«Cuán diferente sería la historia, si este plan se hubiera realizado. Se habría mantenido la unión, se habría impedido el desarrollo del imperialismo estadounidense, que la República Criolla ha fomentado; y se habría cimentado la primacía de Hispanoamérica en el continente. En consecuencia, la frontera de Hispanoamérica en el norte sería el Misisipí, y en el sur estaría trazada por el Tratado de 1750, que habría contenido el avance del Brasil»

El Conde de Aranda, retratado por Ramón Bayeu en 1769. Museo Provincial de Huesca. Hombre de extraordinaria inteligencia política, concibió un plan que pudo haber salvado la unidad de la América hispana, convirtiéndola en una gran potencia y frenando la expansión de Estados Unidos y Brasil.
El siguiente texto está extraído de la obra «La Patria Grande. La reunificación de Hispanoamérica: Historia de una idea persistente» (Capítulo 6: Independencia americana e integridad de la monarquía), de Raúl Linares Ocampo (Arequipa-Berlín 2010).
Para un observador atento y sagaz de la política mundial como fue el talentoso Conde de Aranda, ministro de Carlos III, la independencia de América no sólo era inevitable, sino el mal menor, que era preciso aceptar y conducir por vías favorables a la Nación. En 1783, a cuarenta años de la obra de Campillo, y año del nacimiento de Bolívar y del reconocimiento de la independencia de los Estados Unidos, Aranda pasa revista a la política internacional, y con lejana visión concibe un audaz proyecto presentado al rey en un Memorial, hoy muy famoso, en general conocido sólo de oídas y referido de una manera incompatible con su verdadera importancia que no reside, según se cree, en ser un vaticinio de la pérdida de las Indias, tema a la moda entonces, sino en la clarividencia con que descubre el futuro peligro estadounidense. El ilustre Conde de Aranda (Pedro Pablo Abarca de Arbolea, 1718-1799) fue uno de los políticos de mayor influencia en la historia de España. En la carrera militar obtuvo el grado de Mariscal de Campo; en la diplomacia y política, los más altos cargos del reino. En 1765, bajo Carlos III, fue nombrado Presidente del Consejo de Ministros, gestión en la que prestó los mayores servicios a su país. Menéndez Pelayo dice de él: “de férreo carácter, ordenancista inflexible, avezado al despotismo de los cuarteles, de cierta franca honradez, impío y enciclopedista, amigo de Voltaire, D’Alembert y del Abate Raynald; reformador despótico”. Tuvo parte principal en la expulsión de los Jesuitas de los dominios españoles. En 1779 cayó en desgracia y fue enviado de embajador a París, donde negoció en 1783 por parte de España el tratado de paz entre España, Francia e Inglaterra que puso fin a la guerra encendida por la intervención de España y Francia en la guerra de independencia de los Estados Unidos. Poseía en alto grado los conocimientos militares, políticos y diplomáticos necesarios para juzgar cabalmente la política internacional y dar peso a las opiniones de su célebre Dictamen. Sigue leyendo







