia de España. En la carrera militar obtuvo el grado de Mariscal de Campo; en la diplomacia y política, los más altos cargos del reino. En 1765, bajo Carlos III, fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros, gestión en la que prestó los mayores servicios a su país. Menéndez Pelayo dice de él: “de férreo carácter, ordenancista inflexible, avezado al despotismo de los cuarteles, de cierta franca honradez, impío y enciclopedista, amigo de Voltaire, D’Alembert y del Abate Raynald; reformador despótico”. Tuvo parte principal en la expulsión de los Jesuitas de los dominios españoles. En 1779 cayó en desgracia y fue enviado de embajador a París, donde negoció en 1783 por parte de España el tratado de paz entre España, Francia e Inglaterra que puso fin a la guerra encendida por la intervención de España y Francia en la guerra de independencia de los Estados Unidos. Poseía en alto grado los conocimientos militares, políticos y diplomáticos necesarios para juzgar cabalmente la política internacional y dar peso a las opiniones de su célebre Dictamen. Sigue leyendo

Nacionalismo y americanismo

«Los jesuitas fueron los primeros en hablar de americanismo y luego de la expulsión de 1767 se convirtieron en sus precursores literarios (…) Toda una literatura hiperbólica sirvió para glorificar sus países, riquezas y gentes; era una reacción natural contra los prejuicios europeos (…) Primicias de la Cultura de Quito, editada por Francisco Javier Espejo, hablaba de la nación americana (…) En 1788 la Gaceta de Literatura de México utilizó por primera vez, la frase nuestra nación hispanoamericana«

Quito, por Rafael Salas (mediados siglo XIX). Banco Central del Ecuador.

Quito, por Rafael Salas (mediados siglo XIX). Banco Central del Ecuador.

El siguiente texto es un fragmento del artículo «Antecedentes de las Independencias Hispanoamericanas (1780-1880)» (incluido como apunte de la Cátedra en el curso “Nuestramérica: Memoria y futuro de los actuales procesos de liberación”, módulo “Proceso emancipatorio, bibliografía ampliatoria”, de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, 2011).

Nacionalismo o regionalismo

En realidad, el fervor nacionalista sólo perteneció a los criollos hasta el proceso emancipatorio, en el que los negros y los indios fueron incorporados a un proyecto de Nación. (Para el indio la opresión era de la hacienda y del tributo, y para el negro, la esclavitud.)

Este incipiente nacionalismo era una expresión política que luchaba por conseguir la exclusividad de derecho a los cargos públicos y por mantener los privilegios de los grupos locales de la sociedad colonial. También tenía su raíz en las rivalidades económicas de las distintas colonias. Al éxito de la difusión del nacionalismo también contribuyó la propia España, porque frente a la presión o a la invasión británica (en el caso del Río de la Plata), las colonias tuvieron que defenderse por sí solas ya que la corona no estaba en condiciones de ayudarlas. Sigue leyendo

Verdaderas causas de la revolución hispano-americana

«desde la Real Cédula de 1519 emitida por el rey Carlos I (…) se concibe Hispano-América primero como una unidad que no debe ser dividida ni amputada y, segundo, como una entidad diferenciada de España (…) la revolución hispano-americana no fue en absoluto antihispánica, siendo una variante regional de la revolución española (…) Fueron causas posteriores las que desviaron la dirección inicial de la revolución americana que son las que dieron el carácter separatista y disgregador final»

El Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 en la ciudad de Buenos Aires, óleo de Pedro Subercaseaux (1910).

El Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 en la ciudad de Buenos Aires, óleo de Pedro Subercaseaux (1910).

El siguiente texto es un fragmento del artículo titulado «Origen y significado de las Juntas Hispano-americanas de 1810», del abogado, jurista y ensayista Ramón Peralta Martínez, publicado en la sección Artículos de la revista de crítica filosófica El Catoblepas, en marzo de 2011.

En 1810 se erigen en importantes ciudades hispano-americanas una serie de Juntas populares de Gobierno que vienen a sustituir a los gobiernos coloniales constituidos. Con la constitución de estas Juntas se inicia un proceso político revolucionario que acabará derivando años más tarde en la separación total de la América hispana respecto de su metrópoli europea, España, y, también, en la disgregación de la unidad de Hispano-América con la proclamación de independencia de nuevas naciones como Estados soberanos, nuevas naciones soberanas que, en general, serán la evolución independiente de los antiguos virreinatos y capitanías generales en que se organizaba político-administrativamente el Reino de Indias. Sigue leyendo

Indianidad y americanismo

Los reinos de Indias (en color amarillo), el Estado más extenso y próspero de América durante más de tres siglos.

Las Indias (en color amarillo), el Estado más extenso y próspero de América durante más de tres siglos.

«Durante más de trescientos años, con toda regularidad hasta el estallido de la Revolución, y en adelante, hasta Ayacucho, con las anormalidades lógicas de todo estado de incertidumbre, Hispano-América fue una sola unidad, así en lo político como en lo militar, así en lo económico y financiero como en lo administrativo»

El siguiente texto está extraído del libro “La disgregación del Reyno de Indias” (Capítulo 1: Indianidad y americanismo), obra del político, historiador y escritor Felipe Ferreiro (1892-1963). El libro fue editado en Montevideo por Barreiro y Ramos en 1981, y consta de una recopilación de artículos llevada a cabo por el hijo del autor, el Profesor Hernán L. Ferreiro.

Durante más de trescientos años, con toda regularidad hasta el estallido de la Revolución, y en adelante, hasta Ayacucho, con las anormalidades lógicas de todo estado de incertidumbre, Hispano-América fue una sola unidad, así en lo político como en lo militar, así en lo económico y financiero como en lo administrativo. Disposiciones legales tan claras y expresas como aplicables y respetadas, fueron elevando y perfeccionando esta compleja entidad, sin precedentes en la historia del mundo por sus gigantescas dimensiones y por su misma novedosa arquitecturación. Sigue leyendo

Cronistas de las Indias

Las denominadas crónicas de Indias son, indudablemente, fuentes inestimables para conocer no sólo el descubrimiento y conquista de América, sino también las costumbres de las culturas prehispánicas y el desarrollo de las instituciones novohispanas.

Video publicado por el INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia de México).

La idea nacional hispanoamericana

«San Martín dijo a Pueyrredón que Bolívar, tanto como él, aspiraban a lo mismo: independencia y unidad hispanoamericanas (…) Miranda no era pura y simplemente «un agente británico», sino el creador de la idea de una América Hispánica unida (…) Bolívar (…) recoge de su jefe el proyecto de un gran Estado hispanoamericano«

La primera Junta de Caracas (abril de 1810) convocaba a "la obra magna de la confederación de todos los pueblos españoles de América".

La primera Junta de Caracas (abril de 1810) convocaba a «la obra magna de la confederación de todos los pueblos españoles de América».

El siguiente texto está extraído del libro «Historia de la nación latinoamericana», del político, historiador y escritor Jorge Abelardo Ramos (Capítulo V: La lucha de clases en la independencia). Esta obra fue publicada originalmente en 1968, y reeditada en 2011.

5. La idea nacional hispanoamericana.

Al iniciarse la revolución todos los grandes jefes llevan en su cabeza el proyecto nacional. Egaña en Chile, Bolívar en la Gran Colombia, Artigas, Monteagudo, San Martín y el deán Funes en las Provincias Unidas, Morazán en Centroamérica. Los iniciadores, por lo demás, son hijos del siglo que presencia el movimiento de las nacionalidades. Las dificultades, sin embargo, superaron todo lo previsible. Sigue leyendo

La mitología autoderrotista (Parte 3ª)

El siguiente texto forma parte del ensayo “La nueva visión”, del escritor e investigador hispanoamericanista Raúl Linares Ocampo, y que publicamos por entregas en nuestro sitio web.

Mapa marítimo del Golfo de México e Islas de la América, obra de Tomás López y Juan de la Cruz (1755).

Mapa marítimo del Golfo de México e Islas de la América, obra de Tomás López y Juan de la Cruz (1755).

10. El Estado Indiano

El Estado Indiano es la instancia histórica que permite plantear la Cuestión  Fundamental y hablar de Reunificación. Fue el Estado que en la Época Indiana se extendía de México a la Tierra del Fuego, tenía una dirección unitaria centralizada en la metrópoli, una economía globalmente dirigida según el principio de la prioridad del equilibrio general sobre los intereses locales y particulares, y una geopolítica de alcance universal.

Tomar conciencia de su existencia en nuestra historia condiciona de tal modo la visión del problema, que bien se puede hablar de un antes y un después. Si se lo ignora, la Cuestión Fundamental no existe. Si está presente en nuestra visión histórica, la Cuestión Fundamental se hace insoslayable; y la Reunificación, factible. Y sólo entonces adquiere sentido el mandato imperativo de Bolívar: “Una sola debe ser la Patria de todos los hispanoamericanos, ya que en todo hemos tenido una perfecta unidad”. La “perfecta unidad” que dio al Estado Indiano la primacía continental durante los 300 años de su existencia. Sigue leyendo

La mitología autoderrotista (Parte 2ª)

El siguiente texto forma parte del ensayo “La nueva visión”, del escritor e investigador hispanoamericanista Raúl Linares Ocampo, y que publicamos por entregas en nuestro sitio web.

Mapa del "Reino de la Nueva España a principios del siglo XIX", de Antonio García Cubas (1857). El inmenso territorio de Nueva España comprendía no sólo el México actual, cino gran parte de lo que hoy es Estados Unidos hasta los confines de Canadá y Alaska, así como el istmo centroamericano, las Antillas y, en Asia y el Pacífico, las islas Filipinas, Carolinas y Marianas.

«Reino de la Nueva España a principios del siglo XIX», de Antonio García Cubas (1857).

6. Conquistadores y conquistados

La sociedad propiamente indiana se inicia con la primera generación mestiza, cuyos padres son los conquistadores. Ya que éstos también forman parte de ella, valgan algunas palabras al respecto.

En general, los grandes capitanes de la Conquista quedaron en las Indias, de las que hicieron su nueva patria y donde dejaron sus huesos y su prole. El autodenigrante de hoy se considera producto de violación. Tendrá sus razones, que precisa respetar. Pero generalizar este hecho, significa cultivar un mito más, demasiado burdo como para darle lugar en la explicación del carácter eminentemente mestizo de Nuestra América.

Los participantes en la empresa de la conquista provenían de los más diversos estratos, pero los personajes preeminentes, los capitanes, representaban en buen número al hidalgo segundón. Hidalgo, quiere decir hijo de algo, y es aquel que, para elevarse sobre la plebe, tiene por distintivo el no “vivir por sus manos”, vale decir, no vivir de su trabajo; pero siendo segundón, no hereda el mayorazgo, la fortuna familiar. Estaba pues obligado a encontrar algún medio de no caer en la pobreza, en la deshonra, según la visión del hidalgo. “El desdén por el trabajo manual en la psicología española, no le viene por su concepción cristiana de la vida, sino por la fatal orientación militarista y autocrática durante los ocho siglos de guerrear con los moros”, observa Víctor Andrés Belaunde.[1] De ahí que para muchos hidalgos segundones, la Conquista fuera en cierto sentido una continuación de la Reconquista, concluída precisamente en el año del Descubrimiento. Las Indias ofrecían pues una vía que buen número de ellos eligió; los más intrépidos se enrolaron en la empresa de la conquista, cuando pudieron. Las huestes conquistadoras como hordas de delincuentes es otro de los mitos de la Leyenda Negra. Evidentemente no todos eran hidalgos segundones, o mejor dicho, éstos estaban en minoría; la mayoría de los soldados, como era de esperar, pertenecía a estratos inferiores; y además a varios países extranjeros, lo que señala en dirección de la inmigración ilegal; a estos elementos se les atribuye, en general, el grueso de las crueldades, lo que puede admitirse como muy probable, dado que la ignorancia es caldo de cultivo de la crueldad. Pero una visión realista no debe olvidar, que en todo ejército surge de modo inevitable el espíritu de cuerpo, más aun, en situaciones extremas. El soldado, de cualquier procedencia social, no podía quedar indiferente, cuando los aztecas le mostraban como sacrificaban a uno de sus compañeros hecho prisionero. La crueldad se contestaba con crueldad. Esto vale para todos los tiempos. Ni Cortés ni Pizarro personificaban al cruel por naturaleza. En el combate mataban para no ser muertos, y fuera de él podían ser extremadamente estrictos con sus subordinados, al extremo de haber hecho colgar a soldados que maltrataban o robaban a los indios. Y tampoco faltaron momentos de gran humanidad, como, por ejemplo, cuando a la muerte de un cacique aliado, Cortés llora como si se tratara de su padre y luego lleva luto. Sigue leyendo

Bolívar y el ocaso de Panamá

«Bolívar no fue hispanoamericanista por simple idealismo; lo fue por comprender que los problemas básicos de las sociedades que antes fueron colonias españolas no podían solucionarse dentro de los marcos del estrecho regionalismo que tantas ventajas y atractivos tenía para quienes fueron sus adversarios. Y la historia le ha dado la razón»

Retrato de Simón Bolívar, por José Gil de Castro (Lima, 1825)

Retrato de Simón Bolívar, por José Gil de Castro (Lima, 1825)

El siguiente texto apareció publicado en el sitio Debate Socialista Digital el 21 de septiembre de 2012, y está tomado de la obra «Bolivarismo y monroísmo», de Indalecio Liévano Aguirre, diplomático, historiador, político y miembro de la Academia Colombiana de Historia.

Cuando el Libertador conoció, en Lima, los lineamientos generales de los Tratados firmados en Panamá, no pudo menos de sentir una gran desilusión. Y no le faltaba razón para ello. Los mecanismos de colaboración ideados en el Istmo bien poco podían contribuir al afianzamiento de una estructura supra-nacional capaz de generar, por su autonomía con respecto a las partes, el poder compensador que se requería para contener el fatal proceso de disgregación de las sociedades hispanoamericanas. De ahí la sinceridad con que se le escapó del alma, en carta dirigida al general Páez el 4 de agosto de 1826, el siguiente juicio sobre los resultados desalentadores del Congreso del Istmo:

El Congreso de Panamá -le decía-, institución que debiera ser admirable si tuviera más eficacia, no es otra cosa que aquel loco griego que pretendía dirigir desde una roca los buques que navegaban. Su poder será una sombra y sus decretos, consejos; nada más. (Cartas del Libertador. Recopilación de Vicente Lecuna. Caracas, 1929) Sigue leyendo